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miércoles, 23 de junio de 2010

Mi nombre es Khan y no soy terrorista


Mi nombre es Khan es una de esas películas que me provoca comentar. El film indio retrata el drama del síndrome de Asperger y a la vez hacer un boceto sociopolítico con la comunidad musulmana e hindú residente en EEUU, aportando la consabida dosis de humor, drama y sentimientos.

Más allá de examinar los códigos subyacentes de la llamada industria cinematográfica de Bollywood, las particularidades técnicas, guión y dirección de la propuesta, me quiero referir únicamente a lo que ella me dejó revoloteando como ideas, en la emoción y en el sabor de boca.

El protagonista, Rizvan Khan nació diferente en la India. Pero el amor y la sabiduría de su madre le suministraron las herramientas para defenderse y hacerse un lugar en el mundo. Y vaya que lo logró en un mundo tan diferente como la occidentalísima San Francisco. Todo aquel que lo viera por la calle simplemente diría de él: es un enfermito. Pobrecito. Y al conocer de su raíz musulmana, dirían, cuidado, es peligroso, un terrorista.



Para completar el cuadro, una de las características de la enfermedad de Asperger exhibe una excesiva literalidad de las palabras, sin dobles sentidos. El protagonista pone siempre el mayor cuidado a lo que le dicen y piden; de esta forma lo que está bien y lo que está mal, vuelven a ser fácilmente resueltos por él con una ecuación simple. Él sí es un hombre simple. Sus palabras lo dicen, sus acciones más. Él es coherente y honrado.

El personaje cuestiona concisamente a nosotros los que nos creemos normales; los occidentales, los avispados, los dueños de la moral planetaria. Creemos ser “sencillos” para distinguir a unos de otros, lo bueno de lo malo. Pero nuestra sencillez no lo es en verdad; es más bien, superficialidad. Y ligereza. Nos es imperioso capturar a las personas con sus características más perceptibles: estereotiparlas, catalogarlas, etiquetarlas, rodearlas de un halo. Lo que pasa es que eso nos da una estúpida sensación de poderío, de supremacía sobre aquel que es diferente a la mayoría. Nuestra superficialidad amilana nuestros temores de supervivencia más primitiva.

Y ahí llega la discriminación. Grosera. Inculta. Destructora. Contagiosa. Y como dije más arriba, especialmente, estúpida. Porque ella es irracional, es visceral, primaria. Discriminar es al final de cuentas, perderse la riqueza de aquel que es diferente, aplanarse en lo similar, desaprovechar la diversidad y crecer.




Cuando Rizvan Khan dice No soy terrorista, en verdad nos está diciendo a todos los espectadores: no seas estúpido, usa algo más que tus ojos. Razona, no prejuzgues. Ama y conoce más allá de tus ojos, no te quedes en la mirada.

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