El otro día, me preguntó una prima mía qué era la Providencia. Es una palabrita que algunos usamos. Y después de explicársela en plena cena, me quedó para siempre su saborcito agradable como el de algunos postres que se quedan para toda la vida. La Providencia debería ser nombrada como la Santa y Dulcísima Providencia.
En pocas palabras, Ella es el cuidado amoroso que Dios tiene con nosotros. Y con todo lo creado. Y si Dios viste así a las flores del campo, que hoy florecen y mañana se echan al fuego, ¿no hará mucho más por ustedes, hombres de poca fe?.

Claro, la Providencia se manifiesta diariamente en las manos suaves de una madre al tocar a su hijo, en los bordados delicados de una novicia, en las energías de un campesino, en los conocimientos precisos de un médico. Dios es minucioso, inagotable, paciente, entusiasta, responsable con todo lo que es Vida. Sigue siendo su creador. La Providencia es la forma como Dios sigue creando amorosamente en nuestro presente.
El Concilio Vaticano II, dice al respecto: "El hombre… no existe efectivamente sino por el amor de Dios, que lo conserva. Y sólo se puede decir que vive en la plenitud de la verdad cuando reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su Creador" (Gaudium et spes, 19).

¿Y dónde quedan nuestras decisiones personales? ¿ Y nuestro libre albedrío? ¿Somos acaso autómatas que respondemos a los caprichos creativos de un Dios lejano?

Goethe lo dice con precisión: Cuando tomamos una decisión definitiva, la Providencia de Dios se pone en marcha.
Luego que decido qué hacer con mi cuerpo y con mis circunstancias, luego de decidir qué actitud tomar frente a mi vida y al universo, luego de tomar decisiones sobre qué rumbo tomar, luego de ejercitar mi libertad, la Providencia se pone en marcha. Dios aguarda mis prescripciones y luego sigue creando. Prosigue con su trabajo. Luego de tomar una decisión, Dios sigue siendo Dios.

Si, la Providencia es Santa. Como todas las santas, actúa silenciosamente impulsada por el Amor del bueno, del de Dios; ese que es muchas veces, incomprensible e invisible a los ojos y a la razón.

















































