martes 30 de marzo de 2010

Sobre nuestra homosexualidad, Ricky Martin.

San Juan, 29 mar (EFE).- El cantante puertorriqueño Ricky Martin admitió hoy su homosexualidad, la que describió como "un regalo", al tiempo que anunció que se ha dedicado a escribir sus memorias cuyo proceso describió como "muy intenso, angustiante y doloroso pero también liberador.

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Querido Ricky:
Sé que me lees -para envidia de muchos blogueros-. Te enviaré el contenido de este post a tu correo personal. Quiero dirigirme a ti, al Ricky persona que pocos conocen, no al personaje mediático:

Sé bien como te has de sentir en este mismo instante. Conozco de cerca esa sensación. Te habrán crecido las alas del alma, el cielo te debe parecer pequeño para sobrevolarlo en dos segundos. No cabrás en el mundo. Ahora, eres más grande que nunca.

Muy pocos pueden entendernos. La Libertad es uno de los dones más preciados que podemos tener los seres humanos, nos hace ciudadanos del firmamento y de la eternidad. No hablo de
la libertad para hacer mucho, sino, la cardinal, la sustancial, aquella que nos permite ser lo que somos.

Hoy eres más Ricky que nunca. Acopiado todo lo que eres en ti mismo y esparcido a los cuatro vientos. Honesto contigo. Transparente. Seguro.

Seguramente otros criticarán, comentarán, te echarán barro, conjeturarán, te tildarán de mil cosas. A la mierda todos esos que no saben ni por asomo de este proceso que concluye en el ser lo que se es desde siempre. Habrá sido doloroso, como dices, pero habrá que preguntarle a las mariposas que tuvieron que dejar sus capullos. Habremos terminado siendo mariposones, que nos digan lo que quieran. Que nadie te prive de tus colores ni del personalísimo diseño de tus alas.

Nada puede quitarnos la vibración de nuestros vuelos y holguras, ni la dicha de tener las alas extendidas para remontar y disfrutar de los campos sinceramente. De coquetear con el sol y los girasoles a nuestro santo antojo. No habrá más celdas que nos reprima de ver la vida desde lo alto. Incluso de mirar a los que sobreviven abajo sin alas, a los vulgares, a los acomplejados, a los cobardes, a los escurridos, a los aplanados, a los que no se atreven a completar el proceso “angustiante”, pero “intenso” de llegar a ser hombres.

Bienvenido al gremio de los ventilados, Ricky. Ahora te veo más bello que nunca .


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lunes 29 de marzo de 2010

Mi nuevo interruptor de luz

Ahora se me ha dado por prender y apagar la luz a cada rato...


sábado 27 de marzo de 2010

Oración de Domingo de Ramos


Remonta, Rey y Señor, a Jerusalén,
porque si no lo haces, tampoco, nosotros,
podremos ascender a la gloria que nos prometes.


Déjate aclamar, aunque suenen a hueco y flameen estériles
muchos de nuestros ramos y palmas.


No mires, Señor, a la tiniebla que mañana te espera,
pues necesitamos de Ti para que, la nuestra, no sea eterna.

Te esperábamos, Señor,aunque,
hoy te digamos ¡viva! y, mañana gritemos ¡muera!
Hoy nos adherimos a Ti, Señor,
para luego, aún siendo los mismos, decir no conocerte.


Hoy nos adherimos a Ti, Señor,para luego,
aún siendo los mismos, decir no conocerte.


Entra, Rey, amigo y Señor,
y si te escandaliza este triunfo,
tanta sangre espera,
perdónanos, Señor.
Somos así, incluso los que más te queremos, los que en la intimidad,
más hemos convivido contigo:No entendemos esta entrada humillante,
no comprendemos el por qué una cruz al mejor hombre,
nos resistimos al triunfo si ha de pasar primero por la muerte.


Avanza, Rey, amigo y Señor
Porque si te detienes fuera de los muros de la ciuda
del hombre quedará definitivamente sumido en su mala suerte
o el cielo puede que se cierre definitivamente
la cruz quedará sin nadie que la domine sobre sus hombros
sin poder salvar, así,
a toda la humanidad de la incertidumbre que le asola.

¡Cómo no bendecir tu nombre, Señor!
Si eres Palabra cumplida al detalle

Esperanza de los profetas
Manos apropiadas para el madero
Cena que, en Jueves Santo, esperamos gustar
Palabras que, en Viernes Santo,
estremecerán todavía más nuestro llanto


¡Cómo no exaltar tu nombre, Señor!
Cuando sabemos, que al final,después de las espinas y del dolor
del vértigo y de la muerte
gritaremos lo que Tú,
tantas veces nos repetiste:hay que morir para dar abundante fruto.
Y, si algo tienes Tú, Señor, es mucho para darte y otro tanto para exigirte.
Amén.

J.Leoz 2006

viernes 26 de marzo de 2010

Amos en la cama, sirvientes en la calle

Algo que he comprobado con los últimos hombres que he conocido y cuyos comportamientos inevitablemente se convirtieron en mi objeto de examen, es en ellos, una fuerte aunque secreta inclinación a ser dominados. Aunque muchos parecieron ser individuos recios, estables y de temple, muy en el fondo, buscaban alguien que los tutelara, que les dijera qué hacer, es decir, un padre. ¿Yo de padre? No gracias.

Aun cuando en su vida sexual podrían ser autócratas y extremadamente masculinos, aun así, por rendijas de su conducta dejaban notar una inconsistencia. En el zócalo de su personalidad se trataban de hombres blandengues, un tanto extraviados o flotantes en su propio mar de vacilaciones.

Podían ser muy resueltos para dar órdenes en la cama, para saciar prolijamente cada uno de sus deseos con tal de estar bien complacidos. Pero una vez reincorporados a la vida extramuros, en sus relaciones afectivas, en sus emociones y en sus decisiones sencillas, les temblaba la voz, la mano y el razonamiento.

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En este instante tengo en mente varios nombres que no quisiera mencionar porque podrían ellos estar transitando por este blog y no quisiera herir sus ya de por sí alborotadas susceptibilidades.

Son muchos. Son la mayoría. Están por todo lado. A decir verdad, hasta me podría incluir en este patético diagnóstico. Yo también paso de lo tiránico a la sumisión con sorprendente velocidad.

No sólo es un tema de roles sexuales, de personajes que alternamos dentro de una fantasía truncada. Ni de jueguitos eróticos inofensivos. Sin dudar, revela que tenemos unas tuercas que están sueltas, que somos edificaciones construidas sobre terrenos pantanosos, que sobrellevamos cuestiones que no fueron resueltas a su debido tiempo, que cargamos instrumentos musicales disonantes que necesitan una urgente afinación. Destapa nuestra vaguedad y falta de sincronización entre lo que deseamos ser y lo que en verdad somos.

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Le pido a la vida, a la Providencia, a la suerte y a los dioses del Olimpo que poco a poco me vayan reuniendo en un solo individuo. Sin fisuras. Sin desentonos. Ambiciono ser el Señor y el súbdito de mí mismo, el patrón y el dependiente a la vez, el guía y guiado de mis propios designios. también se lo pido a Alá: As Salam Aleikun.

jueves 25 de marzo de 2010

Pedofilia en la Iglesia Católica

"Vengan al tercer mundo
para entender qué cosa quiere decir
que miles de sacerdotes y hermanas
mueren dando su vida por los niños"
El P. Aldo Trento




En Latinoamérica nos llegan a menudo las noticias escandalosas y escabrosas provenientes de Europa y de Norteamérica que dan cuenta de la inmensa cantidad de casos condenables de pedofilia y pederastia dentro de la Iglesia Católica. Claro, la Iglesia es Universal. Y lo que le pase a ella en cualquier parte del mundo repercute en cada rincón. Somos un mismo cuerpo y nos duele en cada rincón.

No quiero analizar si es o no una campaña mediática o no. Hay bastantes razones para pensar en eso.

Lo que quiero hacer con poquísimas palabras, es proponerles un ejercicio: Un punto negro en medio de una pizarra blanca es sólo eso, un punto negro. Varios puntos negros, son eso, varios puntos negros. Pero también existe toda la extensión de la pizarra blanca que permanece blanca.

Yo hablaré desde mi vivencia. En toda mi vida parroquial -que fueron varios años- , en todas las comunidades católicas que he visto desde dentro y por fuera, jamás conocí de un caso de pedofilia. Ni una sospecha. Ni un rumor. Ni un malicioso murmullo. Ni uno. Todo lo contrario, he sido testigo y partícipe de las experiencias más bellas y enriquecedoras con niños y jóvenes. He visto jóvenes comprometidos con otros jóvenes, niños pasearse alegres y protegidos por las sacristías como en sus propias casas. He visto religiosas alimentarlos. He visto sacerdotes dando gota a gota de sus vidas luchando por la dignidad de niños desamparados -también maltratados- por sus propias familias. He visto seminaristas entregando sus fuerzas por los más débiles.

He visto atareados a sacerdotes muy ancianos absolviendo almas atormentadas, bendiciendo proyectos, acompañando entusiasmadamente a mujeres solitarias, enalteciendo a los frágiles, rescatando el sentido de lo sagrado, conduciendo a los confundidos. He visto hombres de Iglesia comprometidos con las heridas de enfermos y pobres bien pobres, alimentando hambrientos, ennobleciendo vidas, limpiando inmundicias. He visto acariciar mostrando sólo amor y compasión.

Esa es la pizarra blanca de la Iglesia Católica. Por la que guerreo desde mi modesta y heterodoxa trinchera. Por la que me arrodillo. La que es tan humana como yo y como tú. La que critico desde dentro cuando tengo que hacerlo y admiro también desde dentro como lo estoy haciendo ahora. Mi Iglesia, mi casa vieja y joven, diáfana y oscura. La Iglesia que sigue siendo la Iglesia de Dios.


A ver cuándo aparecerá esta pizarra blanca en las primeras planas de los diarios, en las noticias por televisión, en testimonios enunciados por otros hombres que como yo, debemos mucho a la Iglesia Católica. Soy un agradecido, un declarante, un favorecido, un orgulloso de seguir siendo católico.

miércoles 24 de marzo de 2010

Sorry, sigo en el recreo.


Me da gusto que me llames a menudo. Tu voz me suena diferente por el teléfono. ¿Habrás madurado? ¿Habrás crecido? Cuando yo te conocí hace varios años atrás, debo reconocer que eras un juguete divertido en esa puericia que vivía cuando tenía yo unos veintitrés años de edad pero en la que no me auto reconocía como el gay que modestamente he logrado ser.

En aquel entonces, encontrarme contigo a escondidas era como salir raudo al recreo después de todo un curso interminable de educación cívica y moralina, corretear mis instintos imprevistos, juguetear con nuestras pelotas de carne al aire, transitar revoltosamente por tu cuerpo voluptuoso, explorar las maravillas de un nuevo planeta. Fuiste el remedio a mi vida aburrida. Mi Magic Kingdom. Mi asteroide transportador.

Así es, éramos dos niños traviesos en un nuevo parque de diversiones. Fuiste el acompañante competente. Pero hoy, tu voz me suena diferente. Me dices cosas diferentes. Hablas de cosas serias. Me cuestionas. Me propones. Me dejas en silencio.

No sé qué hacer. Ando confundido. Quisiera tomarte de la mano y subirme nuevamente a esas montañas rusas desafiantes, gritar hasta romper las paredes y mis tímpanos, rugir entre tus brazos, erupcionar lava caliente, perder la noción del tiempo y del dolor, perderme dentro de los laberintos que añoro. Apetezco compartir tu temeridad que parece que has perdido en el camino, vivir al borde de la muerte con tal de sentir, pero vivir.


Detesto reconocerlo, pero no me provoca tu amor maduro. Me quedaré niño, retrasado y disipado. No deseo lo que tu voz me está ofreciendo. Me aburren tus secuelas de moderación y mesura y adultez. Esa suerte de pasotismo y parálisis, esa prudencia y somnolencia. Tú no fuiste eso. Tampoco quiero convertirme en eso. Por eso, creo que te diré adiós.

Adiós, sorry Christian del pasado, aún sigo de recreo.

lunes 22 de marzo de 2010

sábado 20 de marzo de 2010

No quiero ser madre

Empiezan a haber madres y madres. Mujeres y mujeres. Roles y roles.
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Meli, mi querida sobrina es un claro ejemplo de eso. No es un modelo exactamente de una madre abnegada o consagrada a su menor hijo. Incluso hemos llegado a la conclusión los que la conocemos de cerca, que parece no haber sido favorecida con el instinto maternal. Gracias a mi hermana que es la abuela, a ese niño no le falta nada. Su madre jamás le ha cambiado un pañal, dado de lactar, bañado o preparado un plato de sopa. Bueno, qué se le va a hacer. Así “pasa cuando sucede”.

Pero no es el único caso que conozco. Cada vez más son las mujeres que oigo por ahí admitiendo sin vergüenza, que no desean tener hijos o que con el que tienen les basta, que no han nacido para ser madres. No es que aborrezcan a sus hijos o a los niños, sino que, sus formas de realización, sus paradigmas de felicidad, sus aspiraciones personales, no pasan por lo de ser madres virtuosas. Quieren ser ellas mismas y sólo ellas. No quieren cargar con críos porque ellos representan una traba, una molestia y un sacrificio demasiado elevado que no están dispuestas a efectuar.

Es una realidad. Las mujeres empiezan a ser más que madres. Empiezan a desatarse de roles que otrora se explicaban como instintivos y generalizados. Hoy las cosas van cambiando y las personas más. Hay otras prioridades, otros valores, otras formas de ser feliz, otros sueños por cumplir.

No seré quién juzgue. No seré quien empiece una cháchara y críticas a este mundo moderno. No diré que está patas arriba ni que estamos dejando de ser los humanos que nos creíamos ser. No indagaré sus causas. Otros tendrán sus propias teorías para explicar dichos cambios. Pero tampoco haré una apología de esos nuevos roles femeninos.


Lo que sí haré es abrir bien los ojos a las nuevas formas de maternidad. Lo que es y será inmutable es que las mujeres y sólo ellas proveerán el gameto femenino, serán las que gestan y las que parirán. Pero ahí puede ser que termine su trabajo.

Aparecemos entonces los hombres, los homosexuales y lesbianas, las instituciones, los clanes o qué sé yo. Y no podremos a partir de ahora, extrañarnos ni espantarnos. Nuevos roles florecen. Nuevas formas de dar vida más allá de la procreación. Nuevos contenidos dentro de la palabra “madre”.

¿Qué opinas?

jueves 18 de marzo de 2010

¿Dónde está la Alegría?

Alégrese el corazón
de los que buscan al Señor
(Sal 104,3)

¿Habrá algo más importante en nuestras vidas que un corazón siempre alegre? No, creo que no.
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Cuando uno abre bien los ojos a la vida que nos envuelve y a la de quienes nos rodean, es fácil llegar a esa conclusión. La Alegría es importante. Vital, tanto como el oxígeno. Aunque el mantenerse alegre en ciertas temporadas sea cosa difícil, sigue siendo sin duda, un anhelo que todos tenemos. Queremos una alegría perdurable, genuina, que vaya más allá de una emoción pasajera, una que extinga nuestros desganos y aburrimientos, abatimientos y dolores.

Yo, que con sinceridad deseo incluir a un Dios vivo y rutilante en mi vida, deseo hondamente ser un hombre alegre. No siempre lo consigo, no. Pero confío en la omnipotencia de Dios. Sólo Él me puede suministrar esa sensación que quiero en mis quehaceres diarios: la sensación de alegría.

No siempre me aman los hombres como quisiera que lo hicieran. A pesar de ello, me alegra saber que soy amado por Dios, incondicionalmente. No siempre hago todo lo que debería, sin embargo, una alegría inexplicable se instala dentro de mí, porque Dios sí sabe que hago todo lo que puedo. No siempre tengo una sonrisa en los labios, no siempre arrullo con mis palabras; no obstante, Dios sí me sigue sonriendo y arrullando de mil maneras.

Como todo lo que proviene de Dios, la Alegría es un misterio. Es una lección siempre inconclusa, un acto de Fe segundo a segundo, una actitud escurridiza. Es una orientación del espíritu, no de los sentidos, no del cuerpo, no de la voluntad humana, no de la enmarañada mente.

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Buscar a Dios es pues buscar su Alegría. Para aquellos que no saben cómo buscar a Dios, que no entienden a nosotros los creyentes, aquí está el modo de empezar: En el buscar incesantemente y a tientas, la Alegría en el trasfondo de nuestras circunstancias humanas. Aquí está el misterio revelado, en el sentirse amado, aceptado, acompañado, apreciado y revalorado.

Esa es nuestra Alegría cristiana. Viene de Dios y regresa a Él.

miércoles 17 de marzo de 2010

Viájame Stevie

Stevie sólo habla inglés. Pero todo su cuerpo me habló con absoluta simplicidad. Tiene el cuerpo casi insignificante. Es flaco. Su piel es blanquísima espolvoreada con una tenue vellosidad rubia que al comienzo me disgustó. Generalmente no me atraen los rubicundos. La primera vez que le vi por detrás las partes altas y desnudas de sus piernas me pareció ver esas orillas de playas caribeñas con arena blanquísima que arrastran algas doradas. Sus mejillas eran coloradas como una manzana expuesta en un supermercado. Sus ojos turquesas. Sus manos delgadas y afiladas.

Una brevísima conversación me indicó que podíamos hablar con fluidez. Su sonrisa inicialmente me pareció sarcástica. Pensé que se estaría burlando de mi acento tradicional, de mi vocabulario formal; pero no, era totalmente natural, era una forma más que poseía para comunicarse.

Caminamos una media hora hasta escoger un lugar fresco en una callecita empedrada donde tomar una cerveza helada. Al poco rato de escucharlo, observarlo y olerlo a medio metro de distancia, ya me había cautivado. Detrás de esa fragilidad y de esa estampa de científico del siglo pasado, iba asomando un hombre seguro y seductivo, que había recorrido la mitad del mundo con poco equipaje y que no le importaba mucho saber bien lo que encontraría en el próximo día, mes, año o el resto de su vida. Su destino era el hoy. Y en su hoy, frente a él, estaba yo.

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Tuvimos tres horas seguidas de sexo. Su blancura se mezclo con mi piel bronceadísima. De fondo tuvimos unas sábanas oscuras y una ventana abierta que dejaba entrar la brisa del mar. El idioma usado por ambos fue ambiguo, inglés por ratos, estertores por otros, exclamaciones y gestos hechos con las manos sudorosas.

Me hipnotizó su actitud de hombre de mundo. Fue la sensación de un viaje en la que los dos estábamos trepados en una alfombra mágica. Todo gravitó en dejarme abrazar, acariciar y besar inconteniblemente. Fue como resignarme a estar rodeado por su reducido cuerpo y a la vez, expandirme al mundo entero; a cada uno de los países visitados, a cada una de sus turbias gestas que llevaba guardadas debajo de su piel blanquísima.

Stevie llega a Lima este viernes. Viene por una semana a viajarme todito una vez más. A tomarme de la mano, a oprimirme la cintura, a dejar a un lado de mi cama su ligero equipaje y así, continuar su insospechado itinerario conmigo.

martes 16 de marzo de 2010

Soy el amo de mi destino: soy el capitán de mi alma.


Invictus
(original)

Out of the night that covers me,
Black as the Pit from pole to pole,
I thank whatever gods may be
For my unconquerable soul.
In the fell clutch of circumstance
I have not winced nor cried aloud.
Under the bludgeonings of chance
My head is bloody, but unbowed.
Beyond this place of wrath and tears
Looms but the Horror of the shade,
And yet the menace of the years
Finds and shall find me unafraid.
It matters not how strait the gate,
How charged with punishments the scroll
I am the master of my fate:
I am the captain of my soul.


William Ernst Henley (1849-1903)

Aún recuerdo mis clases de Literatura inglesa en el colegio que me obligaba a memorizar poemas que con mucha dificultad entendía y pronunciaba correctamente. Hoy pasados los años, habiendo transcurrido mucha agua debajo de mis puentes, noto con claridad que aquellos versos eran más que sonidos bonitos a mis oídos. Se trataban de armonía perfecta del mensaje con las palabras usadas.

Hace unos días, me conmoví cuando al ver la película Invictus, el personaje Nelson Mandela, recitaba el poema del mismo nombre. Hurgué en mi memoria y ahí estaba casi intacto el mismo poema aprendido en mi niñez.


soy el amo de mi destino:

soy el capitán de mi alma.


Verso y vida, esta vez juntos en el mismo instante reaparecieron y pensé…

Ni una cárcel oscura, ni las calles atestadas de gente y confusión, ni mis complejos irresueltos, ni mis temores eternos, ni las trabazones mentales ni los recuerdos ingratos, ni mis amores imposibles ni los idiotas sonrientes que se presentan en mi camino; nada ni nadie va a impedir que olvide estos versos. Me impondré sobre mí mismo y seguiré siendo el amo de mi destino, el capitán de mi alma.

lunes 15 de marzo de 2010

Católicos regresen

A veces recorro los foros que proliferan en Internet que comentan noticias en las que está implicada nuestra Iglesia Católica. Me detengo en las palabras que utiliza la mayoría de los que la critican y sólo puedo notar ira, violencia, odio. Despotrican rabiosos contra los sacerdotes, contra los que nos llamamos católicos a pesar de todo y de nosotros mismos y contra sus ritos y costumbres.

Y claro me da pena. Muchos de ellos se nota que son bautizados, hijos de padres muy comprometidos y tradicionales; pero están heridos, decepcionados, hartos de las injusticias, maltratos y contradicciones que se han cometido, cometen y cometerán en nombre de la Fe. Pero mi pena es inevitable, por favor, respétenmela. Igual que cuando hermanos se alejan de hermanos o padres. Igual que esposos que se amaron ahora se insultan.

Siento tristeza porque desconocen -aunque parece no interesarles- la inmensidad del Amor, porque el Amor que no sabe perdonar -con lo difícil que es- no llega a ser Amor. Siento tristeza porque olvidan que estamos hechos de barro. Que somos vulnerables y por eso necesitamos habitar cerca del Padre. Que fallamos como los niños durante su crecimiento. Que nos salta la humanidad por encima de nuestro llamado a la santidad. Que la vida no es color de rosa en ninguna familia. Que así siempre ha sido y así será.

Ayer, en el evangelio dominical, en la denominada parábola del Hijo Pródigo algo me quedó claro. El que no hizo nada incorrecto fue el Padre. Fue el hijo quien se apartó, el que se fue de casa, el que creyó que podía solo sin ayuda de nadie. El Padre no hizo nada, se dedicó a amarlo: dándole lo que le correspondía como adelanto de herencia, dejándolo libre, extrañándolo y esperándo su retorno.

Somos los hijos los que nos hemos equivocado en la Iglesia, no el Padre. A menudo, convirtiéndola en cueva de verdugos, en lugar desagradable, en desierto reseco, en templo sin Dios. La Iglesia institucional y nosotros los simples feligreses de a pie cometemos errores garrafales y graves que otros no tienen porqué soportar. Sin embargo, todos nos hemos ido alguna vez, guiados por nuestro egoismo. Todos hemos hecho daño a nuestras familias sembrando odios, resaltando precipicios, negándonos al amor, al entendimiento y a la tolerancia. Hemos amado poco. Hemos amado mal. No hemos amado.

Para todo aquel que por alguna vez o en definitiva se ha marchado de casa, de la familia, de la Iglesia, encontré este bello video y esta interesantísima
institución (ver aquí).
Para todo aquel que decida volver, Feliz retorno. Venga ese abrazo. Ayudémonos a ser mejores católicos.

Se levantó y fue a su padre.
Cuando todavía estaba lejos,
su padre le vio y tuvo compasión.
Corrió y se echó sobre su cuello,
y le besó.
san lucas, 42


sábado 13 de marzo de 2010

Me enamoré de la locura del Sargento William James


Me he quedado embrujado con el personaje Sargento William James en la película The Hurt Locker. Quiero un hombre así cerca de mí. Así quisiera ser yo, aunque sea unos diez minutos al día.

Para los ojos de aquellos que vivimos la vida desde nuestros cómodos sillones y desde las aceras seguras de nuestras ciudades, una conducta como la del personaje es valiente sí, pero sobre todo imprudente, inconsciente, alocado. Al ser un especialista en la desactivación de bombas en plena guerra de Irak, se trata de un hombre meticuloso en su trabajo delicado pero con una actitud muy particular frente a la vida. Tiene miedo pero no piensa en él a la hora de enfrentarse a esos segundos espeluznantes de la misma desactivación. No es que no teme a la muerte sino que, no piensa en ella. Simplemente vive su misión sin tiempo ni dudas, sin temblarle la mano ni balanceos, hasta con una dosis de incomprensible alegría.

Sí, lo repito, admiro el temple que puede tener un hombre. Creo que es una suerte de locura que evita que los que nos creemos cuerdos y equilibrados caigamos en el abismo incontenible de la locura. Gracias a esos audaces la vida humana tiene más sentido aún, vale más, trasciende y se reduplica.

Un soldado como el Sargento William James, un malabarista, un bombero, un limpiador de encumbrados ventanales, un deportista de aventuras o un encantador de cobras me habla directamente a mi empecinada prudencia. Yo quisiera tomarme de sus manos y dejar que cualquiera de ellos me lleve seguramente a sus locuras. Quisiera olvidar que me arriesgo al vivir diariamente. Ambiciono tener pies de plomo, corazón vigoroso y manos delicadas. Quisiera preguntarles qué agua beben, cuál es su secreto, qué hacen para vivir con esa intensidad, qué significa para ellos la cobardía y la adrenalina, cómo cohabitan con sus temores. Quiero sus fuerzas para desactivar mis propias bombas dejadas a la vera de mis caminos por hombres feroces, por otros guerreros, por mentes revoltosas, por el destino.
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Me enamoré en abstracto de este tipo de hombres. Iré a rebuscarlo en esas guerras lejanas que se dice que no tienen sentido. Me enamoré del Sargento William James y su ternura disimulada debajo de su uniforme camuflado, de su humanidad aunque se ensucie las manos de pólvora y muerte.

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Todos son locos, pero el que analiza su locura, es llamado filósofo.
Ambrose Bierce

viernes 12 de marzo de 2010

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