Con un resfriado encima en este mismo instante que me impide concentrarme y recordar como quisiera, deseo lanzar al espacio -con la menuda ilusión que pasará a leerme por aquí el buen Jesús recién llegado a la Tierra- unas breves conclusiones sobre el año que termina. Lo haré sin ningún orden cronológico ni de importancia. Simplemente con ese orden aleatorio que proviene del corazón abierto.
Me rehúso a calificar este año como bueno o malo. Es al fin y al cabo, un año más de vida. En general, un año en que los minutos vinieron cargados de asonancias poco triunfales de trompeta. Pero misteriosamente fueron esculpiéndome hasta convertirme en otra especie, hasta lustrarme dolorosamente para sacar nuevos brillos. Se abrieron nuevas ventanas, a veces empañadas pero que me hicieron ver paisajes hasta entonces desconocidos.
Hacia el comienzo y mediados de año, realicé unos viajes que se suponía serían de placer grandioso y terminaron ser simples itinerarios a parajes incógnitos e capciosamente instructivos. Un encuentro con mis soledades de siempre, un enfrentamiento con mis limitaciones y temores. Cartagena del Sol y Trujillo de la noche oscura.
Mi trabajo cabalmente cumplido a pesar de mis molestias y desganos, a pesar de mis malos humores y madrugadas opacas.
Varias enfermedades muy serias de seres amados que por negarlas u obstruirles espacio a mi memoria no desaparecieron de mi insistente preocupación o me dejaron de perturbar. Sí, he llorado mucho a solas. Busqué consuelo y no lo encontré. Ha habido mucho miedo y desesperación. Impotencia y vulnerabilidad. La muerte voló y voló alrededor de mis días helándome y dejándome sin reconocer otros colores que no desaparecieron nunca.
He vivido estremecido desde el amanecer hasta la noche última. Construyendo muros y resguardos ineficaces. He sido mi peor adversario. Me he hecho mucho daño cercándome dentro de barricadas alimentadas por mi mente voladora y mi incapacidad para pedir auxilio. El peor daño es la nada. Ese vacío incontenible. Ese hoyo desesperado.
Pero Dios aprieta pero no ahorca. Dios permanece en silencio pero procede. Es sutil. Ama a su manera. Interviene mientras dormimos. Mientras no nos damos cuenta. Y envolvió mi débil existencia de estrellas aparentemente apagadizas, lejanas pero que iluminaron mis pasos para no caer al fondo más hondo. Son mis titanes tiernas y devotas. Mi aceite grácil y aromático que mantuvieron encendidas mis antorchas.
Sólo quiero mencionarlas porque sus nombres bastan para lanzar al espacio mi incontable gratitud. Dos mujeres fuertes. Dos manos suaves. Dos voces orantes. Dos corazones absolutamente incondicionales. Dos vitalidades que sostuvieron nervio a nervio, mi frágil cobijo a punto de derrumbarse. Dos muestras concretas de que Dios no se olvidó de mí.
Magda y Toñi: ¿Cómo perder, estando ustedes a mi lado, la sensación y certeza de que Dios abraza y acompaña físicamente? Ustedes dos, me alimentaron, me bordearon, me aguantaron y avivaron, me oxigenaron, me hicieron mejor la vida de este 2010 que mañana despido.
Adios año.








































