Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo.
Lucas 6: 36 – 38
Nuestra Fe en Dios es una gracia, es decir, es un regalo gratuito y amoroso de Dios; pero además, tengo que decirlo, también es el fruto de la experiencia humana.
¿Cómo podría a mí, caberme en la cabeza que Dios es compasivo si mi padre en la tierra fue un miserable conmigo? ¿Cómo podría yo confiar que Dios Padre me ama si mi padre biológico nunca me amó y de mil maneras renegó de mi existencia?
Resulta muy difícil hablarle de la compasión de Dios Padre, a un niño desprovisto de amor o abandonado por sus padres, a esos niños y adolescentes que abundan aquí en mi sociedad latinoamericana y en el mundo entero, que deambulan por las calles aspirando terokal o cualquier otra droga, que no tienen más refugio que una pandilla urbana; de esos que atiborran las barras bravas y las esquinas, de esos que sólo encuentran alegría de vivir en el placer barato y la evasión superficial.
Resulta muy difícil presentar un Dios compasivo a ese hombre que durante su vida no recibió más que portazos y a quien todos le dieron la espalda, la familia, la sociedad y el Estado. Que nunca fue amado y que su sensación muy al fondo de su ser, es que no debió de nacer porque todo ha sido amargura, indiferencia y repudio.
Dios es puro Amor. Es misericordia. Salvador y transformador de vidas humanas, no lo dudo. Esa es mi experiencia. Pero Él, indiscutiblemente, se vale del amor humano para existir, del amor de esta tierra que pisamos.
De ahí, la necesidad de nuestra presencia y de nuestras manos y de nuestras voces, de los que sí hemos sido amados y acogidos.
Por eso, el mandato evangélico de este versículo de Lucas. Nos reclama la coherencia entre lo humano y lo divino. Nos señala la misión: Tenemos que ser compasivos, especialmente los que hemos sido tocados por la compasión humana. Un corazón estrujado y agraviado tiene que ser recompuesto primero para luego poder confiar que hay un Dios compasivo.
Yo, que hoy miro atrás, a mi pasado más remoto donde me llega la memoria; y a mi presente más actual, no veo otra cosa que caricias de vida, desde la de mi madre al nacer hasta las de mis amigos, las de extraños de buena voluntad sin nombre ni apellido, hasta las de mis sucesos más cotidianos. Todo me habla de la compasión de Dios. Todo me suena a evidencia de su amor infinito.
Ahí está mi tarea humilde y desafiante: ser señal y rúbrica de Dios en este mundo lóbrego y descuidado.
Que mis actos te descubran, que mi voz te exprese, que mi actitud te revele, mi Padre compasivo.