Hoy ha sido un día difícil. Aunque todos, al final siempre quedamos consumidos por las dificultades y las labores cotidianas, hoy, particularmente llego a la noche con un cruce caprichoso de sentimientos.
Amanecí con noticias desde las primeras horas. Una tía accidentada de gravedad, un hermano internado en el hospital por una enfermedad delicada de sobrellevar y de diagnóstico sombrío.
A pesar del sol brillante que anuncia el verano, de los adornitos de navidad que están por toda la casa, de mi tradicional ensueño de temporada, una extraña sensación en la garganta me hacía dudar si eran ganas de llorar, desesperación subrepticia, miedo destapado o una amigdalitis cocinándose dentro de mi cuerpo.
Por la tarde, mientras escribía al lado de la ventana, una ráfaga de improviso, la estrelló hacia dentro de la habitación y yo, de un manotazo la regresé a su lugar. El vidrio inmenso se terminó haciendo trizas en mis narices. Dos fuerzas hicieron lo suyo, la mía y la frenética naturaleza, causaron el destrozo que ya se imaginan en mi dormitorio.
Pero llegó a los pocos minutos el email de Toñi, uno apropiado, oportuno y eficaz que me recordaba la lectura tomada de San Lucas: Cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación...
La humanidad entera por siglos ha soportado y sigue resistiendo esta clase de días infaustos. Las pesadumbres, tan nuestras, de seres blandengues, se estrellan con furia en nuestros rostros y frágiles existencias. Nuestros espíritus se debilitan en cuestión de segundos y como prueba de ese estado, nuestros cuellos se van encorvando hacia abajo. Nuestras miradas se dirigen al suelo. Nuestra rigidez y nerviosismo se acumula en las rígidas nucas. Nos convertimos en marionetas de madera liviana, expuestas a las corrientes del viento. Quedamos hechos hombres sin perspectiva, atascados y de mirada triste.























