jueves 19 de noviembre de 2009

Este verano, usaré mi Aussiebum



miércoles 18 de noviembre de 2009

Soy travesti, ¿Me contratas?

Asistí a un conversatorio donde los invitados hablarían en torno al tema de la Discriminación. Una breve introducción en forma de video mostró artística y dramáticamente el holocausto judío ocasionado por los nazis en el siglo pasado. El racismo. La intolerancia llevada a extremos salvajes.

La parte teórica, estupenda. Muy bien sistematizada y coherente. Me gustó el desarrollo del tema, a pesar de ser tan vasto y complicado. De un diagnóstico sobre la discriminación en el Perú, manejando algunas cifras estadísticas, pasó a emitir juicios acertados, objetivos y categóricos de los perjuicios reales de tal nefasta práctica. Y finalizó con la mención y explicación de los instrumentos jurídicos que consagran la igualdad de toda persona ante la ley y sancionan hábitos prejuiciosos y discriminatorios.

Todo bien hasta ahí. Pero llegó el momento de las preguntas. De las inquietudes y comentarios de los asistentes.

Un muchacho, sentado al fondo del auditorio, con voz cortés pero imponente, le preguntó directamente a un expositor:

-
Si tú fueras el encargado de seleccionar al personal que va a atender directamente al público en una cadena de restaurantes y se presenta como candidata, un travesti, con un currículum vitae idóneo y bien apta, ¿Tendrías algún problema en elegirla?

La convicción que había mostrado en toda la exposición, la locuacidad y conciencia sobre el tema, se evaporaron a decir por la sonrisa nerviosa. Seguidamente, arrugando el entrecejo y con una voz muy grave y temblorosa, empezó a titubear:

- Este..... Bien....Debo ser honesto al confesar que yo soy una persona conservativa...
- ¿Quieres decir conservadora?
-le corrigió el participante
-
Exacto. A decir verdad, yo no contrataría a una persona de esas porque las considero que detrás de ellas hay una cierta enfermedad e indecencia, que podría contaminar al resto del personal, que daría un espectáculo perjudicial a mis clientes...

Quiso continuar con sus descargos y demás horrendos calificativos, pero la pifia, los comentarios en voz alta, la risotada, la irritación, la desaprobación, la burla y el reproche de los asistentes le impidieron continuar.

Comprendí al salir, una vez más, que lo que el cerebro y la boca suelen producir, no siempre coinciden con lo que nuestras acciones y propósitos despliegan en la realidad.

No era estrictamente un problema de intolerancia irreflexiva, a la que estoy tristemente acostumbrado a verificar por calles y plazas, por centros de labores y académicos, por templos y cuarteles, por mansiones y ranchos. Era un problema de deshonestidad, de absoluta discordancia entre lo que se dice y lo que se hace.

Por tanto, hay que mirar de reojo y con lógica desconfianza a los expositores, disertadores, predicadores, oradores. Y claro, también a los que pretendemos ser honorables profesionales
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lunes 16 de noviembre de 2009

Un Barbecue sugestivo

sábado 14 de noviembre de 2009

Más allá

viernes 13 de noviembre de 2009

No eres Peter Ferrari, eres Pedro Guadalupe Campos

Hay un personajillo que asoma de cuando en cuando por cuanto programa de televisión sobre chismes y farándula haya en los medios de comunicación peruanos; frecuentemente se le hace reportajes y entrevistas sobre sus afirmaciones controversiales acerca del ambiente gay, la sociedad limeña y la estética nacional.

Es de raza negra. Es alto, otrora modelo de pasarela, corpulento y siempre ha hecho de la extensión de su órgano sexual un tema para hablar y un misterio para conjeturar. Aparece frecuentemente con pantalones ceñidos y con disfraces que le marcan un aventajado y supuestamente codiciable bulto.

Lo patético de este señor es que explica que ha creado un personaje para divertirse e imprimir de galas al que hace llamar Peter Ferrari cuando su verdadero nombre es un peruanísimo -y nada italianísimo- Pedro Guadalupe Campos.

Yo, no le creo. Lo máximo que me produce al verlo y oírlo, es risa y contracciones abdominales. No es un personaje creado para entretener ni para integrar características artísticas. Más bien es un personaje malformado. Es una caricatura chusca de sí mismo. Sus pelucas estrafalarias, sus atuendos fashion, sus poses y peleterías, sus lentes cosméticos, sus comentarios racistas, su fracasado afán de presentarse como una deidad llamativa, sus desprecios sin estilo, su dudosa vestimenta de célebres diseñadores, son solamente componentes que adjunta a una personalidad y a una subsistencia, pobrísimas.

Él no es un personaje. Es un esforzado simulacro de divo. Es el protagonista de su propio sketch. Una obra de su amarga galería. Muestra nítidamente qué es lo que hay detrás o dentro de sí, la nada y su insoportable vacío. O lo que es peor y lamentable, cada una de sus intervenciones mediáticas testimonia su propia frustración, el odio que se tiene, su pobrísima auto imagen y autoestima, su desproporcionada decepción por no haber logrado ser él mismo a pesar de tanta parafernalia.

Sería más coherente y saludable, terminar de una vez por reconocer que ese es él. Un Pedro de barrio. Un homosexual descerrajado. Un espíritu espeluznante viviendo un eterno Halloween. Un cínico con un lazo fucsia alrededor de la nuca.

Me temo Pedro, que no eres Peter, eres lo que eres. Tu proceso y desafío y conquista no es haber salido del closet, es salir de tu lúgubre sepulcro.

jueves 12 de noviembre de 2009

¡ A usar el plumero !


El polvo se acumula. Es inevitable. Ayer lo comprobé ya que después de varias semanas me decidí a limpiar una pequeña persiana de aluminio que regula la entrada de luz al lado de mi escritorio.

Una tarea que como siempre me debería tomar apenas unos 5 minutos con la ayuda de un simple plumero, me costó mucho más que eso; fue más trabajoso ya que tuve que utilizar una escobilla, agua y detergente. Y encima de todo, por descuido, el agua cayó sobre el teclado echándolo a perder.


Además del malhumor que me sobrevino, tuve que gastar en la compra de un nuevo teclado. Pero me quedó una lección. Eso espero.

Lo que se deja acumular, se acumula. Lo que se deja para luego, tarde o temprano se centuplica y se agrava. No hay duda en ese refrán que el ocioso trabaja dos veces. Me lo dijeron desde niño en casa y en la escuela. Y yo, ahora, adulto, no siempre le hago caso.

Es por eso que almacenar recuerdos innecesarios, culpas pequeñitas que crecen con el paso del tiempo, quehaceres postergados, imperfecciones corregibles, deterioros y suciedades, emociones contenidas, basuritas insignificantes deben limpiarse a su debido tiempo.

La vida es un constante proceso de higiene. Mente y espíritu. Cuerpo y bolsos. Habitaciones y espaldas. Pisos y anaqueles. Archivos y guardarropas deben mantenerse libres de ese persistente tizne y suciedad que cala y penetra la vida humana. Llega con el viento y el transcurrir del tiempo. Hacerlo ahora antes que nos eche a perder la tarde de descanso, el reposo merecido, el sosiego, el ánimo y la vida misma.

No dejar pasar una buena Confesión, un momento de abierta reflexión cara a cara con uno mismo, una autocrítica oportuna, un peritaje pertinente, una conversación amable y sincera nos puede salvar de secuelas y manchas insuperables. Un pasada del plumero semanal. Unos cinco minutos de aspiradora son tareas enojosas pero necesarias. Detrás de lo engorroso y arduo, está escondido el beneficio.

Debo decir que mi persiana quedó pulcra. Ha embellecido mi vista hacia fuera y hacia dentro. Mi sensación es otra. Más luz en mi habitación y en mi vida.


miércoles 11 de noviembre de 2009

Hacer el amor vs. Tener sexo



No sé qué opinarán ustedes, pero con algunos años que tengo de recorrido por este globo terráqueo poblado por humanos, humanoides y simios, he llegado a la conclusión que se puede tener sexo con cualquiera de las tres especies con altísimas probabilidades y con alargada periodicidad, pero “hacer el amor” sólo con los primeros. Es cuestión de personas, de una especie en serios problemas de extinción.

Circular por calles bullidas, concurrir a nebulosos recovecos urbanos, frecuentar barras de solteros y de quienes se hacen pasar por solteros, asistir a centros de esparcimiento de todos los tipos -los clandestinos y los respetados- y ahora, enclavarse anónimamente en un salón de chat entre ávidos cibernautas del área local, son rutinas que reman a nuestro favor para encontrar con extremada (extremadísima) facilidad, cuerpos efervescentes, bocas y boquetes golosos, báculos y culos de todas las dimensiones y usanzas, todo para regar al menos como recomiendan los jardineros, una vez a la semana, la maceta, la plantita ornamental.


Como decía una vedette -o remedo de vedette- peruana: “Cada quien hace de su poto un carnaval”. Cuestión de varias índoles. Para algunos, un tema moral, para otros convencional, cultural, eclesial y hasta anal. ¡ Por Dios santo ! , lo que escribo...

Pero, hacer el amor. Vaya, creo que eso es escaso. ¿Cuántos humanos de este mundo actual tendrán la dicha divina y el convencimiento real de que hacen el amor habitualmente? Y aquí no importan más atributos en esa acción. Basta que hagan el amor. No importa cómo lo hagan, importa que lo haga con amor.

Navegando encontré estas opiniones que transcribo:

Tengo 35 años durmiendo al lado de mi marido. Hemos tenido mucho sexo, pero todas las noches, hemos hecho el amor... En invierno él calienta mis pies con los suyos. Me da un beso antes de quedarse dormido y a la mañana, aunque nos apesten las bocas...


Me excitan muchas compañeras de trabajo...Me calientan las mujeres que veo por la calle y en la televisión. Pero al final del día, nada se compara como abrazar y hacerle el amor a mi flaca...

Dicen que el reunir amor y sexo en un solo acto es un invento del ser humano. Pero qué buen invento. Delicioso. Único.

Soy un hombre de retos y cosas difíciles. Por eso busqué y busqué hasta encontrar la mujer con la que no sólo tengo sexo, hago el amor. Amo a mi esposa.


He leído estos testimonios de humanos comunes y silvestres -no de simios ni de humanoides- y termino de escribir estas líneas con una lamentable comprobación que no me bastan los carnavales, con una gran expectativa de encontrar a alguien que me caliente los pies y con un reto cabal, de mantenerme firme en la búsqueda acertada. No más visitas al zoológico ni al museo antropológico.