Decidimos encontrarnos en el Cine El Pacífico en Miraflores. Un punto demasiado habitual para los encuentros cercanos de todos los tipos, pero el más eficaz. Ahí nadie se pierde. Aunque ubicarse en cualquiera de las puertas por más de 5 minutos a solas, pone en compromiso tu notoriedad o tus propósitos. Para los entendidos, les basta mirar los rostros de los sujetos estacionados ahí para verificar que están a la espera de aquel que no conocen personalmente, sólo por una insignificante descripción vía chat o teléfono. Estos miran a todos los que transitan con ojos de inspector ardilla. Los nervios los delata. La impaciencia es evidente.
Pues ahí estaba yo. Esperando al famoso Jack. Sólo me había dicho que lo identificara por un sobretodo oscuro que apenas le dejaban ver unos botines altos, de esos que se usan en ciudades donde llueve torrencialmente. Bueno, no hice mucho caso de la descripción. Uno se llega a acostumbrar a tolerar gente extravagante.
Llegó. Ciertamente llevaba esa prenda inusual en nuestra ciudad, pero su saludo cordial, su expresión agradable me dieron una buena señal. Me inspiró confianza. Lo saludé, caminamos un par de cuadras comentando algo sobre la puntualidad y me preguntó si deseaba tomar una cerveza o un café. Preferí una cerveza.
Al cruzar el parque, recién pude mirarlo y fijarme en su fisonomía. Se trataba de un muchacho blanco, delgado, de cabello castaño ligeramente crecido hasta por debajo de las orejas, algo que ha sido siempre de mi imperioso agrado. El color de sus ojos era especial. Luego, con más iluminación pude comprobar que eran de color granadilla. Definitivamente se trataba de un muchacho atractivo.
La conversación en el barcito medio escondido fue muy placentera. El había estudiado Filosofía y lo exteriorizaba perfectamente ya que podía seguirme muy bien en esos temas abstractísimos que tanto me gustan. Sin sacarse el sobretodo, permanecimos sentados por horas y pudimos conversar sobre temas indeterminados sin aburrirnos ni un segundo. Eso era una buena señal. A mí, me seducen con el cerebro, con una masa encefálica bien instalada y colonizada.
Pelos castaños, flaco e inteligente. Definitivamente era un buen candidato. Empezaba dentro de mí, la irremediable proyección, la fatal vibración.
Luego de varias cervezas y horas de tertulia ilustrada propuse retirarnos. Pagó la cuenta y salimos.
Sin quedarnos ni un minuto en silencio recorrimos varias cuadras hasta llegar a una calle donde supuestamente nos separaríamos, cada uno hacia su casa. Habíamos quedado en mantenernos en contacto. Aparentemente también él había quedado encantado conmigo, me lo había hecho notar de mil maneras durante toda la noche, como cuando me dijo en tono mordaz, que era raro encontrar un gay que le interesara la teología.
- Así soy yo, doblemente raro- le contesté.
Al despedirse en plena calle le extendí la mano. Pero él, con un dócil movimiento me atrajo hacia sí para darme un abrazo. Me acerqué, pero hasta ahora no sé en qué instante había logrado desabotonarse el sobretodo que llevaba puesto. Había abierto cada lado del mismo sujetándolo con las dos manos dejando exhibir su cuerpo desnudo. No llevaba ni una minúscula prenda debajo. Quería que así le diera el abrazo, hasta tomar contacto con su afilada y manifiesta anatomía.
Llegó. Ciertamente llevaba esa prenda inusual en nuestra ciudad, pero su saludo cordial, su expresión agradable me dieron una buena señal. Me inspiró confianza. Lo saludé, caminamos un par de cuadras comentando algo sobre la puntualidad y me preguntó si deseaba tomar una cerveza o un café. Preferí una cerveza.
Al cruzar el parque, recién pude mirarlo y fijarme en su fisonomía. Se trataba de un muchacho blanco, delgado, de cabello castaño ligeramente crecido hasta por debajo de las orejas, algo que ha sido siempre de mi imperioso agrado. El color de sus ojos era especial. Luego, con más iluminación pude comprobar que eran de color granadilla. Definitivamente se trataba de un muchacho atractivo.
La conversación en el barcito medio escondido fue muy placentera. El había estudiado Filosofía y lo exteriorizaba perfectamente ya que podía seguirme muy bien en esos temas abstractísimos que tanto me gustan. Sin sacarse el sobretodo, permanecimos sentados por horas y pudimos conversar sobre temas indeterminados sin aburrirnos ni un segundo. Eso era una buena señal. A mí, me seducen con el cerebro, con una masa encefálica bien instalada y colonizada.
Pelos castaños, flaco e inteligente. Definitivamente era un buen candidato. Empezaba dentro de mí, la irremediable proyección, la fatal vibración.
Luego de varias cervezas y horas de tertulia ilustrada propuse retirarnos. Pagó la cuenta y salimos.
Sin quedarnos ni un minuto en silencio recorrimos varias cuadras hasta llegar a una calle donde supuestamente nos separaríamos, cada uno hacia su casa. Habíamos quedado en mantenernos en contacto. Aparentemente también él había quedado encantado conmigo, me lo había hecho notar de mil maneras durante toda la noche, como cuando me dijo en tono mordaz, que era raro encontrar un gay que le interesara la teología.
- Así soy yo, doblemente raro- le contesté.
Al despedirse en plena calle le extendí la mano. Pero él, con un dócil movimiento me atrajo hacia sí para darme un abrazo. Me acerqué, pero hasta ahora no sé en qué instante había logrado desabotonarse el sobretodo que llevaba puesto. Había abierto cada lado del mismo sujetándolo con las dos manos dejando exhibir su cuerpo desnudo. No llevaba ni una minúscula prenda debajo. Quería que así le diera el abrazo, hasta tomar contacto con su afilada y manifiesta anatomía.
.
Sólo había visto eso en películas. Sujetos que se abren el abrigo para exponer sus genitales a un extraño que no lo espera. Hoy, desconfío de los hombres con sobretodo en una ciudad como Lima, en donde jamás llueve .
No quiero toparme, ni asustarme más con triplemente raros.
















1 comentarios.:
esta ciudad si que da sorpresas, sorprendeme a mi tambien :)
Publicar un comentario