lunes 27 de junio de 2011

Empieza a ser mi Jean - III


El sábado último eran las siete de la noche y una palabra empezó a perforarme insistentemente la cabeza: -sal, sal, sal- No se refería al condimento. Se trataba del recordatorio de las instrucciones dadas por mi psicoanalista, quien me ha indicado que empiece  en este momento de mi vida una época de maniobras destinadas a segregar adrenalina. Algo así como hacen los soldados después de haber permanecido mucho tiempo en sus cuarteles de invierno. Algo parecido a prepararse para la guerra aún cuando se esté en tiempos de paz y salir a perfeccionar destrezas con el rifle antes que se oxide, lubricarlo y mantener el estado físico y mental.

Había quedado en llamar a Jean para coordinar alguna salida tranquila a tomar algo, -sólo vino por favor-, o a comer en esos restaurantes donde la gente tiene más de cuarenta años y come en platos gigantescos con raciones pequeñísimas. Pero la propuesta fue diferente y clara: salir a experimentar nuevas emociones. Excederse. Salir de madre. Romper monotonías. Vivir la vida loca. Vivir la noche de locas.

Una tarde saqué a la Pulguis a pasear por la Avenida Pardo. Ella, que estaba de visita y que le gusta la calle como buena perra que es, sería mi excusa ideal para rondar el edificio de mi fichado pretendiente. Me senté en una banca y gracias a la correa extensible se dedicó a olfatear los jardines aledaños. Mientras tanto yo, crucé los dedos y me dediqué a esperar. Si los astros lo consentían, él aparecería.

Transcurrieron cuarenta minutos, empezaba a morirme de frío, a perder las esperanzas, la Pulguis ya no tenía más líquido para orinar y en eso, lo vi salir por la puerta principal del edificio. ¡Eureka!. Cruzó la calle y parecía dirigirse directamente hasta mí. Cruzamos las miradas. Escuché una sinfonía. Unas mariposas volaron dentro de mi estómago. Iba a sonreírle para que supiera que lo esperaba desde hace cien siglos y de pronto, sacó su celular del bolsillo, contestó una llamada y siguió de largo.

La noche fue quimérica. Fuimos mucho más que dos. Recorrimos el centro de Lima sin importarnos la llovizna ni las calles peligrosas. Cruzamos todo tipo de gente. Husmeamos vidas noctívagas. Inhalamos vicios. Y lo mejor es que no sentí miedo. Su compañía me blindó contra la melancolía invernal, me guarneció como siempre he deseado.

Y al final, en cuatro paredes desconocidas nos apoderamos uno del otro. Un sinfín de emociones amaneció arropado entre las sábanas oscuras.

He empezado a salir como lo prescribió mi psicoanalista. Jean me restituyó una placidez que había perdido en los vericuetos de mi aislamiento y mi aburrimiento.

No importa que haga frío, hoy volveré a salir.



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