lunes 31 de agosto de 2009

Huacos eróticos

La Cultura prehispánica del antiguo Perú, llamada Mochica, es reconocida entre otras cosas por su calidad en la cerámica. Su famosa plástica asombra por la expresividad y perfección de verdaderos retratos de arcilla.

Pero especialmente asombran por sus antiguamente llamados Huacos Pornográficos. Recuerdo que en las visitas que hacíamos a los museos arqueológicos siendo escolares, siempre nos negaban el acceso a las salas donde se exponían cientos de esos cerámicos. Eran simplemente “no aptos” para niños. Eran únicamente examinados por científicos y estudiosos locales de elite y uno que otro académico extranjero que llegaba al Perú a realizar estudios sobre la materia.

Ahora que las cosas han cambiado, que se hablan y muestran claro, que todos tenemos paso a la información sin censuras ni medias tintas, podemos saber más de los ahora llamados “huacos eróticos”.

A mí me corresponde lo mío y lo que me interesa: resaltar lo que las estadísticas han demostrado: casi un 40% de estos huacos eróticos representan coitos homosexuales y un 21% corresponden a coitos anales.

Así que mis queridos ancestros mochicas, fueron los precursores del ambiente gay peruano. O eran “entendidos” o “mostaceros” o no sé qué. Pero bien que les gustó el contra el tráfico. El Chiclayo. Dejando la broma de lado, a decir verdad, su sexualidad iba más allá del sentido meramente reproductivo. Estaban más por el placer y por el simbolismo.

Un falo gigantesco no sólo es carnaza para unos ojos golosos, sino, era una manera concreta de imposiciones y poderes humanos. Una escena de sexo oral no es como podría pensarse una muestra de sacrificio o desarreglo, para ellos era una escena doméstica de cómo obtener placer con su cuerpo.

Afortunadamente estoy siendo testigo de una época en la civilización humana donde la sexualidad -y particularmente la homosexualidad- empieza a tener el lugar que le corresponde. No como un tema de voces bajas, de escondrijo, de trastorno, ni de penumbra.

Está bien, abramos los museos y las mentes. Que se sepa que mariconcitos hemos existido siempre y por todos lados. Que se reconozca que los anos desde la antigüedad han sido usados para algo más que defecar…

.

Edilson, mi próximo cónyuge

Les anuncio que próximamente, contraeremos nupcias, Edilson y yo. Hasta que por fin, se animó a pedirme la mano (y algo más, obviamente).
A partir de tal esperado evento, les adelanto que él, dejará de modelar para los ojos del mundo y claro, posará a solas, y solamente para mí.

Image Hosted by ImageShack.us

Image Hosted by ImageShack.us

Image Hosted by ImageShack.us

Image Hosted by ImageShack.us

Image Hosted by ImageShack.us

Image Hosted by ImageShack.us

Image Hosted by ImageShack.us

Image Hosted by ImageShack.us

Image Hosted by ImageShack.us


viernes 28 de agosto de 2009

No se puede ser pez volador


Los animales del bosque se dieron cuenta un día que ninguno e ellos era el animal perfecto: los pájaros volaban muy bien pero no nadaban ni escarbaban. La liebre era una estupenda corredora, pero no volaba ni sabía nadar. Y así, todos los demás. ¿No habría modo de establecer una academia para mejorar la raza animal? Dicho y hecho. En la primera clase de carrera el conejo fue una maravilla y todos le dieron sobresaliente. Pero en la clase de vuelo subieron al conejo a la rama de un árbol y le dijeron: “¡Vuela, conejo!” El animal saltó y se estrelló contra el suelo, con tal mala suerte que se rompió dos de sus patas y fracasó en el exámen final de carrera también. El pájaro fue fantástico volando. Pero le pidieron que excavara como el topo. Al hacerlo se lastimó las alas y el pico y, en adelante, tampoco pudo volar. Con lo que ni aprobó la clase de excavación ni siquiera la siguiente de vuelo.

Pues por eso digo: el pez debe ser pez, un estupendo pez, uno magnífico, pero no tiene por qué ser un pájaro.

.
Yo me considero una persona -en promedio- lo suficientemente inteligente. Sin embargo, debo sacarle la punta a mi inteligencia, y perdería mi tiempo si me empeñara en triunfar en deportes, en mecánica general o en ramas del conocimiento en las que sé bien que no sirvo para nada. Estoy convencido que soy un borrico para cálculos matemáticos, para cambiar enchufes, para manipular un martillo, para planchar una camisa, para entender la física, para pegarle a una pelota con una raqueta, para manejar un joystick o una empresa, para cambiar un neumático o para memorizar números telefónicos.
.
.
Podré volar por los aires, pero soy un inepto para nadar. Podré intuir y comprender las personas, exteriorizar sensibilidades pero soy un incompetente para escarbar en la tierra. Que otros animales del bosque lo hagan, yo no.

jueves 27 de agosto de 2009

Aburrido y/o encantador

Es absurdo dividir a la gente en buena y mala.
La gente es tan sólo encantadora o aburrida.
Oscar Wilde
.

.

Es cierto eso mi querido Osquitar. No soy ni buena ni mala persona. Difícilmente alguien puede ponerme en algunas de las dos categorías. Resultaría absurdo e inútil. Pero sí sé que para muchas personas, les resulto encantador y para otros, un aburrido.

¿A qué se deberá estas percepciones que despierto en los demás? La verdad que me da absolutamente lo mismo. Como decimos vulgarmente aquí en el Perú, me llega al huevo. No me interesa condicionar mi comportamiento y forma de ser a ninguna de las dos características percibidas por los demás.

Me encanta ser encantador, pero también me resulta aburrido serlo. Por otro lado, me aburre ser aburrido, pero también, me resulta encantador.

¿Quién me entiende? En fin, estoy hecho no para que me entiendan, ni para que me perciban, ni me etiqueten. Simplemente, soy el que soy. Yo me basto a mí mismo...

miércoles 26 de agosto de 2009

En el Silencio


El silencio es la gran revelación”, dijo Lao Tse.

Y no puede tener más razón. A pesar de ser un amante de la comunicación humana, eficaz y fluida, soy además un amante empedernido del silencio.





Mi paso por la Parroquia creo que tuvo mucho que ver en eso. Por las tardes, mientras el interior del templo se iba oscureciendo con los mil tenues rayos tornasolados que se lograban ver a través de los vitrales, cuando sólo se escuchaba a lo lejos el arranque fulminante de algún motor de automóvil o el solitario trinar de algún pajarillo del jardín, yo, me sentaba a solas en una banca del fondo o me acercaba al altar y me ubicaba arrinconado en algún rinconcito de la gradería hecha de fría loseta blanca.




Aunque mil voces interiores querían imponerse o algún sentimiento tozudo me estuviera acribillando el ánimo de aquel entonces, yo finalmente, lograba un momento de silencio. Recuerdo bien que el primer consejo que recibí para llegar a ese estado, era el de vaciar la mente. Aquietar la imaginación. Tomar consciencia de la respiración. Y no pensar en nada. Ausencia de palabras. Nada de diálogos: ni con uno mismo ni con Dios.



En aquel entonces yo era un muchacho anudado. Muy bien encaminado a mis objetivos estudiantiles y muy sostenido afectivamente por mi familia y espectaculares amigos, pero terriblemente embotado. Así como uno termina con el estómago atascado después de comerse dos pizzas familiares, así me sentía por dentro. Lento y atascado. Grandes planes, incertidumbres, prejuicios y negaciones eran cargadas en mi mochila, junto con cuadernos y libros de reflexiones.


Por eso, este momento de silencio llegaba como una oportunidad de sanísima evacuación. Además de resultarme placentero y reconfortante, poco a poco se fue volviendo en un hábito diario, hasta convertirse en una parte de mi estilo de vida.



Ahora necesito tanto la música como el silencio. Tanto una conversación jocosa y bullanguera como una tarde muda. Ya no es en un templo vacío, ahora es por donde quiera que vaya. Cierro mis incesantes sentidos. Apago el celular de la vida externa. Nada de recordar tiempos pasados ni transportarme a días futuros. Me quedo suspendido en el hoy que es lo más actual y real que tengo, me quedo a solas conmigo mismo, que es finalmente quedarse con Dios, con el planeta, con la infinitud.

Y tras ese silencio, me llega el mensaje revelado: Sigo siendo el que soy. Sigo estando donde estoy. Sigo en el mundo, al que vuelvo siempre.

martes 25 de agosto de 2009

Me faltó ser gay en la PUCP


Cuando alguien me pregunta qué etapa de mi vida ha sido hasta ahora la más feliz, yo, sin dudar, contesto, mi época universitaria.

Fueron seis años y medio. Trece semestres de hacer todo lo que me gustaba y hasta ahora me sigue apasionando: estudiar, hablar y conocer gente que piensa diferente a mí. Cuando digo estudiar, no me refiero sólo a los cursos técnicos -como el único en que me jalaron, Derecho Bancario, la verdad, un desorden espantoso, una estupidez de curso- me refiero sí, a abrir el cerebro y colmarlo de ideas, de explicaciones, de interpretaciones e imágenes; a construir dentro de la mente, un estante lleno de compartimentos, una carpeta y muchos archivos en nuestro disco duro intelectual. Estudiar es comerse el mundo ayudado de los dientes de miles de profesores, libros e investigaciones.

Hablé mucho durante la Universidad. Tenía un grupo de cinco amigos y amigas con los que me matriculaba en los mismos cursos y con los mismos profesores. Así, pasábamos cinco horas diarias, como oyentes, pero el resto del día, nos la pasábamos sin tiempo conversando en la cafetería central o sentados en el césped detrás del Capu. Con ellos rajábamos de los otros, comparábamos nuestras costumbres familiares, planeábamos, recordábamos y reíamos sin parar.

Y claro, fue una etapa en que muy especialmente evidencié que los jóvenes éramos diversos: unos por ahí socialistas aguerridos, otros apáticos; unos circunspectos, otros jocosos hasta al toser; unos que son bellos por fuera y que no les interesa serlo por dentro; unos que estaban ahí porque querían, otros porque cumplían; unos para admirarlos, otros para refutarlos; unos que parecían, otros que lo éramos.

Pero actualmente que soy profesor universitario y que observo más minuciosamente el comportamiento de los alumnos, he corroborado que algo me faltó. Algo que hubiese completado mi vida dentro de la universidad: un compañero amante o una pareja inseparable o un amor inmarcesible. Veo ahora muchas parejitas que se sientan juntas en las clases, caminan de la mano por los jardines, se regresan juntas a casa, se ayudan con los trabajos. No sólo se aman mientras estudian, estudian mientras se aman. Para mí, además de compartir horas juntos, qué extraordinario hubiera sido compartir la experiencia del saber, con alguien a quien yo amaba con cuerpo, alma, corazón y mente.



Hubiera sido el condimento perfecto en medio de las responsabilidades y contenciones juveniles de aquel entonces: besándome en la biblioteca, manoseándonos mientras el profesor escribía algo en la pizarra, haciéndonos en el baño cochinaditas ricas al paso, caminar abrazados a lo largo del "tontódromo" y cargándome mi mochila, mirarlo mientras rendía un examen para inspirarme, besarlo públicamente en la cafetería de Artes para celebrar una buena nota.

Amar y estudiar, reunidos en una misma época. Eso hubiera sido la felicidad completa. Sin duda.

lunes 24 de agosto de 2009

Mi prima Rosi

Tuve el infortunio de crecer en una familia que conjugaba dos cosas a la vez: una casa muy grande y mucha parentela que vivía en provincias. El resultado de esas dos variables fue una cantidad considerable y funesta de huéspedes que se alojaban por largas temporadas en casa.

Todo primo o prima que llegaba a la edad de postular a la universidad y decidía hacerlo en Lima, la capital, recalaba en mi casa. Todo era gracias a la intercesión de sus padres y al espíritu desprendido de mis papás.

Mis recuerdos son variados y muy encontrados:

1. Mi prima Rosi.
Hija engreída de un tío ganadero y millonario que residía en Trujillo, una ciudad al norte del país. A cambio de una suma de dinero irrisoria, simbólica e intermitente, recibía un dormitorio limpio, agua caliente, lavandera, comida a toda hora y sobre todo, la seguridad de una familia como la mía. Pero al pasar de los años y al analizarla con mis ojos del presente, puedo concluir que Rosi era una muchacha trastornadísima y sin medicación.
.


Compraba jeans compulsivamente, devoraba postres en su cuarto directamente de la olla y seguidamente iba al baño para vomitarlos, se emborrachaba con hombres desconocidos en la puerta de mi casa, visitaba esporádicamente su facultad de psicología cuando debiera haber visitado un psicoanalista, saludaba a los de casa cuando tenía ganas y cuando no, permanecía días sin salir de su habitación, fumaba diariamente dos cajetillas de cigarros. La siniestra Rosi, se creía la infanta de un cacique en un reino ajeno y adverso.

Se fue después de dos años de suplicio para nosotros. No la botamos a la calle como se lo merecía, sólo porque mis papás temían generar una desavenencia con sus padres, que al final de todo, eran buenas personas. Al final, una tarde llegué de la escuela y vi un camión de mudanza llevándose todos sus trebejos, decenas de jeans y dos cuadernos en blanco; pero lo mejor de todo, su inaguantable presencia.

Han pasado más de veinte años. Ahora Rosi, llama de vez en cuando por teléfono desde North Carolina donde reside. Comprensiblemente se quedó soltera, habla enredadamente, evoca al detalle su paso por mi casa y en verdad no sé si vive en su departamento con dos canarios y un gato apestoso o en un hospital de salud mental.

continúa:

II - Una tía Rosa con muchas espinas

sábado 22 de agosto de 2009

Delicioso Marlon Teixeira

En este blog, Marlon Teixeira es el único hombre que le hace competencia a mi preferido Edilson

Image Hosted by ImageShack.us

Image Hosted by ImageShack.us

Image Hosted by ImageShack.us

Image Hosted by ImageShack.us

Image Hosted by ImageShack.us

Más de él

viernes 21 de agosto de 2009

El ciempiés y el sapo.


Érase una vez un ciempiés que bailaba estupendamente con sus cien pies. Cuando bailaba, todos los animales del bosque se reunían para verlo. Todos quedaban impresionados con tal exquisito baile, menos el sapo. Éste era envidioso.

El sapo pensó y pensó cómo hacerle daño, qué hacer para que el ciempiés dejara de bailar. Entonces concibió un plan diabólico. Se sentó a escribir una carta al ciempiés:

Estimado e inigualable ciempiés: “Soy un devoto admirador de tu forma de bailar. Me encantaría aprender tu método. ¿Levantas primero el pie izquierdo No. 78 y luego el pie derecho No. 47? ¿O empiezas el baile con el pie izquiero No 23 antes de llevantar el pie derecho No. 18? Espero tu contestación con mucha ilusión.

Cuando el ciempiés recibió la carta, se puso inmediatamente a pensar en qué era lo que realmente hacía cuando bailaba. ¿Cuál era el pie que movía primero? ¿Y cuál era el siguiente?


¿Qué creen que pasó? Pues el ciempiés nunca pudo bailar igual. Perdió su espontaneidad. Su naturalidad. Perdió su encanto.

Creo que siempre hay algún sapo por ahí que nos pregunta cómo vivimos y nos hace pensar demasiado. Y así, hace que la incisiva Razón se prenda de nuestros cuellos y no nos deje caminar, bailar, sentir, correr con espontaneidad.

No hay que preguntarse tanto. Por momentos, no hay que ser tan conscientes de nuestros pasos. Hay que ser más ligeros. Simplemente fluir con nuestros dos únicos pies. Debemos estar alertas a las cartas de sapos husmeadores, envidiosos y dañinos que roben la sencilla belleza de nuestros bailes personales.

jueves 20 de agosto de 2009

¿Sentarse con hombres o con mujeres?

A lo largo de mi vida he tenido que asistir a cientos de reuniones sociales donde en un lado estaban sentadas las mujeres y por otro, los hombres. ¿Y yo, dónde me sentaba?. Para guardar ciertas composturas tuve que cumplir con ciertas expectativas del momento y ubicarme al lado de surtidos señores, como todo un caballero.

Qué experiencias más atroces. La verdad debo comentar que en términos generales, los hombres sirven para mucho -hmm se me hace agua la boca de imaginarlo- pero a mí, no me sirven para conversar. Cuando paso por el frente de alguna de esas antiguas cantinas o por esas esquinas donde los muchachos de barrio se agolpan alrededor de una caja de cerveza, recién entiendo por qué necesitan del alcohol para pasarla bien. Ahí si me sentaría con ellos. Pero cuando hay que guardar un protocolo social, son por naturaleza, unos aburridos. Basta escucharlos acartonados, con el cuello rígido, como si tuvieran las manos esposadas, sin inflexiones en la voz, sin pasión al hablar. Sus temas de conversación son siempre los mismos: impersonales, vulgares, repetidos, exactos y calculados. Hablan de experiencias laborales y coyunturas, de las noticias que nunca escucho, de estratagemas y procesos sin protagonistas interesantes. Sin color.
.


En cambio, las mujeres pueden hablar de política pero junto con ello, del look de los políticos; de la crisis inmobiliaria, pero también de decoración; de historia pero también de modas pasadas. Critican y tachan. Ponen sabores personales a sus comentarios. Muestran sus percepciones. Sus subjetividades.

Ahora, afortunadamente concurro poco a esos eventos -cada vez más escasos- donde se marcan dos ambientes definidos: el masculino y el femenino. Actualmente, soy más de círculos mixtos, ambiguos, abiertos. Prefiero los lugares donde puedo hablar de metafísica pero seguidamente, de cómo me siento por las mañanas y de cómo concibo el amor, donde no sólo se opina sino se expresan emociones. Donde no sólo se conversa fríamente sino se interactúa con caricias hechas palabras.

.

.
Y lo bueno de todo esto es que ahora los hombres se vienen dando cuenta que la pasan mejor con las mujeres y viceversa. Se empiezan a integrar percepciones y paradigmas, estilos y géneros. Ahora, vamos comprendiendo que podemos conformar un todo, donde nos complementamos todos los diferentes. Claro, los gays hemos conquistado nuestros propios terrenos, roles sociales y claro, hemos traído avances. Y por qué no decirlo, hemos enriquecido a hombres y mujeres. Los hemos aproximado con la palabra sensible, las frases ocurrentes, los temas desprejuiciados, los testimonios sin artificios ni retoques. Es la maravilla de la diversidad.

Carajo, a sentarse donde nos dé la gana.

miércoles 19 de agosto de 2009

Buen comienzo, no sé de qué


Va a ser un mes que nos encontramos. Como comúnmente se dice, “parece que le conociera de toda la vida”. Desde el primer día en que conversamos 4 horas seguidas, empezamos a contar las coincidencias que van, desde la abogacía como profesión hasta la repulsión al olor de pescado, pasando por una impresa y bien fructificada vida parroquial pasada.

Ahora, no hay día que dejemos de comunicarnos. Recorremos temas de todos los colores y sabores. Nos deslizamos sin sentir de las emociones a los análisis jurídicos. Nos acompañamos en nuestros recuerdos y próximos planes. A medida que dialogamos, variamos de temperatura en la piel y hasta en la habitación. Hablamos de lo que estamos haciendo en ese preciso instante, de cómo nos ha ido en el día. De lo que hemos almorzado y de cómo estamos vestidos. La palabra se ha hecho nuestra aliada. Y hasta podría convertirse en nuestra celestina.

Debo reconocer que hace mucho tiempo no conocía a alguien con quien me sintiera tan sintonizado. Yo puedo ser muy abstracto cuando hablo -lo reconozco- sin embargo él, me capta con absoluta fidelidad. Y lo que yo no había visto en muchos años es que de una de esas composiciones mentales mías, de esas que yo creía que sólo yo podía reírme, con esas, él suelta una carcajada estruendosa. Es como si estuviéramos en otro planeta con nuestros propios elementos químicos y reemplazáramos el oxígeno que respiramos con otros hálitos, los nuestros.

En un momento esbocé la pregunta que forzosamente sobreviene a mi mente siempre planificadora: …¿cuál es nuestro siguiente etapa?...

Me contestó con su linda carcajada, la de siempre. Pero él mismo reconoció que a veces, ella sirve para ir pensando la respuesta o para disimular un nerviosismo. Y me gustó su sinceridad. Aquel instante me sirvió para comprobar que hay que cuidar la simplicidad que estamos disfrutando, que debemos proteger la espontaneidad y vivir el presente.

Pero sí hay eventos programados en nuestra agenda. Algo así como recorrer nuestro planeta imaginario en este mismo planeta, el real: salir de la ciudad un fin de semana, hacer una sesión de fotos con mi variada ropa interior y sólo obedeciendo a sus indicaciones, hablar abrazados en una cama a oscuras hasta que amanezca, matricularnos en un diplomado juntos, intercambiar nuestras copas de vino…

Sospecho que por el momento ninguno quiere convencimientos ni asechanzas. Pero de algo sí estamos seguros, que poco a poco irán apareciéndonos nuevos matices, nuevos paisajes, nuevas extensiones, nuevos infinitos. Ya les contaré.

lunes 17 de agosto de 2009

Golfista exitoso en el Amor


Acabo de leer la vida de Gary Player, el sudafricano considerado uno de los mejores golfistas de la historia. Y me quedado una frase suya que tiene mucho para comentar:

Cuanto más practico, más suerte tengo.”

¿Por qué no llevar esta tesis a la vida de todos? ¿Por qué no aplicarla a quienes no ganamos campeonatos de ningún tipo? Creo que yo intentaré hacerla una filosofía de vida. Cuánto más practico, es decir, cuánto más ensayo formas de vivir a pesar de los errores diarios, más posibilidades tendré de conseguir objetivos. A más intentonas, más me acerco al triunfo.
.

Image Hosted by ImageShack.us

.
Si fuera golfista, quiere decir que mis movimientos se harán más certeros, embocaré las bolas en los hoyos que se extienden a lo largo del campo. Mi cuerpo entero se hará uno con mis brazos y mi puntería, mi calculo se afinará y mi mirada se aguzará. Obtendría esa inteligencia espacial que se requiere como habilidad.

Pero como no lo soy, quiere decir que a más horas de entrenamiento de vida, mejores resultados. Quiero creer que todas estas “horas de práctica” con intentos de relaciones amorosas, de aproximaciones afectivas, de experimentar compromisos, de tanteos y frustraciones, no han sido tiempo perdido. Han sido “tiros cortos”. Y que pronto conseguiré mi buen swing. Simplemente han sido la antesala para que la suerte llegue, la victoria ansiada. Han sido los obstáculos dentro del “green”. Algo así como los agujeros de arena o de hierba y obstáculos de agua. Pero que al final me irán convirtiendo en un diestro del la vida, del amor.

Aquí estoy nuevamente, en el tee de salida. ¿Quieres entrenar conmigo?

viernes 14 de agosto de 2009

Mi Papá y Dios, me lo pasan por alto...

.
El otro día, almorzando con mis papás en la mesa de diario, hice un torpe movimiento con el brazo que hizo tumbar el plato boca abajo. El bistec, el huevo frito y el arroz dieron a parar encima de mi pantalón, del mantel y en el suelo. En pocos segundos quedé sucio desde el pecho hasta los zapatos y la mesa convertida en un corral de cerdos.

En los siguientes segundos, mientras me recriminaba yo mismo por tremenda desmaña y mi mamá preguntaba qué me había pasado y hurgaba rápidamente en las causas de tal minúsculo accidente, mi papá con esa serenidad y sabiduría que lo caracteriza, sonrió y comentó: “…no hay nada que comentar, esos deslices siempre pasan sin quererlos y no hay necesidad de encontrar las causas…” Me alcanzó un pequeño recogedor que tenemos al lado del lavadero y siguió almorzando. Limpié todo y ahí no pasó nada.

Ese pequeño incidente, me remontó a la figura de Dios. Cuántas veces, como dicen los mexicanos, “la he regado”. Cuántas veces he metido la pata. Los resbalones y errores humanos, son eso, humanos. Suceden. Me ensucio en la vida sin querer. Realizo movimientos bruscos e indeliberados. Reacciono incomprensiblemente. Desordeno mi vida. Mancho mi mesa. Desluzco mi condición, mi conducta, mi ambiente, mi espíritu.
.

Gran parte de las consecuencias de nuestros actos provienen justamente de esas torpezas que cometemos. Muchas de nuestras faltas son eso, involuntarias. Reacciones instintivas. Respuestas infantiles. Suceden porque nos descuidamos, perdemos consciencia de nuestros movimientos y ahí, llegan nuestros lamentables resultados.

Y en seguida aparece igualmente, la figura de Dios que sonríe y dice: “Hijito mío, no te preocupes, errores lo tienen todos mis hijos. Límpiate y sigue viviendo” Dios pasa por alto nuestras trastadas y travesuras, nuestras caídas y desaciertos. Inevitablemente los hombres siendo hombres somos vulnerables a terminar ensuciados por nuestros actos.

Mientras nosotros los hombres nos pasamos la vida recriminándonos unos a otros por nuestras acciones y torpezas, revolcándonos en lo que algunos llaman pecados y culpas; Dios, estoy seguro, que sonríe. Nos ama más.

Un hombre le preguntó a Dios: tú que nunca duermes, que vives desde la eternidad ¿No te aburres? ¿Qué haces todo el tiempo? A lo que Dios, bondadoso y barbudo respondió: “yo, perdono”

¿Habrá mejor actividad de Dios que la de pasarse la eternidad perdonando las “travesuras” de nosotros sus hijos imperfectos?

jueves 13 de agosto de 2009

Ser tío, no es cualquier cosa

No es por nada pero yo, hubiera querido en mi niñez y en mi pubertad, tener un tío como yo. Uno soltero, gay, expansivo, sensible y a la vez con cierto mundo, uno que estuviera siempre presto a repararme y apoyarme en cualquier trabita infantil o adolescente, sea del tema que sea.

Uno que por ejemplo no le hubiera extrañado que no me iban las chicas, todo lo contrario, que me hubiera animado a destornillar mis complejos, escuchado casi como un confesor pero con una sonrisa afable en los labios, que me hubiese escoltado por ahí, en esas aventuras urbanas que mis papás ni se imaginaban que yo quería atreverme a tener. Un tío que oyera mucho y hablara lo suficiente. Alguien de mi sangre, incondicional y defensor; que hubiera celebrado aún contra la opinión del resto, mis propias expresiones, acciones, logros íntimos y lentos asentamientos de personalidad.

Benditos sean los tíos que no son papás pero tampoco amigos. No son abuelos pero tampoco parentela distante.

Precisamente, gracias a este deseo insatisfecho que la vida me negó, me propuse siempre serlo. Ya que no tuve un tío así, pues, yo siempre he querido serlo para mis sobrinos y sobrinas. Ser el tío entrañable, puente e interlocutor, confidente y cómplice, esponjoso y cariñoso, guardaespaldas y salvavidas.

Algo he conseguido. Todos mis sobrinos, hijos de mis hermanos, que en estos momentos van desde adultos ya hasta pequeñines como mi Tito querido, en algún momento de sus vidas han recurrido a mí. Acompañé a mi sobrina Meli cuando pasó una fuerte depresión tras un violento divorcio, intercedí entre mi hermana y mi sobrino Giovanni cuando se peleó y se quitaron el habla, he tenido con mis sobrinas Lore y Vale gestos concretos para que acudan a mí. Me he propuesto, meticulosamente como se repuja una pieza de filigrana, hacerles saber que me tienen a su disposición, que pueden recurrir a mí en días de borrasca personal, familiar o social aunque sus días festivos y soleados los prefieran disfrutar con sus amigos.

Image Hosted by ImageShack.us


No sólo quiero amarlos como un deber familiar o protocolar. Sino, comprenderlos. Quiero darles un amor concreto y útil. Estar cerquita, no para observarlos sino para proveerles seguridades para cuando me necesiten en cuerpo y alma, con mente y corazón.

miércoles 12 de agosto de 2009

Alex, mi amante atleta y fetichista

Alex me llamó por teléfono y con su voz ronca me dijo:

-Chiquito, ponte algunas medias que usaste ayer, quiero que huelan fuerte. Te aviso cuando esté por llegar…

Tuve que acercarme al canastón de la ropa sucia y buscar una de mis medias usadas. Me las puse y esperé a que me llamara Alex, mi amante y atleta fetichista.

Una vez a solas, dejamos la habitación solamente iluminada por las luces movedizas del televisor encendido. Se recostó a lo ancho de la cama, por lo que su cabeza chocaba contra la dura y fría pared. Me pidió una almohada. Una vez que lo vi comodo y relajado, me alzó los pies, los dirigió hacia su cara y emprendió su esparcimiento. Comenzó a besarme las medias. Cerraba los ojos, se dejaba acariciar con ellas por todo el rostro y hasta pensé que podría quedarse dormido. No, claro que mis pies no huelen mal, pero para él, ese aromita delicado era simplemente adormecedor.

Los siguientes minutos, unos 15 más o menos, yo usé sólo mis pies como herramienta para abastecerle del placer que buscaba mi fogoso acompañante. Se dedicó a besarlos. Me sacó los calcetines, recorrió con su entusiasta nariz los talones, la planta. Su lengua hizo lo suyo, dedo por dedo, los masajeaba, los lamía y se embriagaba sin ningún tipo de recato.

En ese instante, hubiera querido tener una cámara de video para en primer plano enfocar su expresión. Había soltado ya su deleite y nada podría detenerlo. En ese momento, vi que sus manos se dirigieron a su bragueta. Lentamente dejó salir a su erecto utensilio como señal de la excitación que lo suspendía en un hilo. Comenzó una lenta masturbación.
.

.
Me pidió que hiciera lo propio. Que lo ayudara de mil maneras a acrecentar su rigidez. Intervine sobriamente, pero la escena era demasiado perturbadora como para concentrarme en una fase de sexo oral. Parecía que por segundos agonizaba o dejaba de suspirar, hasta que unas convulsiones anunciaron el final. Extendió sus piernas, comprimió el vientre cubierto de un fino manto de vello castaños, estrechó mis pies a su rostro y soltó un chorro violento de semen que por poco llega al techo. Fue como uno de esos fuegos artificiales que estallan en una ceremonia de clausura de las olimpiadas. Terminó por estrujarse el pene hasta que la última gota lo dejó ahogado.

El juego había concluido. Había llegado a la meta. Su cuerpo quedó tendido en la pista de placer. Y yo, tendido desde mi tribuna estuve a punto de ponerme de pie para aplaudirlo y ovacionarlo.

¡Bravo!. Palmas para mi amante y atleta fetichista. Una disciplina olímpica nueva, bizarra y que pocos comprenderán sus reglas. Cada uno puede inventar su propio deporte.

martes 11 de agosto de 2009

¿Qué hacer con los locos?


Camino a mi trabajo, mientras el carro estaba detenido en una luz roja vi a pocos metros un hombre harapiento y de piel ennegrecida como las paredes de una cocina feudal. Llevaba un saco inmundo y su pantalón, que apenas se podía distinguir el color original tenía una abertura en todo el fondillo, dejando expuesto todo el trasero. Se trataba de un hombre trastornado, de esos sin hogar, que deambulan y subsisten en las calles abandonados a su “suerte” El pobre hombre trataba de subir a un bus público, pero el cobrador lo empujó violentamente y se lo negó.

Para los limeños esto es una escena habitual. Pero particularmente me quedó grabada desde aquel día. Aún tengo cincelándome el cerebro, la expresión de ambos hombres, tanto del demente como la del cobrador del bus. En cuestión de segundos, vi la sociedad reflejada en ambos gestos, en ambas reacciones, en ambas necesidades, en ambas desgracias. La solicitud y la negación. El pedido y el rechazo.
.


Llegué a clases y no pude evitar comentárselo a unos alumnos mientras esperábamos la hora de comenzar a dictar. Uno comentó que la batalla urgente no era tanto pasarnos haciendo caridad, sino, como profesionales, cambiar la sociedad. Otro le refuto que se trataba más bien de solidaridad humana pero que ésta última para ser auténtica debía acompañarse de justicia social. El tercero dijo que -nada de limosnas- porque eso es denigrar a las personas. Otro dijo que darle cobijo o internar a ese demente no resolvía el problema porque son miles los casos que necesitan asistencia. Y el último, nos dejó en silencio. No sé si por lo categórica de su comentario o porque esperábamos alguien que nos tranquilizara la consciencia. Dijo: - …pero estos locos ya están acostumbrados a vivir calatos por las calles y hasta a comer basura… -

Y la verdad, sigo reflexionando. Pero lo peor de todo es que no he hecho nada ni parece que lo haré…

lunes 10 de agosto de 2009

San Pedro de Lloc


Mi papá nació en San Pedro de Lloc, donde decidimos ir de visita hace poco en una especie de peregrinaje familiar. Fue una nostálgica romería y un vuelo tristón hacia el pasado.

Es un pueblito que va languideciendo bajo sus altísimos cipreses, desde que la carretera ya no atraviesa sus calles. Se ha quedado suspendida en el tiempo. Ahora parece que estuviera dando sus últimas espiraciones: sus habitantes ya no caminan por sus callecitas empedradas, ahora han emigrado a otras ciudades cercanas. Ya no hay lagartijas revoloteando en los jardincitos ni en los parques, ellas se han perdido en la historia, quedándose fosilizadas en los recuerdos de los antiguos habitantes del pueblo.
.


La plaza central aún acoge unas escuálidas palmeras que están de pie por obra y milagro del santo patrón. Ya no tienen vida, pero siguen firmes avistando desde lo alto, el desierto que rodea el pequeño valle. La pileta en el medio no surte más de agua, sólo ha quedado agrietada y orgullosa como señal del eje central del pueblo. Y pensar que mi papá corrió exaltado y perdido alrededor de ella, con sus pies descalzos y jugando con su onda en la mano.

Aún está la casita de adobe que vio crecer a mi papá y a sus hermanos. Sigue teniendo la misma puerta y el mismo espíritu humilde y acogedor. En todas estas décadas que han transcurrido, ella no se ha movido ni un centímetro del arco de entrada al pueblo. Mi papá pensaba que esa casita, su infantil morada, había crecido hacia el cielo o se había convertido en castillo. Pero no, sigue arrinconadita y olvidada al lado del riachuelo y con ese característico aroma a huerta y leña seca.

San Pedro de Lloc sigue de pie como aquellas mujeres ancianas que en el umbral de sus casas, esperan también de pie, pero recostadas débilmente a una banquito de madera, la vista dominical de sus hijos peregrinos.

Mi papá la visitó y los años de alejamiento desaparecieron al recorrerla despacito. Sus ganas de correr y trepar árboles volvieron, pero seguidas de la inmediata y brutal comprobación que ha envejecido como su pueblo.

Al regresar a Lima, mi papá me comentó: San Pedro seguirá joven, tanto como mi corazón sigue joven. Y yo, sonreí amándolo como siempre.

sábado 8 de agosto de 2009

La vida es dolorosa, dramática y magnífica

Yo era aún muy niño cuando escuché que había muerto el Papa Paulo VI. Fui feliz aquella mañana de la noticia, porque dieron asueto a todos los escolares por duelo pontífice. Su muerte de alguna forma, me convino…

Ya de adulto, con esa curiosidad que me caracteriza, me interesé en conocer más de la vida de ese personaje casi seráfico y de tez blanquísima , con anteojitos intelectualoides y porte etéreo. Llegó a mis manos su testamento, lo leí y apunté una notable definición de lo que es la vida humana:

Según Paulo VI, la vida es "dolorosa, dramática y magnífica". Estoy completamente de acuerdo con estos adjetivos.
.
No es que tenga una visión patética de la vida, pero es innegable que ella es obstinadamente dolorosa. Ella comienza, natural y fisiológicamente, con los dolores de parto de nuestras madres. Es como nos estampara un sello para siempre en la piel y en el recuerdo, un memorándum en las venas que nos hiciera siempre echar en cara que hemos de vivir familiarizados con el dolor. El dolor, físico y emocional es, posiblemente lo que más recónditamente nos hace humanos. Vivir duele. Amar duele. Odiar duele. Y cuando alguna afección respiratoria nos aqueja, respirar, duele.
.

Quizás sea esa la razón por la que empecinadamente y a todo precio, busquemos el placer para olvidarnos de tales dolores. Quizás por eso, el orgasmo es justamente algo que persigamos con tanta agitación. César Vallejo, mi querido poeta peruano decía: “Entre el dolor y el placer median tres criaturas,de las cuales la una mira a un muro,la segunda usa de ánimo triste y la tercera avanza de puntillas…” Casi diría yo que placer y dolor, se abrazan y son hermanas de sangre.

La vida es dramática. No lo dudo. En toda conversación amistosa salta dicha afirmación. A veces no hay tanta diferencia entre lo que me pasa diariamente y las telenovelas mexicanas. Diariamente me ocurren los mismos conflictos y dilemas, los mismos aprietos y atolladeros. Es tan dramática la vida, que el llanto no me es suficiente…

Pero a pesar de todo eso, la vida es magnífica. Si el destino tuviera la delicadeza de preguntarme si quiero volverla a vivir, le contestaría que sí. Volvería a vivirla, tal como ella ha sido. Repetiría cada instante, cada frustración y lección. Es bella.

La vida siendo dolorosa, dramática y magnífica es la mejor forma de no ser una piedra o un segundo de viento, de no ser nada. Así se existe, así se vive. Y así tenemos que definirla.

¿Y quién duda de la infalibilidad papal? ¿No es esta definición prueba rotunda de su preservación al error? Paulo VI no se equivocó.

viernes 7 de agosto de 2009

Se llama Simon Tham...

...y estoy simplemente prendado de él. Algunos ya lo saben, me arrechan los orientales. Pero este modelito, con su carita de travieso e insaciable me tiene en este mismo instante, completamente erecto.


Image Hosted by ImageShack.us


Image Hosted by ImageShack.us
Image Hosted by ImageShack.us

Image Hosted by ImageShack.us
Image Hosted by ImageShack.us

Image Hosted by ImageShack.us
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
VICHOESCRIBE ENTRE LOS MEJORES 20 BLOGS PERUANOS
Cerrar