miércoles 5 de octubre de 2011

3. Van volviendo los colores tras la muerte





Por años -ustedes son testigos- he escrito, pensado, cantado y conversado sobre la Fe. Sin embargo, de cuando en cuando me asaltaba la idea de que sólo fueran palabras. Tenía miedo que sólo fuera un discurso repetitivo sin carne, sin aplicación en la vida diaria.

Pero hoy tengo que contentarme de saber que todo eso no era solamente una tesis intelectual o un sedante sin alcance profundo. Ahora que las contusiones duelen, que las espinas de la muerte se han hundido cruelmente, que el vacío es helado e irreparable, he evidenciado que la Fe es algo cierto, logrado y misteriosamente útil. Ésta me ha respondido las preguntas que nadie puede responder. Ésta me ha perfilado una puerta de escape en medio de las tinieblas, le ha dado un sentido a lo indescifrable, me ha sostenido enérgicamente al borde del precipicio para no caer.

La muerte de una madre no es algo que se pueda tragar como un sorbo de jarabe amargo. Es una experiencia desgarradora de larga duración. Un viento apocalíptico que rompe la noción del tiempo y del equilibrio. Descalabra y  marea. Nubla la mirada del futuro. Cierra la razón. Borra la ilusión. Decolora el paisaje. Detiene el movimiento de rotación y de la mente. Pero recónditamente, aparece la postergada Fe.

Con una presencia incognoscible de Dios o como quieran llamarlo,  reaparecen modestamente las certezas de que hay algo más allá de esa muerte. Esta deja su carácter de maldición para empezar a ser una realidad aceptable y sabia. Se prenden diminutas lucecitas. Se reanima la respiración. Se calman las tormentas interiores. Las aguas de la vida van deponiendo esa cortina de turbiedad.



La Fe va abriendo lentamente la tierra cuarteada y reseca y una pequeñísima cepa verde aparece extendiéndose como señal de que la vida continúa.  Algo va creciendo y ascendiendo y descendiendo. El espíritu apagado se abre a la luz aún endeble. Se deshiela el ánimo entumecido.
               
Dios abraza desde el vacío. Coge la mano para no temer a que la ausencia se agigante, insufla vida después de esa vida que parecía consumida. Habla sin palabras. Consuela súbitamente. Permite el breve amanecer a la medianoche del duelo. Enjuga lágrimas y esas cascadas de arrolladora melancolía.

Bendita sea la Fe que devuelve la vida. Bendita sea por sostener nuestra debilidad y agotamiento producida por el dolor, por darle sentido a nuestra mortalidad, por aplacar nuestra impotencia. Por darle atisbos de Dios a nuestra delimitadísima humanidad.  
                                                                             


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