viernes 29 de octubre de 2010

Sólo pido uno que no sea un enfermo mental ¿Pido mucho?

Como bien saben queridos lectores, soy un bicho desafortunado en el amor de pareja. En mis noches de extrema desesperanza, sentado en una cantina solitaria y frente a una copa de aguardiente, escuchando un bolero en la voz de Chabela Vargas, la frase “no tengo ni perro quien me ladre” bien podría salir de mi voz contraída y lastimera.


En varias ocasiones he escrito desfachatadamente de mis montañas rusas en el amor. De ilusiones, de súbitos romances, de torsiones sentimentales, pero, seguidos "karmáticamente" de sus respectivos chascos.


Pero voy a cambiar el tono de mi reflexión. El responsable de este naufragio afectivo no es otro que yo mismo. Yo he atraído de forma inconsciente, tosca y negligente, a los peores ejemplares de los hombres homosexuales de mi entorno. Aunque más que uno quede dañado con mi siguiente afirmación, tengo que reconocer que todos, o casi todos han sido hombres mentalmente enfermos.



El mejor consejo que alguna vez me dieron y que tras mucho trajinar por estas calles del amor y el romance, he podido patentizar, es el de buscar ante todo, una pareja sana. Nada más valioso que una mente sana para una pareja sana. Sólo una mente sana puede amar. Por tanto, no hemos de buscar ni alguien de buen corazón que es un mero músculo, ni mucho menos alguien de un genital apetitoso. No hemos de perseguir bellos, ni ricos, ni carismáticos, ni obsequiosos, sino, un sano mentalmente hablando. Así de simple.



Revisaré algunas señas científicas de quienes tienen una buena salud mental: -Relaciones satisfactorias con la familia, amigos y la sociedad. -Un trabajo donde se obtenga mucho más que una recompensa económica. -Una aspiración moderada de trascender a lo sexual y material. -Un equilibrio emocional, es decir que se pueda estar triste o enojado pero sin dejar de ser sensible y seguro. -Un reconocimiento de las adversidades y la mínima capacidad para enfrentarlas y no esconderse debajo de las sábanas de la fantasía o el placer. -Un aprendizaje de los otros. -Una comprensión de otros criterios y percepciones. -Un descubrimiento del propio potencial tanto como de las limitaciones.

Claro, yo no tengo todo eso. Me faltará mucho. No cumplo todos esos requisitos, pero el consuelo está en que deseo ferviente y conscientemente convertirme en eso. Deseo estar sano mentalmente.

En cambio, mis pasados y recientes pretendientes han carecido notablemente de todos estos rasgos. Unos enfermos mentales totales. Pobre de ellos, pero por sobre todo, pobre de mí también, que no supe diagnosticarlos a tiempo y pronosticar unos fracasos portentosos que me dejarían con la nariz aplastada contra el piso.

martes 26 de octubre de 2010

Vivir es un asunto urgente




"Demos un paso adelante aunque sea pequeño. Hagamos algo: una llamada. Tomemos una pequeña decisión aunque no sea perfecta. El distrés nos paraliza o nos invita huir. Por eso es tan importante moverse. Hacer algo, dar un paso adelante. Un movimiento sencillo lleva un mensaje de gran impacto a nuestro cerebro. -Yo puedo-. Es una pena que porque haya tantas personas que piensen que lo que pueden hacer es tan poco, que no vale la pena; haya tantas personas que no hagan nada"
Mario Alonso Puig

lunes 25 de octubre de 2010

Terminamos haciendo milagros

Dios -para los que tenemos la convicción de que interviene manifiestamente en nuestras vidas- no solamente nos obsequió la vida, sino que, además se encarga día a día, minuciosamente de retocarla hasta llevarla a su total plenitud.

 
Su obra no concluye con nuestro nacimiento. Sus cinceladas son tan sutiles que no nos damos cuenta, nos hace creer que somos nosotros los que conducimos nuestras vidas, pero en un momento, por sorpresa, se nos abren los ojos e identificamos que es Dios quien toca cada cuerda de nuestros sucesos y circunstancias hasta arrancarnos una bella melodía.

Ayer, dentro de una mañana de absoluto desasosiego por la delicada situación de salud de mi amiga Toñi, en plena oración de ruego y abandono a la vez, llegó un email que me informaba de su notable restablecimiento.

Y comprendí. Las piezas perdidas volvieron a su lugar. Empecé a mirar más allá de la sombra del árbol que me había impedido apreciar el bosque entero.

Estos momentos de total desconcierto no son pruebas como la mayoría las define: son parte de que seamos humanos, de nuestra naturaleza inconsistente y vulnerable, de nuestra condición de criaturas pequeñitas.

Nos quebrantamos pasajeramente para amar más la vida, para medir nuestras fuerzas, para seguir confiando en nuestras fibras relegadas. Hay un hilo delicado pero efectivo con la mano de Dios que conoce como buen sembrador, de qué madera estamos hechos.

Dios aprecia de cerca que en ese instante, de desolación y aridez que vivimos, crecemos, nos hacemos mejores personas, nos brota “su imagen y semejanza” capaz de convertir el agua en vino, de crear de la nada, de hacer milagros en pleno desierto.

Sí, con nuestra vida se renuevan nuestras vidas. En plena inmovilidad, Dios opera firmemente. En nuestros tambaleos, nivela la mirada, fortalece la Fe, rodea el corazón. Bendito sea Dios y por siempre lo sea.

viernes 22 de octubre de 2010

Tengo algo tuyo, Luis Fonsi.



Tengo una camisa suya colgada en mi closet. Me la consiguió George, quien es amigo suyo y se ven a menudo allá por la Florida donde reside Luisito. La verdad es que sus canciones no fascinan que digamos, ni su voz que no tiene nada de prodigiosa, pero tiene el look exacto que me seduce sin condiciones: su color de piel que es una mixtura de canela y vainilla, su contextura delgada pero con brazos recios, sus cejas negras pobladas y su sonrisa, oh su sonrisa: preciosa, diáfana y sugerente. 

La primera vez que lo vi, dije a los cuatro vientos, es él. El que desde hace tiempo había mandado a hacer a los artesanos del cielo. Claro, lo había encargado pero otra huevona, una mujer, me despojó de él. 


Tiene esa mezcla perfecta de ángel y chico pandillero. De romántico y cacherito a la vez.



Les cuento un secreto. Una noche poco antes de quedarme dormido, vi por televisión un video musical en el que mostraba el dorso desnudo y como era de suponer, al poco rato ya estaba delirando con él. Recuerdo la escena final de tan exquisito sueño, en el que ambos, éramos los únicos protagonistas. Fue un sueño porno. Triple equis. Vi nítidamente que habíamos tirado como un par de animales salvajes y luego de un extenso balanceo y arremetidas que lo habían dejado tembloroso y transpirado; y después de fluir sobre mí, un tibio y espeso arroyuelo, Luis se había quedado tumbado encima de mí. Pobrecito, exhausto de tanto sexo. Habríamos quedado media hora inmovilizados en esa posición, abrazaditos, durante el tiempo suficiente para que pegado a mi oído, me entonara una de sus canciones para mí solito. 


Desde aquel incidente de ensueño, no puedo evitarlo: veo una foto suya, un video, identifico su voz o escucho su nombre y automáticamente, mojo el pantalón. 


Luis Fonsi, si por cuestión de suerte o simple casualidad, leyeras este post, te cuento algo más: tu camisa no la he lavado y a pesar de los dos años que la tengo en una bolsita zip lock, aún mantiene tenuemente algo de tu aroma. Un favorcito te pido: ¿por casualidad no tienes un boxer por ahí? Si es así, se lo entregas a George. Él me lo hará llegar. Gracias.


jueves 21 de octubre de 2010

Cauã Reymond

Un formidable y poderosísimo competidor del "engreido del blog" Edilson Nascimento. Su nombre es Cauã Reymond

miércoles 20 de octubre de 2010

Si bostezas mucho, preocúpate

No hay gesto más significativo que el bostezo. Encuentro por ahí una definición práctica de lo que es él: un mecanismo natural de aviso: el organismo necesita reposo o un cambio de actividad porque está aburrido.

A todos nos resiente y ofende cuando en pleno diálogo que creíamos entretenido, nuestro interlocutor suelta involuntariamente un gran bostezo. Éste mismo también puede ser el síntoma infalible de que una cena o una fiesta, han llegado a su fin. En clase, yo, apenas veo que un alumno contrae los músculos que rodean su mentón para no soltar una fuerte y sonora espiración, recibo el mensaje: tengo que variar la entonación de la voz o modificar el curso del dictado.

El bostezo avisa. Lo triste es que cada vez más gente bosteza de día y bosteza de noche. Éste se ha convertido en señal clarísima que a nuestra estimadísima humanidad le pasa algo. Anda aburrida o cansada. Se ha generado una contradictoria correlación entre los innumerables recursos modernos que tenemos para aliviar nuestros trabajos y para divertirnos, con el número impresionante de muchedumbres cansadas o aburridas. Todo un planeta envuelto en aire caliente proveniente de bocas abiertas.

¿No se supone que la tecnología informática está hecha para facilitarnos las jornadas laborales? Entonces ¿Por qué la gente hoy por hoy, trabaja efectivamente más horas al día? Es raro que alguien llegue a casa antes del anochecer y siempre, con la misma queja: tengo trabajo como mierda y no salgo a mi hora…

¿No se supone que también esa tecnología informática está hecha para sustraernos del tedio, para rescatarnos del aburrimiento y la monotonía? A pesar de que devoramos horas de horas frente al Internet para entretenernos y “matar el tiempo”, seguimos aburridos. Creo que además de matar el tiempo, nos estamos también matando un poquito, quedándonos sin vida. O viviendo a medias. Aburridos. Adormecidos.


Me da mucha risa -por decirlo de alguna forma- leer los “muros” del facebook de mis amigos. La mayoría exudan un vaho lastimero. Son palabras quejumbrosas. Son gritos humanos en instantes tremendamente hastiados del trabajo, de sus millones de ocupaciones, de su estrés, de su pesadumbre, agotamiento y desazón. Casi puedo olerles el aliento porque escriben bostezando.

Dios me libre de vivir así. A pesar de adorar mi cama y haber llegado a considerarla como mi trono de gloria, de ser un perezoso empedernido, hoy dedico mis ocho horas a dormir y el resto del día a estar despierto; me propongo a conocer más del mundo colindante y desafiante, a descifrar animosamente los lenguajes de Dios, a entusiasmarme conmigo mismo aunque esté a solas, a amar tercamente a los que tengo en frente, a copular como león, a saciarme de vida y a trabajar apasionadamente como un niño en un club de recreo. A no aburrirme en esta vida mía. A vivir con todo el aire dentro.

martes 19 de octubre de 2010

Tiempo raro contigo

Otra cosa inverosímil por contar. Nadie me lo creería: me gustó el sábado por la noche acostado en tu cama pequeña. No había en medio de nosotros, ninguno de esos componentes que suelen hallarse en toda reunión social. No somos amigos ni nada, mejor, hemos de quedarnos como un par de extraños muy bien intencionados; tampoco hubo una copa ni música ni comida.

Habríamos estado ahí para satisfacer alguna necesidad subyacente y compleja. Estuvimos ahí el uno con el otro, como un par de cómplices elucubrando algún plan macabro para matar la noche o un dúo de gatos maullando a los ratones que luego se engullirían.

Por un instante acaricié tus pies, reclinaste tu cabeza en mi pelvis palpitante, acomodé tu flequillo, te trepaste a mi cuello en plena explosión de risa y fingiste una arremetida violenta contra mi retaguardia. Pero nada de ello representó una sugerencia sexual. Es muy raro.

Me he convertido en un individuo irreconocible. En otro tiempo no hubiera parado hasta saciarme con tus prominencias y oasis, hasta suplicar que te detuvieras. Pero hoy, un nuevo lenguaje se ha desplegado entre ambos. He decidido tender un nuevo proyecto de puente para aproximarme a tu orilla y recorrer una vía que parece un despejado camino de regreso.

Me temo que esto no durará. Me suena a quimera breve. A desvarío. A tarde de esparcimiento dando vueltas en un parque de diversiones que pronto desaparecerá. A representación escénica de fin de temporada. A borrachera de primavera.


Por favor, si alguien tiene y sabe leer la bola del futuro, consúltenle de parte mía: a dónde va todo esto que apenas he podido describir, cuándo se terminará esta feria, en qué momento la magia cerrará sus portones para enrostrarme fieramente la aburrida realidad de siempre…


lunes 18 de octubre de 2010

Convertido en almendro

Harto le cuesta al almendro hacer primavera del invierno.






Este invierno me ha costado muchísimo. El planeta ha sido lento en su translación alrededor del sol. Me ha tomado días de hibernación, semanas de letargo. Caminé torpemente con las reservas de energía que tuve. Toda una estación de apatía y fastidio. Me han pesado los suéteres y los techos. Por abrigarme perdí movilidad. Mis pulmones perdieron fuerza, respirando el aire viciado de mi habitación cerrada.

Han sido cinco meses de feroz resistencia.

Pero empiezo a notar la primavera. Algún fruto de mi alma deslucida empieza a dejar su palidez. Hoy huelo nuevos aromas, la sonrisa no me cuesta tanto, amanezco vivo de día y la noche tarda más en regresar. Me puedo mirar amablemente al espejo. Me provocan otras compañías, otras luces, otras calles, otras manos; he retornado de mi subterráneo.

Por fin, me he transformado en almendro.

viernes 15 de octubre de 2010

No quiero que me ames tampoco quiero sexo, sólo quiero tu risa

Es infrecuente lo que me acaba de suceder. Una conversación y tu voz al otro lado del teléfono, me expuso como un torbellino en segundos, que eres esencialmente un hombre de incansable buen humor.



Quise verte personalmente en seguida -te lo dije- y evidenciar cómo se explayaban tus labios cuando estás a punto de soltar una carcajada. Salir a caminar por la noche en los malecones cuando todos duermen y que se escuche solamente nuestras risas estridentes. Sentirme flanqueado por un forastero sin pasado, uno de esos que entran y salen de territorios nuevos sin saber cuál es su próximo destino.

¿A dónde iremos? ¿Me seguirás haciendo reír? ¿Cuánto tiempo te quedarás en este puerto? En el fondo estoy disfrutando esta relación sin trayectoria, este éxodo, este tour sin itinerario. Gozo de tu imprecisión, de tu libertad sin filosofía.

No he querido irme a la cama contigo, a pesar de tu sutil insistencia. No sé cómo decírtelo que lo que más deseo de ti es esa compañía que me hace desaparecer asombrosamente, que me diluye en el tiempo, que me hace olvidar que tengo planes, que me funde en la nada.

No quiero ser algo tuyo. Ni que tú lo seas. Quiero reírme sin mirar el reloj, sin estar al tanto de lo que sucede encima del tragaluz.

Has aparecido. No sé cuál es tu procedencia y lo mejor de todo, no sé a qué hora parte tu tren. Quizás no haya ni una despedida. Bueno, entonces, saldré a esos malecones que fueron espectadores de nuestros embates vitales, a escuchar el eco de las risas que soltamos al universo.

miércoles 13 de octubre de 2010

Oh Señor de los Milagros, ahora quiero volver a ser Vicho


Estos días de mujer parecen ser el comienzo de una tragedia griega contemporánea. Mi nueva condición de dama y barbie escrupulosa ha traído serias complicaciones, desde las más insubstanciales hasta las más urgentes.

Me tomo más tiempo en el cuarto de baño, ya que una señorita no sale a la calle con el cabello enredado ni mojado. Me pica hasta el alma con las pantys puestas y no puedo rascarme la nalga delante de mis alumnos. Un ojo me queda como si tuviera un guiño imborrable, por la sencilla razón que aún no tengo destreza para delinearme correctamente la mirada. No puedo dormir boca abajo sin que me duela la teta. El taco se ha atracado tres veces en las rayitas de la vereda y he estado a punto de desplomarme violentamente encima de un niño en skateboard, de un heladero y una señora embarazada.

Y eso que todavía no me viene mi enemiga Inés, la que vendrá una vez al mes. Ni quiero imaginarme el alarido que soltaré cuando de un solo tirón me arranque la cera junto con mis pelitos oscuros dejándome la piel en carne viva como una rebanada jugosa de sandía. He empezado a creer que el camino a ser una mujer completa es parecido a una beatificación en vida. La santidad en un dos por tres por la mortificación voluntaria de la carne.

Tendré que asumirme como señora. Y sentir como una. Conectar mis dos hemisferios cerebrales. Ser empática. Complaciente e inmolada a los graves feligreses que se crucen en mi camino, como las impecables monjitas que he conocido en mi anterior vida y olvidarme de soñar con ser un sacerdote combativo e irreverente que también he conocido.

Si no quiero ahuyentar a los mancebos, fingiré orgasmos y refinamientos. Abriré tanto las piernas como el corazón. Permaneceré callada en vez de darles instrucciones prácticas y directas. Me olvidaré de la exquisita desmesura y la sana vulgaridad en la cama. Cruzaré las piernas y disimularé mis delirios. Clausuraré mi imaginación desbocada, oprimiré mis instintos maternales y domaré mis neurastenias.

He empezado a temblar. La cara me ha cambiado. No quiero ser mujer. Quiero recuperar lo que siempre tuve, disfruté y sobrellevé. Extraño lo de siempre: mi desparpajo, mi ambigüedad, mi territorio conquistado, mi naturalidad, mis modales y paradigmas. Echo de menos mi realidad. Se han velado los colores de mi arco iris. Las noches ligeras que tanto me gustaban han abierto paso a los días de luna llena.

Señor de los Milagros, borrón y cuenta nueva por favor. Devuélveme mi vida y mi alma de mariquita. Restablece mi mariconería de inmediato que tengo hombres esperándome.



lunes 11 de octubre de 2010

Oh Señor de los Milagros, ahora soy una mujer

Hace un par de días atrás, mientras me duchaba, empecé a jabonarme como de costumbre y una rendija desconocida en la entrepierna me asombró. Mi paquete de siempre había desaparecido imprevisiblemente.

-¿Qué es esto? ¿Es lo que parece ser? ¿Será esto una vagina recién aparecida? -me preocupé- Introduje un dedo con miedo y súbitamente un sudor helado se mezcló con el agua caliente que resbalaba por todo mi cuerpo. Conozco esa sensación. Se llama pánico y es un estado delicado porque está a pocos milímetros del desvanecimiento.

Me sequé, me vestí como pude y salí corriendo. En la calle, llamé al celular de mi amigo Fer que es médico:

-Fer ¿estás en consulta? -le chillé encrespadamente-

-Sí, sí. ¿Qué sucede Vichito? -me contestó con su voz pausada de siempre-

-Voy para allá.

Fer confirmó mis sospechas. Por un antojo inesperado de la naturaleza me ha aparecido un aparato reproductor femenino. Clítoris, labios (ambos), monte de Venus y vulva. Todo eso que sólo conocía en los libros y que siempre me negué a manipular, oler, conquistar ni nada.


¿Es que Dios me ha castigado por utilizar voluptuosa y prohibidamente otros conductos que son conocidos como “contranaturales”? No, Dios no castiga. Quiero pensar que ha decidido resarcirme insondablemente con algo que me negó al momento de mi concepción.

¿Pero qué hago con todo esto? ¿Cómo los usaré de ahora en adelante? ¿Tendré que buscar algún manual práctico en Google? ¿Con quién los aprovecharé ahora, si todos los pretendientes que tengo no les gustan las hembras ni sus apariencias ni sus aditamentos? ¿Me habré convertido en toda una mujer de verdad verdacito?

No, por si acaso, tampoco me pasa lo que algunos de ustedes estará pensando con una sonrisita socarrona: No estoy feliz. No puedo estarlo cuando se trata de mi segundo cambio de identidad sexual. Me costó pasar de chico hetero a homo. Ahora de homo, tendré que pasar a ser mujer. Adquirir métodos y mañas de lo más inexploradas y fragosas.

Ay Señor de los Milagros, si crees que me has hecho un milagro, tendré que aceptar tu santa voluntad...

viernes 8 de octubre de 2010

No estás deprimido, estás distraído.

De cuando en cuando, estas letras sabias, sumadas al tono cálido y convincente de Facundo Cabral, me vienen bien, me nutren y revitalizan. Esta reflexión es un must, debe digerirse y tratar de vivirse...                                                                    

jueves 7 de octubre de 2010

Dios del silencio

Adoro las palabras pues ellas me han concedido durante toda una vida, con el habla o la escritura, la bendición de transferir mis sentimientos invisibles como abrazos, como caricias.

.
Pero debo reconocer que hay momentos en que las mismas palabras no declaran, no vivifican, no participan, no revelan; menos, arrullan ni abrazan. Más bien, ocultan otras verdades y nos dejan, como pedacitos de nieve en plena aparición de la primavera.



Quién lo diría, me quedo sin palabras. No sé qué decir. Después de tremenda impotencia, queda sólo el recóndito espectro del Amor.

Y permitiéndome un arresto de soberbia, me siento un poquito Dios. El Dios que conozco, el que ha callado gran parte de mi vida, pero que sin dudar, me ha amado.

Dios del silencio, te lo ruego, habla por mí.

miércoles 6 de octubre de 2010

Soy hombre y no perro, pero perverso


Tengo una alumnita que es bien rara. Quizás sea una mezcla poco común de calabaza, payasa deprimida y mamá de tarzán. Se sienta primera en la fila. Tiene la cabellera larga, la nariz respingadísima y parece que usa polvos “Angel Face” como los usa mi mamá. No es fea, diría más bien que es una chica físicamente muy atractiva pero sus comentarios, infaustamente, me sacan de concentración y de quicio cada cinco minutos.


Una de las últimas acotaciones en voz bajita que le escuché mientras yo me refería fugazmente al experimento de Pavlov, fue: ay, profe, no hable de eso por favor, yo detesto los perrosoay profe no le creo, yo no le creo a los hombres”.

Pero la coronación fue anoche. Le entregué corregido un examen escrito suyo. Tenía un trece sobre veinte. Me respondió con una voz chillona y engreída: “profe, no puede ser, yo jamás he tenido un trece. Seguramente se ha equivocado”.

A ver hijita -intenté ser comprensivo y conseguí dibujar un sonrisa- vamos a revisar tus respuestas con paciencia: En esta pregunta, tienes un punto. En esta otra, cuatro. En esta de aquí -le punteé con el dedo índice la tercera pregunta- tienes cuatro; y en la última, que vale ocho puntos, tienes los ocho puntos completitos, felicitaciones. Uno más cero más cuatro más ocho suman trece.

No puede ser. No puede ser -replicó sorprendida y algo desesperada, tanto, que me asusté que se pudiera poner a llorar desconsoladamente-.

Sí, hijita. Te explicaré: a veces, nos equivocamos. Más a menudo de lo que creemos. La vida es así. A veces creemos que en todo y siempre, vamos muy bien. Pero siempre aparece un profesor, no un perro ah, un hombre. Y en pocos segundos, te demuestra matemáticamente que no eres lo que eres, que tienes errores.

Hoy que lo escribo, me doy cuenta de lo siniestro que puedo ser.

lunes 4 de octubre de 2010

Quiero un Frankestein


Este semestre no tengo la suerte de tener alumnos guapos. No hay ninguno que me llene el ojo por completo, que me sustraiga del dictado latoso de algunos días, que me anime en estas mañanas de invierno. Por ello he tenido que hacer algo.

Hace unos días, mientras ellos rendían una de sus pruebas escritas, en el silencio del aula, mi mente afanosa e incontinente empezó a construir un espécimen a partir de atributos y rasgos de algunos de los presentes. Saqué de aquí y allá y pude aparejar un ejemplar para mí solito.

De uno concentrado que andaba constantemente llevándose la mano a la frente, tomé su cabello ligeramente largo, ondulado y sedoso. De otro, sus ojos claros que se veían resplandecer sobre el fondo cobrizo de su piel. Así, fui secuestrando disimuladamente diferentes propiedades. Una estructura y soltura de huesos y músculos. Una barba tenuemente crecida sobre un mentón que parecía cincelado por Bernini. Unos pies grandes y alargados que se escondían debajo de un par de zapatillas Converse. Una nariz recta que punteaba inequívocamente bien el camino inclinado hacia unos labios pulposos y blandos. Unos hombros curvados, sólidos y sugestivos como unas montañas escarpadas donde quedarse colgado o tendido para siempre en vez de descender al valle. Una entrepierna de todas las que aguaité, fue la perfecta para coronar su masculinidad, por su perfecta sutileza, por no estar ni tan apretujada ni tan holgada, pero  sí, porque aseguraba un apetitoso bocadito escondido.

No me olvidé del soplo de vida. También recogí un halo. Una condición etérea, eso que se percibe sin saber cómo: una mirada breve, un tono de voz que arrulla, una sonrisa que engatusa, un balanceo de piernas, una temperatura que sonroja a lo lejos. La belleza efímera que a veces se puede apresar.

Así, sin querer queriendo, me convertí en creador. Me tomó veinte minutos para engendrar sin ciencia ni experiencia, un ser a quien desear. Ahí estaba y aquí está, en mi mente, la esmerada aglutinación de cualidades para ser un príncipe de cuento o un Frankenstein de novela. Un bello consorte o un temible engendro.


Y aquí estoy frente a la pantalla, frente a la realidad inmutable, con las quimeras y alegorías de siempre; porque los sueños, sueños son. Hoy me encontraré con mis alumnos reales. No hay más belleza que la que me rodea. Tengo que seguir siendo Vicho y no Victor Frankenstein. Aquí no hay más que un Dios que valga.

viernes 1 de octubre de 2010

Me gusta, te gusta, le gusta, nos gusta.

Creo que la más certera señal de que se ha crecido es cuando se puede decir, delante de mil ojos y mil oidos: -me gusta- o -no me gusta-. Y debo reconocer que yo, crecí bastante tarde. Fui niño retraído aunque no retrasado, adolescente adusto aunque no arisco y joven ensimismado aunque no intratable. Por años viví lo que otros querían que viviera. Absorbí gustos ajenos, fingí deleites, simulé quien no era.

Pero crecí. Prefiero no decir a qué edad, pero lo conseguí. Ya lo he contado de mil formas y en mil oportunidades. Logré cambiar de piel, cambiar de voz, sacar musculatura, respirar profundo y tirarme abajo la puerta de mi closet.

Y pude decir, -me gusta-. Me gustan los hombres. Me gusta la decoración tanto como los análisis jurídicos. Me gusta contentar a mis genitales como una oración silenciosa y fervorosa. Me gusta Madonna y la Madre Teresa, escribir y soñar, el rosado y el negro, los escarabajos y los perfumes. No me tiembla el mentón cuando digo lo que me gusta frente a los “grandes”. Todo lo contrario, me hierve la sangre de entusiasmo y poco falta para que convulsione de alegría por ser tan atrevido frente a los que antes me miraban con recelo y perplejidad.



Ahora, los jóvenes tienen la capacidad y libertad de que mientras navegan por Internet o entran a la noticias del facebook, pueden dar un click -me gusta- . Hoy tienen voz. No tienen temor de decirlo. Es un derecho conquistado social y naturalmente.

Mi sobrino querido que tiene 8 años te puede decir en la cara, si un regalo que le haces no le gusta. Ya irá aprendiendo a sincronizar su libre albedrío. Pero de todas formas, también ya asimiló bien su enorme libertad de paladear lo que le gusta y decirlo sin tapujos ni miedos.

Un buen vino es bueno porque me gusta, no porque me lo diga el sommelier. En cenas de gala, sin saber nada de enología, me doy el “gusto de expresar en voz alta mis gustos” por el vino que despierte una papila gustativa dormida, que me sacuda con placer súbito, que me obsequie un sabor milagroso.


Gran poder misterioso éste, el de decir -me gusta- o -nada que ver- o -paso-. Opinar. Porque así no solamente los demás saben de mí, de quien soy; sino que además, me oigo yo mismo, me ratifico y me alzo ante la quimera que son finalmente los demás.
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