miércoles 22 de junio de 2011

Empieza a ser mi Jean - I

Era preciso averiguar por qué me miraba con tanta insistencia. ¿Qué era lo que veía en mí? Yo  me hallaba ahí como un comprador más que arrastraba un carrito por los pasillos del supermercado. En el área de las carnes se ubicó a mi lado. Me detuve a revisar las cualidades del shampoo que estaba rebajado y él llegó. Fui a coger pan recién salido del horno y se detuvo a un par de metros de distancia.

Hasta que  cruzamos miradas y parecimos esos perros que en un parque, emprenden el fugaz ritual de identificar si el otro podría ser un espécimen para un inminente apareamiento. Había que acercarse, olfatearse y comprobar con esas sustancias invisibles si se trataba de un macho, una hembra o un “ambos” a la vez.
                                    
No había de qué preocuparse. No podía ser un rufián camuflado. Mi séptimo sentido me lo aseguraba. 

Jean C. tiene ese aspecto relajado, con el fondillo del pantalón bastante holgado y zapatillas gastadas, el cabello desordenado y algo más crecido que lo tradicional, los ojos pequeños pero avispados, la sonrisa ligera y el ceño encogido, la piel de sus antebrazos descubiertos lucen ese color de los pastelillos untados con dulce de leche y los labios lustrosos gracias a una lengua siempre descubierta buscando humedad y compañía. Pero a pesar de esa fachada de surfer provocador, expulsa un aire angelical y sencillo.

En la caja registradora pude notar que él también había terminado de hacer sus compras. A la salida y dirigiéndome a la vereda central de la avenida Pardo, miré de reojo por detrás y quise creer que estaba dispuesto a seguirme. Avancé un par de cuadras con el corazón agitado, fantaseando ambiciosamente que una voz ronca me abordaría intrépidamente. Sin duda se trataría del mágico pretendiente que el invierno limeño me tendría reservado desde toda la eternidad y que habría dejado su traje de gala y su corcel en el palacio y se habría camuflado con ropa urbana para despistarme. Mi imaginación me decía que luego de ese aparentemente casual encuentro en el supermercado, de la dulce asechanza y un romance enardecidísimo, él se convertiría en mi consorte con el que viajaría a  pasear por la India e Indonesia   hasta nuestra vejez.



0 comentarios.:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
VICHOESCRIBE ENTRE LOS MEJORES 20 BLOGS PERUANOS
Cerrar