Fue perdiendo su brillo, sus movimientos ágiles, su locuacidad y lo peor de todo, entre todo lo que le caracterizaba, su carcajada. Los médicos, esos seres rígidos y parcos que nunca entendí ni entenderé, le diagnosticaron una enfermedad supuestamente controlable, pero luego fueron apareciendo otra y otra y otra. Mientras tanto, día a día, iba perdiendo, ante mis ojos ahora más tristes que nunca, a mi amá amada.

Algo dentro me decía y explicaba silenciosamente qué era lo que pasaba. Pero yo, que soy extremadamente racional y que tengo mil maneras para defenderme de lo incontrolable, me negaba a ponerlo en palabras. La extraña y brutal sensación aparecía a cada instante, como el anuncio del inicio de un certero viaje sin retorno.
Por ratos sí lloré, temblé y mi estómago, este órgano tan impresionable que tengo, fue preparando día a día un espacio enorme y vacío para hospedar mis crecientes angustias. Sin embargo, nunca dejé de hacer lo que debía hacer ni lo que mi amortiguado corazón me solicitaba hacer.
La mimé con locura. Suavicé mis dedos para tocar sus pies hinchados y cansados. La ayudé a vestirse. Vigilé con puntualidad sus medicinas. Me acosté a su lado. Asistí nervioso a todos sus exámenes médicos. Cociné dietas especiales, decoré platillos, le di de comer en la boca. Busqué frenéticamente actividades simples que la distrajeran. La ayudé a ponerse de pie en caídas estrepitosas. La abracé con miedo y ternura. Endulcé sus tardes con chocolates sin azúcar. Toqué sus manos tibias para abrigar un poquito las mías. Acomodé su cabello desmejorado. La arropé por las noches. Traté y traté de mantenerla animada sin lograrlo. Le pregunté cada media hora cómo se sentía. Respeté y soporté su silencio aterrador. La contemplé como un sol radiante sumergiéndose en el mar. Le serví de interlocutor. Cuidé sus sueños. Le prometí y aseguré que se curaría.
Y no fue así. Día a día, ella, su salud y su vigor decaían más y más. Mientras tanto yo, asumí que el curso intensivo de amor tangible que la vida me estaba deparando, indefectiblemente se había iniciado.
















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