Dios -para los que tenemos la convicción de que interviene manifiestamente en nuestras vidas- no solamente nos obsequió la vida, sino que, además se encarga día a día, minuciosamente de retocarla hasta llevarla a su total plenitud.
Su obra no concluye con nuestro nacimiento. Sus cinceladas son tan sutiles que no nos damos cuenta, nos hace creer que somos nosotros los que conducimos nuestras vidas, pero en un momento, por sorpresa, se nos abren los ojos e identificamos que es Dios quien toca cada cuerda de nuestros sucesos y circunstancias hasta arrancarnos una bella melodía.
Ayer, dentro de una mañana de absoluto desasosiego por la delicada situación de salud de mi amiga Toñi, en plena oración de ruego y abandono a la vez, llegó un email que me informaba de su notable restablecimiento.
Y comprendí. Las piezas perdidas volvieron a su lugar. Empecé a mirar más allá de la sombra del árbol que me había impedido apreciar el bosque entero.
Estos momentos de total desconcierto no son pruebas como la mayoría las define: son parte de que seamos humanos, de nuestra naturaleza inconsistente y vulnerable, de nuestra condición de criaturas pequeñitas.
Nos quebrantamos pasajeramente para amar más la vida, para medir nuestras fuerzas, para seguir confiando en nuestras fibras relegadas. Hay un hilo delicado pero efectivo con la mano de Dios que conoce como buen sembrador, de qué madera estamos hechos.
Dios aprecia de cerca que en ese instante, de desolación y aridez que vivimos, crecemos, nos hacemos mejores personas, nos brota “su imagen y semejanza” capaz de convertir el agua en vino, de crear de la nada, de hacer milagros en pleno desierto.
Sí, con nuestra vida se renuevan nuestras vidas. En plena inmovilidad, Dios opera firmemente. En nuestros tambaleos, nivela la mirada, fortalece la Fe, rodea el corazón. Bendito sea Dios y por siempre lo sea.

















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