...el Banana Split. Claro está, particularmente éste Banana Split.
Si alguien sabe de una Heladería que lo vendan...ruégole información.
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Qué barbaridad, a dónde hemos llegado. Hay personas que ventilan a plena luz del día sus necesidades por calles y plazas; y son capaces de hacer cualquier cosa por satisfacerlas...
Detesto corregir exámenes. Es lo peor de mi trabajo. No sólo porque son muy relativos los criterios para evaluar respuestas que los alumnos desarrollan, sino porque éstos tienen ahora las peores caligrafías y sobre todo las peores capacidades para redactar. Mi labor de corregirlos se convierte en una de descifrado, decodificación y hasta de adivino. ¿Qué es lo que me quiere decir? ¿Qué ha escrito este fulano?
Compruebo tristemente que en estas últimas generaciones de estudiantes se está perdiendo la maestría de enunciar un pensamiento de forma escrita. Y es lamentable, que un futuro profesional sólo hable -o crea hacerlo- y no sepa trasladar sus conceptos mentales a un papel. O sea el caso, a una pantalla.
Mi experiencia personal me dice que quien sabe escribir correctamente, sabe hablar y viceversa. Y quien sabe ambas, sabe pensar. Y quien sabe pensar, vive mejor. Nuestro cerebro humano tiene esta potencialidad latente, la de desarrollar el lenguaje y desarrollarnos como personas.
Las palabras son herramientas que cuánto más se utilicen, mejor. Fluyen mejor. Nuestra mente sólo funciona a través de ellas. Las ideas no tienen otra forma de existir que a través de las palabras.
Por eso, yo, adoro las palabras. Gracias a ellas existo para los demás; porque con ellas, existen mis pensamientos y sentimientos. Mis inquietudes y evocaciones. Sean los que sean. De lo contrario, me sentiría solo: un loco cercado en una fortaleza de piedra y silencio. Estaría vacío. Inútil. Incomunicado. Despoblado. Árido.
En este instante escribo, con la misma naturalidad con que pienso y siento. Aquí y ahora, estoy contigo, queridísimo lector. Pero ya me tengo que ir a corregir, a interpretar mundos raros, a sufrir.


Y he aquí una gran ayuda para todo aquel que le ocurra lo mismo que a mí. Una receta que puede contrarrestar esas súbitas cargas:
1. Distinguir que sólo estamos obligados moralmente a hacer o no hacer algo cuando están de por medio elementales valores, cuando está en juego un bienestar preciso o colectivo. Ejemplo: la vida, la integridad, la salud, el honor, la libertad. O los valores que nosotros elijamos.
2. Cuando estamos frente a una preferencia, a un gusto personal, ahí, no hay obligaciones morales colectivas. Sólo cabe respetarnos. Ejemplo: Si a mí me gusta el color amarillo, no estoy faltando a nadie por usarlo. No hay reglas. Yo, hombre, tampoco estoy obligado a que me gusten las mujeres, le pese a quien le pese.
3. Hay veces que tenemos que cumplir parámetros sociales que no nos gustan. Estamos presionados a seguir convenciones relacionadas a comportamientos, tradiciones o arbitrariedades del grupo al que pertenecemos pero, ojo, son solo obligatorios para aquellos que son miembros voluntarios de ese grupo. ¿Cuál es la salida? Pues en lo posible, ser bravos y salirnos de tal círculo o grupo que tiene esas normas.
En la medida que cumplamos prolijamente los deberes del primer rubro, no habrá por qué sentir culpa. Vivir libres de cargas innecesarias es de verdad, vivir.
Hoy es el día de mi gran santo, mi querido José. Alguna otra vez ya lo he escrito, él es mi arquetipo de hombre, pues armonizó en su vida sencilla el cumplimiento de sus deberes terrenales con los que provenían del mismo Cielo. Eligió ser carpintero de oficio y fue elegido para ser padre del mismo Dios. Trabajó con sus manos, pero vivió con el corazón y su Fe.
Las hormigas siempre han sido unas criaturas simbólicas en mi vida. Su tremenda insignificancia por un lado, pero su precisa diligencia por otra, han sido siempre una lección y un ejemplo de lo que los pequeños del universo podemos hacer en el universo cuando nos juntamos con otros pequeños del mismo universo. El universo para nosotros.
Mirar las hormigas y no aplastarlas una a una con el dedo índice. Congraciarme con la vida. Aceptar mi propia pequeñez y mi porcioncita en la Creación. Mirar la vía. Recoger las migajas del camino que otros no ven -por poner sus ojos muy lejos del suelo- y llevarlas a casa. Sumergirme en el azúcar, complacerme y saciarme con dulzuras y excesos, pero no vivir ahí, sino, llegado el momento, regresar a mis refugios profundos, cargado, satisfecho y dispuesto a sustentar a otros pequeños como yo.
Caminar sin estrellarme. Saludar, encontrarme y rozarme con otros, besarlos a la vera de precipicios pero no detenerme nunca, siempre circulando con la misión de hormiga que tengo, puesta en la aún más diminuta mente que tengo. No hay barricadas ni insecticidas que otros que se creen superiores pueden ponerme. Mi naturaleza está viva. Mi tarea, también.
Me voy a la azúcar, ya regreso.

Los fuertes olores a orines me señalaban la presencia masiva de hombres en la zona. No puedo negarlo, eso crea en mí una excitación única. En otra vida debo haber sido perro. O perra, claro. Mi olfato detecta inmediatamente a alguno de mi especie que ha demarcado bien su territorio. En este caso, una jurisdicción muy sexual. Y es que la Plaza San Martín tiene la fama de ser la yema gay de la ciudad. Algo pútrida, pero yema al fin. No sólo por una cuestión de su inmensa cantidad de visitantes o por su popularidad -en el sentido literal- sino también por ser atrayentísimo para todo aquel que le guste los huecos sub-urbanos donde la penumbra, un toque de agresividad, la sordidez y la exuberancia son los componentes primordiales de la diversión.
Nuestra primera parada: un lugar llamado Laberynto. Pagamos nuestra entrada en la boletería atiborrada de muchachitos policromos, engelados, flacuchos, con sus dedos meñiques movedizos, apretujados unos, y otros, como recién llegados de jugar un partidito de fútbol en la cancha de su barrio. Ahí en verdad, sí vale todo. Al entrar, me sorprendió que a pesar de lo temprano de la noche -no pasaban de las 11- unas doscientas almas se movían furiosamente al ritmo del tuc tuc tuc de unos parlantes maltrechos.
No duramos más de 45 minutos en aquel local sin aire y estrepitoso. Pero a decir verdad, salí festejando que haya lugares como éstos donde todos los disparejos como yo, se sientan incluidos, admitidos, libres y no condenados por nadie. Decenas de "Thalías" con panza al aire, de "Pussy cats" de metro cincuenta, de jovencitos y no tan jovencitos confundidos comiéndose las uñas y a la vez bebiendo su cerveza de pico, peinadores despeinados, strippers espontáneos con pelitos hirsutos en las tetillas, chicos en verdad “monísimos”, incautos y escondidos en el segundo piso enrarecido observando a lo lejos la pista de baile iluminada. Todos ahí, pasando un fin de semana como a ellos les provoca. O como ellos pueden tenerlo. Lo importante es que se les deje ser lo que quieren como quieren ser y en donde quieren ser.
De todas formas, quiero que sepas que no estamos solos. Siempre hay alguien cerca que nos insinúa el destino hacia dónde y cómo ir. A lo largo de un recorrido lento y meditado, íntimo y curioso, espinoso y divertido, dejaré señales para los otros que vengan detrás de mí. Una cruz o una contraseña, una narración o una tontería pueden evitar que caigamos al abismo y salvarnos la vida.
Allá vamos.