Estuve conversando con mi Musito sobre la belleza masculina.
A pesar de ser un exacerbado adicto, consumidor, hincha y comentarista de todo ejemplar
que ven mis ojos en la vida real y por las redes, tengo alguna reflexión más por
hacer:
En varias oportunidades, después de contemplar a alguien que
considero bello, he tenido que terminar con la frase concluyente “tiene un no sé
qué”.
En verdad, creo estar ahora en condiciones de decir qué es ese
“no sé qué”. Ibsen decía que la Belleza es el acuerdo entre el contenido y la forma. A
ver, me explicaré:
Desde mi experiencia, los mejores perfumes que he tenido y
que han marcado mi gusto personal en ellos, curiosamente han venido en una
presentación muy básica. Sus frascos han sido llanos y sin tanta aspiración a
parecerse en una obra de arte y diseño. Algo similar me ha sucedido con los
hombres.
Todo comenzó por verlos en algún escaparate. Llamaron mi
atención. Me fijé en algún detalle externo que los hacía sugerentes. Mis
sentidos se ponían alertas.
Unos ojos almendrados que iluminaban mis noches apagadas.
Unas pestañas rizadas o tupidas que hacían sombra en el desierto personal. Una nariz
recta como centro de atención. Unos labios mordibles. Un cabello que fuera
distinto al mío. Una barba acariciable. Unos hombros de los cuales colgarme
cuando me faltara el equilibrio. Una estatura que me hiciera voltear la mirada
hacia arriba, siempre arriba. Unas carnes bien repartidas pero nunca almacenadas
en el vientre.
Mis sensaciones primarias y mi sentido de proporción se aliaban
para dar un expeditivo veredicto sobre el hombre que se me ponía al frente. Instantáneamente
capturaba su aspecto material. Se trataba de un escaneo natural sobre su
fachada. Intervenían mis cánones, mis propias mediciones. En mi cerebro evaluador
se producía un proceso apremiante que detectaba y convertía todas las energías
que ingresaban por mis ojos, oídos, tacto, olfato y gusto.
Pero hasta ese punto no podía llegar a la conclusión de que
se trataba de un hombre bello. Tenía que pasar otras tasaciones más...
Lentamente, con otros caracteres que iban emergiendo, menos tangibles,
pertenecientes a espacios más escondidos; con fragmentos impalpables, con
mensajes interiores, con rayos invisibles, con exhalaciones y armonías sutiles que
pacificaban mi cosmos siempre en guerra, llegaba pues a la conclusión de que sí
se trataba de un hombre bello.
Al destapar el frasco, al girar un par de veces la válvula,
dejaba escapar su mejor esencia natural. Si eso que quedaba al descubierto, era
congruente con todo lo que mis cinco sentidos ya habían inspeccionado
previamente, entonces se originaba el espectacular big bang que daba vida a mi
vida. Era entonces que le imponía el título, el cetro y su ubicación
preferencia en mi podium personal correspondiente.
La Belleza de un hombre -y claro, también de una mujer- es
así pues, un toque divino donde se ensambla lo que vemos y no vemos. Lo que no
existe y termina existiendo para uno. Es la unión perfecta entre lo que la Vida
nos regala y lo que en la vida pedimos. Es la alianza de la Creación con
nosotros, sus criaturas.
Sí, eres bello.