viernes 23 de abril de 2010

¿Vicho dictador?


Leí el otro día el anuncio en el parachoques de un automóvil una calcomanía que decía “No es que me guste mandar, lo que me gusta es que me obedezcan”. Y me hizo mucha gracia el irónico enunciado, pero me dio pie para repasar sobre mi manera de conducirme sobre los demás.
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¿Soy mandón? ¿Autocrático? No precisamente. Tengo que reconocer que me gustan las cosas muy a mi manera y que cuando no están como las dejé, como las dispuse; estallo, me encolerizo con lo que tenga en frente. Soy insoportablemente intolerante con los intrometidos, con esos que mueven mis piezas del tablero cuando el que está jugando la partida soy yo. Yo mato mis pulgas a mi manera. Tengo mis propias estrategias. He ensayado hasta el cansancio mis propios métodos, he practicado mil técnicas para llegar a mi propio estilo. Tengo mi propia estética.

Seré dictador sí, pero en mi territorio. Cuando un extraño viene a hacer cambios sin consultarme, cuando de un plumazo borra lo que para bien o mal yo he hecho a mi modo, me vuelvo irracional y déspota.

Soy un amante violento de la Libertad. Cada uno tiene derecho a manipular su vida como quiere, pero sin joder a los demás. Lo único que pido es que me dejen hacer las cosas como yo las deseo hacer. Tengo un sinfín de obligaciones que cumplir en jurisdicciones comunes o donde yo no mando porque manda otro o la mayoría, pero también protejo un sinfín de atribuciones en mi propio terreno.

No pretendo que los demás sigan mis normas y modelos, porque ellos los he establecido para mí. Si traen perjuicios, me perjudican a mí. No me meto en la vida de los demás. No digo qué hacer ni cómo hacer.

Si elijo verde con ribetes rosados para mi paisaje, pues se tiene que quedar verde con rosado. Si elijo carne, que nadie me venga a imponer vegetales. Si voy al sur, que nadie tuerza mi timón hacia el norte. Si escucho Radio X en mi propio radio que no me cambien de estación. Si quiero sol, que no me suban a un autobús que va con destino al invierno. Si vivo desordenado, no me ordenen nada. Acepto opiniones, críticas, sugerencias y proposiciones; pero una vez que ya moví mi pieza que me dejen sufrir un jaque mate. Puedo negociar con gusto, pero hay cuestiones que son innegociables. Sobre mi habitación, mi espacio, mi cuerpo, mis ganas, mis valores, mis afectos, mis cánones estéticos y doctrinas no llego a acuerdos. No pacto sobre la extensión de mi libertad. No transijo sobre lo que sólo a mí me incumbe. Soy severo conmigo mismo, aún más con los demás.

He dicho. Por ejemplo, aquí, en este blog hago lo que me da la gana.

jueves 22 de abril de 2010

Habla poco, claro pero gozosamente


Mi papá es en términos generales, un hombre de pocas palabras. A veces uno, desde afuera, no puede ni imaginar qué es lo que él siente. Siempre fue así, preciso, directo, casi matemático, curioso pero taciturno. Él tiene otros recursos para hacerse sentir entre los demás, irradia serenidad que puede confundirse con indiferencia. Él no habla mucho, no mima con palabras pero sí, prepara el desayuno sin avisar, paga las cuentas puntualmente, todo lo que tiene que hacer, lo hace. Sin chácharas, sin berrinches, sin quejas. Es la Marta del Evangelio.

Mi mamá es de lengua fácil, aunque suene fea dicha expresión. Tiene un conducto adicional pronunciado entre su lengua y su cerebro y emociones. Dice sin problemas lo que piensa y siente. No hay filtros. Lo demuestra. Lo expresa. Es vehemente. Apasionada. Pregunta y exclama. Se queja e insiste. La palabra es su mejor diversión: puede conversar tres horas seguidas con alguna hermana o amiga sin mirar el reloj. Confunde en una misma tertulia reminiscencias, sensaciones, planes, lamentos, carcajadas y padecimientos.

A pesar de que con las décadas de convivencia, ambos se han aproximado y se han empezado a parecer en muchas cosas, la esencia de cada uno de ellos, se ha mantenido. Cada uno tiene una relación distinta con la palabra.

Yo en cambio, soy el producto de una fórmula certera, soy una pócima exacta, una composición innegable, una hechura bamboleada entre aquellas dos naturalezas, la de mi papá y la de mi mamá. Especialmente en el ámbito de la expresión.


Hay días en que identifico impecablemente mis ganas de hablar, de decir algo, de expresar, de comunicar lo que sea. Comento el sentido del dolor humano y el último chisme de la farándula limeña. En esos días, soy mi mamá. Pero seguidamente una celaje viscoso va rodeándome y traba mis dispositivos de lenguaje. Me quedo embotellado, mudo, lánguido, absorto, distendido. Termino siendo mi papá.

Si pudiera exigirme y auto imponerme una regla homogénea y lineal, una medida promedio en el habla para no oscilar bruscamente entre los dos extremos, sería algo así:

Vicho: habla poco, claro pero siempre gozosamente.


Eso es lo que quiero. Decir lo que tengo que decir en el momento en que tengo que decirlo y a quien tengo que decirlo. Sin excesos. Sin rodeos ni redundancias. Sin palabras innecesarias. Que lo dicho, quede y marque y produzca su efecto. Sin tener que repetirlo. Decirlo claramente. Asertivamente. Pero todo ello con una inmensa dosis de gozo que se note. Que mis palabras manifiesten mi pasión, mi esmero, mi deleite y mis ganas por hablar en ese instante. Eso quiero.

miércoles 21 de abril de 2010

Mi próxima paja se llama Lucho

Ayer vi a Lucho en una foto publicada por su hermano en una de esas redes sociales. Lucho fue (o es) un compañero de colegio que no veo desde hace muchísimos años. Y al verlo ahí, con unos años más encima, me vino una vorágine de recuerdos y sensaciones. Viví esos instantes en que uno, a la velocidad de un pedo revuelve etapas de la infancia y de la adolescencia.

De alguna forma me gustaba. Me encantaba su compañía, su proximidad física. La diferenciaba de la de otros compañeros en la escuela. Me despertaba extraños disturbios en el corazón y en el cuerpo que hoy puedo recién ponerles un nombre, pero que en ese entonces no lograba identificar ni por asomo. Hoy, sin dudar puedo decir que me arrechaba, me imaginaba entonces revolcándonos en la inmensa cama cubierta de un edredón de satén dorado que tenía en su dormitorio, haciendo mil cosas que veía hacer a hombres y mujeres por la televisión.

Pero aún más, me avivaba la fama que él mismo, de forma inocente se había encargado de divulgar. Era un gran masturbador. Un pajero empedernido. Sólo le bastó contar confidencialmente a un compañero del salón que tenía que corrérsela 5 veces al día para ganarse apodos sugestivos y geniales: cinco dedos de furia, manuelita, cometero, puño seco, callosito y más. A mí, claro, esos sobrenombres me iban encendiendo la fantasía y consiguieron inevitablemente que lo mirara al buen Lucho con curiosidad, prurito y lujuria.
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No era amor, por favor. Ni enamoramiento adolescente. Era a secas el muchacho de manos grandes que agrandó mi imaginación y en varias ocasiones, mi organillo que despertaba a nuevos tonos y placeres.

Pero ayer, cuando vi su foto, una señal nítida desde el pasado me llegó procedente del bajo vientre. Me agitó esa energía juvenil que a veces uno deja confinada por causa de nuevas inquietudes e intereses y rutinas supuestamente adultas. Lucho será para siempre el componente que dio rienda suelta a mis delirios y predilecciones masturbatorias, el obelisco recordatorio de mis inicios genitales, el adalid de mis diversiones individuales, el señuelo histórico, el que me señaló con su dedo índice el camino hacia el placer que mis propias manos podían darme.
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Gracias Luchito. Mi próxima paja será en tu nombre. ¡Salud!

lunes 19 de abril de 2010

Necesito volver

Unos días de vegetación, de aire puro que baja de las montañas, de un paisaje sin edificios y del silencio que produce el viento sobre los árboles, viene bien a cualquiera. A mí, más.

Mi espíritu siempre libre, necesita el campo abierto cada cierto tiempo. Dios, que imaginó todo antes de crearlo todo, selló su obra con una oración a sí mismo:

…y vió Dios que era bueno. (Génesis)

Puede ser que hayamos dejado de ser hombres al creernos dioses, o que nos hayamos quedado solos, al creernos que Dios no existe ; pero peor aún, nos va muy mal cuando creemos que podemos vivir al margen de la buena Naturaleza.
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Es por eso que necesitamos volver, retornar a nuestra condición de criaturas. Recordar que hay un invisible enlace entre nosotros y los bosques y los ríos y los vientos y las lluvias. Acordarse de que todo lo que respira tiene el soplo de Dios. Que hay una invencible amistad entre mi mortalidad y la inmortalidad del mundo.

Ayer que fue Domingo no necesité la Eucaristía para comulgar con Dios. No precisé de palabras convertidas en plegarias. Fue un día rodeado de purita creación. Fui partícula y unidad, triza y conjunto. Fui pedazo de Dios recorriendo la tierra de Dios.

Y he regresado mejor, completo; he vuelto a mi casa después de haber estado en la casa de todos. Me he traído un pedacito de Cielo para que resguarde mi futilidad y mis cansancios, una fracción de brisa para que refresque mis pulmones maltratados, una chispita de sol para que encienda mis días oscuros.

Dios inmenso en mi hambre de inmensidad.
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lunes 12 de abril de 2010

Señor de los Cielos y las Hondonadas


Señor de los Cielos y las hondonadas,
Señor de las calles frías y las playas soleadas,
Señor de los hombres y las hormigas amigas,
Señor de los silencios y las galas,
Quédate un instante conmigo.

Permanece aquí, sustráeme de lo que llamamos mundo,
Abrígame. Libérame de los temores y los sobresaltos. Cobíjame. Dame conformidad sobre mis circunstancias.

Tú que a menudo tocas mi insuficiente corazón, tú que lo recorres, deseo envolverme en el tuyo. Tú que me hablas bajito, dame la sabiduría de escucharte sin palabras.

Nada más que tú. Sólo tú. No quiero más.

Señor de los prodigios y las dudas,
Señor de los vientos y las flores que aún no brotan,
Señor de mi guitarra y mis poemas,
Señor de los príncipes y de las hadas,
Quédate para siempre conmigo.

Nada más que tú. Sólo tú. No quiero más.

sábado 10 de abril de 2010

El mensaje del ángel

Las señales de los ángeles tienen que ser leídas con sapiencia, con la mente lúcida y con la razón. Ellos tienen un lenguaje especial y no siempre dicen lo evidente. Sus mensajes tienen que ser decodificados.

Señor dame esa sabiduría para discernir tus recados. Para leer entrelíneas, no lo que yo quiero entender sino, lo que tú deseas decirme...
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El ángel se le apareció en el sueño y le entregó un libro cuya única señal era un siete. En el desayuno miró servidas siete tazas de café. Haciendo un leve ejercicio de memoria reparó en que había nacido día siete, mes siete, hora siete. Abrió el periódico casualmente en la página siete y encontró la foto de un caballo con el número siete que competiría en la carrera siete. Era hoy su cumpleaños y todo daba siete. Entonces recordó la señal del ángel y se persignó con gratitud. Entró al banco a retirar todos sus ahorros. Empeñó sus pertenencias, hipotecó la casa y consiguió préstamo. Luego llegó al hipódromo y apostó todo el dinero al caballo del periódico, coincidencialmente en la ventanilla siete. Sentóse -sin darse cuenta- en la butaca siete de la fila siete. Esperó. Cuando arrancó la carrera, la grada se puso de pie uniformemente y estalló en un desorden desproporcionado; pero él se mantuvo con serenidad. El caballo siete cogió la delantera entre el tamborileo de los cascos y la vorágine de polvo. La carrera finalizó precisamente a las siete y el caballo siete, de la carrera siete, llegó en el lugar número siete.

miércoles 7 de abril de 2010

Busco a Mister "Right Now"

A menudo me han fastidiado mis amigos cercanos que soy extremadamente quisquilloso y exigente para elegir pareja. Ese siempre ha sido el diagnóstico que me han dado para explicar mi dificultad para establecer relaciones sentimentales duraderas.

Quizás es cierto. Pero en honor a la defensa que me corresponde hacer, afirmo que eso fue cierto. Hoy ya no es así. No es que hayan disminuido mis expectativas, no es que me contente con cualquier pretendiente, no es que antes era excesivamente riguroso para la elección de pareja y hoy ya no. No. Mi búsqueda persiste, por supuesto ya sin esa agitación y preocupación de entonces.

Lo que sucede es que ya no busco a Mr. Right. He deducido, a base de naufragios, cabezazos contra la realidad y mil intentonas fracasadas, que no existe el príncipe azul ni azulino, ni el personaje que satisfaga cabalmente mis afanes. No ha nacido aún el sastre que confeccione a la medida mi compañero sentimental ni el agricultor que haya sembrado la variedad de media naranja que me complete la vida. Siendo yo tan peculiar, defectuoso, irregular y anómalo es ciertamente imposible que alguien se amolde a esta forma tan mía de ser. Así es la vida, queridos míos. Así es la vida.

A pesar de todo ello, el melodrama no se ha apoderado de mí. No he perdido la confianza, las ganas o la sed por aparearme en la vida. Sigo teniendo a la mano -es un decir “a la mano”- muy buenos postulantes. Lo que sucede es que ya no rebusco a Mr. Right hasta debajo de las piedras. Hoy, me contento con Mr Right Now.

Sólo tengo el indicado para el momento, para cada situación, para cada necesidad, para cada escenario. Esta actitud y estilo de vida no es promiscuidad ni insatisfacción arraigada ni una colección para cada estado de ánimo. Es mero instinto de conservación. Es saber matar mis propias pulgas, Es ser consecuente con mi naturaleza plural, con mis propias variedades, con mis indiscutibles combinaciones.


Soy consciente de lo que soy. Pretendo ser honesto, aunque caiga en la mezcolanza. Si soy muchos en uno solo, si soy muchas cosas en una sola; entonces, tengo que tener a muchos en mi vida. Si soy la suma de muchos factores, mi ecuación resulta ser compleja. Cuestión de aritmética existencial. He fundado mi propio ordenamiento matemático.

En otro momento les cuento quién es mi mister, right now.

martes 6 de abril de 2010

Tamare qué ojos tan verdes


¡Wow qué ojos que tienes! Me atrevería a decir que son los más bellos que he visto en mi vida. Y encima son dos. Dos grandiosos, verdes e impresionantes. Aun siendo un cíclope me seguiría gustando tu único ojo color esmeralda. En medio de tu rostro tostado -se nota que todo el fin de semana has estado en la playa- ellos me iluminaron el mediodía en el que parecía que ya nada podía competir con el sol.

Desde hace días que ya te venía observando cada vez que me saludabas tan cortésmente. Tienes un cuerpo ligeramente robusto. No sé si será que no cuidas bien tu silueta o es que usas las camisas un poco grandes. Sin embargo, sí me llamó la atención tus espaldas que son anchísimas. Parecen de nadador. También los brazos fuertes que deben estrujar mucho la cintura cuando envuelven…

Pero hoy, te sentaste cerca de mí. Y no llevabas los lentes de sol. Cuando volteaste a saludarme debes haber notado mi éxtasis y el comienzo de un evidente proceso de enajenación. Es que no podía creerlo. Esos ojos. Eran dos punzones que quitaban en segundos la respiración. Y la cordura.
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Claramente me he enamorado de tus ojos. Han sido la trampa mortal que he estado tratando de escabullir. Y he caído como una liebre. No me los puedo sacar de la memoria. No aguanto a que sea mañana para volver a verlos fijamente. Y te diré algo impactante, algo pícaro; y te arrinconaré a algún lugar oscuro dentro de la habitación para que los abras al tope y me ilumines y me dejes ciego, qué importa.

Y si mi instinto asesino emerge como suele emerger cuando estoy enamorado, te los arrancaré sin piedad. Así que cuídate de mí, no me mires de frente, cúbrete hoy más que nunca con esos anteojos oscuros que siempre llevas puestos.

Por favor, defiende esos dos preciosos ojos verdes, de mí.

lunes 5 de abril de 2010

Mis nuevas zapatillas mariconas cambiarán la tierra entera


"Es más fácil calzarse unas zapatillas que alfombrar toda la tierra"


Este refrán aparentemente aconseja ser un egoísta. Ponerse unas zapatillas cómodas sin importarle a uno las condiciones de las calzadas y caminos por donde uno pasa.

No es así, sugiere más bien el dedicarme a cambiar yo mismo en lugar de transitar media vida intentando cambiar a los demás. La primera y más importante libertad humana que debo respetar es la que ejercen los demás a ser como quieren ser. Y la primera y más importante responsabilidad que tengo yo, es la de desarrollarme, desplegarme y corregirme hasta llegar a ser lo mejor que puedo ser.

¿Cuánto tiempo pierdo en demandar cambios en los demás? ¿Cuánta energía desperdicio en querer que los otros sean como yo quiero? ¿Cuántos conflictos me puedo ahorrar sencillamente caminando yo con mis propias cómodas zapatillas?

Al cambiar yo, cambio mi entorno. Al vivir, pensar y sentir diferente, hago que mi vecino también se vea diferente a sí mismo. Mis nuevas pisadas de zapatillas dejan huellas. Lo invito así, afable y sutilmente a que él explore sus cambios pendientes.

Al final de cuentas, aun cuando así brote mi habitual idealismo, termina siendo posible que el mundo acabe alfombrado de cabo a rabo.

¿Les gusta mis nuevas zapatillas multicolores? Bien mariconas, ¿Verdad? Ojo, yo no pretendo ni sutil ni afablemente que alguien se vuelva maricón por mi culpa...
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sábado 3 de abril de 2010

Jesús vivo de mi vida

“Si Cristo no hubiera resucitado, vana seria nuestra fe” (I Corintios 15,14)
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Un Cristo resucitado es un Cristo que está vivo. En medio de nosotros, codo a codo en nuestra vida. Ahí puede estar la esencia de nuestra Fe. No es un personaje histórico que se quedó de ejemplo en el recuerdo. Sino, un hombre y Dios vivo. Actual. Real. Palpitante.

Sólo dejo un ejemplo de mi vida: Hace unos años atrás pasé un domingo de resurrección al lado de unos familiares en la Florida. Almorzamos al borde de la piscina. Un día soleado. No pude asistir a ninguna misa. Y sólo me dediqué a mirar la actitud y escuchar las conversaciones de todos los invitados. Por primera vez vi la tradición pascual de los niños de esconder huevitos de plástico con dulces por los jardines de la casa. La alegría de ellos estaba en el encontrarlos.

Había una enorme expectativa. Una necesidad por encontrarlos. Se notaba en las caras emocionadas de los niños y en las de sus padres. Y cavilé: ¿Cómo hacer para que ese mismo deseo se trasladara a encontrar a Cristo resucitado en la vida diaria? ¿Qué tiene que pasar para buscarle con esa misma desesperación por todos los jardines por los que uno transita en la vida?

La respuesta fue simple. Dios no está oculto debajo de la tierra o detrás de algún arbusto. Dios no juega con nosotros a las escondidas. Más bien, se revela con simplicidad en los acontecimientos menos esperados y muy especialmente en la intimidad de nuestros corazones. En vez de hurgar en lo esotérico, en lo frívolo, en lo fantástico, en lo denso, hay que descubrirlo en lo evidente. Por ejemplo, en toda la gente que trabaja fielmente cumpliendo sus obligaciones. En los que viven con esperanza en medio de su desesperación. En los que sonríen ante el padecimiento. En los que aman a los que nadie ama. En los amigos entusiastas que se cruzan espontáneamente a media tarde. En los que piensan más en vivir que morir. En los que doman sus temores. En los que aún creen en la humanidad que parece perdida. En los que cuidan el planeta y toda la creación. En los que abrazan sin prejuicios, ríen cuando otros rumian su mal humor, cantan aunque nadie quiera oírlos, caminan a pesar de sus cojeras, escuchan, desafían, consuelan.

En lugar de abrir los ojos, a menudo hay que cerrarlos para encontrar a Cristo resucitado. Su voz sólo se percibe desde dentro. Prefiere la intimidad porque sabe que cada uno de nosotros tiene sus propios lenguajes. Sabe bien qué nos pasa reservadamente y sabe qué parte de nuestra vida es la que necesita una inyección de vida.

Jesús no es un fantasma. Está en la misma vida. Es carne para nuestra carne molida y débil. Es agua para nuestra sed de eternidad. Es presencia notoria y vivificante. Es intensidad y energía para nuestros motores desgastados.

Jesús está alegre porque ha resucitado para los que vivimos a medias y sin alegría. Estemos alegres pues.



Desde el fondo de mi corazón, felices pascuas amigos.

viernes 2 de abril de 2010

Oración al Cristo del Calvario





ORACIÓN AL CRISTO DEL CALVARIO
(Diego Velázquez y Gabriela Mistral)


En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?

Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mí todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.

Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta.

Amén,


jueves 1 de abril de 2010

Voy a confesarme y regreso...


Hoy es el día del Sacerdocio. Día en que el mismo Jesucristo instituyo el sacramento del orden sacerdotal. Entre sus varios ministerios que ahora tienen los sacerdotes, Él mismo mandó a sus discípulos:

En verdad os digo: todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo. Mateo 18:18

Ayer que conversaba con mi amigo George, quien es sacerdote, me describía de su enorme carga “laboral” por estos días de semana santa. Cientos de personas van a su parroquia para recibir el sacramento de la Reconciliación. Y a pesar de que exhorta a sus feligreses a que sólo se dediquen brevemente a declarar en voz alta sus pecados y a que no conviertan la Confesión en una sesión de psicoterapia ni de consejería espiritual, George se pasa horas de horas sentado dentro del confesionario escuchando uno por uno, siendo testigo de almas que se abren a la Gracia, de vidas que necesitan ser perdonadas.



Sé muy bien que muchos aún siendo católicos se resisten a este sacramento con argumentos como. “¿Cómo voy a relatar mis miserias a un extraño?” , “ ¿Por qué lo tengo que hacer frente a uno que no conoce mi vida?” , “Yo lo hago frente al mar…”, “yo hablo con Dios directamente…”, “no necesito intermediario…”

Yo sí me confieso regularmente. Yo, el pecadorazo. Yo el que se pasa media vida pecando y la otra mitad de la vida, también; yo el vicioso y corrompido Vicho que da tantísima importancia al cuerpo, también me intereso en darle paz a mi alma.

Esa es la razón fundamental, pura y simple. No puede ser otra cosa que la acción tangible y eficaz de Dios el que un sacramento como ese, el que un diálogo con un extraño tan pecador como yo que no sabe nada de lo que hay detrás de mí, que no es mi amigo ni un terapeuta pueda darme tanta paz en el alma.

Y es que en la Confesión se me hacen evidentes dos cosas: mi humildad y el Amor de Dios. Podré ser el libertino que todos ustedes conocen -y que yo conozco aún más- pero sí, me rindo ante la inmensidad y misterio de Dios. Y sé que eso le basta. Como le basta al padre la mirada baja y arrepentida del hijo pequeño que vuelve a él después de haber hecho una travesura que le hizo daño. Las palabras salen sobrando frente al abrazo amoroso y acogedor del padre.
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Pues el Amor de Dios está ahí. Sobresale. Brilla en la sombra del confesionario. Se filtra por la boca y gestos del sacerdote extraño. y yo necesito comprobar ahí mismo que a pesar de las torerías que me han dejado maltratado, de mi temporada de petulancia, soy amado.

Llamémoslo Perdón. Reconciliación. Confesión. Signo de Dios. Como quieran. Pero sólo aquellos que lo practicamos podemos decir de sus resultados en el alma. Es una nueva alianza. Paz para mi tan a menudo lánguida y sobresaltada alma. Bendición para el camino. Gracia que perfecciona, afina, suaviza, restaura, reincorpora.
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Gracias amigos sacerdotes por hacer lo que hacen con sus manos.
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