Me disgusta escuchar cómo se usa la palabra Homofobia con tanta simplicidad y poca responsabilidad. Por el bien de todos los que queremos convivir respetuosamente, estoy a favor de una precisión del concepto.
Mis queridos hermanos homosexuales, quiero decir, los más vistosos, los más aguerridos, los más recalcitrantes y radicales, tienen la palabra a flor de labios para usarla como reprobación punzante y así, enfrentarse a todo aquel que piensa diferente a ellos. Los “progres”, muchas veces con el único ánimo maniático de oponerse intelectualmente a todo lo instituido venga de donde venga, usan el término como herramienta de crítica frontal y de devaluación social contra aquellos que explícitamente desaprueban desde sus doctrinas y posiciones, la homosexualidad y sus mil manifestaciones.
Para ser claros, homofobia es la fobia (del griego antiguo Φόϐος, ‘pánico’) o de forma extendida, la aversión, odio, prejuicio o discriminación, contra hombres o mujeres homosexuales.
Quiero formular algunas preguntas que nos hagan pensar y dilucidar si se tratan de señales generalizadas de homofobia en nuestros círculos culturales:
Si una madre decide evitar que su pequeño hijo de 8 años vea escenas de afecto y/o sexo homosexual en la televisión, ¿es una mujer homofóbica?
Si un pastor evangélico rotula el comportamiento homosexual como pecado ¿es homofóbico?
Si un teólogo católico asevera que el Sacramento del Matrimonio es sólo para hombres y mujeres heterosexuales, ¿es homofóbico?
Si una persona expresa su desagrado ante una publicidad televisiva que muestra a dos hombres besándose ¿es homofóbico?
Si un adolescente se resiste a que otro amigo adolescente y homosexual le acaricie en la mejilla ¿es homofóbico?
Si una dama se niega a seguir a su compañera de trabajo a una discoteca “de ambiente” para celebrar su cumpleaños ¿es homofóbica?
¿Son éstas aversiones a una persona o a un comportamiento? ¿Un desagrado es una aversión? ¿Tienen o no los ciudadanos derecho a preferir aquello que consideran congruente con sus posiciones morales, religiosas, estéticas, ideológicas, culturales y anímicas? ¿Podemos imponer gustos? ¿Tenemos la potestad de uniformizar criterios y normalizar conductas? ¿Podemos cohabitar siendo diferentes?
Hay mucho por recapacitar. El uso correcto de las palabras -en este caso “Homofobia”- nos invita previamente a buscar un mínimo grado de madurez y de circunspección y de prudencia y por qué no, de empatía.