Y sucedió una medianoche en que conducido por un mandato insólito, revisé mi facebook. En una foto en la que habían etiquetado a un amigo asomó lo que esperaba. Se abrieron un par de nubes y tras ellas, como un sol radiante, en la escena de un grupo sonriente de hombres que posaban en un restaurante, estaba él. El mismo personaje del supermercado, el mismo que cruzó la avenida Pardo observándome con una mueca enigmática y el mismo que los últimos días venía acribillando mi curiosidad y mis ansias. Ahí estaba su nombre y la feliz posibilidad de tomar contacto con él.
Cavilé durante cinco minutos. Empecé a escribirle un mensaje privado. Por un instante me quise cohibir pero inmediatamente seguí el consejo de los años: No perdía nada. Lo peor que pudiera ocurrir sería que no me respondiera o que me creyera un trastornado o que no le gustara mi arresto o que me mandara a la mierda. Pero también estaba la otra parte a considerar: Me podría contestar.
Así lo hice. Redacté una nota breve haciendo referencia al amigo en común que teníamos y a las coincidencias de los últimos días. Medité cada palabra. Definitivamente estaba siendo un atrevido, pero qué mierda. Y le di Send.
Ahora se trataba de esperar que me aceptara como amigo y que al cabo de un par de días, por lo menos apareciera alguna respuesta con una monosílaba o una brevísima señal informándome que por fin el destino estaba armando el choque de dos astros. El big bang universal en el frío distrito de Miraflores.
















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