Amo a mi madre. No lo dudo. Pero en muchas ocasiones, honestamente, mi amor hacia ella no me libera de sentir lástima por lo que su madre le hizo durante su crianza y formación. Le ha dejado marcas imborrables, heridas aparentemente cicatrizadas pero las mismas que con algún comentario desbocado mío, vuelven a hacerse visibles y sangrar.
Hoy durante el almuerzo, cometí la gran torpeza de decirle: “tu mamá era una acomplejada…” refiriéndome a mi abuela, quien tenía la fama de ser muy bondadosa pero muy jodida. Muy buena pero muy injusta. En la discusión, mi mamá trató de quitarle responsabilidad a su madre con la única arma que tiene para defenderse, el amor. Argumentó que así eran las madres de entonces y que así se amaba en aquella época, que la formación era así, aunque ruda, castrante y rígida como la de un oficial fascista, pero supuestamente, amor. No la dejaban ir a bailar. No permitían salir. No la soltaron para echar a andar toda la dinámica que todo joven -sea de la época que sea- necesita desplegar para salir del cascarón. Le impidieron vivir. Y hoy se le nota en cómo mira la realidad. A mi mamá todo le parece peligroso, oscuro e infecto.
Es por eso que catalogué a mi abuela como una acomplejada. Casi como una perturbada. Claro, seguidamente me arrepentí del adjetivo y tuve que pedir disculpas…
Pero alejándome del caso particular de mi familia, no vacilo en afirmar rotundamente que por generaciones algo tan grave como un holocausto se perpetró -y lo peor de todo, se sigue perpetrando- en la humanidad. Se aniquilaron espíritus. Se maltrató la libertad humana. Se hirió la dignidad. Se hizo daño. Y todo en nombre del amor, de la autoridad, del respeto, de la decencia, de la integridad familiar y no sé de qué otras cojudeces más.
Hoy durante el almuerzo, cometí la gran torpeza de decirle: “tu mamá era una acomplejada…” refiriéndome a mi abuela, quien tenía la fama de ser muy bondadosa pero muy jodida. Muy buena pero muy injusta. En la discusión, mi mamá trató de quitarle responsabilidad a su madre con la única arma que tiene para defenderse, el amor. Argumentó que así eran las madres de entonces y que así se amaba en aquella época, que la formación era así, aunque ruda, castrante y rígida como la de un oficial fascista, pero supuestamente, amor. No la dejaban ir a bailar. No permitían salir. No la soltaron para echar a andar toda la dinámica que todo joven -sea de la época que sea- necesita desplegar para salir del cascarón. Le impidieron vivir. Y hoy se le nota en cómo mira la realidad. A mi mamá todo le parece peligroso, oscuro e infecto.
Es por eso que catalogué a mi abuela como una acomplejada. Casi como una perturbada. Claro, seguidamente me arrepentí del adjetivo y tuve que pedir disculpas…
Pero alejándome del caso particular de mi familia, no vacilo en afirmar rotundamente que por generaciones algo tan grave como un holocausto se perpetró -y lo peor de todo, se sigue perpetrando- en la humanidad. Se aniquilaron espíritus. Se maltrató la libertad humana. Se hirió la dignidad. Se hizo daño. Y todo en nombre del amor, de la autoridad, del respeto, de la decencia, de la integridad familiar y no sé de qué otras cojudeces más.
Yo, quiero recordar a mi madre sólo por su dulzura y no por sus frases agrias o encolerizadas, por sus caricias de siempre, por su mano suave cuando me curaba una herida y no cuando alguna vez me dio alguna palmada que me hizo llorar, por sus sopas sabrosas, por su aroma y su seno tibio. No quiero que quede ninguna estela escondida de dolor que aparezca de improviso. Quiero una memoria purísima. Un amor sin manchas. Ternura y nada más en el recuerdo.
De ahí, mi insistencia en aprender a amar, pero de a de veras. Entregadamente. Sanamente. Fecundamente. Sin temores. Sin minas antipersonales escondidas en los terrenos de nuestras vidas. Sin violencias. Porque un amor que deja espinas debajo del camino, no puede haber sido amor.
















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