Estudié en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Nombre pomposísimo éste, que de alguna u otra forma nos condicionó (y seguirá condicionando) a todos los alumnos. A pesar que muchos de mis compañeros pertenecían a otros credos o eran declaradamente ateos, siempre se notó alrededor, una sutil atmósfera de recato y ponderación en las posturas académicas, proveniente de la "moral cristiana".Una de las muestras, definitivamente tiene que ver con la presencia homosexual. En mis seis años y medio de estudios, jamás presencié una agrupación o una manifestación colectiva explícita, mucho menos activista o cultural desde ésta orientación sexual. Para muchos, como yo en ese entonces, tal posibilidad resultaba innecesaria y peligrosa. Pero eso de ninguna manera, debió haber significado un desconocimiento del derecho inviolable de apertura y a expresarse, dentro del ámbito universitario, a esta minoría que a decir verdad, ya no es tan minoría: los estudiantes homosexuales.
Durante cada “hueco”, es decir, en las horas libres, con mi afianzado grupo de amigos y amigas, todos aparentemente heterosexuales, acabábamos siempre en la cafetería central, tomando café, fumando, conversando, chismeando, viendo gente y mil actividades aparentemente improductivas pero extraordinariamente entretenidas propias del "hueveo". Fue en varias de esas ocasiones, que Juan y Rossana, dos amigos cercanos, me advirtieron que dos muchachos que caminaban siempre juntos, me miraban sospechosa, fija y persistentemente. Yo, alzando los hombros y con actitud displicente recuerdo que les contesté:-¿Y a mi qué? Que me miren pues...
A los años, me vine a enterar que esos dos eran pareja sentimental y que además, estaban intentando convocar a gays para que escribiéramos en un periódico mural. Buen gaydar que tuvieron...
Por otro lado, un día navegando en internet desde mi casa, como se imaginarán ustedes: por páginas webs del cada vez más osado ambiente gay limeño, encontré una que me caía como anillo al dedo. Se trataba de gpuc: una red universitaria dirigida a universitarios gays y lesbianas de la Universidad Católica y cuyo orgullo y misión residía en ayudar a las personas a asumir su condición homosexual con mucha más seguridad y naturalidad de lo que lograrían solos. Para ello tenían un sistema de anfitriones.Me comuniqué con uno de ellos y quise asistir a una de sus reuniones.
La noche programada, quise encontrarme con decenas de los que en mi época se olía que eran, que de lejos no parecían pero que de cerca lo eran y también, los que de cerca no parecían pero de lejos, lo eran. Pero nada. La reunión fue bien intencionada, algo concurrida por ejemplares diversos, pero terminó siendo una decepción personal por la ausencia de los que me hubiera encantado ver por ahí, para hacernos un reconocimiento honorable y desdramatizado, para emitir una afiliación extemporánea al "gremio" y para expresar un sentimiento mutuo hacia el tiempo redimido.
No puedo negar que siento orgullo por mi alma mater, donde me instruí en mucho de lo que soy hoy y donde germinaron silenciosamente mis contenidos intelectuales. Pero esa parte gay, tan mía, tan intensa y también tan entonada, me la fragüé fuera del campus, a costa de calle, diálogo, atrevimiento y desgarro.









































