Pero por otro lado, no todos morimos iguales. ¿Qué hicimos con nuestra vida? ¿En qué nos convertimos a lo largo de ella? ¿Qué logros nos llevamos a la tumba? ¿Qué lecciones? ¿Qué fortuna? ¿Qué cosecha inmaterial dejamos?
No sé si estaré a la mitad de mi existencia, o en sus dos terceras partes o quizás, me acerco a su final. Nadie lo sabe. Tampoco quiero saberlo. Pero sí quiero en este instante, estar consciente de a dónde estoy encauzando mis actos y mis talentos y mis particularidades. Necesito saber si estoy construyendo mi propia distinción, si estoy marcando mi diferencia, alcanzando mi propia peculiaridad para llegar a mi muerte de forma diferente a la de los demás.
Hoy creo saber cuál es mi termómetro para medirme y aplacar tales inquietudes. Es el Amor: ¿Cuánto amo? ¿Estaré amando bien? ¿Estaré mostrándolo en mis actos más rutinarios y concretos? ¿Estaré atestiguándolo ante los demás?
He decidido que esta sea mi diferencia. Quiero amar con todo lo que soy, con todo lo que tengo y no tengo. Esta última semana me he propuesto ir dándoselo a saber a cada uno de los que amo profunda y aguerridamente. Se los diré. Hablaré. Lo gritaré. Lo repetiré. Dejaré bien en claro cuánto amo a todos los que conforman mi vida.
Leí emocionadamente la reflexión de José Martín Descalzo sobre un caso que parece de novela romántica. Pero es un caso real de hace muchos años atrás. Sarina y Solano de Ros eran un par de novios que vivían felices su amorío. Sin embargo, luego de un altercado demoledor entre ambos, ella lo abandonó, se la tragó la tierra. Él, al poco tiempo, decidió empapelar la ciudad de Curitiba, Brasil donde residían con febriles carteles que gritaban desde todas las esquinas: “Sara, vuelve” “Me moriré si no vuelves”, “Sarina, mi amor, perdóname” …
A las semanas, ella volvió. Rehicieron su relación. Volvieron a ser felices.
Quiero ser Solano de Res. Vivir como él y a su momento, morir como él. No temer al ridículo o a que me acusen de teatral, de excéntrico, de gallina cacareadora. Escribiré e-mails a familiares queridos y amigos y a Dios, enviaré rosas y frutas frescas, besaré por impulso, declararé afectos especialmente a quienes menos se les declara, escribiré poemas escondidos a extraños, mostraré extravíos: Amaré y amaré y luego de ello, seguiré amando.
Lo digo mondo y lirondo. Llanamente. Porque como lo escribió bien San Juan de la Cruz: … “Al atardecer de la vida, seremos examinados en el Amor”.
























































