Me recogería al mediodía en su automóvil en un parque de Miraflores, al lado de una parroquia poco concurrida. Yo estaba muy inquieto por verificar si la descripción que me habia dado por el chat coincidía con la realidad. Me había dicho que se trataba de un hombre maduro, de unos treinta y tantos años, blanco, corpulento sin llegar a ser gordo. Velludo. De modales muy varoniles. Casado y con hijos pequeños, pero con unas urgentísimas ganas de conversar conmigo aquello que no podía conversar con nadie, por tratarse de un tema vedado y reprimido: su bisexualidad.
Accedí como se acepta ir al cine para ver una película melodramática recomendada en una mañana aburrida de otono para luego ser analizada. Las cuitas humanas son atractivas para mí. Me gusta escuchar esos hombres con dobleces ocultos, con velos añosos. Es una suerte de curiosidad periodística o de interés psicoterapéutico. O de pastoral sexual. O de asesoría afectiva. O de aproximación a un ejemplar de la variadísima casuística moral humana.
Llegó 15 minutos más tarde. Me hizo subir a su automóvil. Tenía una sonrisa nerviosa. Pero su aspecto era absolutamente confiable. Una vez más, fui temerario, pero guiado por ese enésimo -más allá del sexto- sentido mío, que nunca me falla. Era un hombre normal. Su físico era agradable. Fácilmente se confundiría entre las oficinas de algún banco o en una oficina de contadores.
Su historia era la de siempre. Un individuo torturado por sus tendencias hacia personas de su mismo sexo. Acorralado en un matrimonio que llegó y se mantenía por inercia. Sumido en una doble vida. Pero lo que era peor y temible, eran unos apetitos voraces recurrentes, con una premura por saciarse en otro cuerpo como el suyo, no en el de su engañada y cándida mujer.
A pesar de que conducía atentamente sin dirección por toda la ciudad, no dejaba de mirarme de reojo. Sus ojos eran dos linternas que recorrían sutilmente mis piernas, subían a mis caderas y brazos, para terminar con una mirada artera y una sonrisita picarona. Eso le ponía el aderezo que me gusta a las conversaciones. No hay nada más inflamado que dos hombres cuando empiezan a examinarse y desearse.
Mientras yo hablaba y hablaba concentrado y mirando las calles, sobre la realidad sociológica de los grupos homosexuales de este país, él, sin escucharme ya, empezó a transgredir la frontera de las palabras para ir al grano. Seguidamente, me cogió la pierna y empezó a acariciármela suavemente en vez de manipular la palanca de cambios. Recuerdo que aguanté la respiración y de pronto solté un suspiro algo revelador.
- ¿Quieres que me estacione por aquí? Me dijo
- ¿Qué…..? ¿Estás demente? Ni en plena luz del día, ni contigo que recién te conozco ni mucho menos en un automóvil.
Lo tengo muy claro: El sexo para mí, merece sus mínimas condiciones de seguridad, comodidad y oportunidad. Aunque de cuando en cuando, no lo niego, fantaseo acerca de cómo podría haber sido ese encuentro, en tal campo de operaciones; móvil, estrecho, difícil e inusual. Hmm...
Aun guardo su tarjeta de presentación con su número de teléfono...
Accedí como se acepta ir al cine para ver una película melodramática recomendada en una mañana aburrida de otono para luego ser analizada. Las cuitas humanas son atractivas para mí. Me gusta escuchar esos hombres con dobleces ocultos, con velos añosos. Es una suerte de curiosidad periodística o de interés psicoterapéutico. O de pastoral sexual. O de asesoría afectiva. O de aproximación a un ejemplar de la variadísima casuística moral humana.
Llegó 15 minutos más tarde. Me hizo subir a su automóvil. Tenía una sonrisa nerviosa. Pero su aspecto era absolutamente confiable. Una vez más, fui temerario, pero guiado por ese enésimo -más allá del sexto- sentido mío, que nunca me falla. Era un hombre normal. Su físico era agradable. Fácilmente se confundiría entre las oficinas de algún banco o en una oficina de contadores.
Su historia era la de siempre. Un individuo torturado por sus tendencias hacia personas de su mismo sexo. Acorralado en un matrimonio que llegó y se mantenía por inercia. Sumido en una doble vida. Pero lo que era peor y temible, eran unos apetitos voraces recurrentes, con una premura por saciarse en otro cuerpo como el suyo, no en el de su engañada y cándida mujer.
A pesar de que conducía atentamente sin dirección por toda la ciudad, no dejaba de mirarme de reojo. Sus ojos eran dos linternas que recorrían sutilmente mis piernas, subían a mis caderas y brazos, para terminar con una mirada artera y una sonrisita picarona. Eso le ponía el aderezo que me gusta a las conversaciones. No hay nada más inflamado que dos hombres cuando empiezan a examinarse y desearse.
Mientras yo hablaba y hablaba concentrado y mirando las calles, sobre la realidad sociológica de los grupos homosexuales de este país, él, sin escucharme ya, empezó a transgredir la frontera de las palabras para ir al grano. Seguidamente, me cogió la pierna y empezó a acariciármela suavemente en vez de manipular la palanca de cambios. Recuerdo que aguanté la respiración y de pronto solté un suspiro algo revelador.
- ¿Quieres que me estacione por aquí? Me dijo
- ¿Qué…..? ¿Estás demente? Ni en plena luz del día, ni contigo que recién te conozco ni mucho menos en un automóvil.
Lo tengo muy claro: El sexo para mí, merece sus mínimas condiciones de seguridad, comodidad y oportunidad. Aunque de cuando en cuando, no lo niego, fantaseo acerca de cómo podría haber sido ese encuentro, en tal campo de operaciones; móvil, estrecho, difícil e inusual. Hmm...
Aun guardo su tarjeta de presentación con su número de teléfono...















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