martes 30 de noviembre de 2010

Reconstruirme para llegar hasta el pesebre

El viernes último empecé a decorar la casa. Días antes no tenía muchas ganas ni fuerzas para hacer toda esa especie de mudanza en la que reemplazo todos los adornos ordinarios por otros donde los colores rojo y verde predominan, donde las luces resaltan formas y los brillos esparcen una atmósfera más resplandeciente a la vida tradicional que suelo llevar.

Son señales de la Navidad. Son anuncios de una nueva época.

Pero yo, aún no he cambiado tanto como quisiera. He emprendido, sí, un desplazamiento con una nueva disposición, con una apacible expectativa y una mirada más acuciosa a todo lo que me rodea. Especialmente he comenzado a mirar por dentro.

Y por añadidura hoy, he empezado a leer -debería decir he empezado a devorar- el libro de Ricky Martin. “Yo”. En sus primeras páginas habla de la necesidad de integrar todas sus dimensiones en una sola persona. Ser Ricky, como lo conocemos en el mundo entero y ser Kiki, como le llaman aquellos que lo conocen desde niño.

Me he empezado a romper el coco sobre esta situación mía: la de integrar modestamente al Vicho que muestro con el que en verdad soy: el que expugno desde dentro, el que me acompaña a toda hora. Por un lado soy lo que se ve, pero por otro, el que se esconde.


Me espanta que a estas alturas de mi vida  haya una doble visión de lo que soy. Me cuestiona que haya una duplicidad, un par de territorios inconexos, dos trozos de piel descocidas, dos almas en un mismo cuerpo.

Por esta razón, quiero en estos días de Adviento reunirme gratamente con todo lo que escribo y soy durante el resto del año. Quiero rehilar muy finamente todos mis retazos sueltos: mi resistente sensualidad, mi soberbia mayúscula, mi poco entusiasmo, mi mal carácter, mi pereza, mi moho, mi inercia, mi anémica y huidiza Fe.

Quiero abrazarme con todas mis fuerzas y darme unos golpecitos en la espalda. Decirme que todo está bien y que estará mejor. Reavivar ilusiones y convencerme que hago lo mejor que puedo hacer.

Quiero cerciorarme que soy coherente. Y así, reconstruido y reunido en un solo espíritu, llegar a la Navidad, hasta el umbral del pesebre, para adorar a Dios con mis pobrezas y riquezas, con mi equipaje original y con mi vida como regalo. Sólo así, podré decir legítimamente a los que amo, Feliz Navidad.

Allá voy, Niño Jesús.

lunes 29 de noviembre de 2010

Una primera lección de Adviento.

Una buena lección por aprender en este Adviento es la Santa Aceptación.
 
Hago un breve recuento de varios acontecimientos de los últimos meses y veo mucho dolor alrededor mío. He sido espectador cercano de sufrimientos sin sentido, de hondos padecimientos, enfermedades y fracasos de seres muy queridos. He vivido en carne propia la desesperación y desesperanza. La sensación cruel de no sentir nada. La extenuación moral y la tristeza.
 
Me he quejado muchísimo. He murmurado sobre los designios de Dios. He masticado en silencio mi rabia.
 
He llorado de impotencia.

 
Y hoy, con otra mirada a todos esos sucesos, contemplo la imagen de la Virgen María. Gran personaje del Adviento y gran protagonista de la Redención. ¡Cuánto sufrió desde el primer día de su gestación! Su maternidad estuvo llovida de lágrimas. Caminó toda su vida por un camino empedrado, siempre cuesta arriba.
 
Pero sus lágrimas amargas de mujer, de madre y de ser humano no le impidieron llegar hasta el mismísimo Calvario donde su hijo amado, el mismo que resguardó dentro de su vientre, ofrendó la última gota de su sangre.
 
María sufrió violenta y desgarradoramente, pero no dejó ni un solo instante de aceptar los designios de Dios. María, es la mujer de la Aceptación inquebrantable. La Aceptación es la señal más preciosa de los que aspiramos a vivir una vida de Fe. Aceptar que vamos cuesta arriba, pero que en nuestro caminar jadeante y débil, podemos estar subiendo a donde el mismo Dios quiere llevarnos.
 
María, un año más durante esta época en que, de sólo contemplarte, como hijo pequeño, anhelo aprender de ti. Quiero asemejarme un poquitito más a ti. Catequizarme con tu lección de Aceptación. Por más que me pueda esperar una cruz pesada al final del camino, por más que lloriquee y patalee, por más que me queje y lamente,  pueda yo llegar hasta el final, hasta el lugar que Dios me tiene reservado en su plan de salvación. Quiero estar como tú, a la altura de los designios de Dios, sean los que sean, vengan como vengan. Amén.

sábado 27 de noviembre de 2010

Vela a vela, en este Adviento

Estad en vela para estar preparados
Mateo 24,37-44

Hoy comienzo este tiempo litúrgico llamado Adviento, que proviene de la palabra en latín adventus, que significa venida, llegada.


Y por quinto año consecutivo me tomo un período para comunicar en este blog, mis propias reflexiones y experimentaciones sobre lo que significa esperar la encarnación del mismísimo Dios. No pretendo, ni por asomo, ser una voz oficial de nada ni nadie. Hablo por mí mismo.


No intento enseñar ni convertir a nadie, predicar ni pontificar. En todo caso, mi modestísima pretensión es ser para mí mismo, un profeta en mi propio desierto. Una voz para escucharla a solas desde dentro; y si algo llega a cumplirse, sería el convertirlos a ustedes queridos lectores, en testigos inmediatos de esta vivencia personal.


¿Qué espero? ¿A quién? ¿Cómo?


Durante toda mi vida, pero especialmente en estas cuatro semanas, espero que se quede marcada en mis venas y evocaciones cotidianas, en mi actitud y comportamiento básico, la presencia concreta del Dios que alguna vez conocí de cerca, el Dios que es purísimo Amor. Espero la reafirmación certera de su Amor en mi confundida vida.



Aguardo por estos días -de menos a más- de ahí el título de esta época: “paulatinamente”, el Amor manifiesto en mis acontecimientos rutinarios, en mis enojos y tedios, en mis fastidios e impaciencias. Quiero dejarme enardecer, vela a vela encendidas cada semana. Espero prepararme a fuego lento. Como el sol en el cambio de estación, como la transición casi imperceptible al verano de mi querida ciudad de Lima.


Será sin duda, el Dios que llega cuando menos lo pensamos. Por eso, no quiero permanecer adormilado, sino, todo lo contrario, quiero estar alerta a las señales en el cielo, en las calles de siempre, en mi casa ahora adornada y sus moradores; y por supuesto, en mi propio espíritu involuntariamente enmohecido.


Aspiro a ser Vicho de ojos bien abiertos, corazón henchido y paciente. Con espíritu levantado. Pero eso sí, dócil como la dulce espera de una madre embarazada. Sí pues, paulatinamente a la vida, a la Navidad.

viernes 19 de noviembre de 2010

Vicho regresa en Adviento...

Es preciso ausentarse. Echar un vistazo a los recientes pasos dados para comprobar qué huellas han dejado por las calles. Curar heridas invisibles de pies cansados. Adquirir utensilios de trabajo para levantar nuevas calzadas hacia nuevos cometidos.


Vuelvo en Adviento

miércoles 10 de noviembre de 2010

Gracias por la fotito...

...aquí un lector que me envía su fotografía...dice que se la tomó mientras leía uno de mis posts...

martes 9 de noviembre de 2010

¿Más me pegas, más te quiero?


Amor, odio, amor, odio, amor...


Escucho por todo lado acerca de la necesidad de detener, condenar y denunciar el maltrato físico que suele dirigirse contra las mujeres por parte de los hombres abusivos. Está bien eso…

Pero lo que vi el pasado sábado por la noche me hizo pensar en que no todas las mujeres son las víctimas como nos lo muestran, que no todo es abuso o violencia involuntarios.

Caminaba a eso de la una de la mañana con Eric por una transversal de la avenida Pardo cuando en una esquina escuchamos un bullicio que llamó nuestra atención. Buscamos el origen y se trataba de una típica discusión a viva voz de una parejita de enamorados que salían en ese preciso momento, de una refinada y recientemente inaugurada discoteca. El hombre se notaba que había bebido, se había sacado la camisa y dejaba ver el torso desnudo, llevaba el jean caído y dejaba ver un boxer rojo. La mujer se trataba de una muchacha atractiva de unos 23 años con falda muy corta, botas hasta la rodilla y el cabello lacio que le cubría parte del rostro.

Además de los bramidos, los movimientos bruscos provenientes de ambas partes empezaron a empeorar el suceso. Ella levantaba la mano, gesticulaba provocadoramente, le reclamaba mil cosas que no lográbamos escuchar bien. Él trataba de repeler sus acometidas.

El hombre se volteaba y quería retirarse de ahí. Ella se volvía a acercar y le iba dando leves empujones para exigirle su atención. El exteriorizaba nítidamente su rechazo y repudio hacia ella. Podíamos leer de sus labios un “déjame mierda, déjame tranquilo”. Pero ella se mostraba cada vez más feroz. Más insistente. Se le prendía del cuello, le increpaba, lo zarandeaba indómitamente, le gritaba cada vez más fuerte.

Hasta que llegó lo infame. De un solo manotazo, él la estrelló violentamente contra la vereda. Desde donde estábamos ubicados Eric y yo, no logramos observar bien lo ocurrido en los siguientes segundos porque unos autos estacionados nos lo impedían, pero algunas patadas estridentemente administradas parece que siguieron a dicha conmoción. Supusimos que ella saldría corriendo a pedir ayuda o que llamaría a la policía.

Pero no. Ella se reincorporó, se prendió una vez más del cuello, pretendió abrazarlo y a costa de una súplica plañidera le decía cosas al oído que seguramente tendrían que ver con sus afectos y reclamos. A pesar de su arranque de súbita violencia, él, persistía en su intento de irse de ahí, de dejarla, pero ella no se lo permitía.

Fueron varios minutos ahí de forcejeos, acercamientos, insultos, caricias extrañas y violencia, mucha violencia que se respiraba a diez metros a la redonda.

Eric comentaba acerca de la falta de dignidad de aquella mujer, de lo “arrastrada” que podía ser; pero yo, evité todo juicio. Sin embargo no pude evadir mil emociones juntas. Una mezcolanza de imágenes y apreciaciones me atiborraron la mente y el corazón. 

Escribo sólo un par de ideas sueltas: lo ininteligibles que podemos ser cuando un apasionamiento se apodera como un demonio de nosotros, de nuestros músculos y almas, lo insignificantes y contradictorios que nos ponemos por aquello que llamamos amor, lo humano e inhumano que es ser humano, lo que es quedarse sólo con los instintos y abandonar toda conciencia y voluntad, lo ambigua que es la línea entre víctima y victimario.

Pobre de nosotros cuando amamos así.





sábado 6 de noviembre de 2010

Ricky Martin desnudo. Vicho desnudo

"En el fondo yo siempre he sabido que soy gay, sin embargo, me pasé años y años tratando de ocultármelo a mí mismo"
Ricky Martin



Es difícil de creer esta afirmación, pero yo, puedo dar fe de esto que relata Ricky Martin en su libro titulado “Yo”.


Uno se pasa la vida, literalmente, -la vida- gota a gota, minuto a minuto, creyendo que se está ocultando a los demás su homosexualidad. Pero ese no es el punto de conflicto. Ahí no está la herida viva. El error está en creer que uno engaña a los demás, es a uno mismo. Uno termina jugando a las escondidas a solas, dando vueltas traicionándose, mareado sin rumbo, sin ningún reflejo veraz ante el espejo.

Tengo que pedirme perdón por desgastar años de mi propia vida. Por haberme suicidado lenta y cínicamente. Por haber construido tramposamente un Vicho postizo y también, un recluso de mí mismo. Por haber sido un farsante corsario que escondió sus mejores tesoros en islas perdidas de la temprana juventud. Por haber perdido años de aire puro y refrescante.

Pero también tengo que pedir perdón por las falsas declaraciones de amor a mujeres que estuvieron cerca de mí. Me temo que jugué con ellas. Por no haber mostrado mi desnudez a Dios en oración desnuda, en intimidad. Perdón por no haber sido, ante mis seres amados, lo que en verdad yo era.

Por eso, Ricky Martin no ha podido elegir un mejor título para su libro. "Yo". Yo ante mí mismo, ante los demás y ante Dios.

Es por eso que amo desenfrenadamente la desnudez del cuerpo humano, porque es el hito más diáfano de la desnudez del alma, del Yo.
 
Dios nos creó desnudos. Nos entregó un paraíso para disfrutarlo con el viento acariciándonos la piel. Y nosotros, perturbados por el error,  terminamos ocultándonos entre sí, cubriéndonos estúpidamente detrás de una ridícula hoja de parra.

Ricky: precioso tu cuerpo y preciosa tu valiente y auténtica desnudez.






viernes 5 de noviembre de 2010

Papá déjame ser gay

No apto para todo público: el desenlace puede afectar vuestra susceptibilidad.

Excelente música de Sigur Ros, fotografía efectiva, historia controvertible, reflexión asegurada.

jueves 4 de noviembre de 2010

Lo siento por mí mismo. Ya no puedo enamorarme

¿Habré perdido la capacidad de enamorarme? ¿Algún dispositivo desconocido en algún recoveco de mi sistema circulatorio se habrá trabado inhabilitándome para amar? ¿Alguna glándula secreta no me está funcionando adecuadamente? ¿Se habrá momificado mi extenuado corazoncito?

Tengo el deber de contarles acerca de mis dos últimos conatos amorosos. Primero es ese con Eric: Me apetece solamente su proximidad física, sus caricias inofensivas e interrumpidas, su carcajada inocua, sus contornos que dibujo a ciegas con el dedo índice, mientras converso con él en la cama y que robustecen cada vez más mis ganas de tocarlo. Es como si me bastara su presencia. Como si el cuento de hadas se negara a serlo, para ser escuetamente una comedia americana, una de esas de bajo presupuesto.

Por otro lado está Juan Fernando, el del lindo y rimbombante nombre que me hace sentir transitoriamente, como un impreciso personaje de una artificiosa telenovela brasilera de época. "Vicho y Juan Fernando". Hasta sus años bien llevados y su barba cuidadosamente cortada lo hacen ver como un fino galancete de la década de los cuarenta. Es distinguido y educado. Cortés y acomedido.

Con este último he llegado a más. Besos y lamidas. Perforaciones agitadas y deslizamientos por trochas humedecidas por la lluvia de estación. Y me ha gustado mucho. Muchísimo. Al día siguiente del primer encuentro, le solicité su peritaje sincero sobre nuestra correspondiente "performance" y me aseguró su absoluta satisfacción. Ambos quedamos en seguir “viéndonos” y así ha sido.

Pero en ninguno de los dos casos se da el ingrediente que me gustaría paladear nítidamente. No hay reverberación. Hay días que pienso en ellos, otros no. Nada. Por unos segundos fugaces me afloran las ganas de recibir sus obsequios, los llamo para saludarlos cordialmente, les envío un mensajito de texto y así aquieto mi consciencia.

Como siempre, concluyo que es una cuestión de lenguaje. Hay una ausencia de términos idóneos para nombrar mi relación con ellos. No son amigos, no son pretendientes, no son acompañantes, no son nada de lo que con facilidad se podría identificar o llamar.

Son algo así como valiosos colaboradores, inéditos aliados de este período personal, tan raro que me está tocando vivir.

Mucho menos hay ese componente poderoso que desestabiliza o descompone la vida y la presión arterial, que perturba rutinas e inquieta las tardes de siesta. No hay Amor, eso, que sé reconocer tan bien cuando aparece. Lo siento por mí mismo.
 
Me he convertido involuntariamente en un engendro, en un inválido. Un tarugo buscando otro para tapar mis descalabrados murallones. Un sapo de boca grande y abierta que atrapa moscas y mariposas que vuelan alrededor de mi maloliente y aburrido estanque. Un negado por los Cielos para el amor de pareja. Un desalojado del Edén por el dios de la pasión. Un objetivo inconstante e inalcanzable a la filuda flecha del buen Cupido.

Lo siento por mí mismo.

miércoles 3 de noviembre de 2010

Mi padre creyó en mí.

Mi padre me dio el mejor regalo
que alguien nos puede dar:
Creyó en mí.
Jim Valvano



Leí esta frase y el cuerpo se me estremeció. La piel, se me puso, como de gallina en el congelador.

He hablado a lo largo de mi vida con muchas personas y tengo que decirlo, tristemente, entre ellas descubrí incontables conflictos no resueltos con sus padres. Palabras que no se dijeron. Mensajes mal comunicados. Decepciones. Percepciones mutuas que se quedaron en eso, sin convertirse en convicciones. Padres e hijos sin estar convencidos de la presencia del otro.

“Me hubiera gustado decírselo a mi padre” “Me hubiera gustado que mi padre me lo hubiese dicho algún día”

No basta la intuición ni la sospecha. Hay que decirlo. No dudo en la existencia de amor entre esos padres e hijos, pero su expresión se redujo a poco, a lo primario, a la subsistencia básica, a la manutención y se olvidó del otro lado de la medalla: de la palabra aprobatoria, del abrazo hospitalario y afirmativo, de la confidencia concreta y la higiénica complicidad.

Un padre que no cree en su hijo se pierde de la parte más bella del amor paternal. Un hijo que no contó con la sana, manifiesta y robusta expectación de su padre, se perdió una parte inmensa de su padre.


Y yo, que no soy ni seré padre, me quedaré con ese vacío adentro. Sin experimentar lo que es dar confianza rebosante a un hijo, sin mirarlo a los ojos tanto como mirarlo de lejos y confiar en su figura y en su fulgor, sin esa seguridad que será un buen hombre, que sabrá usar sus armas sin ser violento, que amará sin límites ni miedos, que escalará precipicios y escapará de peligros sin ser cobarde, vivirá.

La paternidad da vida, pero sobre todo, da confianza para vivir. Da estirpe y otras herencias, pero también, arrojo y simple plenitud para la vida del hijo. Da mucho amor, pero principalmente da alas para ser libre.



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