Hace semanas le debía un post a mi psiquiatra. Sé que ella me lee…
Hace varios años atrás, cuando accedí ir a una cita con ella a tanta insistencia de mi prima Maritza quien me conoce bien y quien me notaba por mi estado de ánimo y falta de energía vital, que necesitaba ayuda especializada, la vi por primera vez; aunque debería decir que sobre todo, ella me vio .
Apenas entré a su consultorio me recibió con una amplia sonrisa como si ya nos conociéramos de años atrás o de alguna otra dimensión. Me hizo dos preguntas rutinarias y sigilosamente, con dos o tres frases sueltas sobre lo que advertía en mí, fue como si recibiera un bálsamo misterioso. El diagnóstico era infalible: depresión.
Ya lo he escrito alguna vez y para quienes aún mantienen un prejuicio o un desconocimiento sobre el tema de lo que es este transtorno, todo se resume a una descompensación química en el cerebro.
Muchos amigos míos se asombran de la apertura descocada con que hablo de mi depresión. No están muy acostumbrados a que alguien se exponga a que lo llamen perturbado o loco. Yo, al contrario, me gusta escribir sobre ello porque me dispone a ser agradecido y justo con la ciencia, con los mil caminos que Dios tiene para sanarnos y también me permite atestiguar que nos rondan ángeles de mil nombres y oficios que llegan a nuestra vida para salvarnos y recuperarnos del infierno y la nada.
Hace un par de meses tuve que recurrir a mi muy apreciada doctora por una evidente recaída. Me dio un abrazo igual de cariñoso a pesar del tiempo transcurrido. Apeló a su memoria afectiva. Me miró a los ojos, pero sé que simultáneamente me miró el alma. Me recorrió los mil conductos invisibles que conectan el corazón con la mente. Me mimó y con naturalidad, sabiduría y ternura me dijo:
- No quiero que estés así. No es justo para nadie. No quiero verte desgastado. Te quiero como eres en verdad: feliz, vital y bello. Así que, en dos semanas verás, volverás a la vida de siempre…
Y fue así. Día a día. Pastilla a pastilla. Paso a paso. Poquito a poquito, las obstrucciones fueron destrabándose, mi sangre llevó a mi cerebro maltrecho, nutrientes que habían estado desorientados, mis ojos recobraron luminosidad, mis músculos se irguieron, me regresó la sonrisa llana, el futuro se reanudó, la noche se acortó, los sabores reaparecieron. La vida llena de matices se restableció. Y yo, nuevamente me sentí.
Siempre llego a la misma conclusión. Los tratamientos médicos para las enfermedades que sean, son más efectivos y seguros con amor del bueno, con caricias materiales e intocables, con paciencias y energías de quienes nos aman de mil maneras.
Gracias Martha.

















1 comentarios.:
"La mejor relación no es aquella que une a personas perfectas, sino aquella en que cada individuo aprende a vivir con los defectos de los demás y admirar sus cualidades".
Te admiro, querido Vicho.
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