En estos momentos, ¿Cómo no pensar en nuestra vulnerabilidad? ¿Cómo no estar cara a cara con nuestra debilidad y mortalidad? ¿Cómo no recapacitar sobre nuestra a veces olvidada humanidad?
En mi vida, en la única que tengo, estas últimas semanas, una serie de acontecimientos familiares y de personas muy queridas, me han sorprendido, descolocado y dejado hundido en el pavimento áspero e invisible del vacío y el desconcierto. Epidemias nos asolan y enfermedades se presentan difíciles de vencer. Familias y pueblos clamando sin respuestas. Angustias y toallas abandonadas en medio del cuadrilátero, de las calles, de los campos.
Un aire irreconocible y agresivo, proveniente de no sé qué polo me ha entrado por los poros y ha helado mi mirada. Mis ganas. Mi aliento. Casi ni sonrío por nada.
La Muerte y la desgracia me chocan. Por más que me empeñe en llamarla hermana Muerte, me asusta. Me paraliza y estropea su realismo y crudeza. Su nada. Ella, me deja sin ingeniosidades ni convicciones. Sin poder hallar palabras que consuelen o expliquen, que animen o fortalezcan.
Claramente, tengo ganas de llorar. Y no lloro. Es una tristeza difícil de explicar. Dispénsenme. No soy el mismo por estos días. Ando a tientas desde las 9 de la mañana hasta las 10 de la noche como un huidizo pajarillo ante el cielo que se ha oscurecido de improviso, como un niño indefenso que lo único que ha atinado a hacer es cobijarse bajo las ropas sedosas de quien me atiende en silencio. En Dios. Toda mi actividad diaria se ha reducido a un impenetrable pasar los minutos y sobrellevar mis ocupaciones con el corazón puesto y dirigido a Él.
Algo tengo que hacer, no sé aún qué. Sé que dejaré este refugio y estas dudas. Me tomará un tiempo.
Dios apiádate de todos nuestros miedos Sé que no nos abandonarás. Después de este vacío, de este desierto, engrosarán mis alas para continuar volando hacia el futuro.
Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,




























































