viernes 5 de agosto de 2011

Empieza a ser mi Jean - IX


Llegó el jueves esperado en el Aeropuerto de nombre raro -Toncontín- y después de esperarlo más de la cuenta con un calor insoportable, por fin, lo vi aparecer cruzando una puerta de vidrio. Ahí estaba, con un maletín de cuero al hombro y esa sonrisita indescriptible que puede derretir Groenlandia enterita.

No me importó nada ni nadie, aún menos teniendo en cuenta que ahí en ese destino recóndito, nadie podía reconocerme; me colgué reciamente de su cuello, le acaricié el cabello desordenado y debo confesarlo, me sentí una mujer. ¡Qué chucha! Por dos milímetros, no le di un beso feroz, grosero y prolongado. Era lo que me había propuesto, no calificarme, no mirar a mi alrededor, no medir consecuencias insignificantes. Sólo quería complacer mis apetitos contenidos y mis fantasías cohibidas de siempre; deseaba tirar al diablo mis composturas y sentir la velocidad como en un escape con el pie clavado en el acelerador.

Había mucho por preguntarle pero preferí relamer el instante: carcajadas sin sentido, recorridos por carreteras desconocidas hacia la costa norte, la búsqueda de un hotel escondido después de decidir que sería Roatán la playa que nos acogería en esos cuatro días.

La primera tarde fue como lo soñé. Un ventanal abierto con cortinas de tul, un aroma sutil a mar, una cama resistente y la pronta desnudez de nuestros cuerpos. No necesitaba nada más. Ese era el paraje que había anhelado y que no aparecía -gracias a Dios- en ningún anuncio publicitario de turismo. A solas sólo me rodeaba una geografía plana que por instantes se volvía empinada y agreste, una humedad que inundaba hasta el alma, una dulzura inacabable que bullía y bullía cada vez que me acercaba a su boca semiabierta, una magia que no se anunciaba en ningún itinerario de todo el caribe hondureño.

Apenas pisamos las playas soleadas y ardientes. Era suficiente con el calor de nuestros cuerpos afiebrados de exaltación y borrachera natural. Preferimos un paseo por las populares islas de la bahía, bucear al amanecer, el crepúsculo dorado, las sombras y el frescor de nuestras zalamerías infantiles. Nuestra intimidad y transparencia retrataban las aguas del océano y aquellas, fueron legitimadas por unas fisgonas palmeras que asomaban por el balcón y la visión lejana de las hermosas montañas de Jutiapá. Saboreamos la famosa Sopa de Caracol, pero nada se acercaba a la exquisitez de nuestros besuqueos y banquetes a solas.


  continúa

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