1. Por ratos en mi vida me embarga la duda pues no siempre camino por días soleados donde todo el camino por recorrer se distingue con nitidez. A cada rato tengo alternativas, propuestas e invitaciones en los que no sé qué hacer. Me mezo en una sensación de fluctuación. En estos casos no sé a qué recurrir: si a mi estricta razón, a mis sentimientos inmediatos, a mi instinto, a mis percepciones, a mis deberes, al simple transcurrir del tiempo, al consejo de otro o al tin marín de don pingüe. Ahora mismo, a puertas de un viaje de vacaciones, se me abrieron un abanico de disyuntivas y me comenzó el dolor de cabeza. Sabía qué quería conseguir en estos días ¿pero dónde? Y tuve que recurrir a casi todos los anteriores recursos y llegar a la decisión final.
sábado 31 de enero de 2009
Duda, Opinión y Certeza
1. Por ratos en mi vida me embarga la duda pues no siempre camino por días soleados donde todo el camino por recorrer se distingue con nitidez. A cada rato tengo alternativas, propuestas e invitaciones en los que no sé qué hacer. Me mezo en una sensación de fluctuación. En estos casos no sé a qué recurrir: si a mi estricta razón, a mis sentimientos inmediatos, a mi instinto, a mis percepciones, a mis deberes, al simple transcurrir del tiempo, al consejo de otro o al tin marín de don pingüe. Ahora mismo, a puertas de un viaje de vacaciones, se me abrieron un abanico de disyuntivas y me comenzó el dolor de cabeza. Sabía qué quería conseguir en estos días ¿pero dónde? Y tuve que recurrir a casi todos los anteriores recursos y llegar a la decisión final.
viernes 30 de enero de 2009
Aquella tarde en que casi me tiro por la ventana
Sin embargo, cedí. Hace dos años cargo a todos lados el teléfono celular. Llamo lo estrictamente necesario y recibo poquísimas llamadas. Lo he manejado bien. Pues ahora, casi involuntariamente he caído en el portar además un aparato que al mismo tiempo de ser un móvil, es una radio de tiempo ilimitado. Con un chirrido donde quiera que me encuentre, me avisa que algún contacto quiere comunicarse conmigo por motivos supuestamente apremiantes.
Ahora, cuando voy por la calle ya no puedo deleitarme de lo que mis sentidos tienen en frente. Mi libertad y mis sensaciones espontáneas se han reducido. Tengo que estar pendiente de vibraciones, alertas, timbradas y mensajes inesperados.
La tarde que me entregaron este nuevo aparato, mientras me empezaba a familiarizar con sus mil botones y funciones con el manual de instrucciones en la mano, tocaron el timbre de la casa. Se trataba de un empleado de la empresa de cable para entregarme gratuitamente lo que ellos llaman un decodificador de señal. Tenía que instalarlo en todos los televisores de la casa para poder acceder a nuevas funciones del servicio de cable.
En ese instante estuve a punto de tirarme por la ventana de la pura desesperación. Me sentí atrapado y cautivo de esa nueva tecnología. Conducido por otros. Tuve que reemplazar mi siesta por una tarde de nuevos know hows.
Me gusta estar en contacto permanente con mis afectos. Adoro y disfruto de la comunicación humana pero no de la tecnología que se nos impone de cierta forma tirana para llevarla a cabo. Ahora no basta un teléfono, es casi ineludible una radio o un iphone, no basta tener una cuenta de correo electrónico, hay que andar con la laptop y una conexión inalámbrica que te permita estar siempre disponible, no basta tener televisión por cable, hay que tener un servicio de imagen high definition. Cada día íncorporamos nuevas funciones.
Sé que depende de cada uno. Uno decide qué comprar y qué no. Qué meter en el bolsillo cuando se sale a la calle y qué se emplea en la casa. Se supone que nadie puede crearnos necesidades. Pero de forma que ni yo mismo entiendo en este momento, termino enredado y apresado, perdiendo la rienda de mi quietud y simplicidad de vida con aparatos y más aparatos.
Y uno que quiere andar liviano y vivir facilmente…
jueves 29 de enero de 2009
miércoles 28 de enero de 2009
Polvos azules
Polvos Azules es un original y concurridísimo shopping-mall limeño donde se puede comprar marcas renombradas de ropa que se cuelgan en pequeñísimas y poco vistosas tiendas, zapatillas y zapatos de todo tipo, videos de películas aún no estrenadas o clásicas que se desean volver a ver o simplemente coleccionar, artefactos eléctricos y accesorios a precios rebajadísimos, música al escoger, perfumes finos que huelen igual que los originales pero que se volatilizan a los pocos minutos, golosinas. Cientos de puestos humildes de venta, ofrecen todo aquello que las grandes tiendas del mundo lucen en preciosísimas vidrieras. Es virtualmente, nuestro Duty free cholo.
El lugar está atestado de turistas de todas partes del mundo. Es una parada infaltable en un tour a la ciudad. Ellos llegan, comparan y se entusiasman. Compran y compran desquiciadamente. Salen felices con decenas de bolsas de plástico oscuras, sintiéndose que llegaron al lugar correcto y mágico, donde sus apetitos consumistas se pudieron saciar casi a modo de regalo.
Sin embargo, la realidad es que la gran mayoría de la mercadería que se ofrece es como aquí la llamamos, bamba. Pirateada. Falsificada. O en el mejor de los casos, hecha en el país, pero con el único objetivo de ser barata y satisfacer a públicos compulsivos.
A ojos de buen cubero, para el que no conoce de precisiones, todo es bonito, igual, útil y sobre todo, baratísimo. Ahí está el detalle, que debería llamar la atención. Uno tiene que ser muy cándido para creer que aquello que vale tanto en el mercado regular, ahí pueda costar tan poco. Por lo menos, uno debería pensar: “…¿Por qué tan barato?...aquí debe haber algún gato encerrado…”
Polvos Azules y los “Polvos de otros colores” de la ciudad, son los monumentos nacionales a aquello que parece ser, pero no es. Es el imperio de la impresión inmediatista, del sentido expeditivo pero no del sentido común. Es el emporio de lo no auténtico. De la copia y la simple apariencia.
Es difícil contenerse de comprar el video -a precio de caramelo- de una película que te mueres por ver, especialmente aquellas que no llegan a las salas de cine. Y más aún, aquellas dedicadas a elevarnos esas apetencias latentes y el utensilio inferior. En alguna ocasión he adquirido también alguna indumentaria, sabiendo que no era una original: pero a decir verdad, al llegar a casa y al guardarla en mi closet al lado de lo que sí me costó lo debido, me invadió una sensación horripilante. Sentí que me falsificaba todo, que me convertía en un engaño barato de mí mismo.
Prefiero poco, pero fidedigno. Prefiero lo que sí puede pagar mi bolsillo y no lo que me adultera la conciencia. Si tanto me viene costando convertirme en una pieza original por dentro, quiero también que mi exterior sea una representación fiel. No quiero comprar espejismos que estafen a los demás, a la vida y mucho menos a mí mismo.
martes 27 de enero de 2009
Vicho, el triste
- No, ¿Por qué me haces esa pregunta?
- Porque tus ojos están sin brillo…
- Debe ser porque me muero de sueño...
Luego de tal pregunta, reflexiono y simplemente llego a la conclusión de que no estoy triste. Soy triste. Mi estado natural es la tristeza. Me basta repasar las películas que se quedaron grabadas en mi memoria y en los surcos de mis mejillas, los libros que leo y releo porque parecen homenajes directos a lo que soy, en los que sólo falta que me los dediquen a mí o que el personaje tenga mi nombre y apellido. La música y canciones que más escucho y canto, que sé tocar en guitarra y que puedo repetir y repetir sin empalagarme, son aquellas cuyas tonadas y melodías destilan un bálsamo taciturno y lánguido. En ocasiones, lo único que reemplaza mi valiosísimo silencio en mi habitación, es la ópera. Puccini es casi mi compañero de cuarto. Me estremezco con un piano sollozando tecla a tecla o con un violín que lanza un quejido al caer de una tarde.
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Por aquí, un gran insulto es aquella expresión: “...qué triste es tu vida”. No tengo ningún problema o verguenza en reconocer que soy triste. Pero eso no significa que suela estar persistentemente triste por donde vaya. Ni que mi vida sea triste. No voy llorando por las calles en los corsos ni por las discotecas estrepitosas. Disfruto al máximo bailar una noche entera. Es más, mi carcajada es casi mi sello personal. Me gusta animar y que me animen los inviernos. Busco el jolgorio natural y el festejo simple de la vida.
Pero mejor es reconocer mis tristezas a oprimirlas o desconocerlas. Saber vivir con ellas. En la medida que ellas sean valoradas, justipreciaré mis alegrías. Integraré mi vida en una sola. Porque una cosa es ser un triste y otra cosa muy diferente y detestable es ser un pesimista y un desesperanzado. Mi tristeza es mía, como míos son mis múltiples placeres, como míos son mis demás cultivos diarios y sueños persistentes.
¿Y tú qué me dices? ¿Vives con la amiga tristeza?
lunes 26 de enero de 2009
Mírenlos cómo se aman
Sí claro, hay los que conocemos como los ricos de este mundo. Tienen casas espectaculares que se ven desde los aviones, otros que cenan casi a diario en restaurantes de cinco, seis y cuchucientos tenedores, otros que abren sus billeteras tan gordas que parecen unas guías telefónicas con los billetes y tarjetas de crédito brillantes y quienes cuidan más el motor de sus automóviles que los demás motores de su vida. Veo de cerca a muchos de estos afortunados. Y benditos sean. Lo que Dios les dio, que San Pedro se los bendiga.
Pero aquí hablo de lo que es mi vida. Yo en cambio, nunca he tenido una casa espectacular. Tomo a diario las sopas que mi mamá cocina con lo que tiene en la refrigeradora. Mi billetera tiene más, monedas y papelitos que me olvido de botar a la basura. Pero Dios me bendijo de otra forma que le agradezco a diario.
Tengo una fortuna inmensa. Ostento amigos increíblemente cercanos con los que tratamos y tratamos de inventar una palabra que sea más fiel que "amigos" para describir nuestra relación. A veces decimos: -somos como hermanos- . Pero no es cierto. Todos coincidimos reconociendo que ni con nuestros hermanos tenemos esa reciprocidad e intercambio, esa desfachatez y libertad para decirnos lo que sentimos, lo que hacemos y somos, para exteriorizar nuestras penurias e infelicidades, para poner al descubierto nuestros defectos y disparates. Pero sobretodo, para sentirnos prodigiosamente comprendidos, acogidos y acompañados.
Se inició como un grupo parroquial y ahora vamos camino a veinte años juntos. El reunirnos es una fiesta con juegos artificiales invisibles en el cielo. Explosionamos de risas y cariño. La casa que nos acoge se convierte en un oasis, en un fortín en medio de la lidia diaria. Nos suministramos suplementos vitamínicos para nuestras fuerzas desgastadas por la rutina y responsabilidades. Nos leemos las miradas. Nos criticamos e interpretamos. Podemos ser para el otro bufones, consejeros, puntales o lechos de plumas. Hacemos lo que sea para que el otro tenga una mejor vida.

Aquellos que han llegado de fuera por primera vez se pregunta al vernos: ¿Qué se han fumado? ¿Estarán borrachos? ¿Qué les pasa? ¿Pero qué tienen ?
Tertuliano, escritor del siglo tercero, comentaba que los paganos al referirse a los cristianos exclamaban con admiración: “mírenlos cómo se aman y cómo están dispuestos a morir unos por otros”. Es eso, somos herederos. Seguidores. Imitadores. Miles, antes que nosotros, los primeros cristianos nos mostraron a costa de su propia vida cómo vivir y vivir bien con un linaje divino. Con los años que fueron transcurriendo, lo experimentamos nosotros mismos y nos convencieron.
Esta es nuestra riqueza. Nosotros mismos, juntos embebidos de un mismo espíritu de comunidad, somos una casa espectacular, una billetera milagrosa y poderosa, un motor de 600 caballos de fuerza.
Venid benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.
sábado 24 de enero de 2009
viernes 23 de enero de 2009
Un fin de semana con sólo hombres jóvenes.
No, no voy a contar lo que hicimos dentro. Sólo les cuento que fue uno de los sucesos que más recuerdo de mi vida. Muy bien organizado y muy eficazmente, marcó hondamente mi apreciación de las cosas. No me cambió en nada de lo fundamental, no me “convertí” ni me hizo un católico íntegro ni mucho menos un beato aspirante a los altares. Después de ese fin de semana, mis procesos siguieron su desarrollo inevitable, especialmente el que era para mí, toda una latente contracción en mi vida: mi sexualidad.

Pero sí tengo que reconocer que entre lo mejor que me dio fue el empezar a valorar mi familia, lo que es todo un desafío para un joven promedio acostumbrado a sentirse el centro del universo y que sólo sabe mirarse el ombligo. Mucho de lo que se habló dentro, tenía que ver con lo que en un 90% de veces, es el problema de los jóvenes: la relación con sus familias.
Recuerdo lo difícil que era para los 40 jóvenes, relatar los conflictos que sufrían con alguno de sus padres o con ambos. El clima que logramos en aquel grupo era de impresionante intimidad y respeto, pero los nudos eran complicados, las lágrimas no salían con facilidad por eso de que los hombres no deben llorar, los sufrimientos acumulados en el tiempo se negaban a asomarse, nuestros muros construidos en nuestras pieles jóvenes nos había alejado de la realidad y lo que es peor, nos había acostumbrado a un aislamiento emocional en medio de mil responsabilidades, roles, modas, compañeros de diversión y ruido. A pesar de ser chicos de familia y muy sociables, todos vivíamos vidas solitarias o vidas ocultas.
Pero la metodología y los mensajes claros, la suave delicadeza de los guías, el sentido de las vivencias comunes a todos y claro, la Gracia de Dios, fue ablandando nuestras miradas en aquel fin de semana distinto, cambiando las perspectivas, iluminando nuestras ubicaciones y mostrando los nuevos matices de la vida. Mejor dicho, del amor humano.
Al regresar a la ciudad el domingo por la noche, cuando pensábamos que sólo nos faltaba recoger nuestro equipaje y marcharnos a casa, nos encontramos sorpresivamente con todos nuestros padres esperándonos en un salón. Recuerdo que todos ellos llevaban una vela encendida. Pero lo que más recuerdo fue la ausencia de palabras. Donde se miraba había gente abrazándose como si no se hubieran visto en años. Como a muchísimos, las lágrimas me mojaron la cara, pero lo que fue más importante y que aún me dura, fue que me mostraron que me vaya donde me vaya, hiciera lo que hiciera, pasara lo que pasara conmigo, siempre podía volver a mis queridos ‘apás porque ellos estarían esperándome.
Creo que ahí, en esa experiencia empecé a amar a los jóvenes. Los que me conocen de cerca, saben que congenio muy bien con ellos, me comunico a la perfección, sintonizo con sus silencios y algarabías, con sus carencias y excesos. Entre tantas cosas me gusta recordarles la figura del Hijo pródigo que se repite y repite…mil veces en nuestras vidas. Siempre, al final, a pesar de todo, después de lo hecho, cuando ya no podemos más, cuando creemos que hemos probado todo, podemos regresar a los brazos de Dios. Al Padre que espera con los brazos abiertos.
¿Se necesita algo más que amar a los jóvenes tal como son?
jueves 22 de enero de 2009
Si te jode que soy flaco, entonces no me mires
¡Qué grosería e imprudencia tiene cierta gente de ir comentando a voz en cuello si estás gordo o flaco! Apenas te ven después de un tiempo, están listos para dar su veredicto:- Oye, te has engordado…
- Has adelgazado ¿ o me parece?
- Convendría que subas -o bajes- unos 5 kilitos y creo que te verías mejor…
- ¿Qué ha pasado?, te veo flaco
- ¿No has pensado en hacer dieta?
Entiendo y respeto que haya toda una usanza a conservarse en línea y saludable, que hay ciertos cánones estéticos que están primando y que el mundo actual nos vende eso. Ni modo. Pero de ahí, a andar de jueces deliberantes del peso y contextura de los demás, no pues, no me jodan. Métanse la boca donde les apeste.
Parece que estoy enfadado. Puede ser. Les cuento por qué:
Hay una colega que me la encuentro de cuando en cuando en la sala de profesores de la facultad. Es lo que se dice, muy sociable. Con quien primero se le cruce, comenta en voz alta acerca del clima, del tránsito, de la última noticia, de los alumnos y por supuesto, de la complexión física de su eventual interlocutor. A mí, ya varias veces me ha tocado ser el punto de su escrutinio.
- Pero amigo… tú no subes de peso por nada…¿No?
- Pero amigo… yo con este calor me estoy derritiendo, cuidado tú, porque puedes desaparecer…
- Pero amigo… ¿ No haces nada por subir de peso?
Gracias a mi prudencia, me amarro la boca. Anudo la lengua y no le suelto una precisión sanguinaria sobre lo que veo en ella, que no es precisamente un figurín intachable. Pero me temo que yo, que no suelo tener pelos en la lengua -sólo en ocasiones que prefiero no narrar en este momento- un día de estos me va a encontrar sencillamente con la boca desabotonada y le voy a propinar ciertos comentarios que podrían entablar una conflagración nada amigable.
- Pero amiga…¿Cómo te atreves a usar ese tipo de blusa?... Pareces una gestante senil.
- Pero amiga…Si tú te derrites de calor, vamos a tener suficiente sebo líquido como para freír una vaca entera…
- Pero amiga…Qué aterrador y frustrante debe ser tener esa desproporción y rechonchez en el vientre y no tener dinero para hacerse una liposucción…
Dios proteja mi moderación. Él sabe que puedo reaccionar venenosamente. Mi lengua puede ser una cuchilla suiza ante la indelicadeza atrevida.
El otro día, la tía de un amigo mío, a la que respeto pero a la que nunca le he dado confianza para que diserte sobre mi apariencia ni sobre mi vida, me recomendó que subiera 5 kilos para verme mejor…
¿Qué son toda esta gente? ¿Nutricionistas? ¿Estetas griegos? ¿Endocrinólogos? ¿Directores de castings para alguna publicidad de algún gimnasio de moda?
Perdonen ustedes, pero no me jodan. Yo soy el único que puede estar feliz o infeliz con mi peso. Yo estoy contento con los kilos que mantengo casi inamovibles desde que salí de la secundaria. Mi cuerpo está hecho para disfrutarlo yo, quererlo yo, cuidarlo yo y no para estar sometido a juicios sobrantes de gente extraña. En realidad me importa un rábano crudo lo que éstas observen en mí. Guárdense su preocupación. Háblenle a sus espejos de su baño o a los de sus gimnasios.
Sólo les doy la licencia para prestar atención sobre mis dimensiones a quienes además de ver las de mi cuerpo, ven las de mi espíritu. Y para este último no existen los ojos ni las balanzas.
miércoles 21 de enero de 2009
Enamorarme o no enamorarme

Me leo con cierta regularidad y noto que he cambiado muchísimo. Hace algún tiempo atrás, entre mis más enclavados empeños estaba el encontrar como sea, a uno que se enamore perdidamente de mí. Ahora, tengo que escribir todo lo contrario. Me gustaría que cambien mis deseos del momento, que en el fondo se altere mi configuración actual y sea yo quien me enamore perdidamente de alguien.
Necesito otros ojos. O unos originales anteojos que le den nuevos colores a esos candidatos que tengo alrededor. Quisiera distinguir en ellos nuevos contornos que me despierten sentimientos y no sólo me arrechen la sangre y el bajo vientre. No puedo negarlo, felizmente tengo a varios en mi directorio del celular, en mi agendita del año pasado, en mi lista de contactos, en alguna que otra red social especializada que duermen el sueño de los justos.Seguiré los consejos de todos aquellos que me conocen bien y opinan que debo relacionarme con aquellos hombres, usando sólo el centro de mi cuerpo. Ni demasiado con la mente ni tanto con los genitales, sino con el desatendido corazón. Tengo que volver al significado más original de la palabra recordar, que proviene del latín recordis, “volver a pasar por el corazón”.
Voy a prenderlo. Voy a pasar por él. A agitarlo como pomito de medicina para que circule la sangre por algunos de sus ventrículos que han de estar obstruidos y causan que no me enamore desde hace tanto tiempo. A incorporarle alguna válvula que incite dentro de él, un amor erótico, sentido, privativo, excepcional. A animarlo a que funcione no solamente con mis seres amados cotidianos y clásicos, sino que se arriesgue con forasteros, desconocidos, feligreses, postulantes, camaradas y demás relacionados.
¿Será todo esto una labor para un cardiólogo? Tráiganme las páginas amarillas............
martes 20 de enero de 2009
Viajemos y viajemos, Vicho.
Fue mi prima Maritza la que lo puso bien en palabras:
-Te entiendo Vicho, sólo quieres buscar otros estímulos-
Rechazo los viajes tan organizados. No me gustan los tours contratados con tanta anticipación. Ni esos encartes publicitarios que te indican qué es lo que vas a hacer día a día, qué mirarás, qué visitarás y qué no. A qué hora te levantarás y qué comerás. Un turismo dictatorial.
Admiro a los mochileros de todas partes del mundo que proliferan y caminan por mi barrio de Miraflores. La mayoría muy jóvenes que con un billete de avión y poquísimo equipaje y dinero, emprenden viajes sin tantas seguridades. Que con atuendos livianos y zapatos resistentes que parecen hechos para el trabajo obrero y poco en el estómago, caminan y caminan sin tener en claro a dónde van. Suben a pueblos de los andes, respiran aires nuevos y luego, bajan y se sientan solos en parques del medio de la ciudad a comerse una papa sancochada con una gaseosa. Pero sus rostros los revela: están acompañados consigo mismos -y eso parece ser lo central de sus viajes- en medio de la vida que los ha arrojado a confines lejanos.
Lo que yo buscaba es esa misma aventura provocadora de estar a solas conmigo, de resolver pequeñas inconveniencias del estar en un lugar sin nadie que yo conozca, abrir mis ojos -y las piernas posiblemente- a nuevos parajes y confiar en mis habilidades para desenvolverme en medio de ellos.
Empecé a meter alguna ropa mezclando las de invierno y verano en una maleta pequeña. Escogí mis truzas más llamativas. Me compré un cepillo de dientes nuevo. Pagué el teléfono con mucha anticipación. Acomodé mi pasaporte en un bolsillo.
Iba a dirigirme al aeropuerto. Miraría la pizarra electrónica y en la lista de próximas salidas, escogería indeliberadamente mi destino. Madrid o San Francisco. Panamá o Buzios. El corazón empezó a latirme con diferentes ritmos uno tras otro: flamenco, house, cumbia y samba; cuando sonó el teléfono.
- ¿Profesor Vicho?
- Sí como está usted Señor Decano…
- Contamos con usted para dictar el curso intensivo de Verano, ¿verdad? Comienza el día de mañana…
Nunca más acertado lo que bien dice mi mamá: “El hombre propone y Dios dispone”. Agrego yo, con mi corbata puesta y una sonrisa resignada, que al final, viene el diablo y todo lo descompone.
Mejor no planeo nada lo de Febrero.
lunes 19 de enero de 2009
El placer de morir en una cama sucia.
La cama de dos plazas llevaba puestas unas sábanas descoloridas y sucias. Las almohadas yacían deformadas y muertas contra la cabecera, como evidenciando delitos pasados cometidos sobre ellas y con ellas de testigos.
El olor me produjo inicialmente una sensación de vértigo. Ahí en ese escenario se había sudado antes. Muchos, habrían muerto asfixiados de placer y emanado sus vapores contenidos. Y me empecé a excitar. Para convencerme, rocé el abultamiento alrededor de mi bragueta del pantalón.
Sin pensarlo dos veces me desvestí y me tiré boca abajo. Mi próxima víctima lo hizo también. Se arrodilló a un lado de la cama y se acercó a besarme la espalda. Un súbito escalofrío hizo que cerrara los ojos. Le ordené que apagara las luces porque no quería ver lo que sucedería. Sus brazos se confundieron con los míos. Su cuerpo bronceado se amoldó perfectamente al mío, todavía rígido. Su barba crecida la sentí en mi cuello. Y su maldito olor hizo acrecentar mi instinto asesino.
Fueron dos horas de muerte seguida, sin sangre derramada ni arrepentimientos. Al finalizar me quedé tendido mirando la oscuridad y con la sed saciada, acerqué mi mano sobre su vientre aún tibio. Esperé unos minutos más. Comprobé que su cuerpo sin vida empezaba a enfriarse y fue entonces que me senté. Escondí mi arma. Me levanté a tientas. Me vestí apoyándome a una de las paredes más cercana y ahora sospecho que al tocarla, colaboré con una mancha más en ellas gracias a mi humedad sobrante, dejando intencionalmente mis huellas del delito.
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Regresé a la habitación de mi hotel. Velozmente, bajo el agua caliente de la ducha, me deshice de todo vestigio de muerte sobre mi piel satisfecha. Mientras me secaba con la toalla, crucé por delante del espejo y ningún reflejo de mí, aparecía. Comprobé súbitamente que yo, ya no existía.
En aquella cama lejana y escabrosa, el que había muerto era yo. Ese placer prohibido y sórdido había asesinado mi cuerpo. Adoro morir así.










































