Lo he confirmado. El abrazar a mi tía querida que se queda viuda después de más de 55 años de matrimonio. El simplísimo detalle de mi presencia sin hablar mucho. Y lo más importante, dejar palpable mi cariño, son cosas que le dan un poquito de sentido a momentos tan sin sentido como éstos. En un minuto en que la rodeé delicadamente con mis brazos y pude susurrar unas cuántas palabras a mi tía, me atreví a decirle: - quisiera consolarte como recuerdo que tú lo hacías cuando yo era niño -
- Hijo, el afecto, tu ternura es lo único que puede consolar - me contestó con una vocecita entrecortada
Y lo sentí así. Me vinieron a la memoria instantáneamente las sensaciones de mi niñez cuando un abrazo acogedor de mis tías queridas o de mi mamá, era lo único que acortaba mi llanto.
Estoy de acuerdo, no podemos desvanecer el sufrimiento humano. Es una realidad. No hay, ni habrá un software que con sólo presionar una tecla “delete” pueda borrar la tristeza de un alma llagada. Pero sí podemos -y debería ser la prioritaria lección por aprender- consolar amando. No se necesita mucha sabiduría ni técnicas. Simplemente aproximar el alma tanto como el cuerpo. Acercar la punta de los dedos a la sien y dibujar finamente una caricia, permitir que los corazones se junten y se reanimen recíprocamente con sus latidos.
¿Qué mundo estamos construyendo en el que los hombres vamos perdiendo la capacidad de consolarnos? ¿Qué humanidad es ésta en la que alguien tan inexperto y torpe como yo tiene que escribir esta reflexión para recordárnoslo? ¿Acaso hay ciencia más urgente por aplicar? ¿Necesitaremos universidades para poder tomar contacto efectivo y útil con el sufrimiento de los demás?
Pues, para eso está la muerte, que es lo más común que tenemos los hombres. Ahí está para recordarnos nuestra mortalidad, nuestra debilidad; pero a la vez, para refrescarnos la memoria e invocar a nuestra enorme y potente aptitud de consolarnos unos a otros.
En Paz descansas tío Calinche y a nosotros, que nos quedamos en este mundo, nos falta mucho por aprender.






























































