Hay veces que me provoca escribir sobre algunas actitudes de mis alumnos. Hoy lo haré:
Anoche, luego de entregar los resultados de una evaluación mensual, uno de ellos se me acercó al final de la clase, con un tonillo ligeramente temerario, con una mano en la cintura y me dijo:
- Profesor, ¿Por qué me ha puesto 01 sobre 20?
Me contuve la risotada en verdad, porque me picaba decirle mordazmente que sería porque se lo merecía por asno o por ser una calamidad como estudiante. Aspiré, y con una sonrisa cortés, le pedí su prueba escrita para revisarla juntos.
Inmediatamente se lanzó con una retahíla de argumentos, como que ahí estaba lo que se solicitaba en la pregunta, que él era conciso, que le gustaba ser preciso, que no había tenido más tiempo para estudiar…
Y en una circunstancia como esta, la verdad, lo que menos me importa es la nota que tiene. Lo que me atañe en ese momento es evaluar ya la actitud que muestra el alumno ante una falta, ante un resultado adverso, ante su propia falla. Era sin duda, un examen bochornoso, pobrísimo, colmado de frases sin sentido y totalmente apartadas del tema requerido, arrojadas al azar, con la única intención de llenar el vacío y probar suerte.
Prefiero, más allá de una reconsideración en la nota, que manifieste otra interpretación de lo sucedido. Era evidente que no había estudiado ni preocupado en leer sobre el tema. Y eso tenía que reconocerlo él mismo.
Seguramente yo en varios momentos de mi vida habré hecho lo mismo: Habré tenido la certeza que estaba equivocado, que el error era del tamaño de un hipopótamo y persistido insensatamente en encontrarle una pizca de verdad a mis acciones. Me habré justificado tercamente. Me habré aferrado a mil pretextos para no encarar mi propia falencia, mi propia irresponsabilidad o mi propia inexactitud.
Pero qué importante para un desarrollo personal es reconocerse y examinarse. Los resultados saltan a la vista, están ahí para abrir cerebros y rescatar el entendimiento y hasta el alma, para inyectar humildad y señalarnos el camino de salida, la reparación, la sanación.
Creo que la vida nos evalúa diariamente y podemos sacar la lección maravillosa, re-encaminarnos y mejorar. Simplemente eso: mejorar a partir de las metidas de pata y las culpas reconocidas.
Después de una pregunta, el alumno se marchó en silencio. Quizás odiándome, quizás agradeciéndome, quizás más confundido que nunca, no lo sé. Lo único que le enuncié fue:
- Dime, después de este reclamo tuyo sin resultados favorables -ya que no le aumenté ni medio punto más- ¿ha mejorado tu desempeño y virtud como estudiante o como persona?
Y yo, también terminé cuestionado…

















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