El viernes último empecé a decorar la casa. Días antes no tenía muchas ganas ni fuerzas para hacer toda esa especie de mudanza en la que reemplazo todos los adornos ordinarios por otros donde los colores rojo y verde predominan, donde las luces resaltan formas y los brillos esparcen una atmósfera más resplandeciente a la vida tradicional que suelo llevar.
Son señales de la Navidad. Son anuncios de una nueva época.
Pero yo, aún no he cambiado tanto como quisiera. He emprendido, sí, un desplazamiento con una nueva disposición, con una apacible expectativa y una mirada más acuciosa a todo lo que me rodea. Especialmente he comenzado a mirar por dentro.
Y por añadidura hoy, he empezado a leer -debería decir he empezado a devorar- el libro de Ricky Martin. “Yo”. En sus primeras páginas habla de la necesidad de integrar todas sus dimensiones en una sola persona. Ser Ricky, como lo conocemos en el mundo entero y ser Kiki, como le llaman aquellos que lo conocen desde niño.
Me he empezado a romper el coco sobre esta situación mía: la de integrar modestamente al Vicho que muestro con el que en verdad soy: el que expugno desde dentro, el que me acompaña a toda hora. Por un lado soy lo que se ve, pero por otro, el que se esconde.
Me espanta que a estas alturas de mi vida haya una doble visión de lo que soy. Me cuestiona que haya una duplicidad, un par de territorios inconexos, dos trozos de piel descocidas, dos almas en un mismo cuerpo.
Por esta razón, quiero en estos días de Adviento reunirme gratamente con todo lo que escribo y soy durante el resto del año. Quiero rehilar muy finamente todos mis retazos sueltos: mi resistente sensualidad, mi soberbia mayúscula, mi poco entusiasmo, mi mal carácter, mi pereza, mi moho, mi inercia, mi anémica y huidiza Fe.
Quiero abrazarme con todas mis fuerzas y darme unos golpecitos en la espalda. Decirme que todo está bien y que estará mejor. Reavivar ilusiones y convencerme que hago lo mejor que puedo hacer.
Quiero cerciorarme que soy coherente. Y así, reconstruido y reunido en un solo espíritu, llegar a la Navidad, hasta el umbral del pesebre, para adorar a Dios con mis pobrezas y riquezas, con mi equipaje original y con mi vida como regalo. Sólo así, podré decir legítimamente a los que amo, Feliz Navidad.
Allá voy, Niño Jesús.



























