












Hay días en que identifico impecablemente mis ganas de hablar, de decir algo, de expresar, de comunicar lo que sea. Comento el sentido del dolor humano y el último chisme de la farándula limeña. En esos días, soy mi mamá. Pero seguidamente una celaje viscoso va rodeándome y traba mis dispositivos de lenguaje. Me quedo embotellado, mudo, lánguido, absorto, distendido. Termino siendo mi papá.
Si pudiera exigirme y auto imponerme una regla homogénea y lineal, una medida promedio en el habla para no oscilar bruscamente entre los dos extremos, sería algo así:
Vicho: habla poco, claro pero siempre gozosamente.
Eso es lo que quiero. Decir lo que tengo que decir en el momento en que tengo que decirlo y a quien tengo que decirlo. Sin excesos. Sin rodeos ni redundancias. Sin palabras innecesarias. Que lo dicho, quede y marque y produzca su efecto. Sin tener que repetirlo. Decirlo claramente. Asertivamente. Pero todo ello con una inmensa dosis de gozo que se note. Que mis palabras manifiesten mi pasión, mi esmero, mi deleite y mis ganas por hablar en ese instante. Eso quiero.
.
No era amor, por favor. Ni enamoramiento adolescente. Era a secas el muchacho de manos grandes que agrandó mi imaginación y en varias ocasiones, mi organillo que despertaba a nuevos tonos y placeres.
Pero ayer, cuando vi su foto, una señal nítida desde el pasado me llegó procedente del bajo vientre. Me agitó esa energía juvenil que a veces uno deja confinada por causa de nuevas inquietudes e intereses y rutinas supuestamente adultas. Lucho será para siempre el componente que dio rienda suelta a mis delirios y predilecciones masturbatorias, el obelisco recordatorio de mis inicios genitales, el adalid de mis diversiones individuales, el señuelo histórico, el que me señaló con su dedo índice el camino hacia el placer que mis propias manos podían darme.
..

Gracias Luchito. Mi próxima paja será en tu nombre. ¡Salud!
Es por eso que necesitamos volver, retornar a nuestra condición de criaturas. Recordar que hay un invisible enlace entre nosotros y los bosques y los ríos y los vientos y las lluvias. Acordarse de que todo lo que respira tiene el soplo de Dios. Que hay una invencible amistad entre mi mortalidad y la inmortalidad del mundo.
Ayer que fue Domingo no necesité la Eucaristía para comulgar con Dios. No precisé de palabras convertidas en plegarias. Fue un día rodeado de purita creación. Fui partícula y unidad, triza y conjunto. Fui pedazo de Dios recorriendo la tierra de Dios.
Y he regresado mejor, completo; he vuelto a mi casa después de haber estado en la casa de todos. Me he traído un pedacito de Cielo para que resguarde mi futilidad y mis cansancios, una fracción de brisa para que refresque mis pulmones maltratados, una chispita de sol para que encienda mis días oscuros.
Dios inmenso en mi hambre de inmensidad.


Claramente me he enamorado de tus ojos. Han sido la trampa mortal que he estado tratando de escabullir. Y he caído como una liebre. No me los puedo sacar de la memoria. No aguanto a que sea mañana para volver a verlos fijamente. Y te diré algo impactante, algo pícaro; y te arrinconaré a algún lugar oscuro dentro de la habitación para que los abras al tope y me ilumines y me dejes ciego, qué importa.
Y si mi instinto asesino emerge como suele emerger cuando estoy enamorado, te los arrancaré sin piedad. Así que cuídate de mí, no me mires de frente, cúbrete hoy más que nunca con esos anteojos oscuros que siempre llevas puestos.
Por favor, defiende esos dos preciosos ojos verdes, de mí.
Un Cristo resucitado es un Cristo que está vivo. En medio de nosotros, codo a codo en nuestra vida. Ahí puede estar la esencia de nuestra Fe. No es un personaje histórico que se quedó de ejemplo en el recuerdo. Sino, un hombre y Dios vivo. Actual. Real. Palpitante.

De todas formas, quiero que sepas que no estamos solos. Siempre hay alguien cerca que nos insinúa el destino hacia dónde y cómo ir. A lo largo de un recorrido lento y meditado, íntimo y curioso, espinoso y divertido, dejaré señales para los otros que vengan detrás de mí. Una cruz o una contraseña, una narración o una tontería pueden evitar que caigamos al abismo y salvarnos la vida.
Allá vamos.