miércoles 30 de septiembre de 2009

Qué es la Consolación


Ayer asistí al funeral de un tío muy querido. Siempre he dicho que el asistir a cualquier velorio, para mí, estaba más justificado para acompañar a los deudos, a quienes se quedan en este mundo; más que estar con el que ya partió y está mejor que todos nosotros.

Lo he confirmado. El abrazar a mi tía querida que se queda viuda después de más de 55 años de matrimonio. El simplísimo detalle de mi presencia sin hablar mucho. Y lo más importante, dejar palpable mi cariño, son cosas que le dan un poquito de sentido a momentos tan sin sentido como éstos. En un minuto en que la rodeé delicadamente con mis brazos y pude susurrar unas cuántas palabras a mi tía, me atreví a decirle: - quisiera consolarte como recuerdo que tú lo hacías cuando yo era niño -

- Hijo, el afecto, tu ternura es lo único que puede consolar - me contestó con una vocecita entrecortada

Y lo sentí así. Me vinieron a la memoria instantáneamente las sensaciones de mi niñez cuando un abrazo acogedor de mis tías queridas o de mi mamá, era lo único que acortaba mi llanto.
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Estoy de acuerdo, no podemos desvanecer el sufrimiento humano. Es una realidad. No hay, ni habrá un software que con sólo presionar una tecla “delete” pueda borrar la tristeza de un alma llagada. Pero sí podemos -y debería ser la prioritaria lección por aprender- consolar amando. No se necesita mucha sabiduría ni técnicas. Simplemente aproximar el alma tanto como el cuerpo. Acercar la punta de los dedos a la sien y dibujar finamente una caricia, permitir que los corazones se junten y se reanimen recíprocamente con sus latidos.

¿Qué mundo estamos construyendo en el que los hombres vamos perdiendo la capacidad de consolarnos? ¿Qué humanidad es ésta en la que alguien tan inexperto y torpe como yo tiene que escribir esta reflexión para recordárnoslo? ¿Acaso hay ciencia más urgente por aplicar? ¿Necesitaremos universidades para poder tomar contacto efectivo y útil con el sufrimiento de los demás?

Pues, para eso está la muerte, que es lo más común que tenemos los hombres. Ahí está para recordarnos nuestra mortalidad, nuestra debilidad; pero a la vez, para refrescarnos la memoria e invocar a nuestra enorme y potente aptitud de consolarnos unos a otros.


En Paz descansas tío Calinche y a nosotros, que nos quedamos en este mundo, nos falta mucho por aprender.

sábado 26 de septiembre de 2009

Parece que el leon mordió mi trampa


Lo estuve mirando largo rato y detenidamente sin que él se dé cuenta. Esta tarde llegó con un traje gris a rayas. Una impalpable satisfacción me embargó cuando comprobé su intrepidez al llevar debajo una camisa rosada. Aun en estas épocas, son pocos los hombres que se ponen una camisa rosada...

De ambos puños le aparecían desordenadamente unos vellitos oscuros pero lindos. Los hubiera podido contar uno por uno y mimar como se besa el cabello ralo y húmedo de un recién nacido. Sus zapatos azabaches y brillantes parecían dos espejos donde la desaparecida luna de este invierno se había escondido.
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A la media hora de haber llegado, por fin se atrevió a conversar conmigo y me sorprendió con su pregunta:
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- ¿Qué puedo hacer para perder esta timidez?

Hubiese querido responderle que así me gusta. Tal como es o como parece ser. Con un ligero temblor en los labios, con esa mirada difundida en la nada y esa humedad en las patillas bien alineadas que tiene y que descienden por sus mejillas oscuras. Con la pierna izquierda arqueándose y volviendo a su lugar sin darse cuenta.

- ¿Acaso no sabes que la timidez en un hombre puede ser su mejor atractivo? -me atreví a preguntarle

No hay nada más incomprensible y metafísico que un hombre le haga reconocer su atractivo físico a otro hombre. Creo que a ellos les gusta más que el cumplido provenga de otro hombre. Hay un regodeo prohibido y contrario a los moldes sociales. Hay un reposicionamiento único, una instantánea mutación que va de ser simple criatura a ser un esplendoroso león de la selva. Pero también hay una energía embriagadora que no puedo explicar bien. Por eso me gusta hacer galanterías a hombres que se lo merecen y que mis ojos me lo piden con urgencia.

- Gracias. Tus palabras las aprecio, muy especialmente. ¿Puedo llamarte mañana? - llegó a balbucear.
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Parece que mordió el anzuelo. El melenudo e indomable león pisó la añagaza escondida por debajo de mis palabras. No hay nada de inofensivo en mis disparos. Creo que tengo buena puntería.

- Hazlo y te diré algunos tips para aprovechar esa timidez a tu favor. Claro, supérala para llamarme por teléfono. Mañana, ¿ok?

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¿No dicen que somos las leonas las que salimos a cazar?


viernes 25 de septiembre de 2009

Cómo encontrar sentido al trabajo


El viajero se acercó a aquel grupo de hombres que estaban picando piedra en una cantera y preguntó al primero:

- ¿Que estás haciendo?
- Ya ves -respondió- , sudando como un animal y esperando a que lleguen las seis para largarme a casa.
- ¿Qué es lo que estás haciendo tú? -preguntó al segundo-
- Yo -dijo- estoy aquí ganándome mi pan y el de mis hijos
- ¿Y tú? -preguntó al tercero- , ¿Qué es lo que estás haciendo?. Estoy -respondió el tercero- construyendo una catedral

Podemos estar haciendo el mismo trabajo. Pero mientras unos lo convierten en sudor, otros en pan, otros lo pueden convertir en eternidad.

Si hay algo que personal y pertinazmente trato de enseñar a mis alumnos es que encuentren el sentido a sus trabajos respectivos, sea picar piedras o constituir empresas. ¿Qué hay detrás de sus faenas? ¿Qué es lo que les hace levantar de la cama para acudir a trabajar? Qué bueno sería que la consigna interior fuese el construir una catedral y así no solamente querer alzarse un poquitín hasta el cielo, sino también convertir en obra de arte y amor, sus tareas rutinarias y aburridas.
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Hay que comprometer el alma cuando se pican piedras.

jueves 24 de septiembre de 2009

Francis Gonzalez, todo un Mister Puerto Rico...

Francis Gonzalez nació en 1983 en San Juan, Puerto Rico. Su carrera de modelo se inició cuando ganó el título de Mister Puerto Rico en el 2005.

Francis rápidamente se ha convertido en todo un ícono de la belleza masculina en Puerto Rico, aunque también es reconocido por su carisma, inteligencia y personalidad.

Como modelo portorriqueño, ha usado su imagen en una serie de causas humanitarias como promocionar entre la juventud, la conservación del medio ambiente de su isla. Es estudiante de Microbiología en la Universidad de Puerto Rico y posee una licencia como guía turístico en la Reserva Natural de Las Cabezas de San Juan que está situada en las penínsulas boreadas conocidas como Laguna Grande.

En Octubre del 2005, estuvo por aquí en el Perú en la ciudad de Arequipa -me lo perdí de conocerlo personalmente- , donde ganó el primer puesto de Mister Mundial 2005. La próxima vez que vaya a San Juan, lo busco como sea...

Aquí unas fotitos de este riquísimo boricua.

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miércoles 23 de septiembre de 2009

Llevarse un feo a la cama

La primera vez que conocí a Fernando pensé que tendría Síndrome de Down, porque tiene los rasgos inequívocos: mediana estatura, los ojos inclinados hacia arriba, orejas pequeñas, el tabique nasal aplastado y el cuello corto. Pero me equivoqué, Fernando no tiene ninguna anomalía cromosómica. Es simplemente, un hombre de rasgos desproporcionados.

Para ser claro y dejarme de falsas compasiones y de mojigaterías.
Es feo. De lejos es feo, de cerca, también. A pesar de eso, accedí a tomar un café con él. El fiasco fue aun peor cuando descubrí que hablaba poco, contestaba con monosílabas y tenía escasez intelectual. Sus temas de conversación fueron el clima, el tráfico, el voleyball y la cerveza.

La verdad es que nos habíamos citado a ciegas para ver la posibilidad de terminar en un revuelco estrictamente sexual. Hace tiempo que yo “no la veía” y fue lo primero que se cruzó en mi camino.

Inicialmente quise deshacerme de él debido a eso que algunos llaman química, sintonía o gusto. Nuevamente, me dejo de disimulos estúpidos y reconozco que quería largarme de ahí porque el susodicho no me movía ni un pelo o lo que es peor, me producía impresiones espinosas. Cuestionaba mi autoestima, mi aguante, el rigor de mi urgencia, mi impaciencia y mi sed por copular.

Por la conversación telefónica que había precedido el encuentro, él estaba dispuesto a complacer mi tropel de voracidades y me aseguraba que tenía destrezas que me dejarían totalmente inflado de placer.

¿Qué hago? ¿Aplico la política del comer pescado? ¿Celebro un contrato con cláusulas expresas y terminantes para no hacer nada que afecte contra mi usura fugaz? ¿Me aseguro que la habitación sea tan oscura como un túnel del terror? ¿Sorteo lo corporal y mis cánones estéticos y me dejo llevar por mi primarísimo instinto de apareamiento?

A la mierda. Dejé de hacerme tantas preguntas y me fui directo a la cama con mi feo.

No sé si por justificarme o por acallar mi consciencia, pero debo reconocer
que el hombre cumplió. Una vez desnudo, aprecié que tenía un cuerpo muy bien trabajado. Delgado pero fibroso. Tuvo esa combinación -rara vez encontrada en una aventura- de ternura y ferocidad. Inició entibiándome la sensibilidad con sus toques y terminó calcinándome con sus embestidas.

Hace unas semanas, me llamó por teléfono. Ya había anochecido y mi féretro estaba abriéndose para él. Además yo siempre estoy pronto para alimentarme de sangre humana. Pensé que Fernando me llamaba porque quería repetir el ágape.

Cuando le pregunté que es lo que quería, me detalló entre frases entrecortadas -que apenas entendí- que quería algo serio conmigo, no sólo encuentros del tipo que habíamos tenido aquella vez.

Esta vez sí me equivoqué pero para siempre. No hubo trato ni lo habrá. No way. Me quedé con unas buenas lecciones sobre la belleza física, sobre mi imposibilidad de redimirme, sobre mi egolatría y mi preocupante proceso de draculización.

martes 22 de septiembre de 2009

Quitar el habla. ¿Hay algo más femenino?

Cuando fui adolescente y durante gran parte de mi juventud siempre estuve rodeado de muchos amigos de ambos sexos. Invariablemente era yo uno de esos que marchaba a todo lado en manada. Y algo que he terminado por reconocer siendo ya adulto es que siempre había uno de ellos que era el objeto de mi enamoramiento, sublimado y romántico, enmascarado de una límpida amistad. Siempre andaba enamorado. La mayoría de veces, en silencio, pero no por ello con poca intensidad.

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La mejor forma de descubrir mi homosexualidad hubiera sido observando con precisión mi comportamiento y actitudes. Por ciertos detalles que me hacían acercarme a lo que hacen las mujeres por naturaleza:

Fui uno de esos que quitaban el habla. Los hombres no quitan el habla a sus amigos. Cuando tenía algo que reclamar a alguno de mis “amiguitos” de turno, o cuando estaban en falta, cuando algo me fastidiaba de ellos, no encontraba otra forma de demostrar mi enfado que mi silencio absoluto. Éste era mi arma punzante. Mi cuchillo de la indiferencia. La política del hielo para finalmente, llamar la atención, para hacer sentirse mal.

Los hombres -debería decir los heterosexuales- se desestabilizan con este recurso que es tan femenino como pintarse las uñas. Ellos no saben cómo reaccionar, cómo acercarse a una que les voltea la mirada y los ignora rotundamente. Porque los hombres son de acciones fulminantes, de un puño, de un grito, de una descarga de furia, de un arranque violento. Las mujeres son más procesadoras. Arman su estrategia que hace sufrir de a pocos. Su dulzura se convierte en una cortina helada que paraliza y perturba más que un golpe en la cara.

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Pues tengo que reconocer que yo, utilicé y muy eficazmente esa maniobra con mis amigos de entonces y con mis primeros romances. Reconozco que fui hasta perverso y despreciable y manipulador, haciéndolo público ante los demás. Mi rostro inhabilitaba expresiones. Máximo, alguna monosílaba como respuesta. Letalmente, una espalda como contestación.

Y ellos preguntaban en tono bajito pero confundido: ¿Qué te pasa? Por favor, dime. Y claro, yo respondía: ¿A mí? Nada…

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¿Les suena común?

Menos mal he evolucionado. Me he alejado ya de esa fórmula mortífera donde todos sufren, el que la propina y el que la recibe. Ahora soy “más hombre” en mis señuelos, en mis reclamos, en mis riñas. Hoy confronto. Hablo. Rebuzno. Golpeo con mis palabras. Lanzo el petardo con la misma puntería de siempre pero con el lenguaje más eficaz que existe: el hablado. Soy un convencido del diálogo. Del intercambio dirigido y caliente de las palabras.

Ay mujeres, ay mujeres. Amigas, afortunadamente ya no soy como ustedes …

lunes 21 de septiembre de 2009

Padre Lucho Cordero Rodriguez: sus cincuenta años de sacerdote y la anciana arrinconada


El sábado último participé en la misa que celebró el Padre Lucho Cordero con motivo de sus cincuenta años de ordenado sacerdote. Creí que estaba siendo precavido al llegar unos 15 minutos antes, pero al entrar al templo, descubrí que no había ni un solo asiento libre. Caballero y resignado, me recosté a una de las columnas y a aguantar de pie, me dije.

Mientras esperaba la procesión de entrada me fijé en la asamblea. Muchas señoras de pelo cano y narices respingadas. Muchos señores que acompañaban inmoladamente a sus esposas refinadas. Por supuesto, también se identificaba la presencia de esa “gente de Iglesia” que reconozco de inmediato por su mezcla de deleite en la cara -que de hecho les refleja el alma- y por su caminar pausado y ligeramente reverenciado ante la presencia del dueño de casa.

Las únicas que quedaron muy bien sentadas fueron las señoras. "Las damas primero". Cuando una llegaba, ellas mismas se pasaban la voz unas a las otras, para acomodarse y hacerse sitio. El espíritu de solidaridad flameaba en el templo. Todo eso estaba bien y listo para celebrar la Eucaristía. La ocasión lo ameritaba. Me sentía en casa y feliz a punto de comenzar la fiesta.

Hasta que un pequeño incidente me trajo bruscamente de regreso a la repetida y lamentable realidad:

Llegó una mujer muy anciana también de pelo cano, pero no llevaba moño como las demás, sino, unas larguísimas trenzas que le corrían por debajo de toda su espalda encorvada. Su atuendo revelaba claramente su procedencia rural e indigente, una pollera oscura de paño y una manta delgada amarrada a la espalda. Yo, que a duras penas me mantenía de pie y a un metro de distancia de ella, percibí que ahí delante de nosotros, Dios nos estaba poniendo a prueba. Las preguntas eran: ¿Alguien le haría sitio? ¿Alguien la ubicaría en las bancas para que no permanezca de pie? ¿Alguien se preocuparía para que tuviera un sitio?
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Nadie. Nadie volteó a mirarla. Llegaba a compartir la mesa, seguramente invitada especialmente por el elogiado y comprometido Padre Lucho, pero ningún feligrés dispuso un lugar para ella. A la media hora de no resistir más, tuvo que sentarse en el reclinatorio de una banca, a los pies de una perfumada invitada. Terminó agachadita en un rinconcito que ella misma encontró.

Comprobé que una gran parte de nosotros, los supuestos fieles, los egregios miembros de la Iglesia, los hermanos del mismo Padre, seguimos siendo los mismos fariseos de siempre. Indiferentes. Glaciales con el que menos tiene y con el que menos es.

Seguimos cumpliendo solemnemente las formas y los ritos, pero el corazón sigue endurecido y ensimismado. Seguimos creyendo unos que tenemos más derecho al banquete. Miramos de reojo y olvidamos que para los ojos de Dios, los últimos son los primeros, que para aproximarnos a Él hay que perder la comodidad de nuestras ubicaciones, dejar nuestras embusteras posturas de reyes y convertirnos en siervos. Sin humildad no se puede llegar al altar.

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Bendito seas Señor, porque tú abrirás las puertas del Cielo de par en par a los desheredados y olvidados...

sábado 19 de septiembre de 2009

Obsesión de la Iglesia por el sexo


Una vez -esto es verídico- le preguntaron a un cardenal qué es lo que enseña la Iglesia sobre las sectas. El cardenal comenzó una detallada exposición como respuesta. A los pocos minutos, los periodistas se empezaron a mirar y no sabían qué era lo que escuchaban.



¿Qué había pasado? La rueda de prensa era en inglés, y la pregunta en este idioma había sido, “What does the Church teach us about sects?”. La palabra sects (sectas) en inglés suena algo parecido a sex (sexo).

El pobre cardenal se había despachado el mismo discurso de siempre. Se había entusiasmado en llamar a la reflexión acerca del verdadero sentido de la sexualidad humana y bla bla bla.




No faltó quien comentara que se trataba de un típico error freudiano que manifestaba el subconsciente a través de un error inocente, y en este caso de la obsesión de la Iglesia por el sexo.

Nadie puede negar que por siglos haya existido dicha obsesión por parte de la Iglesia Católica. Algunos la interpretan -y estoy de acuerdo- como la materia más importante ya que afecta a todos, a lo largo de sus vidas. Nadie se escapa de que el sexo se asile en la mente con encanto perdurable y se consuma con tanto ardor en el cuerpo.

El sexo es materia ideal para generar culpa, de ahí al complejo, y del complejo a la manipulación. Tratados de moral, predicaciones y direcciones de consciencia al ataque. Cacería de los disipados, carnívoros y enviciados. Opresión sexual de siglos.

Hasta llegar al otro lado de la medalla. Al hoy. Comprobamos que no era para tanto, que se había exagerado el tono. Llegó la Liberación Sexual. El destape de la botella de champagne. Del infierno por tener malos pensamientos hemos pasado a la pornografía con sólo presionar enter. ¡Yeah! no hay límites, no hay ordenanzas, no hay pecados, no hay culpas.
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Pero…

¿No irá a venir de regreso como el boomerang? ¿No habrá una ley del péndulo? ¿No volveremos al pasado donde todo era pecado y culpa en el sexo?

La modesta misión en este blog es ocuparme por restablecer el equilibrio sano y firme de nuestras consciencias creyentes, encuadradas en un mar de libertad personal y responsabilidad universal. Ni tan tan, ni muy muy. Todo en su sitio. Todo lo humano bajo la atenta y amable mirada de Dios, quien es finalmente el creador de todo lo que somos.

viernes 18 de septiembre de 2009

El remedio humano para el sufrir humano

Entre las mil reflexiones que podemos hacer sobre el dolor humano, entre las millones de lecturas e interpretaciones que podemos hacer de un hombre que sufre, me quedo con una. ¿Cuál?

Que el sufrimiento tiene una virtud maravillosa: la de propiciar el Amor. El dolor humano, puede generar toneladas de amor humano. Que los médicos -psiquiatras por ejemplo- hagan lo que tengan que hacer según su ciencia, que los artistas lo suyo de acuerdo a sus talentos, los entertainers también.

Pero independientemente de la ocupación que tenga el hombre, que ame. Que despliegue y disponga su corazón y se aproxime rozando las heridas de los otros y apaciguando sus tormentos. No hay necesidad de decirle cómo se ha de amar. No hay recetas ni métodos precisos. Basta acercarse. Cruzar miradas. Afinar el oído. Estar al lado.
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Para aquellos que opinan que el sufrimiento humano no tiene sentido hay que recordarles que el sentirse juntos, ayuda. El Amor socorre. Sirve. Vale.

Querido lector, si estás sufriendo en estos instantes, busca el Amor. Invítalo. Siempre hay alguien por ahí que le puedes hacer el favor de darle la oportunidad de amar…

jueves 17 de septiembre de 2009

Algo más que Amistad entre dos personas del mismo sexo: Adelphopoiesis


Apenas David terminó de hablar con Saúl,
Jonatán se encariñó con él y llegó a quererlo como a sí mismo.
Saúl lo hizo quedar con él aquel día
y no lo dejó volver a la casa de su padre.
Y Jonatán hizo un pacto con David, porque lo amaba como a sí mismo.
Libro Primero de Samuel: Capítulo 18


Recuerdo la tarde en que el párroco mi muy querido P. César, tenía que despedirse de su entrañable amigo y compañero de seminario P. José Luis porque lo cambiaban a una jurisdicción muy lejana, después de varios años de convivencia y trabajo juntos. Algunos miembros del grupo juvenil de entonces, ayudamos a subir su equipaje al carro. Al final, insistimos que ambos sacerdotes se despidieran con un fuerte abrazo, que mostraran su afectividad en toda su extensión sin reparos. Y es que sabíamos de la cercanísima y entrañable amistad que ambos tenían, pero además conocíamos bien de sus trabas y desapegos aprendidos en su época de formación sacerdotal. Sólo conseguimos un abrazo sencillo, una sonrisa abierta; pero a pesar de esa parquedad, todos los presentes percibimos bien la vibración irradiada que sólo puede suscitar el amor entre dos personas, en este caso, dos del mismo sexo.

He sido y soy testigo de esas grandes e íntimas relaciones de amistad entre personas del mismo sexo. Son amistades que para mí, destilan un amor puro, consistente; pero lamentablemente, muchas veces temerosas, objeto de habladurías y constreñidas.
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En seminarios a los muchachos y muchachas les advierten de mantener distancia física y emocional, en los colegios, igual: cuidado con demostraciones “excedidas”. Los padres no miran bien amigos tan cercanos, ni mucho menos sensibilidades innecesarias. La Sociedad en general prefiere amistades sin mucha carga afectiva, sin contactos físicos; amputadas y superficiales.

Pero nuevos vientos y vienen con la información, con la liberación del alma humana, con el exterminio de prejuicios y paradigmas. Todo parece ponerse en su sitio natural y favorable
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Y comprobamos que esos parámetros, usanzas e instrucciones han sido impuestos y propuestos por mentes y corazones estrechos y emponzoñados, por miedos infundados y por qué no decirlo, por una homofobia soterrada.

Nuestro Dios, señoras y señores, bendice todo tipo de amor. Y así lo comprendía la Iglesia Católica durante buena parte de la Edad Media y Moderna quien bendecía a personas del mismo sexo a través de la Adelphopoiesis. Ésta era un rito de hermanamiento donde los contrayentes juraban sobre un altar y anunciaban a la comunidad en la puerta del templo, ser a partir de ese momento, hermanos hasta la muerte.

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Boswell en su libro Same-Sex Unions in Pre-Modern Europe (traducido al español como: Las bodas de la semejanza, 1996) propone aunque de manera indirecta, que tales rituales son testimonio de la celebración de matrimonios homosexuales en la antigüedad oficializados por la iglesia católica. La palabra Adelphopoiesis sería entonces solo un eufemismo para nombrar -y quizás también para encubrir- tales nupcias.

Como alguna vez me dijo enfáticamente mi amigo sacerdote Coco: si me piden bendecir un automóvil o un perro, cómo no habría de bendecir el amor entre dos hombres…

¿Qué dices, mi amor te animas a contraer Adelphopoiesis conmigo?

martes 15 de septiembre de 2009

Mmm...la serpiente del paraíso

De niño, siempre le tuve cierto resquemor a las serpientes, quizás influido por una empleada llamada Eduarda que trabajaba en casa y que entraba en pánico de sólo ver una por televisión. En un versículo del Génesis, este animalejo fue maldecido por el mismo Dios por tentar a sus criaturas gracias a su astucia. Y vaya que es una astuta…

Y como uno crece, disipa miedos, cambia de gustos, puedo afirmar ahora, que al igual que Adán y Eva, en algún momento de mi vida, por no sé qué razones, fui tentado; y hoy, me hipnotizan y me gustan muchísimo. Son además de astutas, deliciosas y placenteras.

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Lo bueno es que no he sido expulsado del paraíso por degustarlas…

lunes 14 de septiembre de 2009

Encontrar petróleo

Desde que en 1857 se encontró el primer pozo de petróleo puede calcularse que se han hecho 241 perforaciones por cada pozo realmente encontrado.
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¿Cuántas veces hay que intentar antes de alcanzar el premio? Además del arduo trabajo físico ¿habrá que entrenarse en la paciencia? ¿De qué habrá que fiarse para encontrar la fortuna, del tipo que sea?

Algunos están gobernados por la ambición. Otros por una cuestión de estructura de su personalidad, por ser obstinados. Unos más porque es ese el único sentido de sus vidas: la búsqueda incesante, la cuesta arriba. Son los buscadores contemporáneos de tesoros.

Si hay algo que aprender -repito: aprender- es el manejo de la frustración. Saber convivir con el error. La Resignación debería ser erigida como el peor de los pecados humanos. Valoro la Aceptación de nuestras circunstancias, pero nunca la toalla lanzada al medio del ring de box.

Aún me quedan muchísimos pozos por encontrar, no sólo de petróleo, sino de agua fresca y abundancia. Sigo perforando en cada una de mis experiencias. Todavía no encuentro el amor de mi vida, ni los laureles, ni el equilibrio emocional, ni la satisfacción conmigo mismo, ni los triunfos profesionales, ni la sensación de haber llegado. Creo que muchas riquezas me esperan reservadas en el futuro. Mis brazos y mi mente, mi garra y mi aguante, mi agudeza y paciencia seguirán abriendo caminos.
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La única herramienta que me seguirá sirviendo es la confianza en el Señor. De las canteras, de los desiertos, de las calles, de las noches solitarias, de los valles y las venas, aparecerá la Vida. De Dios, la roca, brotará agua.



Dichoso el hombre que ha puestosu confianza en el Señor...
Salmo 39

sábado 12 de septiembre de 2009

Dime qué tienes en tu mesa de noche...


Muchos años atrás tenía un amigo llamado Freddy. Yo, por aquella época discurría entre libros y guitarras, de la universidad a la parroquia. Recuerdo que me gustaba su cabello castaño y sedoso que le ocultaba las orejas. Había algo de envidia en mí. Y es que Freddy tenía todas los atributos que yo habría querido tener en ese momento. Además de una apariencia seductiva, de una estructura un poco robusta, poseía desenvoltura con las personas de su mismo sexo.

Una tarde me pidió que lo acompañara a su casa. La explicación que daba entonces era que vivía con su "primo", ya que su familia residía fuera de la ciudad. Al llegar al magnífico departamento en el último piso de un edificio de lujo, me presentó a su anunciado pariente. Era un hombre relativamente adulto, para mis ojos adolescentes, se trataba de un joven exitoso e independiente. Era otro espécimen que producía envidia.

Los tres nos ubicamos a ver televisión recostados en una cama inmensa. Entre comentarios inofensivos, sonrisas espontáneas, volteé hacia un lado de la cama y sobre la mesa de noche, una ruma de revistas coloridas llamaron mi atención. Los siguientes minutos me fui resbalando poco a poco para poder alcanzarlas y ojear las carátulas. Aparecían hombres musculados y airosos en poses que nunca había visto.
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El mencionado “primo” mientras hablaba por teléfono, se dio cuenta de mi fisgoneo. Me interceptó y sin ningún embarazo, me dijo: -si quieres míralas-

Me acerqué a ellas sin demostrar mi curiosidad. Empecé a hojearlas como si se trataran de libros de cocina, pero un fuerte torrente sanguíneo fustigo mis sentidos. Mis ojos se abrieron como dos bocas hambrientas, ahí al frente constaban escenas que mi pobrísima fantasía había adobado por años; y eso verifiqué que eso existía: nalgas redondas, pechos velludos, bocas directas, manos que cubrían carnes y otras que las acariciaban, cuerpos plenos, desnudos y comunicándose con un lenguaje exquisito. Aprecié velozmente penes en pie de guerra, equipadísimos, guarneciéndose en zanjas voluptuosas, besos brutos, emulsiones fabulosas.

La circunstancia me resultaba complicada: un mundo secreto se había declarado en pocos segundos y una corriente de aire caliente se había desbordado en toda la habitación; pero por otro lado, debía guardar la discreción.

Freddy, despejado, penetrante y directo, dejó de ver la televisión y dirigiéndose a mí, me dijo: “..rico…¿no?...”
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Pero todo había quedado evidenciado. No se podía decir nada. Una breve acción había sido más clara que una larguísima explicación. Nunca fue más cierto eso de que una imagen vale más que mil palabras. No habíamos necesitado tarjetas de presentación ni confesiones a voz baja.

"Dime qué tienes en tu mesita de noche y te diré quién eres…"

viernes 11 de septiembre de 2009

Lima, la ciudad de las experiencias

Todos los limeños tenemos una relación de amor-odio con nuestra ciudad. Por momentos la aborrecemos, la vemos horrible, caótica e inhabitable. Su tránsito es infernal, su humedad nos va matando de a pocos, su cielo es conocido como el de color “panza de burro”, su crecimiento desmedido nos sofoca…

Pero también la amamos. Porque sus calles tienen olores que nos remontan a la infancia, porque sus sabores están a nuestra disposición en cualquiera de los restaurantitos cercanos, porque su mar nos invita en verano y nos acompaña silencioso en invierno, porque hay una suerte de melodía en el cielo que nos hace sentir en casa.

Es Lima, aunque fea y vieja, también es bonita y moderna. Les dejo un video de ella. Tómenlo como una invitación. Y si deciden venir a Lima, pásenme la voz.

jueves 10 de septiembre de 2009

Apatía en el aula. Apatía en la vida


Tengo un alumno que se sienta al fondo del aula y es el único que me tiene ciertamente preocupado. Es delgado. De piel oscura como la de un tronco desecado esperando convertirse prontamente en leña. Su cabello es menudo.

Hace una semana me reclamó que le había calificado mal una prueba escrita donde había obtenido 02 sobre 20. Descortés y despóticamente me pidió que le subiera algunos puntos.

Con una sonrisa fingida perfilada en mis labios atiné a decirle enfáticamente: - éste examen es patético, si crees que con esta actitud holgazana e indiferente vas a ser un buen profesional, el tiempo se encargará de mostrarte que no es así… -

No niego que me irrita tener a una persona así frente a mí. Jamás le he visto un intento por sonreir o de entusiasmo. Me altera su flojedad y su apatía. Me provoca pedirle que cambie de cara, de comportamiento o mandarlo al demonio. Pero a la vez, me produce una enorme tristeza que una persona tan joven no ponga ánimo en las cosas que hace.

Lo que más me perturba es la aspereza de su mirada. Su gesto es ácido e hiriente. Estoy seguro que mi percepción no se equivoca: es un muchacho que sufre por algo, y es que su herida se puede respirar a dos metros de distancia. Sólo un alma acongojada y oprimida puede emanar esa desagradable vibración. Sólo una vida que ha sufrido y sufre golpes hondos puede causar un cuerpo tan rígido y de movimientos tan austeros. Camina peleándose con el aire.

Lo cuento porque el ser joven siempre fue para mí, sinónimo de ser un apasionado de algo, ser efusivo por lo menos con la mirada, respirar con esperanza y querer comerse al mundo de un solo mordisco. Cuando alguien me lo permite, por ejemplo un alumno que se me acerca al final de clase, me gusta aguijonearle esa capacidad humana que tenemos todos, la de sobreponernos a las adversidades y parquedades de la vida, remontar las vallas con todos los recursos que tengamos a disposición: conocimientos universales, experiencias ajenas, emociones a flor de piel, expresiones mil, corrientes de energía, excitaciones, trascendencias.

La juventud es muy corta como para malgastar caudales. Y un rostro debe reflejar mínimamente eso: la determinación de ser mejor, de intentar ser feliz a como dé lugar y aprender de los mensajes que flotan en el ambiente. Un examen cualquiera, es básicamente una inspección a tus prioridades, un retrato de cómo vivimos la vida.
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Será lo que llaman la Universidad de la Vida...

miércoles 9 de septiembre de 2009

Extravíos de la vida, Vicho


Ando distraído. Mi mente por momentos flota y pierde contacto directo con el instante. La más grave consecuencia de esto es que ando extraviando cosas. En 15 días he perdido dos celulares, una memory stick, un llavero, una tarjeta de banco y una chalina.

Es preocupante, me dicen. Algunos creen que ando enamorado. Y es que cuando uno lo está, pierde contacto con la realidad, uno se “descentra” y vuela por encima de sus circunstancias.

Nada de eso. No estoy enamorado. Ningún nombre, ningún hombre se ha robado mi estado de atención. Debo reconocer que siempre he sido distraído. Nací así. Una vez, caminando por el aeropuerto de La Guardia haciendo tiempo para abordar, escuché por el altoparlante que llamaban a alguien que tenía mi nombre y que había dejado su pasaporte y boleto de embarque en el counter de una compañía aerea. A los minutos advertí que era a mí a quien llamaban…

Hace un par de años, llegué tarde a casa de la Universidad. Una luz rojita de alarma se encendió. Reviso mi maletín y noto por su poco peso que algo faltaba. Efectivamente, no estaban dentro dos sobres de cartón conteniendo 90 exámenes que llevaba a casa para corregir. Los había dejado en el asiento del taxi. Desesperación. Temblor en las manos. Una oración cruza mi mente y a los veinte minutos suena el timbre de la casa, el buen taxista samaritano me los estaba devolviendo.

En la vida se van perdiendo cosas. Algunas se van para siempre, otras regresan casi por casualidad o por la providencia como regresa una hoja empujada por el viento que sopla en nuestra dirección. Uno viaja por ciudades y personas y estaciones; sometidos por una regla de predestinación, perdemos follajes, bagajes y sentimientos.
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También he perdido pasiones. La mayoría de ellas se fueron para siempre. Ningún taxista me las devolvió. Fueron entusiasmos fugaces, novedades de primavera, ilusiones con poca recarga de batería. Las extravié. Por falta de atención o porque giró mi planeta y trajo otra estación. Quizás vuelvan con otros rostros, otras contraseñas y con otros sentidos.

¡A estar preparado! , Vichito.
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