Por años -ustedes son testigos- he escrito, pensado, cantado y conversado sobre
Pero hoy tengo que contentarme de saber que todo eso no era
solamente una tesis intelectual o un sedante sin alcance profundo. Ahora que
las contusiones duelen, que las espinas de la muerte se han hundido cruelmente,
que el vacío es helado e irreparable, he evidenciado que la
Fe es algo cierto, logrado y misteriosamente útil. Ésta me ha
respondido las preguntas que nadie puede responder. Ésta me ha perfilado una
puerta de escape en medio de las tinieblas, le ha dado un sentido a lo indescifrable,
me ha sostenido enérgicamente al borde del precipicio para no caer.
La muerte de una madre no es algo que se pueda tragar como
un sorbo de jarabe amargo. Es una experiencia desgarradora de larga duración. Un viento apocalíptico
que rompe la noción del tiempo y del equilibrio. Descalabra y marea. Nubla la mirada del futuro. Cierra la
razón. Borra la ilusión. Decolora el paisaje. Detiene el movimiento de rotación
y de la mente. Pero recónditamente, aparece la postergada Fe.
Con una presencia incognoscible de Dios o como quieran
llamarlo, reaparecen modestamente las
certezas de que hay algo más allá de esa muerte. Esta deja su carácter de
maldición para empezar a ser una realidad aceptable y sabia. Se prenden
diminutas lucecitas. Se reanima la respiración. Se calman las tormentas
interiores. Las aguas de la vida van deponiendo esa cortina de turbiedad.
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Dios abraza desde el vacío. Coge la mano para no temer a que
la ausencia se agigante, insufla vida después de esa vida que parecía consumida.
Habla sin palabras. Consuela súbitamente. Permite el breve amanecer a la
medianoche del duelo. Enjuga lágrimas y esas cascadas de arrolladora melancolía.
Bendita sea la
Fe que devuelve la vida. Bendita sea por sostener nuestra
debilidad y agotamiento producida por el dolor, por darle sentido a nuestra
mortalidad, por aplacar nuestra impotencia. Por darle atisbos de Dios a nuestra
delimitadísima humanidad.

















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