Ingresó un día lunes a Cuidados Intensivos. Fue entonces la fiel y tristísima comprobación de que el final, su final, nuestro final, se acercaba. Al mirarla, no la vi; era otra persona o una parte mínima y poco representativa de lo que mi mamá significaba para mí. Se trataba de un cuerpo inerte con mínimos signos vitales, casi sin vida; de un espíritu emprendiendo su proceso de ya deseado rescate.
Al entrar y detenerme al lado de su cama, mordiéndome los
labios y la desesperación, me dediqué a hablarle al oído. Con intimidad y
ternura, con imperiosa serenidad y esforzándome por transmitirle mi amor hecho
palabras, pude aguantar esa escena tan temida durante toda mi vida, la de una
madre agonizando de la mano de su hijo. Me acurruqué por breves segundos sobre
su cuello y me impregné de su aroma, el de siempre, y con su temperatura, la que encendía mis inviernos. Se los arranqué
sutilmente a la eternidad.
Puedo agradecerle al Cielo que no lloré delante de ella. Me
sintió, en medio de su inconsciencia, de pie, sostenido y templado, tal como a
ella le hubiera gustado verme.
Eran los últimos momentos de lo que los médicos llaman Vida.
Pero para nosotros dos, era el inicio de un camino inédito y virtuoso. Se
cerraba un ciclo de amor material, de piel contra piel, de sensaciones comunes,
ese que se inicia con el instante de la silenciosa y milagrosa concepción,
atraviesa el nacimiento y se prolonga durante el paso por la tierra; pero ambos comenzábamos una nueva manera de relacionarnos y de convivir. Un desconocido vínculo
empezaba a hilarse.
Es inverosímil, yo mismo no sé bien cómo puedo estar
describiendo de forma lúcida este período tan agudo y feroz de mi vida. Anteriormente,
con sólo imaginar la agonía de mi mamá, podría fácilmente haberme vuelto loco o
encapsulado de dolor y desaliento, pero no. Hoy, he continuado caminando.
¿A qué se debe que haya sobrevivido? ¿Cómo así puedo estar
vivo?

















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