viernes 30 de enero de 2009

Aquella tarde en que casi me tiro por la ventana


Siempre le huí a todo ese tipo de complicaciones que la vida moderna ahora te ofrece con el argumento que es para nuestra comodidad. Por ejemplo, me negué por mucho tiempo a portar un celular porque cuando iba por la calle me gustaba disfrutar lo que mis ojos iban viendo, pensar en lo que me daba la gana, abrigar las emociones imprevistas provenientes de mi alrededor; y no estar alerta a quién me llamaba, de estar siempre a disposición de los demás. Así era. Me gustaba desconectarme del mundo.

Sin embargo, cedí. Hace dos años cargo a todos lados el teléfono celular. Llamo lo estrictamente necesario y recibo poquísimas llamadas. Lo he manejado bien. Pues ahora, casi involuntariamente he caído en el portar además un aparato que al mismo tiempo de ser un móvil, es una radio de tiempo ilimitado. Con un chirrido donde quiera que me encuentre, me avisa que algún contacto quiere comunicarse conmigo por motivos supuestamente apremiantes.

Ahora, cuando voy por la calle ya no puedo deleitarme de lo que mis sentidos tienen en frente. Mi libertad y mis sensaciones espontáneas se han reducido. Tengo que estar pendiente de vibraciones, alertas, timbradas y mensajes inesperados.

La tarde que me entregaron este nuevo aparato, mientras me empezaba a familiarizar con sus mil botones y funciones con el manual de instrucciones en la mano, tocaron el timbre de la casa. Se trataba de un empleado de la empresa de cable para entregarme gratuitamente lo que ellos llaman un decodificador de señal. Tenía que instalarlo en todos los televisores de la casa para poder acceder a nuevas funciones del servicio de cable.

En ese instante estuve a punto de tirarme por la ventana de la pura desesperación. Me sentí atrapado y cautivo de esa nueva tecnología. Conducido por otros. Tuve que reemplazar mi siesta por una tarde de nuevos know hows.

Me gusta estar en contacto permanente con mis afectos. Adoro y disfruto de la comunicación humana pero no de la tecnología que se nos impone de cierta forma tirana para llevarla a cabo. Ahora no basta un teléfono, es casi ineludible una radio o un iphone, no basta tener una cuenta de correo electrónico, hay que andar con la laptop y una conexión inalámbrica que te permita estar siempre disponible, no basta tener televisión por cable, hay que tener un servicio de imagen high definition. Cada día íncorporamos nuevas funciones.
.


Sé que depende de cada uno. Uno decide qué comprar y qué no. Qué meter en el bolsillo cuando se sale a la calle y qué se emplea en la casa. Se supone que nadie puede crearnos necesidades. Pero de forma que ni yo mismo entiendo en este momento, termino enredado y apresado, perdiendo la rienda de mi quietud y simplicidad de vida con aparatos y más aparatos.

Y uno que quiere andar liviano y vivir facilmente…



1 comentarios.:

Pará Adumá dijo...

Esa es la "modernidad", pariente cercana de la "globalización" y si no te subes al tren simplemente te quedas abajo; pareciera que no hay alternativa, pero yo simpre digo que la hay, en el sentido que siempre podemos "etereamente retirarnos" de nuestro entorno...

Buen fin de semana.

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