jueves 30 de diciembre de 2010

Adios año 2010, hasta no más verte.

Con un resfriado encima en este mismo instante que me impide concentrarme y recordar como quisiera, deseo lanzar al espacio -con la menuda ilusión que pasará a leerme por aquí el buen Jesús recién llegado a la Tierra- unas breves conclusiones sobre el año que termina. Lo haré sin ningún orden cronológico ni de importancia. Simplemente con ese orden aleatorio que proviene del corazón abierto.



Me rehúso a calificar este año como bueno o malo. Es al fin y al cabo, un año más de vida. En general, un año en que los minutos vinieron cargados de asonancias poco triunfales de trompeta. Pero misteriosamente fueron esculpiéndome hasta convertirme en otra especie, hasta lustrarme dolorosamente para sacar nuevos brillos. Se abrieron nuevas ventanas, a veces empañadas pero que me hicieron ver paisajes hasta entonces desconocidos.
 
Hacia el comienzo y mediados de año, realicé unos viajes que se suponía serían de placer grandioso y terminaron ser simples itinerarios a parajes incógnitos e capciosamente instructivos. Un encuentro con mis soledades de siempre, un enfrentamiento con mis limitaciones y temores. Cartagena del Sol y Trujillo de la noche oscura.
 
Mi trabajo cabalmente cumplido a pesar de mis molestias y desganos, a pesar de mis malos humores y madrugadas opacas.
 
Varias enfermedades muy serias de seres amados que por negarlas u obstruirles espacio a mi memoria no desaparecieron de mi insistente preocupación o me dejaron de perturbar. Sí, he llorado mucho a solas. Busqué consuelo y no lo encontré. Ha habido mucho miedo y desesperación. Impotencia y vulnerabilidad. La muerte voló y voló alrededor de mis días helándome y dejándome sin reconocer otros colores que no desaparecieron nunca.
 
He vivido estremecido desde el amanecer hasta la noche última. Construyendo muros y resguardos ineficaces. He sido mi peor adversario. Me he hecho mucho daño cercándome dentro de barricadas alimentadas por mi mente voladora y mi incapacidad para pedir auxilio. El peor daño es la nada. Ese vacío incontenible. Ese hoyo desesperado.
 
Pero Dios aprieta pero no ahorca. Dios permanece en silencio pero procede. Es sutil. Ama a su manera. Interviene mientras dormimos. Mientras no nos damos cuenta. Y envolvió mi débil existencia de estrellas aparentemente apagadizas, lejanas pero que iluminaron mis pasos para no caer al fondo más hondo. Son mis titanes tiernas y devotas. Mi aceite grácil y aromático que mantuvieron encendidas mis antorchas.
 
Sólo quiero mencionarlas porque sus nombres bastan para lanzar al espacio mi incontable gratitud. Dos mujeres fuertes. Dos manos suaves. Dos voces orantes. Dos corazones absolutamente incondicionales. Dos vitalidades que sostuvieron nervio a nervio, mi frágil cobijo a punto de derrumbarse. Dos muestras concretas de que Dios no se olvidó de mí.

Magda y Toñi: ¿Cómo perder, estando ustedes a mi lado, la sensación y certeza de que Dios abraza y acompaña físicamente? Ustedes dos, me alimentaron, me bordearon, me aguantaron y avivaron, me oxigenaron, me hicieron mejor la vida de este 2010 que mañana despido.
 
Adios año.

domingo 26 de diciembre de 2010

domingo 19 de diciembre de 2010

Dime Madre qué sentiste

Dime Madre qué sentiste

en aquellas noches de espera

cuando el Misterio te hablaba

y San José dormía...



El cielo velaba al Amor aún no nacido

¡eras Tú la Unica que lo tenia!

Dime Madre si llorabas o reías

pues en Ti estaba el Todo cuando nada te veias

de ese silencio y de esa ternura

se enamoró todo un Dios...

dimeló esta noche Madre

cuando todos duerman

y Tú me sonrías.

miércoles 15 de diciembre de 2010

¡Cómo no esperarlo con ansias!

Faltan 9 días.

La Espera se acorta.
La Luz se extiende.
El corazón se agita.

¿Habrá algún acontecimiento más trascendental que el nacimiento de Dios?


Creo que todas las leyes naturales empiezan a perder cierta vigencia. No hay gravedad, no hay giros alrededor del sol, los astros cambian de órbita. Los tesoros pierden valor, los grandes quedan empequeñecidos, los hambrientos saboreamos nuevas delicias, las campanas tañen en silencio, las flores ofrecen sus aromas más escondidos, los desiertos se humedecen, las distancias se acortan y los espíritus se vuelven uno.
 
¡Cómo no esperarlo con ansias!

lunes 13 de diciembre de 2010

La historia del Buda de Oro


En 1957, se estaba realojando un monasterio en Tailandia y se dejó a cargo de unos monjes para que movieran un buda de arcilla gigantesco. 

 
A mitad del traslado, uno de los monjes notó un crujido en el Buda. Preocupado por dañar al ídolo, los monjes decidieron esperar un día, antes de continuar con su tarea. Más tarde, uno de los monjes fue a revisar la estatua gigante, enfocó con su linterna por todo el Buda y cuando llegó a la grieta, vio algo que le reflejaba la luz.   
 
Despertó su curiosidad y el monje tomó un martillo y un cincel y empezó a romper poco a poco al Buda de arcilla.
Conforme quitaba la arcilla trozo a trozo, el Buda era cada vez más brillante. 

 
Después de horas de trabajo, el monje alzó la vista con admiración al ver frente a él, un enorme buda de oro sólido. 

 
Los historiadores creen que los monjes tailandeses cubrieron al buda de arcilla varios cientos de años antes de un ataque de la armada burmesa, cubrieron el buda para protegerlo.

En el ataque asesinaron a todos los monjes así que no fue hasta 1957 que se descubrió el gran tesoro.

Como el buda, nuestra caparazón exterior nos protege del mundo. Nuestro verdadero tesoro se esconde dentro. Los seres humanos inconscientemente escondemos nuestro oro interior bajo una capa de arcilla. Todo lo que tenemos que hacer para sacar a la luz nuestro oro es tener el coraje de eliminar nuestro caparazón externo, trozo a trozo.

tomado de 
Debbie Ford 
"El  Efecto sombra"

sábado 11 de diciembre de 2010

Gaudete

Podría parecer casi una broma o algo fingido, el invitar nada menos que a la alegría en estos momentos de hondas dificultades en tantas personas. Pero he aquí que este tercer domingo de Adviento, se le llama domingo gaudete (alegraos), porque la alegría forma parte de este tiempo de espera.

No era fácil la situación desde la que hablaba el profeta Isaías. Tuvo que experimentar el vértigo de anunciar esperanza en medio de un pueblo desesperanzado; anunciar alegría y fiesta, a un pueblo que fatalmente se iba resignando con la tristeza y el luto.


Y esto es lo que hizo Isaías:

¿Ves el desierto y los yermos? ¿Ves el páramo y la estepa? Pues florecerán como florece el narciso, y se alegrarán con un gozo de alegría verdadera.

¿Tienes la sensación de soledad, de abandono, de que tu situación no hay nada ni nadie que la pueda cambiar? Pues no pactes con la tristeza y que el miedo no llene tu corazón, sean fuertes, no teman: su Dios viene en persona, para resarcirlos y salvarlos. Y como quien está ciego y vuelve a la luz, como quien sufre sordera y se le abren los oídos, como quien renquea de cojera y salta como un ciervo, como quien se amilana como mudo y consigue cantar... así, así veran que se termina su destierro, su soledad, su tristeza, su pesadumbre..., y volverán a su tierra como rescatados del Señor.

viernes 10 de diciembre de 2010

Su ecografía...

Hoy fue la Virgen María a su control médico.
Aquí la más reciente ecografía:

jueves 9 de diciembre de 2010

Reencuentros de fin de año. Hmmm.

Además de ser Adviento, es época de reencuentros de amigos. En mi caso, tengo cuatro reuniones previas a las fiestas con gente que no veo a menudo o hace muchos años no veo. Con mis amigos del colegio, con los de la parroquia en general, con los antiguos amigos del barrio y con unos que salía semanalmente en mis épocas de juerga.


Corro el riesgo que alguno de ellos me lea por aquí, pero igual, tengo que escribir lo que dichas reuniones me producen. En verdad, es un revoltijo de emociones. Por un lado -pequeño lado- tengo ganas y alegría por verlos, de saber de sus vidas. Pero por otro lado -gran lado- sé que inevitablemente será una oportunidad para contrastarnos con el pasado y entre nosotros mismos, contrastarnos unos con otros. Por lo tanto, me quita inmediatamente las ganas y la alegría.

Con facilidad puedo parecer un “cortanotas”. Un aguafiestas. Un aburrido. Yo diría más bien que soy diferente y como ustedes lo saben, soy raro. Un Vicho raro. Suelo sentir de manera dispareja a la mayoría.

A todos esos amigos del pasado les tengo cariño, no lo niego, representan etapas lindas de mi vida, me despiertan cierta añoranza, pero no ando para pasarme horas recordando anécdotas ni para contar cómo estoy “right now”. El tiempo, mi tiempo no está como para ferias ni exposiciones de ese tipo.

Pues esa costumbre tan enraizada por aquí de reencontrarse por Navidad con gente que durante el año no se frecuenta, la detesto. Todo el mundo reclama -tenemos que reunirnos por fiestas- Todo el mundo canta -ven a mi casa esta navidad- Y yo me quedo en silencio, respetando, pero diciendo: -hmm-.


Yo sí me reúno. Me encanta organizar y convocar a mi gente, la de siempre, la de toda la vida. Sólo con los que veo durante todo el año. Con los que sé perfectamente que coinciden con mi frecuencia espiritual. Con los que conocen mis fondos más intensos. Con los que sé que compondremos una melodía, cada uno aportando su propia melodía. Con los que la armonía se goza, no se fuerza. Con los que los abrazos se dan en silencio, sin palmazos sonoros en la espalda ni exclamaciones bulliciosas.

En fin, ese soy yo en este tiempo de Adviento. Los demás, son los demás. Lo que finalmente importa es que el Adviento sea y sólo pretenda ser, en cada uno, de la forma que sea, una oportunidad para amplificar el espíritu y ensanchar el corazón y dar acogida al que está por nacer.

Lo sé. Navidad es precisamente eso, un reencuentro.


miércoles 8 de diciembre de 2010

Una vez más, Ave María mía



Ave María.

Te lo he dicho en silencio y a viva voz,
sollozando y con el alma serena,
caminando prendido de tu mano
y con los ojos puestos en el horizonte.
A solas, frente a ti y ante multitudes.



Te amo María.
Me has dado luz en miles de tiempos apagados,
pediste más vino para mis fiestas alicaídas y desazonadas. Mi mayor alegría ha provenido de ti.


Eres mi madre.
Porque me cobijas cuando el vendaval asoma y no tengo a dónde correr.
Al final, siempre termino aferrado a tu regazo.



Y como un niño perdido en medio del bosque
 yo te agradezco,
por ser siempre puente y camino.
Porque aún, a pesar de todos mis descuidos y desafectos, no desistes de conducirme sutilmente siempre a Jesús.

Avanzo contigo, paulatinamente hasta la Navidad.

martes 7 de diciembre de 2010

Los abrazos de mis ángeles

Tengo que agradecerle a Eric por darme lo que muchos otros hombres en los últimos años no me proveían. Un valor muy apreciable que viene bien en estos días previos a mi tan meditada y nostálgica Navidad: el valor de la simplicidad.

Pasar unas horas con él no es como algunos lo definirían; no es matar el tiempo. Es esa mixtura tan escasa de naturalidad y profundidad. Es oportunidad para reírme de todo y de nada, de extender la mano para acariciarlo sin que haya de por medio un propósito disimulado, es lo que tanto buscamos los seres humanos y llamamos compañía. Yo le pondría un calificativo por delante: una sagrada compañía.

Su abrazo me hace compañía.

A punto de un bordado muy fino, vengo haciéndolo mi amigo. Va reconociéndome en mis gestos y entonaciones. Va entrando de puntitas a los pliegues más escondidos de mi últimamente maltratado corazón.

Entrar al corazón de otra persona es el viaje más hermoso que puede uno hacer. Puede ser muy arduo y embrollado, pero cuando se hace con esa sencillez que recalco, se convierte en un roce delicado de la mano de Dios que también es delicada y oportuna.

Dios entra a nuestros corazones -especialmente en estas épocas-como un amigo, como una golosina, como un peregrino escondido, como un rayo, un heraldo, un manantial, una gota de rocío, un soplo de viento que levanta piedras.

Me contaron hace un par de días que somos criaturas de Dios que nacemos con una sola ala, y que para volar por los aires, tenemos que abrazarnos a otros. Jesús fue precedido por ángeles. Y en estos días azules, he tenido que acudir a abrazos como los de Eric para alzarme un poquito hacia el cielo anhelado, para dejar este frío pavimento de mi extraña ciudad.


Gracias a mis ángeles -hoy sólo he mencionado a Eric- porque durante estos días, me han abrazado con tanta sencillez y delicadeza y eficacia. La finura de sus alas me han acariciado y remontado alto muy alto, y paulatinamente, alcanzaré a tocar las estrellas…

domingo 5 de diciembre de 2010

¿Tenemos que estar alegre ?

¿Acaso es obligatorio estar feliz en Navidad?

Es una buena pregunta. Durante la vida parece que nos exigieran que seamos exitosos y felices. Y durante este tiempo de Navidad parece que se hace más aguda la presión que tenemos que ser personas dichosas. Pareciera que el que anda triste, el que anda de duelo, el que está aquejado, el que anda desanimado fuera un amargado y desadaptado. Un anticristiano.
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Y rotundamente digo No. No “hay que” estar alegre. Que esté gozoso el que lo esté. Que cante el que quiera cantar. Que salte el que su cuerpo y su ánimo lo permita. Nada es peor que a uno le impongan una emoción que a uno no le nace. Eso redobla nuestros sufrimientos.

Muchos dolores humanos y torceduras de corazón no se resuelven con decoraciones, ni villancicos, ni buenos deseos, ni regalos costosos ni mensajes de ángeles. Lo sé bien. En muchas ocasiones sufrimos legítimamente de lo que llaman adenomia, que es una apatía para hacer las cosas. Nadie debe forzarnos a sonreir porque nos saldrá una mueca horrorosa en la cara. Nadie debe violentarnos.

Pero lo que sí planteo es entrar por sí mismo a la Navidad con la delicadeza de la escena del pesebre. No tener que cambiar de ánimo, pero sí recordar que existe Esperanza. Dios no es un Dios de ilusión, sino, primordialmente de Esperanza. Es una compañía real a nuestros propios pesebres, a nuestras propias pobrezas y carencias. Acercarse al acontecimiento en silencio profundo. Saberse amado, comprendido, acogido ya no desde el Cielo lejano; sino, desde el Dios encarnado que se ofrece a cada uno de nosotros.

Si quieres llorar, llora. Si quieres ausentarte de las lucecitas y de los abracitos corteses, hazlo. Si prefieres la melancolía, quédate con ella. Pero aloja en un rincón de tu memoria y de tu corazón el mensaje de la Esperanza. Que esto que vives y sufres, pasará. Y lo mejor de todo y que sí puede ser motivo de una alegría misteriosa es que cuando los hombres fracasamos, Dios no. Que cuando los hombres nos fallan, Dios no. Cuando los demás no están, Dios Sí.

Habrá que tenerlo en cuenta, ¿No?

jueves 2 de diciembre de 2010

Nos tienes esperando




Tú, Dios del tiempo nos tienes esperando.
Quieres que esperemos el momento
justo para descubrir quienes somos, dónde debemos ir,
quienes nos esperan a nosotros y qué debemos hacer.
Gracias... por el tiempo que nos concedes para esperar.

Tú, Dios de los espacios nos tienes mirando.
Quieres que miremos en lugares buenos
y en lugares inciertos para ver si hay señales de esperanza y gente desesperanzada.
Para ver si hay señales de un mundo mejor que puede brotar.
Gracias... por el tiempo que nos concedes para mirar.

Tú, Dios y Amor, nos tienes amando.
Quieres que seamos como Tú: que amemos a las personas que no tienen amor,
a las que son imposibles de amar, que amemos sin celos ni amenazas,
y, lo más difícil de todo que nos amemos a nosotros mismos.
Gracias... por el tiempo que nos concedes para amar.

Y en todo esto nos guardas.
Ante las preguntas difíciles que no tienen respuestas fáciles,
cuando fracasamos allí donde esperábamos triunfar,
cuando nos aprecian allí donde nos sentimos inútiles.
Y, pacientes, soñadores y amando,
con Jesús y su Espíritu, Tú nos guardas.

Gracias... por el tiempo que nos concedes para aguardar.


miércoles 1 de diciembre de 2010

Ser un mejor hijo

Solté una colosal carcajada cuando Toñi me comparó con Jesús, especialmente al considerar que tengo tan cerca a mi papá y mamá, quienes, según ella, harían bien las veces de la Virgen María y el buen San José, y los tres conformaríamos una variedad de sagrada familia.
 
Hace un momento he regresado de cenar fuera con ambos. Y entre risitas y una buena dosis de remordimiento, después de haberme pasado quejándome y mostrando mi fastidio por sus limitaciones propias de sus años y por sus torpezas, compruebo, que no soy el piadoso ni ferviente hijo que Jesús habría sido con sus bien escogidos padres.
 
Les juro que quiero ser más tolerante con ellos, ser más mimoso, más indulgente y paciente. Al segundo de haberles contestado mal, de exasperarme con alguno de sus desaciertos y de irritarme inusitadamente, quisiera correr hacia alguna fosa fría y dentro de ella, echarme a llorar desconsoladamente.

 
Tengo pues, una pendiente e inaplazable súplica para que me perdonen por todo lo que no llego a ser para ellos. Estoy siendo un mal hijo. Y no estoy dramatizando mis circunstancias. Todo lo contrario, constato que tengo una asignatura pendiente. Hay aquí un amor incompleto e imperfecto.
 
Y no podré ser plenamente feliz si no cambio en esto. Si no corrijo inmediatamente mi aborrecible y muchas veces repetido proceder; si no freno ya, mis arrebatos.
 
No es una cuestión de sentimientos. Los amo con locura infinita. Ellos puntean cada uno de mis latidos y guarecen mi sentido esencial de vivir, son mi escudo contra el pesado universo que a menudo se desploma encima de mí.
 
Pero bien lo dijo San Pablo (Romanos 8:19): Hago el mal que no quiero.
 
Por eso, acudo a Dios para que afine mis actos exteriores con los de mi corazón, para que encarrile mi voluntad, suavice mis gestos, apacigüe mis raptos de impaciencia y mis involuntarias fluctuaciones. No quiero perder de vista, la pobre pero resplandeciente sagrada familia de Belén. Aspiro su equilibrio y su candor.
 
Si Jesús no es mi inspiración y salvador, ¿quién entonces lo será?
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