Pero especialmente asombran por sus antiguamente llamados Huacos Pornográficos. Recuerdo que en las visitas que hacíamos a los museos arqueológicos siendo escolares, siempre nos negaban el acceso a las salas donde se exponían cientos de esos cerámicos. Eran simplemente “no aptos” para niños. Eran únicamente examinados por científicos y estudiosos locales de elite y uno que otro académico extranjero que llegaba al Perú a realizar estudios sobre la materia.
Ahora que las cosas han cambiado, que se hablan y muestran claro, que todos tenemos paso a la información sin censuras ni medias tintas, podemos saber más de los ahora llamados “huacos eróticos”.
A mí me corresponde lo mío y lo que me interesa: resaltar lo que las estadísticas han demostrado: casi un 40% de estos huacos eróticos representan coitos homosexuales y un 21% corresponden a coitos anales.
Así que mis queridos ancestros mochicas, fueron los precursores del ambiente gay peruano. O eran “entendidos” o “mostaceros” o no sé qué. Pero bien que les gustó el contra el tráfico. El Chiclayo. Dejando la broma de lado, a decir verdad, su sexualidad iba más allá del sentido meramente reproductivo. Estaban más por el placer y por el simbolismo.
Un falo gigantesco no sólo es carnaza para unos ojos golosos, sino, era una manera concreta de imposiciones y poderes humanos. Una escena de sexo oral no es como podría pensarse una muestra de sacrificio o desarreglo, para ellos era una escena doméstica de cómo obtener placer con su cuerpo.
Afortunadamente estoy siendo testigo de una época en la civilización humana donde la sexualidad -y particularmente la homosexualidad- empieza a tener el lugar que le corresponde. No como un tema de voces bajas, de escondrijo, de trastorno, ni de penumbra.
Está bien, abramos los museos y las mentes. Que se sepa que mariconcitos hemos existido siempre y por todos lados. Que se reconozca que los anos desde la antigüedad han sido usados para algo más que defecar…
























































