para siempre.
Ayer vino a casa, me sonrió, me extendió los brazos y prestamente, me acurruqué sobre sus hombros. Pude oler su fragancia y la temperatura de su cuerpo me calentó repentinamente el alma. En poquísimos segundos retrocedí a cuando yo era un niño…
Ella vivía en Trujillo y cada vez que allá viajábamos en familia, unas dos veces al año, la encontraba y pasaba semanas a su lado. No era considerada mi tía entonces, porque se trataba de una jovencita que apenas llegaría a los 18 años. Siempre fue sencillamente, “Normi” para mí y punto. Recuerdo que en aquel entonces yo me prendía de su cuello por horas sin importarme el resto de la familia, la besaba en la mejilla a cada rato, me tomaba de su mano dentro de la casa, le escribía cartitas, le hablaba al oído, cantábamos y me daba de comer. Y ella siempre me sonrió.
Se trata de la hermana menor de mi papá, inusitadamente, de la misma edad que tiene mi hermana. Siempre usó el cabello muy corto, nunca una pizca de maquillaje, como si recién saliera de la ducha. La recuerdo con una apariencia muy casual: unos pantalones de dril de colores claros y unas blusas de algodón, siempre abotonada por delante. Ahora que lo recuerdo, siempre fue una persona pulcra e iluminada.
Cuando fui adolescente, recibí la noticia que había entrado a un seminario para ser novicia. La primera vez que la vi con la toca puesta y su hábito de color gris claro, noté que era la misma, nada había cambiado ni me sorprendía, sólo que ahora tenía a su lado, otra familia, otras mujercitas muy similares a ella, de rostros radiantes y pies movedizos.
Y de adulto, volví a presenciar otros de sus cambios. Normi había optado por estudiar enfermería y dejar el convento. Desde ahí, su carrera profesional se convirtió en su ministerio personal, en su vocación y en su única manera de existir, aunque para mí no había variado ni un ápice. Era otro cambio más de uniforme y nada más.
Anoche cenó en casa y nos contó apasionadamente de sus investigaciones en la universidad de Costa Rica, donde ahora reside. En un momento de la sobremesa, ella misma dijo con una sonrisa amplísima que le volvió a iluminar el rostro: “Yo sigo la misma de siempre, hasta con los mismos votos de castidad, de pobreza y de obediencia” .
Y es exacto. Normi no ha cambiado. Tampoco lo que siento por ella. Comprobé que el amor, que uno recibe de niño, en este caso el de una tía, se va asentando con el tiempo, deja huellas imborrables, entrega formas de vivir y de ser para el futuro.. Puede ser una exageración mía, pero algo de lo que es ella, con sus cambios externos pero sobre todo, con su esencia, lo vi actualmente reflejado en mí. Secretamente me formó entonces para la vida. Ese abrazo que me dio al saludarme y al despedirse anoche, era sin duda, el sello de identificación de nuestro amor recíproco suspendido en el tiempo, la señal de su participación en mi vida.
El amor, como los hombres, puede cambiar por fuera, pero es sorprendentemente invariable por dentro.









































