lunes 29 de noviembre de 2010

Una primera lección de Adviento.

Una buena lección por aprender en este Adviento es la Santa Aceptación.
 
Hago un breve recuento de varios acontecimientos de los últimos meses y veo mucho dolor alrededor mío. He sido espectador cercano de sufrimientos sin sentido, de hondos padecimientos, enfermedades y fracasos de seres muy queridos. He vivido en carne propia la desesperación y desesperanza. La sensación cruel de no sentir nada. La extenuación moral y la tristeza.
 
Me he quejado muchísimo. He murmurado sobre los designios de Dios. He masticado en silencio mi rabia.
 
He llorado de impotencia.

 
Y hoy, con otra mirada a todos esos sucesos, contemplo la imagen de la Virgen María. Gran personaje del Adviento y gran protagonista de la Redención. ¡Cuánto sufrió desde el primer día de su gestación! Su maternidad estuvo llovida de lágrimas. Caminó toda su vida por un camino empedrado, siempre cuesta arriba.
 
Pero sus lágrimas amargas de mujer, de madre y de ser humano no le impidieron llegar hasta el mismísimo Calvario donde su hijo amado, el mismo que resguardó dentro de su vientre, ofrendó la última gota de su sangre.
 
María sufrió violenta y desgarradoramente, pero no dejó ni un solo instante de aceptar los designios de Dios. María, es la mujer de la Aceptación inquebrantable. La Aceptación es la señal más preciosa de los que aspiramos a vivir una vida de Fe. Aceptar que vamos cuesta arriba, pero que en nuestro caminar jadeante y débil, podemos estar subiendo a donde el mismo Dios quiere llevarnos.
 
María, un año más durante esta época en que, de sólo contemplarte, como hijo pequeño, anhelo aprender de ti. Quiero asemejarme un poquitito más a ti. Catequizarme con tu lección de Aceptación. Por más que me pueda esperar una cruz pesada al final del camino, por más que lloriquee y patalee, por más que me queje y lamente,  pueda yo llegar hasta el final, hasta el lugar que Dios me tiene reservado en su plan de salvación. Quiero estar como tú, a la altura de los designios de Dios, sean los que sean, vengan como vengan. Amén.

1 comentarios.:

Lucho dijo...

Dios mío, qué difícil es aceptar la realidad y a veces uno se enfrasca en un círculo vicioso de angustia y desesperanza por el solo hecho de no aceptar las cosas como son, de no aceptarse tal y como uno es, de no buscar adaptarse a hechos que muchas veces son inmodificables.

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