2. Y sobre los tan cuestionados besos gays "en contra de la homofobia" que se profirieron parejas homosexuales en el atrio de la Catedral de Lima tengo que decir lo siguiente:
Categóricamente sí, condeno toda utilización de la fuerza física, de la violencia, como la que se profirió en contra de los "besadores" del mencionado incidente, especialmente por parte de quienes están encargados de guardar el orden público pacíficamente y defendernos en la ciudad. Hubo delitos cometidos por parte de la policía y se tienen que castigar. Eso está claro.
Sin duda, considero que tenemos todo el derecho de manifestar nuestra afectividad donde queramos. Todo beso es bienvenido. Al que no le gusten los besos públicos, tiene un serio problema con sus emociones. Y la mayoría de la opinión pública peruana respetable, ha concluido así, que tal derecho es inalienable y que mucho menos se ha tratado de una falta o una ofensa contra las buenas costumbres. Al unísono se ha escuchado un NO rotundo en contra de la discriminación.
Pero el incidente decantó en una pregunta que yo mismo me hago ahora: ¿Vale la pena provocar, llamar la atención, azuzar susceptibilidades públicas? O también: ¿Se obtiene alguna efectiva conquista para nosotros, las minorías sexuales, organizando este tipo de eventos?
Mi respuesta es No. Respeto aquellas personalidades que aguerridamente salen a las calles con cacerolas y pancartas a producir reacciones. Pero permítanme decirlo, no creo que se consiga más que avivar innecesariamente fuegos y encrespar mentes adoquinadas. Los conservadores, los intolerantes no van convencerse de nada ni cambiar, todo lo contrario, endurecerán sus posiciones y asentarán sus intransigencias.
Prefiero irme por lo sereno, lo más artero, lo inteligente. Para mí, es preferible demostrar que somos iguales dentro de lo natural y despejado. Vamos a conquistar una atmósfera de igualdad y respeto, cuando se vea que somos iguales y respetuosos de aquellos individuos que piensan y actúan diferente a nosotros.
Yo, no necesito besarme premeditadamente con otro hombre en el atrio de un templo católico para sentirme parte de la ciudad o para ganar estatus de ciudadano. Estoy en desacuerdo con aquella palabra "Visibilidad" tan utilizada en el colectivo LGTB. Saldré a besarme cuando tenga que hacerlo, cuando mi emoción lo quiera y mi corazón me lo reclame.
Me aprecio y valoro por mí mismo. No requiero de una aprobación social ni mucho menos de los que considero desfasados y mostrencos. Allá ellos, los que ofendiera con mis besos o cualquier otra manifestación espontánea de mi forma de ser.
Yo no me beso donde desvalorizan mis besos. Yo no me beso en la puerta de un colegio de primaria para que me vean como bicho raro. Yo no voy donde no me quieren o no entienden. Yo no proclamo el evangelio en una discoteca de ambiente. Yo no me baño en ríos de aguas turbias. Yo no fuerzo a nadie a que me acepte, pues me basta con que me haya aceptado yo.
Finalmente creo que desde arriba y en medio de toda esta batahola, Dios se ha estado riendo de los dos bandos protagonistas, de los que ante cámaras de televisión exponían sus bocas entreabiertas y de los que, rosario en mano, rezaban escandalizados y declaraban, también ante los medios de prensa, que dichos besos satánicos se trataban de una señal más del próximo fin del mundo.
Mientras tanto, yo, busco alguien con quien protestar…

















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