domingo 10 de julio de 2011

Empieza a ser mi Jean - VIII



He tomado un poco más de lo acostumbrado. Tres vodkas tonics para ser exactos. Estuvieron supremos. Consiguieron desinhibirme como lo tenía planeado. Ahora es las 4:45 de la mañana. Acabo de llegar a casa procedente de una luctuosa pero divertida discoteca del centro de Lima. Pensaba escribir mañana al despertarme pero me ha ganado la agitación y la desconfianza de que la sensación presente desapareciera al dormirme y perdiera esa sustancia que estoy a punto de detallar.
                     
Jean me vuelve literalmente, loco. Ese endemoniado perfume que se echó encima, como una maligna bocanada de un metal desvaneciéndose en un humeante crisol, me embriagó más que los tres vasos que bebí. Me descompone. Sus ojos pardos en medio del recinto ensombrecido me han dejado ciego. No puedo ver las cosas como son. Todo está difuso. Al tratar de examinarme desciendo a un mar irreconocible. Este mundo no lo conozco. La respiración se ha convertido en estertores.

Sus brazos rodeándome la cintura, sus manos intempestivamente acariciándome el dorso empapado mientras bailábamos, su aliento inflamándome las venas  me han dejado trabado. No puedo calmarme. Estoy alterado. Sería imposible conciliar el sueño.

En un momento, mientras el tuntún de una canción de Bob Sinclair me estaba dejando además de sordo, inhabilitado para gritarle qué es lo que quería en realidad, simplemente resolví tomarlo de la mano y lo jalé hasta la salida de escape. Empujé la enorme puerta de vaivén con la mandíbula y luego de recibir en el rostro la corriente helada de la calle, rodeé su cuello con mis brazos y desaparecí en un infinito beso. Ante la mirada de unos curiosos peatones nocturnos, no podía detener mi mortal atentado. Perdí la razón. Estaba a punto de devorármelo. Había atravesado el borne de lo humano. Me había convertido en un vampiro hambriento a punto de amanecer. Quería dejar todo consumado allí mismo. No podía esperar.

¡ Aguanta, Jean, aguanta !

Felizmente mi prudentísimo Jean me hizo reaccionar con un par de movimientos destemplados y con dos frases sopladas en voz muy baja que no entendí muy bien, pero que me devolvieron bruscamente a la realidad. Menos mal que me detuvo. Interrumpió su propio asesinato.
                                                                      
Caminamos un par de cuadras hasta la playa de estacionamiento sin alarmarnos de lo peligroso que es esa zona ni de las veredas resbaladizas. Nos atendió una señora adormitada. Jean pagó con un billete de diez soles y a los pocos minutos estábamos solos dentro de su automóvil. Las lunas polarizadas encubrieron celosamente lo que dos fieras hambrientas y ansiosas pueden hacer cuando han estado expuestas a los aromas de la carne cruda y jugosa.

Barriga llena, corazón contento. Un cuerpo satisfecho después de morir engullido. Una voracidad complacida. Una enajenación anestesiada. Un cadáver que se va a dormir. Hasta mañana.                                                    
                      

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