martes 31 de marzo de 2009

Mi postre favorito es...

...el Banana Split. Claro está, particularmente éste Banana Split.

Si alguien sabe de una Heladería que lo vendan...ruégole información.

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lunes 30 de marzo de 2009

Todo lo que hacen por un pene...

Qué barbaridad, a dónde hemos llegado. Hay personas que ventilan a plena luz del día sus necesidades por calles y plazas; y son capaces de hacer cualquier cosa por satisfacerlas...

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sábado 28 de marzo de 2009

Saber escribir, saber pensar, saber vivir.

Detesto corregir exámenes. Es lo peor de mi trabajo. No sólo porque son muy relativos los criterios para evaluar respuestas que los alumnos desarrollan, sino porque éstos tienen ahora las peores caligrafías y sobre todo las peores capacidades para redactar. Mi labor de corregirlos se convierte en una de descifrado, decodificación y hasta de adivino. ¿Qué es lo que me quiere decir? ¿Qué ha escrito este fulano?

Compruebo tristemente que en estas últimas generaciones de estudiantes se está perdiendo la maestría de enunciar un pensamiento de forma escrita. Y es lamentable, que un futuro profesional sólo hable -o crea hacerlo- y no sepa trasladar sus conceptos mentales a un papel. O sea el caso, a una pantalla.

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Mi experiencia personal me dice que quien sabe escribir correctamente, sabe hablar y viceversa. Y quien sabe ambas, sabe pensar. Y quien sabe pensar, vive mejor. Nuestro cerebro humano tiene esta potencialidad latente, la de desarrollar el lenguaje y desarrollarnos como personas.

Las palabras son herramientas que cuánto más se utilicen, mejor. Fluyen mejor. Nuestra mente sólo funciona a través de ellas. Las ideas no tienen otra forma de existir que a través de las palabras.

Por eso, yo, adoro las palabras. Gracias a ellas existo para los demás; porque con ellas, existen mis pensamientos y sentimientos. Mis inquietudes y evocaciones. Sean los que sean. De lo contrario, me sentiría solo: un loco cercado en una fortaleza de piedra y silencio. Estaría vacío. Inútil. Incomunicado. Despoblado. Árido.

En este instante escribo, con la misma naturalidad con que pienso y siento. Aquí y ahora, estoy contigo, queridísimo lector. Pero ya me tengo que ir a corregir, a interpretar mundos raros, a sufrir.


viernes 27 de marzo de 2009

Aquellos cumpleaños de mis papás. Y hoy...



«Quien se olvida de lo bien que lo ha pasado
se ha hecho viejo ese mismo día». (Epicuro)



Desde muy pequeño, vi festejar entusiasmadamente a mis papás sus cumpleaños. Son recuerdos indelebles que conforman mi infancia. Desde muy temprano los días previos y el de la misma celebración, todo era un entrar y salir hacia el mercado para comprar mil ingredientes y mil bebidas para la fiesta. Ellos siempre se rodearon adrede de gente que los quieren mucho y ha sido una lección que he aprendido. El Amor entraba a borbotones por la puerta principal. La casa se llenaba de comida y luz; y poco a poco, a lo largo del día, de la tarde y de la noche, los mil invitados agitados y emocionados llegaban con sus regalos y flores bajo el brazo.

Pero las cosas cambian. Tienen que cambiar porque la vida cambia. La casa se ha achicado, los ánimos evolucionan y las costumbres familiares también. Hoy, el movimiento gira en torno al teléfono. Suena y suena sin cesar. Desde las 7 de la mañana, muchos familiares y amigos -de esos que se despiertan al amanecer- lo primero que hacen es hacerles llegar sus saludos. Los escucho reír, agradecer y recordar sin nostalgias innecesarias.

Y yo, en silencio. Disfruto. Agradezco a Dios por ellos. Me siento espectador privilegiado de lo que es celebrar la Vida. Reconozco que prefiero la tranquilidad de hoy frente a aquellos ajetreos de hace años. Ya no hay empleadas limpiando y lustrando los pisos. Mi mamá ya no tiene que cocinar para otros. Mi papá ya no tiene que comprar whisky ni cerveza. La casa ya no retumba con música estruendosa.

Hoy basta hacer alguna reservación en algún bonito restaurant. Ellos son felices, muy felices. Celebran apaciguadamente y con moderación los años acumulados y dedicados a su familia. Les basta el abrazo y la algarabía de sus nietos.

A lo largo de la vida, el Amor comienza expresándose como un río profuso e incontenible, pero poco a poco, avanza por desiertos y montañas hasta convertirse en una laguna serena. El paisaje se aquieta. El valle florece. Los frutos maduran. Se envejece con dignidad.

Es bueno ver pasar la vida. Pero recordando siempre que «El amor no pasa nunca» como bien lo escribió San Pablo.




miércoles 25 de marzo de 2009

Placer, placer, placer....

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Escuché el otro día a una renombrada psicoanalista diagnosticar que el gran problema, especialmente de los jóvenes es que no saben establecerse límites al placer.

No dejé de darle la razón. Tiene mucho de razón.


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Soy un entusiasta perseguidor y vehemente defensor del placer humano. Siempre me he mostrado dispuesto a revalorar y des-satanizar el placer humano. Mucho de lo que escribo tiene ese saborcillo, un tanto licencioso y permisible. Está bien -muy bien- regocijarnos con nuestro cuerpo y echar a andar nuestros venerables sentidos. Ello no tiene por qué hacer daño a nadie. Es todo lo contrario, un recurso de bienestar y bendición.


Pero otra cosa es el malsano exceso. ¿Quién ha de fijarnos la frontera, el límite? Al placer conviene colocarle demarcaciones establecidas por nosotros mismos. Una cosa es tomarse unos tragos que refresquen la sangre y el ánimo y otra cosa es emponzoñarse a tal punto que se incendien nuestros órganos, nuestros pensamientos y nuestras firmezas. Una cosa es nadar en los mares de la primorosa genitalidad y otra cosa es ahogarse sin llegar a otras profundidades y playas también humanas como la emoción y la espiritualidad. Ni tan tan, ni muy muy.

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Hace unas semanas, mientras disfrutaba de mis vacaciones en la Florida, un amigo me preguntó qué me provocaba comer. -camarones- respondí. A los pocos minutos tenía en frente una fuente con más de 40 de ellos y un aderezo para acompañarlos. No pensé en cantidades. No calculé ni preví las consecuencias. Después de devorármelos todos estuve a punto de terminar en la sala de emergencia con una intoxicación fulminante que convirtió mi cuerpo en una roncha gigante y colorada. Está bien el placer de comerse unos camarones pero teniendo en cuenta en no caer en la desproporción, en el detrimento.

Veo con cierta preocupación -no lo niego- las fotografías que publican airosamente mucha gente querida en las tan de moda redes sociales de Internet. Muestran sus derroches y atiborramientos. Creen estar propagando sus plenitudes, pero mis ojos, quizás un poco suspicaces, leen detrás, sus insuficiencias y poca reserva. Sus cuitas disimuladas.

Equilibrio. Armonía. Contrapeso. Umbrales. Autocontrol. Discreción. Son palabras que me dicen mucho. Si sólo busco el placer por encima de todo, sólo expongo mi infelicidad desnudada y mi autodestrucción solapada.

martes 24 de marzo de 2009

Javiercito, aquí mando yo.

Anoche sucedió lo que esperaba y lo que me había propuesto resueltamente. Me encamé con Javier. La decisión la tomé yo. Lo llamé a eso de las 10 de la noche y le dije que iría a su casa. Menos mal que no me preguntó para qué iba.

Conversamos en su pequeña terraza por una media hora. Tomamos un par de cervezas. Pero en todo momento de la plática, mi mirada y mis ondas cerebrales llevaban una carga inminente, directa. El mensaje era único: -de esta noche no pasas-

Ya venía siendo mucho tiempo. ¡Casi un mes ! Por lo general, intento ser atemperado, pero no me pidan tanto. Debo reconocerlo, termino siendo lo que soy, un disoluto y un tirano. Aún en tiempo de cuaresma, de continencias y de penitencias. Finalmente, acabo convirtiéndome en esa alimaña silvestre que tanto temo ser, buscando carne cruda por las calles, olfateando machos inquietados por la luna llena.

No sé cómo fue exactamente, pero a los pocos minutos, tenía a Javier bajándose el cierre de la bragueta del jean. Un fardo envuelto en tela de algodón oscuro evidenciaba que yo, estaba en la dirección correcta. Era la señal que esperaba en la carretera.

Le ordené que fuéramos a su dormitorio. Se negó porque como muchos hombres, no quería ser fisgoneado en sus privacidades. Lo jalé con las dos manos y lo conduje en silencio. No pudo resistirse. Al entrar a su habitación, la media luz, el grácil desorden, el olor a intimidad y al perfume que usa a menudo, la cama destendida, su ropa sucia en un canasto de plástico, terminaron por destrabar mis voracidades bárbaras. Ahí, en ese territorio tenía que obtenerse sexo. Me desnudé al instante y me metí en su cama.

Un poco atolondrado, un poco tembloroso empezó a empujar varios pares de zapatos por debajo de su cama.

-Deja eso y ven- le dictaminé

Lo vi desnudarse poco a poco. Me sentí victorioso. Deseoso. Por fin, estaba consiguiendo lo que me había propuesto hace dos semanas apenas lo conocí. Su cuerpo era delgado, pero con esas líneas curvas muy bien definidas en los brazos que me enloquecen. No era un adonis esculpido pero lo que iba apareciendo debajo de sus ropas, simplemente coincidía con lo que esperaba ver, un soldado para luchar cuerpo a cuerpo.


Apagué la luz de una lamparita escondida en la mesa de noche y sólo quedó su silueta oscura con el fondo iluminado del pasadizo.










Poco a poco se acercó. Le hice un espacio en su cama, que ahora era mía. Cerré los ojos y todo lo que continuó fueron sensaciones provenientes de mis manos impulsivas y de mi boca insistente.

Javier quedó disminuido. Enredado. Cautivo. Bajo mis órdenes. Vencido. Y yo, simplemente complacido. Apaciguado y laureado. Aunque también, me noto sutilmente avergonzado por haberme comportado como sargento opresor, por haber violentado tramposamente sus carencias de carácter y voluntad.


Javiercito estimado, ahora tu cuerpo, tu armamento, tu habitación y tu tiempo de guerra son míos. Las veces que yo quiera. Las treguas las decidiré yo.

lunes 23 de marzo de 2009

Vicho baila solo


Conocí a Javier hace un par de semanas y desde entonces lo oigo pedir que antes de llevarme al “ring”, vayamos a bailar. Es por algo así como su protocolo de seducción, además de que le resulta sumamente erótico que dos hombres bailen juntos.

Es cierto, la primera vez que entré a una discoteca gay lo que más me maravilló, innegablemente fue ver bailar a hombres entre sí. A algunos les choca tanto como si estuvieran viendo dos hombres peinandose entre sí. A mí, en cambio, me fascinó y me pareció mágico desde el primer minuto y recuerdo haber corrido a la pista de baile con mi parejilla de turno.

El sábado último estuve en una fiesta de cumpleaños en casa de un amigo donde todos éramos gays. Todos bailaban en parejas. Reían y festejaban el intercambio de sacudidas. Había un lenguaje común. Un idioma que todos se esforzaban en hablar con sus cuerpos. Pero especialmente había diversos procedimientos de seducción.

Pero en mí actualmente se ha producido un cambio rotundo con respecto a mis épocas discotequeras. Ahora, prefiero bailar solo. Sea en discotecas o fiestas en casas. Me encanta. Quizás sea por la influencia de mis pasadas clases de biodanza que me enseñó a congregar mis emociones y mi cuerpo a través de mis movimientos; a ir más allá del comunicarme sugerentemente con la pareja de turno. Pues, el baile se ha convertido ahora esencialmente en una expresión de mis espirales y algarabías interiores. Si alguien me saca a bailar, acepto, pero tengo que reconocer que no lo miro, ni me sincronizo a sus movimientos provocadores. Me muevo a mi propio ritmo, sigo a mi propia coreografía espontánea. Brinco y dibujo, me detengo y sigo, respiro y miro dentro de mí. Me gusta mi individualidad en medio de esa colectividad de meneos y contorsiones.


En la mencionada fiesta lo hice así y como siempre, lo pasé muy bien. Recontra bien. La gente de todos los ambientes sociales tendrá que ir entendiendo que también se puede bailar a solas. Simplemente porque se quiere así, se puede uno divertir así y no porque se sea un segregado o porque se sea un antisocial o un solista empedernido.

Y claro, sospecho que hay detrás de esta nueva forma mía de entender y vivir el baile, toda una interpretación psicológica que se las dejo a cada uno de ustedes, queridos lectores. Mientras tanto, deseo que Javier lea pronto esto para que sepa que no necesito de sus ritos previos, y así podamos irnos al "ring" sin tanto préambulo o bailaditas innecesarias.

Nada de bailes preliminares en salones, pasemos rápidamente al dormitorio. .

sábado 21 de marzo de 2009

Tres salidas para la Culpa

Uno de los males que más nos oprime a quienes tenemos una formación judeo-cristiana que hemos recibido desde niños en casa, es la instauración en nuestras almas de la impalpable pero corrosiva Culpa.

En una medida moderada y racional, ella puede ser útil para señalarnos los caminos equivocados de los que todos queremos alejarnos; pero instalada insistentemente dentro de nosotros es implacable, fatal y represiva.

A veces mientras disfruto de un momento de placer, en las puertas de un gran deleite por ejemplo sensorial, me sobrevienen culpas innecesarias o una sensación intempestiva y filosa de no merecerme tal gozo.
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Y he aquí una gran ayuda para todo aquel que le ocurra lo mismo que a mí. Una receta que puede contrarrestar esas súbitas cargas:

1. Distinguir que sólo estamos obligados moralmente a hacer o no hacer algo cuando están de por medio elementales valores, cuando está en juego un bienestar preciso o colectivo. Ejemplo: la vida, la integridad, la salud, el honor, la libertad. O los valores que nosotros elijamos.

2. Cuando estamos frente a una preferencia, a un gusto personal, ahí, no hay obligaciones morales colectivas. Sólo cabe respetarnos. Ejemplo: Si a mí me gusta el color amarillo, no estoy faltando a nadie por usarlo. No hay reglas. Yo, hombre, tampoco estoy obligado a que me gusten las mujeres, le pese a quien le pese.

3. Hay veces que tenemos que cumplir parámetros sociales que no nos gustan. Estamos presionados a seguir convenciones relacionadas a comportamientos, tradiciones o arbitrariedades del grupo al que pertenecemos pero, ojo, son solo obligatorios para aquellos que son miembros voluntarios de ese grupo. ¿Cuál es la salida? Pues en lo posible, ser bravos y salirnos de tal círculo o grupo que tiene esas normas.

En la medida que cumplamos prolijamente los deberes del primer rubro, no habrá por qué sentir culpa. Vivir libres de cargas innecesarias es de verdad, vivir.

jueves 19 de marzo de 2009

Mi buen José.

Hoy es el día de mi gran santo, mi querido José. Alguna otra vez ya lo he escrito, él es mi arquetipo de hombre, pues armonizó en su vida sencilla el cumplimiento de sus deberes terrenales con los que provenían del mismo Cielo. Eligió ser carpintero de oficio y fue elegido para ser padre del mismo Dios. Trabajó con sus manos, pero vivió con el corazón y su Fe.

Admiro yo su sencillez y su pequeñez, ambas convertidas en plan divino. Superó sus dudas. Amó como hombre. Deseó a María. Aceptó lo incomprensible y la pobreza. Confió en esa voz susurrada al oído. Cumplió el encargo.

En estos años de vida que tengo, una convicción reside en mi entendimiento: Cuánto más pequeños somos, más grandes somos para los ojos de Dios. No importa lo que los demás digan.

Tengo la dicha de conocer hombres como el buen José: Mi hermano Shivy es veterinario y trabaja administrando un restaurante en Puerto Rico. Asume lo que tiene que hacer sin quejas. Lo he visto llegar a su casa después de una larga jornada, iluminado y abrazar tiernamente a su esposa e hija, con el corazón rebozante por estar cumpliendo humildemente bien la voluntad de Dios. San José habrá hecho algo así. ¿Habrá felicidad más completa que esa, que vivir serena y mansamente nuestras circunstancias? ¿No es eso amar la vida?

Conozco a mi tío Pedro. Con apenas 97 años de edad, comenta a todo el que se le acerca que agradece silenciosamente a Dios que a pesar de su disminuida salud y sus pocas fuerzas mantiene una inacabable capacidad para amar. Es apreciado y admirado por todos los que viven en el asilo donde reside. No dejará grandes herencias, pero amó hasta el final con ímpetu y simpleza. ¿No es eso la plenitud que tanto nos preocupamos en alcanzar?

Esta mañana mi amiga Toñi me contó que a la salida del templo en Madrid, un vagabundo le tomó la mano. Le dijo respetuosamente: -qué frías tienes las manos pero qué tibio se nota que tienes el corazón-.

Uno se encuentra con San Josés por todo sitio. En casa o en la calle. A unos los vemos vivir de cerca, a otros les escuchamos y a otros les tomamos casualmente las manos. Todos están ahí para revelarnos nuevas vías. Desde mi punto de vista: el camino de la santa pequeñez, de las contraseñas simples, de la modesta contribución con la salvación del hombre.

Feliz día de San José para todos. Especialmente a todos los Josés de mi vida. Los que tienen barba y los que no. Los que sin saberlo, son santos. Benditos sean.






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miércoles 18 de marzo de 2009

Carajo, por favor, no me llames más.

Me llama a diario. Insiste. Mientras estoy dictando clases, siento a lo lejos la vibración de mi nextel dentro de mi maletín alertándome que quiere comunicarse conmigo. Pero no siempre le contesto. Y es que estoy echando a trabajar un plan de ponderación personal: no quiero involucrarme más de lo que ya estoy con él, no quiero atravesar esa débil frontera que me haría su pareja sentimental, simplemente, no quiero enamorarme de él.

Y es que no quiero caer. Si hablo más con él, si le cuento que a menudo le extraño, ambos cerraremos inequívocamente ese peligroso eslabón y querremos ser lo que no podemos ser. Nos convertiremos en esclavos para siempre. Quiero evitar sufrir una vez más en mi vida con una novela muy romántica, pero esas de final triste.

Está claro, nuestro amor es prohibido. Los únicos que se pueden comunicar con legitimidad son nuestros cuerpos deseosos. Sólo nuestros apetitos son permitidos, no nuestros sentimientos.

Mientras no me enseñe la prueba definitiva de que está divorciado, mi corazón se reservará, se comprimirá y se cerrará. No diré nada. Intentaré no sentir. Aunque él sepa bien que me muero por volverlo a ver, por volver a revolcarme frenéticamente a su lado y dejarme despeinar por sus dedos inquietos y humedecerme por sus órganos movedizos; no diré nada y mantendré obstruidas las compuertas de mi victimizado corazón.
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Por algo los amores socialmente prohibidos son calificados como algo malo. Porque traen tribulación y vacío. Facturan carísimo. Son demasiado onerosos. Lo dejan a uno incompleto, truncado, lisiado. Partido en dos: el corazón por un lado y el cuerpo por otro.

Vaya, después de escribirlo, parece tenerlo más claro. Por favor, no me llames más.

martes 17 de marzo de 2009

Gran Orgía. Contraseña: -pregunta por Jorge-

Mi mamá cuando quiere referirse a una persona entrometida o fisgona le dice que es un “Juan Copete que en todo ojete se mete”. Bueno, frases de mi madre.

Pues debo reconocer que a mí, en muchas ocasiones me viene "a pelo" dicha calificación. No porque ande literalmente detrás de cualquier ojete masculino. Sino porque tengo por rasgo personal e innato la de ser bastante curioso. Me gusta mirar, conocer, saber, espiar otros comportamientos. Me gusta tratar de explicarme qué hay detrás de éstos, qué motivaciones los precede. Y comprender al hombre por el sólo hecho de ser hombre.




Es por eso que unos días atrás accedí asistir a una orgía. Sí, están leyendo bien. Me animé a asistir a una reunión previamente organizada y pagada -20 dólares- donde puros hombres haríamos “de las nuestras” con nuestros cuerpos. Sólo había tres requisitos para los participantes: ser delgado, no ser afeminado y no pasar de los cuarenta años.

Llamé por teléfono para separar un cupo. Una voz educada y varonil me hizo un pequeñísimo interrogatorio y finalmente me dio la contraseña para que una vez que llegara a la dirección señalada, la pudiera mencionar al portero y me hiciera pasar.

Se trataba de una casa promedio en una avenida bastante transitada de un distrito promedio de la ciudad. Repasé el lugar antes de entrar y nadie podría sospechar que ahí dentro, el mismísimo Dionisos hubiese decidido organizar uno de sus ancestrales eventos. Ahí dentro podría muy bien estar durmiendo la siesta una familia completa, la abuelita incluida. Todo era calma alrededor y ningún automóvil sospechoso transcurría por la calle ni permanecía estacionado secretamente.

El portero, un hombre bastante mayor, me hizo una señal con la cabeza como preguntándome qué es lo que quería ahí. Aclaré la voz y respondí nerviosamente:
-busco a jorge-

-Espere un momento-

Me temblaban las piernas. Me era difícil tragar la saliva. Me clavaba las uñas en las yemas de los dedos como para comprobar si estaba delirando o no. Pero más fuertes eran mis voracidades por lo inexplorado, por lo diferente, por lo viciado, por lo que estaba por venir...

A los minutos escuché
-Hola, yo soy Jorge-

Se trataba de un muchachito corpulento, trigueño, muy varonil y de facciones más o menos aceptables. Reconocí esa voz, era el mismo de la llamada telefónica. Pero todo se desinfló en mí instantáneamente: mis apetencias y mis curiosidades, mi fisgonería y mi vocación de investigador. Mi morbosa pesquisa se fue por el caño.

El misterioso Jorge se trataba de un hombrecito de apenas metro y medio y unos poquitos centímetros más. Un chato. Un torito de pucará. Un inconfundible ejemplar de los que abundan en los gimnasios de barrio. Esos que tienen la fama de ser lo que son y tener poco de lo que dicen tener mucho. Mucha dureza en los músculos y nada más.


-Adelante, adentro están los demás muchachos del gimnasio. ¿Me cancelas por favor los 20 dólares?-


Simplemente le sonreí y le dije:

-Disculpa Jorge, aquí ha habido un malentendido, bye- Y me volteé.

Lección: Si iba a comer un opíparo buffet dentro, pues el insignificante canapé que se mostró en la bandeja inicial de la puerta sencillamente me quitó el apetito. ¡Oh Dios Baco, por qué me cerraste las puertas de tus aposentos…!

lunes 16 de marzo de 2009

Soy hormiga que viene de la azúcar


Cada momento que me acerco a servirme un café y tengo que abrir el azucarero, me encuentro con unas cuantas de mis amigas las hormigas.

Todos los años en casa ellas son las fieles veraneantes. Por más que hemos buscado las formas más efectivas, seguras, inaccesibles o herméticas para evitar su presencia, aún las tenemos con nosotros.
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Las hormigas siempre han sido unas criaturas simbólicas en mi vida. Su tremenda insignificancia por un lado, pero su precisa diligencia por otra, han sido siempre una lección y un ejemplo de lo que los pequeños del universo podemos hacer en el universo cuando nos juntamos con otros pequeños del mismo universo. El universo para nosotros.

Mirar las hormigas y no aplastarlas una a una con el dedo índice. Congraciarme con la vida. Aceptar mi propia pequeñez y mi porcioncita en la Creación. Mirar la vía. Recoger las migajas del camino que otros no ven -por poner sus ojos muy lejos del suelo- y llevarlas a casa. Sumergirme en el azúcar, complacerme y saciarme con dulzuras y excesos, pero no vivir ahí, sino, llegado el momento, regresar a mis refugios profundos, cargado, satisfecho y dispuesto a sustentar a otros pequeños como yo.

Caminar sin estrellarme. Saludar, encontrarme y rozarme con otros, besarlos a la vera de precipicios pero no detenerme nunca, siempre circulando con la misión de hormiga que tengo, puesta en la aún más diminuta mente que tengo. No hay barricadas ni insecticidas que otros que se creen superiores pueden ponerme. Mi naturaleza está viva. Mi tarea, también.

Me voy a la azúcar, ya regreso.



sábado 14 de marzo de 2009

Es así de sencillo

A continuación, una buenísima Reflexión que me envió mi amiga Toñi...



SIMPLEMENTE ES

Es porque no soy un solo rumbo que soy todos los caminos.

Es porque me permito cambiar de camino por lo que me es fácil seguir el mío.

Es porque me gusta viajar por lo que soy mi propio viaje.

Es porque no soy de un solo lugar por lo que soy de todos y a la vez de ninguno.

Es porque me permito equivocarme por lo que ya no me equivoco como antes.

Es porque he sido un gran cobarde por lo que ahora puedo ser valiente.

Es porque no me asusta regalarme por lo que soy un gran regalo.

Es porque escucho el viento por lo que éste sopla a mi alrededor.

Es porque he sido ciego por lo que ahora veo.

Es porque he traspasado la tristeza por lo que ahora lloro de alegría.

Es porque he estado en el Desierto que sé que la nada lo contiene todo.

Es porque he sido un niño por lo que hoy puedo ser un hombre.

Es porque acepto mi torpeza por lo que puedo alcanzar maestría.

Es porque fui el más rígido por lo que hoy puedo ser flexible.

Es porque me dí la espalda por lo que hoy me reconozco.

Es porque viví la vida diseñada por otros por lo que hoy ando en la mía.

Es porque soy todos los colores por lo que descubrí mi propio lienzo.

Es porque en mí están todas las notas por lo que soy mi propia música.

Es porque soy amor por lo que me reconozco en cualquier otro.

Es porque soy yo y me acepto, por lo que puedo ser tú y aceptarte.

Es, simplemente es.

Es así de sencillo.

viernes 13 de marzo de 2009

¿Me responderás estás inquietudes, Señor?

¿Qué pensará Dios luego de verme cometer tantas faltas, después de verme tan soberbio, tan insolente? ¿Qué dirá de todas las barbaridades que hago y digo?

¿Sonreirá por mis despropósitos? ¿Se enojará? ¿Se decepcionará?

No lo sé. No lo sé.

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Por ahora, sólo quiero algo de Él: que me siga amando como hasta ahora. Con esa apacible reverberación en mi corazón y con esa sencillez en mi entendimiento. A pesar de mis torpezas y absurdos, de mis incongruencias y mil limitaciones que me siga amando hasta el extremo.

Le ruego que siga extendiéndome su mano, porque sin ella me perdería aún más, andaría por desiertos donde no hay caminos ni señales de salida, moriría.

No necesito que me responda esas preguntas, porque sospecho sus respuestas: Quien ama, exige. Pero también, exime. Necesito su mirada cercana y su bendición para mis empeños, mis frágiles ganas, mis escasas perseverancias.


Ay mi Dios, Ay mi Señor.
Me gusta que estés aquí, conmigo.
Gracias por tu paciencia.

jueves 12 de marzo de 2009

De la Muerte repentina, de mi cuñada y el Amor


Son muchas las razones por las que soy católico. Principalmente, porque en la Iglesia, yo he aprendido lo que es el Amor verdadero. Ya nadie me puede embaucar con amores trampeados, menguados, maquillados o tergiversados.

Mi cuñada, que es catequista de jóvenes en Puerto Rico, hablando de la muerte me dijo el otro día:

-¿Sabes Vicho? Yo le pido a Dios que si me permite elegir mi propia muerte, que me dé previamente a ella una larga enfermedad y la fortaleza para sobrellevarla con resignación y una sonrisa en el alma…

Mi cuñada que tiene afirmaciones de este tipo tan sui generis, en ésta, simplemente me dejó atónito. Le pedí que me explicara porque no entendía por qué le pedía eso a Dios. Cualquiera le pide una muerte sin sufrimiento, repentina.

- Por una sola razón. Yo tengo una hija única. Y quisiera poder yo durante esa enfermedad ir preparándola para mi muerte, para la separación que le resultará muy dolorosa. Le pido a Dios que me dé tiempo para poder acompañarla con mis palabras, con mi amor de madre, con mis pinceladas; y a pesar de mi sufrimiento, prefiero eso a una muerte repentina donde dejaría desolada y turbada a mi hija amada. Al final, mi muerte llegaría así, como una verdadera liberación. Y estaríamos listas para la despedida.


Sé que es difícil de comprenderla. Le pondríamos mil reparos a su pedido, porque nos suena a egoísmo o santurronería barata. Muchos, de hecho no pediríamos eso a Dios. Yo, al menos, le pido siempre los caminos más fáciles y cortos. Pero la vida me ha ido enseñando que los caminos del Amor -el genuino- suelen ser los más difíciles: requieren renuncia, sudor, dolor y hombros fuertes para llevar la cruz cuesta arriba.

Esa es nuestra historia de la salvación. Él mismo entregó a su único Hijo. Y todo en nombre del Amor. De ese que da hasta el fin. Por todo esto, le agradezco siempre a Dios que me siga instruyendo y testificando más y más de ese Amor, del verdadero, del suyo.

miércoles 11 de marzo de 2009

Primeras paradas: Plaza San Martín y Laberynto


Con mis amigos Dr. Fer y Chipilicoco decidimos hacer un tour nocturno por algunas discos y parajes mariconísimos del centro de la ciudad a los que nunca habíamos ido.

Enrumbamos en taxi a la Plaza San Martín. Al llegar, las emociones se me juntaban, es difícil de explicar. Dimos unas vueltas entre temerosos y expectantes. Una especie de apetito me crecía en el estómago y en la sangre. Observaba a todo lado y a todo aquel que pasaba por ahí, no importaba su edad o su aspecto. Cruzábamos miradas, parecía que siempre nos querían decir algo. Es el lenguaje corporal de la prostitución masculina que no manejo, en el que debo decirlo, soy un absoluto ignorante y torpe. Literalmente, eramos extranjeros en nuestra propia ciudad y hablábamos un idioma diferente.


Los fuertes olores a orines me señalaban la presencia masiva de hombres en la zona. No puedo negarlo, eso crea en mí una excitación única. En otra vida debo haber sido perro. O perra, claro. Mi olfato detecta inmediatamente a alguno de mi especie que ha demarcado bien su territorio. En este caso, una jurisdicción muy sexual. Y es que la Plaza San Martín tiene la fama de ser la yema gay de la ciudad. Algo pútrida, pero yema al fin. No sólo por una cuestión de su inmensa cantidad de visitantes o por su popularidad -en el sentido literal- sino también por ser atrayentísimo para todo aquel que le guste los huecos sub-urbanos donde la penumbra, un toque de agresividad, la sordidez y la exuberancia son los componentes primordiales de la diversión.

Nuestra primera parada: un lugar llamado Laberynto. Pagamos nuestra entrada en la boletería atiborrada de muchachitos policromos, engelados, flacuchos, con sus dedos meñiques movedizos, apretujados unos, y otros, como recién llegados de jugar un partidito de fútbol en la cancha de su barrio. Ahí en verdad, sí vale todo. Al entrar, me sorprendió que a pesar de lo temprano de la noche -no pasaban de las 11- unas doscientas almas se movían furiosamente al ritmo del tuc tuc tuc de unos parlantes maltrechos.


No duramos más de 45 minutos en aquel local sin aire y estrepitoso. Pero a decir verdad, salí festejando que haya lugares como éstos donde todos los disparejos como yo, se sientan incluidos, admitidos, libres y no condenados por nadie. Decenas de "Thalías" con panza al aire, de "Pussy cats" de metro cincuenta, de jovencitos y no tan jovencitos confundidos comiéndose las uñas y a la vez bebiendo su cerveza de pico, peinadores despeinados, strippers espontáneos con pelitos hirsutos en las tetillas, chicos en verdad “monísimos”, incautos y escondidos en el segundo piso enrarecido observando a lo lejos la pista de baile iluminada. Todos ahí, pasando un fin de semana como a ellos les provoca. O como ellos pueden tenerlo. Lo importante es que se les deje ser lo que quieren como quieren ser y en donde quieren ser.


...continúa

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