lunes 30 de noviembre de 2009

¿ Podré ser Pescador ?


"Síganme, y yo los haré pescadores de hombres"
San Mateo 4,18-22
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Esta escena representa mucho en mi vida. Jesús, a dos hermanos que eran pescadores, rudos e ignorantes, los hace pescadores de hombres.
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¿Qué es un pescador? Es básicamente un hombre de Fe. Todas las madrugadas se adentra al mar inmenso sin ninguna certeza de cómo le irá en el día. Unas redes en su barca y una necesidad, quizás un hambre, lo acompañan; pero sobre todo, una enorme incertidumbre de la pesca que tendrán en esa jornada.
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Ser pescador de hombres es ser un hombre para los hombres. Saber manejar la inseguridad. Dejarse envolver por la enormidad del cielo que va amaneciendo y dejarse conducir por las corrientes marinas. Hacerse uno con el mundo y dentro de ese mundo, enviar mensajes a veces incomprensibles.
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Al hacer pescadores de hombres, Jesús da el trabajo pero no el procedimiento, ni asegura la captura de peces. La única certeza es la orilla de la que se desembarca, pero el resto, es una simple confianza de que el puerto de llegada aun cuando misterioso, será fecundo. Un pescador de hombres puede regresar sin peces, con las redes vacías; pero regresa con un corazón recargado de amor, satisfecho por haber cumplido el encargo.
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En estos días de Adviento, permítanmelo por favor. Quiero convertirme en humildísimo pescador de hombres. Como dice la
canción, quiero seguirlo a Jesús por playas impetuosas o sin estrenar, dejar sabidurías y fortalezas y cerrazones, imaginar que sonriéndome menciona mi nombre mirándome a los ojos, dejar mi barca de la rutina, de la desesperanza y del egoísmo y buscar otro mar…
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Señor, permíteme ser pescador de hombres. ¿Me llamas?

sábado 28 de noviembre de 2009

Primer Domingo de Adviento


Enciendo una vela.


Y hoy, como una débil llama en medio de un vendaval, comienzo el Adviento.

Teniendo en cuenta todas mis debilidades y resbalones, mis agotamientos, naufragios y mis tristezas incrustadas en los rincones del alma, quiero empezar un nuevo camino.
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Es el camino a la Esperanza que terminará en un pesebre insignificante.
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Como el gatear inseguro de un pequeño niño que se suelta de las manos de su padre o el caminar pausado de un anciano, espero llegar a la Navidad.
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Dios bendiga nuestros esfuerzos -a veces infructuosos- por llegar hasta Él.

viernes 27 de noviembre de 2009

Solidaridad con los dolores de espalda


He amanecido con la espalda hecha leña. Ayer me agaché, hice más sentadillas que dos horas seguidas en un entrenamiento de fútbol, más abdominales y estiramientos que una rutina para bajar un sobrepeso que nunca he tenido. Todo porque dediqué todo el día a bajar cajas con los ornamentos navideños, a colocar más de 1000 luces en el árbol, bolas, guirnaldas, embalar adornos de todo el año y reemplazarlos por los tradicionales de la época. Bueno, nunca mejor viene el refrán, sarna con gusto no pica. Lo hago porque lo disfruto al máximo.
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Tarea semi cumplida. Aun hay que limpiar. Falta sacar brillos.

Mientras hacía todas las tareas. No pude evitar pensar qué haré cuando el cuerpo no me responda. Cuando no pueda hacer esas mil maniobras porque la columna vertebral, las fuerzas, los años o el ánimo no me alcancen.
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¿Qué haré? ¿Se quedará mi casa como el resto del año, sin colores ni lazos ni muñecos ni luces?

Pues se me ocurre que haré lo que vi ayer en la sala de profesores, mientras yo me dedicaba a ingresar las notas de los alumnos en los registros en línea. Un profesor que linda con la vejez y que no sabe ni pío de esas cosas modernas, entró acompañado de uno de sus prestos y confiables alumnos, jaló una silla y se sentó a su lado a mirar cómo el muchachito servicial, diestro en cuestiones modernas como el manejo del software pertinente, le hacía lo que su profesor, desactualizado el pobre, no sabía ni podía hacer.

Es así pues. Siempre hay alguien que por auxiliar, por recibir una gratificación , por una recompensa, por pura generosidad o por lo que sea, está dispuesto a echarnos una mano en la vida. Viene bien eso de que no es bueno que el hombre esté solo. Se trata de vivir con las manos abiertas para recibir la asistencia y el respaldo humildemente.

Quien no sabe recibir ayuda de otros, es muy probable que no sepa darla tampoco. La soberbia nos deja sin nada. Nos aisla. Nos perjudica. En cambio, pedir ayuda y mostrar a los otros nuestras limitaciones es adiestrar a esos otros en el arte de dar. Es activar la solidaridad, que es un amor desinteresado y pensado.

Tengo una tía bastante mayor y muy delicada de salud que la mantiene débil y muy desalentada en estas épocas navideñas. Cada año que ve cómo decoro mi casa, me dice: ¿Puedes ir a mi casa a arreglarla? Siempre lo he hecho con gusto y aunque regreso con doble dolor de espalda, me queda igualmente, una doble sensación de ser parte de un todo, que no estoy ni estamos solos. Es el hoy por ti, mañana por mí.

En muchas ocasiones nuestra felicidad tiene que ser solicitada a otros. Buena época ésta para, a partir de nuestras carencias, salir en busca del otro. Gran regalo que damos. Gran oportunidad para mejorar el a menudo olvidado ejercicio humano del dar y recibir tiempo, fuerzas, amor, trozos de vida.


Este fin de semana voy tía.

jueves 26 de noviembre de 2009

Gracias en Thanksgiving

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Me aúno a toda la población estadounidense que hoy celebran su Día de Acción de Gracias. No recordaré a los peregrinos de la colonia Plymouth ni habrá salsa de arándanos en mi mesa pero sí haré un alto a mis actividades para agradecer a Dios por los frutos de mi trabajo este año que está por terminar:

Agradezco a mi vitalidad proveniente de no sé dónde que me permitió levantarme temprano por las mañanitas, a mis escondidas neuronas que respondieron a la medida de las exigencias, a mis alimentos guisados con amor que me nutrieron y me aproximaron en una mesa de diario a mis padres que están al borde de la vejez, a las personas que permitieron con su trabajo administrativo a que cumpliera con mis responsabilidades laborales con efectividad y comodidad, a mi computador que sirvió para transfigurar en letras, mis ideas y transbordarlas por el espacio a golpe de un clic, a mi voz que supo poner entonación y volumen a mis palabras dentro del aula, a mis ropas limpias y abrigadoras que me resguardaron del invierno que por fin está alejándose, a los taxistas que con su paciencia se abrieron paso entre las calles embotelladas de Lima para hacerme llegar a la hora, a mi portero que me abrió y cerró la puerta y me despedía con una sonrisa cálida, a mi amá que en silencio me daba la bendición al salir a la calle, a mi cama arrellanada que me permitió dormir a pierna suelta y recuperar fuerzas, a mis superiores que confiaron en mis capacidades, a mis afectos cercanos y desinteresados que me animaron y motivaron a dar lo mejor de mí.

Y especialmente a los anónimos y a los que no conozco sus nombres. Gracias por cruzarse en mi camino en estos últimos meses con una señal, un gesto, un afán, una tarea o una pincelada de sí mismos. Dios bendiga igualmente sus labores, sus competencias, sus talentos, sus frutos, su vida.

Hoy no comeré pavo. No habrá visitas de familiares en mi mesa. Ni saludos. Ni celebración ni galas. Simplemente hoy, estará todo y todos en mi guaridita del corazón, ese que dedico a la gratitud y al reconocimiento.

Happy Thanksgiving to all of you.

miércoles 25 de noviembre de 2009

Dejar de ser ciegos

Ayer, después de varias semanas regresé a mis acostumbradas sesiones de masajes. Me atendí por primera vez con una señorita que es ciega. Mientras ella recorría mi espalda con sus dedos y la presión perfecta y yo tumbado boca abajo en la camilla en ese estado difícil de describir entre la inconsciencia y la vigilia, hice mi mejor esfuerzo para pensar lo que sería vivir sin ver.

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Su voz era quieta. Sus palabras breves. Su respiración rítmica. A pesar de su discapacidad, podía notarse que era una mujer que se articula bien dentro del mundo. Trabaja y lucha, produce y se comunica entre las tinieblas. ¿Cuántas cosas ella ve que yo no veo?

Y es que los ojos no son los únicos que sirven para mirar la vida. Además, el hombre no puede sobrevivir en la oscuridad tal como la conocemos. Hay que buscar luces que alumbren diferente, otras formas de encender el alma. Una nueva visión más allá de nuestros sentidos.

Por eso, comienzo estos días presentándome -y a los que deseen pasar por este humilde espacio- una nueva opción. Exponiendo una nueva mirada que vaya más allá de los ojos. Una actitud para las sombras. Un distinto toque de la realidad.


Estos días en que comienza el Adviento, está hecho especialmente para nosotros los invidentes de ojos abiertos, para los náufragos de fin de año.

¡ Venga ! A abrir los ojos del alma, que un mundo nuevo está en camino.

martes 24 de noviembre de 2009

No. No quiero terminar como tú.



Lo vi entrar solo a la discoteca . Yo apretaba un vaso con ron y coca cola que ya empezaba a surtir efectos sobre mí, particularmente exacerbando mi ánimo de espectar extraños desde lejos. Se dirigió directamente a la barra desde donde yo, divisaba todas las escenas policromas y desinhibidas de hombres con hombres y mujeres con mujeres.

En un segundo tenía su mirada encima de mí. Creyó que le observaba atraído. Pobre, se equivocaba. No sospechaba que yo estaba ahí únicamente para escudriñar vidas y examinar subsistencias.
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A pesar de las sombras y los chispazos de luces multicolores, noté que tendría unos cincuenta años. Una calvicie. Una barriga grande. Unos bigotes como los que llevaban mis profesores en mi época de la universidad. Un blazer azul con botones dorados cruzados. Y teniéndolo a tres metros de distancia, podía asegurar que olería a Old Spice.


Y claro, le inventé una vida. Una esposa menopáusica en casa. Una hija adolescente bailando reggaeton en la discoteca normalita de al lado. Una empleada doméstica que le lavaría los calzoncillos. Una billetera con tarjetitas de presentación. Un pijama a rayas debajo de la almohada. Una laptop en la maletera de su carro. Una caja de herramientas en su garaje. Un frasco de vitaminas en el repostero de la cocina. Y sin una pizca de duda, también una vida que se abre paso entre las rendijas de la noche. Un secreto de sábado por la noche. Una duplicidad de roles. Un trajín de largos años.


Me siguió dando una ojeada de cuando en cuando. Yo, no le volteé la mirada en ningún momento. Hasta creo que le sonreí. Mis ojos acuciosos me delataban. Le seguí cada uno de sus ajetreos: sus saludos con besito y todo a algunos otros patriciados concurrentes como él, sus muequitas coquetas a jovenzuelos desatados, sus poses varoniles de la cintura para abajo pero con el dedito meñique revelador.


Creyó que me lanzaba algún anzuelo sutil y que yo mordería a esa hora de la madrugada. Creyó que después de tres o cuatro rones con coca cola más y quince minutos de presumidas presentaciones, lo acompañaría al hostal que queda en la misma calle.


Y nunca supo que el único mensaje suyo que yo recibí en medio del retumbar del relax, take it easy de Mika y durante toda la noche, fue de testimonio y comprobación de lo que yo, jamás quiero ser cuando llegue a esa edad. Lo único que él representó en medio de los centenares de movedizos asistentes, fue un terrorífico temor, que se apoderó de mí, a convertirme en una sombra de mí mismo, en un payaso que no hace reír ni a sí mismo. Un vampiro que sale a buscar gotas de sangre joven por recintos donde la vida le dejó varado hace bastantes años atrás.




No, no quiero ser como este personaje anónimo. No. No quiero terminar nadando en la nada y al amanecer retornar a la playa de siempre para volver a ser lo que tengo que ser el resto de la semana y de la vida que me falta.

sábado 21 de noviembre de 2009

Mi Mamá, mi sabia

Mi mamá que no habrá vivido zambullida entre libros, es sí, una experta en amar y vivir. Ella que le sale espontáneamente el apego y la entrega por los suyos, tiene siempre una frase que repite: “Más uno vive, más uno aprende”.

Es la sabiduría que más debo apreciar. De la que más quiero impregnarme. La que quiero aplicar en cada segundo de mis días…

Ahora mismo estamos pasando en la familia un momento de dificultades. Tenemos enfermos por todo lado. Las llamadas por teléfono son todas para dar noticias de convalecencias y retrocesos en la salud de seres queridos. Y a pesar de ello, a pesar de su preocupación y dedicación, mi mamá no pierde su aliento y optimismo.

Y yo, mientras tanto, arrinconadito en mi habitación, temblando un poquito, sufriendo otro poco, la miro admirado. Porque qué bueno es amar así, como ella, dando vida a los que se desgastan cerca pero sin desgastarse ella misma. Qué bueno es detenerse por el que se detiene y luego, seguir caminando.

Otra de sus frases que se la escucho acentuar a sus confidentes y que me la decía cuando yo en alguna oportunidad estaba a punto de tirar la toalla: “valor y rabo tieso, hijo”.

Hoy quiero escucharle y aplicar sus enunciados sabios, vivir como ella formula. Quiero proponerme este postulado de vida. Amar con locura sí, pero que prime la cordura. Vivir empuñando las circunstancias. Dar y ofrecerse pero sin erosionarse. Si todos salieran corriendo cuando hay trabas, nadie se quedaría para apagar las luces y cerrar la puerta.

Gracias Amá, porque me sigues dando vida.


miércoles 18 de noviembre de 2009

Soy travesti, ¿Me contratas?

Asistí a un conversatorio donde los invitados hablarían en torno al tema de la Discriminación. Una breve introducción en forma de video mostró artística y dramáticamente el holocausto judío ocasionado por los nazis en el siglo pasado. El racismo. La intolerancia llevada a extremos salvajes.

La parte teórica, estupenda. Muy bien sistematizada y coherente. Me gustó el desarrollo del tema, a pesar de ser tan vasto y complicado. De un diagnóstico sobre la discriminación en el Perú, manejando algunas cifras estadísticas, pasó a emitir juicios acertados, objetivos y categóricos de los perjuicios reales de tal nefasta práctica. Y finalizó con la mención y explicación de los instrumentos jurídicos que consagran la igualdad de toda persona ante la ley y sancionan hábitos prejuiciosos y discriminatorios.

Todo bien hasta ahí. Pero llegó el momento de las preguntas. De las inquietudes y comentarios de los asistentes.

Un muchacho, sentado al fondo del auditorio, con voz cortés pero imponente, le preguntó directamente a un expositor:

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Si tú fueras el encargado de seleccionar al personal que va a atender directamente al público en una cadena de restaurantes y se presenta como candidata, un travesti, con un currículum vitae idóneo y bien apta, ¿Tendrías algún problema en elegirla?




La convicción que había mostrado en toda la exposición, la locuacidad y conciencia sobre el tema, se evaporaron a decir por la sonrisa nerviosa. Seguidamente, arrugando el entrecejo y con una voz muy grave y temblorosa, empezó a titubear:

- Este..... Bien....Debo ser honesto al confesar que yo soy una persona conservativa...
- ¿Quieres decir conservadora?
-le corrigió el participante
-
Exacto. A decir verdad, yo no contrataría a una persona de esas porque las considero que detrás de ellas hay una cierta enfermedad e indecencia, que podría contaminar al resto del personal, que daría un espectáculo perjudicial a mis clientes...

Quiso continuar con sus descargos y demás horrendos calificativos, pero la pifia, los comentarios en voz alta, la risotada, la irritación, la desaprobación, la burla y el reproche de los asistentes le impidieron continuar.

Comprendí al salir, una vez más, que lo que el cerebro y la boca suelen producir, no siempre coinciden con lo que nuestras acciones y propósitos despliegan en la realidad.

No era estrictamente un problema de intolerancia irreflexiva, a la que estoy tristemente acostumbrado a verificar por calles y plazas, por centros de labores y académicos, por templos y cuarteles, por mansiones y ranchos. Era un problema de deshonestidad, de absoluta discordancia entre lo que se dice y lo que se hace.

Por tanto, hay que mirar de reojo y con lógica desconfianza a los expositores, disertadores, predicadores, oradores. Y claro, también a los que pretendemos ser honorables profesionales
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jueves 12 de noviembre de 2009

¡ A usar el plumero !


El polvo se acumula. Es inevitable. Ayer lo comprobé ya que después de varias semanas me decidí a limpiar una pequeña persiana de aluminio que regula la entrada de luz al lado de mi escritorio.

Una tarea que como siempre me debería tomar apenas unos 5 minutos con la ayuda de un simple plumero, me costó mucho más que eso; fue más trabajoso ya que tuve que utilizar una escobilla, agua y detergente. Y encima de todo, por descuido, el agua cayó sobre el teclado echándolo a perder.


Además del malhumor que me sobrevino, tuve que gastar en la compra de un nuevo teclado. Pero me quedó una lección. Eso espero.

Lo que se deja acumular, se acumula. Lo que se deja para luego, tarde o temprano se centuplica y se agrava. No hay duda en ese refrán que el ocioso trabaja dos veces. Me lo dijeron desde niño en casa y en la escuela. Y yo, ahora, adulto, no siempre le hago caso.

Es por eso que almacenar recuerdos innecesarios, culpas pequeñitas que crecen con el paso del tiempo, quehaceres postergados, imperfecciones corregibles, deterioros y suciedades, emociones contenidas, basuritas insignificantes deben limpiarse a su debido tiempo.

La vida es un constante proceso de higiene. Mente y espíritu. Cuerpo y bolsos. Habitaciones y espaldas. Pisos y anaqueles. Archivos y guardarropas deben mantenerse libres de ese persistente tizne y suciedad que cala y penetra la vida humana. Llega con el viento y el transcurrir del tiempo. Hacerlo ahora antes que nos eche a perder la tarde de descanso, el reposo merecido, el sosiego, el ánimo y la vida misma.

No dejar pasar una buena Confesión, un momento de abierta reflexión cara a cara con uno mismo, una autocrítica oportuna, un peritaje pertinente, una conversación amable y sincera nos puede salvar de secuelas y manchas insuperables. Un pasada del plumero semanal. Unos cinco minutos de aspiradora son tareas enojosas pero necesarias. Detrás de lo engorroso y arduo, está escondido el beneficio.

Debo decir que mi persiana quedó pulcra. Ha embellecido mi vista hacia fuera y hacia dentro. Mi sensación es otra. Más luz en mi habitación y en mi vida.


miércoles 11 de noviembre de 2009

Hacer el amor vs. Tener sexo




No sé qué opinarán ustedes, pero con algunos años que tengo de recorrido por este globo terráqueo poblado por humanos, humanoides y simios, he llegado a la conclusión que se puede tener sexo con cualquiera de las tres especies con altísimas probabilidades y con alargada periodicidad, pero “hacer el amor” sólo con los primeros. Es cuestión de personas, de una especie en serios problemas de extinción.

Circular por calles bullidas, concurrir a nebulosos recovecos urbanos, frecuentar barras de solteros y de quienes se hacen pasar por solteros, asistir a centros de esparcimiento de todos los tipos -los clandestinos y los respetados- y ahora, enclavarse anónimamente en un salón de chat entre ávidos cibernautas del área local, son rutinas que reman a nuestro favor para encontrar con extremada (extremadísima) facilidad, cuerpos efervescentes, bocas y boquetes golosos, báculos y culos de todas las dimensiones y usanzas, todo para regar al menos como recomiendan los jardineros, una vez a la semana, la maceta, la plantita ornamental.




Como decía una vedette -o remedo de vedette- peruana: “Cada quien hace de su poto un carnaval”. Cuestión de varias índoles. Para algunos, un tema moral, para otros convencional, cultural, eclesial y hasta anal. ¡ Por Dios santo ! , lo que escribo...

Pero, hacer el amor. Vaya, creo que eso es escaso. ¿Cuántos humanos de este mundo actual tendrán la dicha divina y el convencimiento real de que hacen el amor habitualmente? Y aquí no importan más atributos en esa acción. Basta que hagan el amor. No importa cómo lo hagan, importa que lo haga con amor.

Navegando encontré estas opiniones que transcribo:


Tengo 35 años durmiendo al lado de mi marido. Hemos tenido mucho sexo, pero todas las noches, hemos hecho el amor... En invierno él calienta mis pies con los suyos. Me da un beso antes de quedarse dormido y a la mañana, aunque nos apesten las bocas...


Me excitan muchas compañeras de trabajo...Me calientan las mujeres que veo por la calle y en la televisión. Pero al final del día, nada se compara como abrazar y hacerle el amor a mi flaca...

Dicen que el reunir amor y sexo en un solo acto es un invento del ser humano. Pero qué buen invento. Delicioso. Único.

Soy un hombre de retos y cosas difíciles. Por eso busqué y busqué hasta encontrar la mujer con la que no sólo tengo sexo, hago el amor. Amo a mi esposa.


He leído estos testimonios de humanos comunes y silvestres -no de simios ni de humanoides- y termino de escribir estas líneas con una lamentable comprobación que no me bastan los carnavales, con una gran expectativa de encontrar a alguien que me caliente los pies y con un reto cabal, de mantenerme firme en la búsqueda acertada. No más visitas al zoológico ni al museo antropológico.

martes 10 de noviembre de 2009

El planeta de los besos

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Si yo fuera Dios, crearía un planeta donde la única forma de sobrevivir de sus residentes sería besándose unos a otros. Las bocas serían el órgano más importante para transmitir vida. No importaría respirar ni ingerir alimentos ni beber agua, la lengua sólo cumpliría una sola misión, la de acariciar otras bocas. No habría necesidad de hablar. La comunicación estaría basada exclusivamente en la fricción suave o abrasadora de los labios. Sólo besar y besar.

No existiría el Amor tal como lo conocemos, por tanto el beso no sería ninguna manifestación sensible de nada. Tampoco se concebiría como una forma de dispensar placer. El beso sería lo único que se haría. Bastaría el beso como forma de conservación y de existir. No habría más sentidos ni filosofía que el beso. Ciegos, sordos y mudos, andando por las calles extendiendo sus labios a todos los que se cruzaran antes de perder el aliento vital y morir.

Señor, señorita, por favor, déjeme besarla que estoy desfalleciendo desde el último beso que me concedieron hace un par de horas. Transfiérame un poco de vida. Intercambiemos soplos. Déjeme paladearla. Yo, le ofrezco relamerle el alma y llenarla de impulsos para que continúe su camino.

Si yo fuera Dios, me encarnaría en una de mis criaturas y me besaría con ellas sin cesar para no suspirar desde lejos, lamentarme y revolcarme de envidia.

lunes 9 de noviembre de 2009

¿Cuánto he mentido? ¿Cuánto miento?



AMHERST, Massachusetts – La mayoría de personas miente durante las conversaciones cotidianas cuando intentan aparecer amables y competentes, de acuerdo a un estudio realizado por Robert S. Feldman , psicólogo de la Universidad de Massachussets, y publicado en el más reciente Journal of Basic and Applied Social Psychology. El estudio, publicado en el número del mes de Junio de la revista, encontró que el 60 por ciento de la gente mintió al menos una vez durante una conversación de 10 minutos y dijo un promedio de dos a tres mentiras. "Dicen un número considerable de mentiras en las conversaciones diarias. Fue un resultado muy sorprendente. Nunca esperamos que el mentir fuera una parte tan común de la vida cotidiana," dijo Feldman. El estudio también descubrió que mentiras dichas por los hombres y las mujeres difieren en su contenido, aunque no en su cantidad. Feldman dijo que los resultados mostraron que los hombres no mienten más que las mujeres o viceversa, pero sí que mienten de diferentes maneras. "Las mujeres fueron más propensas a mentir para que la persona con quien se encontraban hablando, se sintiera bien, mientras que los hombres mintieron más seguido para presentarse mejor ellos mismos ante los demás", dijo Feldman.


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¿Y los homosexuales mentimos? ¿Cuánto? Con el permiso del Dr. Feldman, me voy a permitir agregar alguna información acorde a mis propias estadísticas:




Los maricones, somos más mentirosos que los hombres y las mujeres, juntos. Y mentimos por las razones de los hombres y de las mujeres juntas. Tenemos la mentira en las células, en las venas, en la lengua. Es una forma de vida. Debería decir, es un dispositivo de supervivencia para nuestra especie para no estar en via de extinción. Si de niño no mentimos, nos apalean, nos tachan o detestan o arrinconan. Estamos obligados a fingir que nos gusta lo que nos debe gustar. Falseamos lo que somos. Nos convertimos en lo que no somos, en unos farsantes duchos. Lo hacemos por hacer sentir bien a los demás y por sentirnos un poquito mejor, nosotros.

Por años he tenido que mentir no sólo con mis palabras. Como cuando le declaré mi amor a una muchachita adolescente como yo, sólo para que el grupo de amigos comunes no sospecharan que me gustaba el hermano de esa misma muchachita. Pobre Giannina, se la creyó todita.

Pero también he mentido con millones de acciones. Besos falseados. Composturas teatrales. Deleites reprimidos. Bravuras postizas. Sentimientos inventados.

Hoy, sigo mintiendo. No lo dudo. Pero con una gran diferencia: Ya no porque tenga que mentir. Soy consciente de que ya no existe esa oprimida obligación que tenía en tiempos pasados. Hoy, cuando lo hago, es porque quiero mentir. Porque casi lo disfruto. Y porque sencillamente, hay algunos que merecen mis mentiras. O no tienen derecho a mis verdades.

Hasta pronto mentirosos, amigos del mismo género. A sobrevivir sea dicho.

viernes 6 de noviembre de 2009

El baile de Agosto - Dancing at Lughnasa

Hace un par de días vi una peli en casa que, para variar, me hizo saltar varias lagrimillas. Se llama Dancing at Lughasa (1990). Ella es relatada desde los ojos de un niño que crece al lado de cinco mujeres solteras, una de ellas su madre. A pesar de las rigideces de la religión, de las carencias económicas, de sus diferencias de personalidad, ellos eran felices.

Me pude identificar con el niño porque ahora que echo la mirada al pasado yo, igual que él fui muy observador de mucha gente que me rodeó y amó con mil formas de amar y desde mil forma de ser. Tuve muchas tías a mi lado. Primos mayores multicolores, hermanos muy distintos entre sí. Mi casa amplia de la infancia siempre estuvo abierta para celebrar todo y con lo que se tuviera a mano.

Y siempre se bailaba. Por la mañana, las empleadas se empeñaban en dejar los pisos muy bien lustrados y a las pocas horas, por la noche, después de decenas de personas brincando y haciendo mil cabriolas, dejaban el piso hecho un desastre. Mi padre era el primer entusiasmado. Él ponía los discos. Abría la pista de baile y por horas de horas no paraban de danzar.

He visto muchas dificultades en mi hogar. Épocas duras. Despedidas. Limitaciones. Pero nunca hubo hambre ni faltó el baile. Y misteriosamente, algo que transmite muy bien esta película, detrás de la danza observé un hilo invisible, un vínculo extra-humano, una celebración mística, unas ganas de vivir, una forma de subsistir de la mano del otro.

La danza mueve el cuerpo, pero agiliza el alma. Es algo más que una agitación muscular, es un abrazo con toda la humanidad. Es un ejercicio colectivo de los corazones remendados.

Los dejo con unas palabras que el relator, ya adulto dice hacia el final de la película. “Cuando recuerdo aquel verano, pienso en el baile; como si la palabra se hubiera rendido al movimiento; como si el lenguaje hubiese dejado de existir porque las palabras ya no eran necesarias…”

Aquí la última escena en que a pesar de que nada se había remediado, cuando el drama estaba en su punto más álgido, ellas empiezan a bailar gracias a las ondas de su viejo radio recién reparado. Ojalá la disfrúten tanto como yo:


jueves 5 de noviembre de 2009

Si yo soy pendejo, los demás, también lo son.

¿Cuándo comprenderemos bien que todos y cada uno tiene influencia directa en el bienestar de los demás? ¡Qué diferente serían nuestras vidas si en lugar de pensar solamente en nuestra conveniencia personal, pensáramos un poquito en el beneficio de todos!



Un día, el monarca de un pequeño país que estaba poblado por vasallos que se dedicaban a la fabricación de vino tuvo la gran idea de abolir los impuestos. Como única contribución, sus súbditos tendrían que entregar una vez al año una jarra de un litro del mejor vino de su cosecha.

Lo vaciarían en un gran tonel que se construiría para ese fin.

Llegó el día de la contribución. Durante todo el día, nadie faltó a la cita para cumplir con el encargo real. El enorme barril de 15,000 litros se llenó.

El rey muy satisfecho, al caer el sol decidió hacer un brindis con la primera copa servida con el vino elaborado por las mejores uvas del reino. Uno de sus sirvientes acercó la copa al rey y éste la levantó pero la sorpresa detuvo su mano en el aire, cuando se percató que el líquido era transparente e incoloro. Lentamente lo acercó a su nariz y confirmó que no tenía olor ninguno. Bebió un sorbo. El vino no tenía gusto a vino ni a nada. El rey mandó a buscar una segunda copa del vino del tonel y confirmó que todo era igual. El tonel estaba lleno de agua.

Todos habían pensado lo mismo: ¿Si yo pusiera agua en lugar de vino, quién podría notar la diferencia? Una sola jarra de agua en 15,000 litros de vino, no alterará nada la calidad del vino…

miércoles 4 de noviembre de 2009

¿Seré lesbiana ?


Me ha escrito una muchacha que firma como María Pía y me pregunta cómo saber si ella es lesbiana o no. Relata que ha empezado a sentir emociones inéditas y silenciosas hacia su mejor amiga, una chica de su misma edad con quien comparte muchas horas de estudio en la misma universidad.
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Y por supuesto, me he identificado muchísimo con ella. Un sentimiento que se aloja inesperadamente y recorre las venas y mil imágenes que revolotean la imaginación. Pero lo que es peor e incomoda el pensamiento, es una sensación de culpa nunca experimentada. Una conmoción en la supuesta sensatez que nos indica que algo no está bien. Un “no” que hinca el alma. Una luz roja que tintinea, inhibe y contamina nuestra espontánea interacción con la persona querida.

Uno se siente abismado. Estrangulado. Adolorido y enfrentado. Nuestro sentimiento versus la discreción que nos requiere el mundo de la razón.

¿Qué hacer María Pía? Te respondo. Ir por partes: una cosa eres tú, otra tu amiga y otra, los demás. E importan las tres, pero en ese mismo orden.

- Olvida etiquetas y categorías convencionales. Tú eres tu pasión y tu razón. Tus fuerzas y frenos. Esclarece estos elementos. Jerarquízalos. Conversa contigo misma. Reflexiona. Gana seguridad. No te apresures por nada ni por nadie. Cuando llegues a cierto grado de convicción, será el momento de arriesgar. Habla, exprésalo. No te quedes arrinconada en una celda. Comunícate con quienes tú quieras. Y si así, lo decides, declárale tus sentimientos a tu amiga. Ambas tienen derecho a esa verdad.

- Ella es quien es. No es lo que tú deseas que sea. Claro, hay muchas cosas de ella que tú no sabes, cosas que pertenecen a una realidad oculta y otras que pertenecen a tus sospechas e imaginación. Es probable que te hayas enamorado de lo que ves e imaginas, no de lo que ella es en verdad.

Todos esos enigmas son los que te atormentan en este momento. Primero los tuyos, después los de ella. Y sólo se aclararán con pura reflexión y comunicación. Con valentía y franqueza. Las respuestas llegarán. Se hará la luz. Se acabará esa supervivencia ahogada en el subsuelo.

- Y los demás. ¿Vale la pena dedicar energía mental y enfrascarse en lo que los demás piensan, prejuzgan y no saben de ti? Definitivamente no. Deja a los otros con sus propias lógicas y razonamientos. Aquí quien tiene que resolver y maniobrar su vida eres tú.

¡ Ánimo María Pía !. Y como me dice repetidamente mi amiga Toñi,
Sé feliz, con la felicidad que tú misma y concertadamente con tu amiga, elijan. Créeme, es lo único que importa.

martes 3 de noviembre de 2009

Los bellos vellos de Carlos y Compañía

La primera vez que vi un hombre desnudo, uno de verdad, adulto, crecido, desarrollado, fue en los camerinos de mi colegio. Yo apenas tendría unos doce años y continuaba con voz aflautada; además de tener el santuario, las campanas y el campanario, sin un mínimo asomo de vello púbico.

Era pues, un niñito de mamá. Inocente, aunque un poco babosón. Mientras mis compañeros, quienes me llevaban mayoritariamente más de un año de edad, empezaban a comparar sus cuerpos y absolverse mutuamente dudas entre ellos, sobre su entrada a la pubertad; yo, seguía despreocupado de las cuestiones sexuales.

Carlos, que tenía unos dos a tres años más, un típico alumno repitente, a quien lo apodábamos justificada y cariñosamente “viejo” decidió, tras una clase de educación física, descubrir para nosotros los avances en el crecimiento inferior de sus impúberes lanosidades. Y literalmente eso, ante mis cándidos ojos, era una gran madeja, con la que fácilmente se podían tejer varias chompas. Los “pendejos” se aglomeraban muy cerca del muñeco, subían espesamente por el vientre y el pecho, o se extendían como plantas trepadoras por entre sus piernas.

Al acordarme hoy de ese instante, me asalta un recuerdo de aquella sensación recelosa y espantadiza. Me asusté mucho. ¿Qué era eso? -pensé- ¿Una regresión al mono ? ¿Un hombre de peluche? ¿Un osito adolescente? ¿El hombre de las nieves ? Pero lo más delicado y chocante fue que, a continuación de mi asombro, despuntaron en mi interior algunas reacciones inexplicables. Algo me habló por dentro y me dijo que aquel bosque oscuro y frondoso pasaría a ser en el futuro, mi paraje de peregrinación y mi manjar favorito . Recién hoy estoy desenterrando el recuerdo de la boca, haciéndoseme agua y de la rigidez de mi entrepierna.

Y para colmo, a Carlos le siguió Renán, Raúl, Eduardo y otros más que estaban por ahí a punto de cambiarse la ropa de deporte. Todos se enloquecieron por mostrar lo que iba creciendo e hinchándose en sus cuerpos jóvenes, lo que iba revistiéndose y desplegándose. Dios fue grande y misericordioso porque no permitió que me desmayara con tanta primicia e incentivo a mi castísima incompetencia.

Hoy para mí, los hombres velludos son sólo eso, hombres velludos. Un fenotipo más. Una característica física que puede acompañar o no al hombre que me gusta. No es de trascendental importancia para mí, tener cerca de mi piel lampiña, un felpudo andante, ni un afectuoso sacón de lana, ni un varón poodle en tamaño regular, ni un oso de felpa para acurrucarme en las noches de invierno.

Ya no me asustan ni me arrebatan. Tampoco me hacen salivar ni aceleran mis latidos. Es más, creo que hoy por hoy, me activo más con los llanos e imberbes, con los sedosos y tersos.

Uno cambia y seguirá cambiando. De todas formas, gracias Carlos, Renán, Raúl y Eduardo por sus bellos vellos de entonces.

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