viernes 20 de mayo de 2011

Vivir no es un juego de azar


Unos lugares que me parecen inaguantables son los casinos. Puedo entender que esporádicamente alguien desee probar suerte, entretenerse, jugar. Pero otros casos muy diferentes y graves son aquellos que por vicio o codicia, como conducidos por un impulso obstinado pierden toda voluntad ante sus propios actos. Apuestan hasta los calzones. Sí, es una ludopatía, una enfermedad de nuestros tiempos modernos.



Dios me libre de esta patología que se asoma no sólo dentro de estos locales luminosos de apuestas. Es sumamente humano y por tanto frecuente, el empecinamiento y la fantasía de creer que en un golpe de suerte y con una fuerte dosis de pertinacia, se van a resolver todos los problemas de la vida.

No sólo es un efugio fugaz. Esta actitud puede convertirse en un estilo de vida.

Mujeres que invierten años, energía y delirios personales perseverando en una relación afectiva que en los hechos, las lastima y las mantiene en desgracia casi eterna. Siempre viven ellas con la ilusa especulación que sonará un timbre al azar anunciándoles que han ganado y que todos sus problemas de amor se han arreglado. Todo porque creen que han gastado su vida misma y serán recompensadas.
Hombres que se niegan a renunciar a sus trabajos y mil ocupaciones que por mucho tiempo los ha desgastado y fatigado. Imaginan que al final, todo se compondrá. Mientras tanto, persisten, aguantan con la insólita ilusión que el destino se apiadará de ellos y los rescatará de su infortunio y miseria.
Mujeres y hombres que llevan cruces pesadísimas, que sobreviven como víctimas flageladas por sus circunstancias, confiando que ese sacrificio tendrá una condecoración mística, que un premio está aguardándoles al final del calvario.

Desprecio esta actitud de vida. Lo repito, Dios me libre de esa patología, la de tomar la existencia como una sesión de poker. Prefiero el hoy y ahora, el reconocer que soy el conductor de mis decisiones por muy erradas que sean. No creo en el azar. La fatalidad no es una estación de vida, es más bien, una lección en potencia y una oportunidad para decir -¡basta!- y a otra cosa, mariposa. No vivo echando los dados. La suerte es una quimera. Opto por mi débil, pero real voluntad, por mi esfuerzo vulnerable y por la santísima Providencia que me reserva lo prometido. Bien dice el mismo Dios:

"Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque el Señor tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas." 
Josué 1:9 

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