jueves 30 de junio de 2011

Las piernas de Jean





Nunca había tenido tan cerca un hombre con tan ricas piernas. Jean las tiene. ¡Y dos para mi solito! Adoro lo recias que son a pesar de que nunca ha hecho deportes. Además tiene unos vellos suaves ideales para este invierno.

El domingo pasado por la tarde, después de un gozoso concierto de nuestros cuerpos, le pedí -en verdad le supliqué- que me dejara captar sus piernas. Le he mentido -todo sea por este blog- que en estas vacaciones estoy tomando dos veces por semana unas clases de fotografía. Creo que me estoy conquistando su confianza y poco a poco me irá dejando ejercitar en el uso de la cámara.

Dios mío, si supiera que estoy posteando la foto, me destruye el lente y el pene.

miércoles 29 de junio de 2011

Empieza a ser mi Jean - V




Y sucedió una medianoche en que conducido por un mandato insólito, revisé mi facebook. En una foto en la que habían etiquetado a un amigo asomó lo que esperaba. Se abrieron un par de nubes y tras ellas, como un sol radiante, en la escena de un grupo sonriente de hombres que posaban en un restaurante, estaba él. El mismo personaje del supermercado, el mismo que cruzó la avenida Pardo observándome con una mueca enigmática y el mismo que los últimos días venía acribillando mi curiosidad y mis ansias. Ahí estaba su nombre y la feliz posibilidad de tomar contacto con él.

Cavilé durante cinco minutos. Empecé a escribirle un mensaje privado. Por un instante me quise cohibir pero inmediatamente seguí el consejo de los años: No perdía nada. Lo peor que pudiera ocurrir sería que no me respondiera o que me creyera un trastornado o que no le gustara mi arresto o que me mandara a la mierda. Pero también estaba la otra parte a considerar: Me podría contestar.

Así lo hice. Redacté una nota breve haciendo referencia al amigo en común que teníamos y a las coincidencias de los últimos días. Medité cada palabra. Definitivamente estaba siendo un atrevido, pero qué mierda. Y le di Send.

Ahora se trataba de esperar que me aceptara como amigo y que al cabo de un par de días, por lo menos apareciera alguna respuesta con una monosílaba o una brevísima señal informándome que por fin el destino estaba armando el choque de dos astros. El big bang universal en el frío distrito de Miraflores.

                     Empieza a ser mi Jean - VI

martes 28 de junio de 2011

Empieza a ser mi Jean - IV



Menos mal que Jean no sabe que tengo este blog. Así, tengo autonomía para escribir todo lo que pienso y siento como siempre lo he hecho, con total desparpajo y libertinaje. Aquí, dentro de mis cuatro paredes y con la complicidad de ustedes amadísimos lectores, puedo fiscalizar, detallar y hasta ironizar lo que ha empezado a ser mi relación con él.

Ayer vino a recogerme a las diez de la mañana como habíamos quedado. Luego de pasar por el banco, me pidió que lo acompañara a hacer unos trámites en San Isidro. Tenía que revalidar su pasaporte. Vaya sorpresa.
                   
Mientras esperábamos en la fila y entre conversaciones insubstanciales como la próxima celebración nacional del día del Cebiche, noté que se hallaba un poco difuso, hasta huraño. Le pregunté si pensaba salir de viaje. Me respondió que sí, que lo estaba considerando.

- Qué coincidencia, yo también quiero irme de viaje- le comuniqué
- ¿Y a dónde piensas irte y con quién?- me increpó con un inflexión retadora
- Por ahí. Solo como siempre.
-  Hmm 
-  Lo único que deseo es un lugar con sol y más sol.
-  Ah…
-  Quiero escapar del invierno aunque sea por una semana.
-  Ah…
- ¿Y tú? ¿Vacaciones a puertas o sólo quieres tener el pasaporte actualizado?        
- Lo que sucede es que…
- ¿Vámonos de viaje?- le solté abruptamente

Su cara no se transformó en un emoticon con la boca desplegada como la expone a menudo cuando chateamos por el messenger. Sus ojos no reaccionaron. Definitivamente, mi propuesta no le alegraba.

Me sentí estúpido. Ridículo. Trágame tierra. Apenas lo conozco un par de semanas y ya estaba yo ahí planteándole un viaje de luna de miel.

Pasó saliva, descubrió una sonrisita imprecisa y a los pocos segundos ensayó lo que sería una disculpa. Mientras tanto yo, cerré mis oídos a lo que me explicaría. Su semblante lo expresaba todo.

- Tengo que confesarte algo. Yo...Estee... Tengo una novia en California. Es la graduación de su maestría en Stanford el próximo mes y quiere que yo esté presente…

lunes 27 de junio de 2011

Empieza a ser mi Jean - III


El sábado último eran las siete de la noche y una palabra empezó a perforarme insistentemente la cabeza: -sal, sal, sal- No se refería al condimento. Se trataba del recordatorio de las instrucciones dadas por mi psicoanalista, quien me ha indicado que empiece  en este momento de mi vida una época de maniobras destinadas a segregar adrenalina. Algo así como hacen los soldados después de haber permanecido mucho tiempo en sus cuarteles de invierno. Algo parecido a prepararse para la guerra aún cuando se esté en tiempos de paz y salir a perfeccionar destrezas con el rifle antes que se oxide, lubricarlo y mantener el estado físico y mental.

Había quedado en llamar a Jean para coordinar alguna salida tranquila a tomar algo, -sólo vino por favor-, o a comer en esos restaurantes donde la gente tiene más de cuarenta años y come en platos gigantescos con raciones pequeñísimas. Pero la propuesta fue diferente y clara: salir a experimentar nuevas emociones. Excederse. Salir de madre. Romper monotonías. Vivir la vida loca. Vivir la noche de locas.

Una tarde saqué a la Pulguis a pasear por la Avenida Pardo. Ella, que estaba de visita y que le gusta la calle como buena perra que es, sería mi excusa ideal para rondar el edificio de mi fichado pretendiente. Me senté en una banca y gracias a la correa extensible se dedicó a olfatear los jardines aledaños. Mientras tanto yo, crucé los dedos y me dediqué a esperar. Si los astros lo consentían, él aparecería.

Transcurrieron cuarenta minutos, empezaba a morirme de frío, a perder las esperanzas, la Pulguis ya no tenía más líquido para orinar y en eso, lo vi salir por la puerta principal del edificio. ¡Eureka!. Cruzó la calle y parecía dirigirse directamente hasta mí. Cruzamos las miradas. Escuché una sinfonía. Unas mariposas volaron dentro de mi estómago. Iba a sonreírle para que supiera que lo esperaba desde hace cien siglos y de pronto, sacó su celular del bolsillo, contestó una llamada y siguió de largo.

La noche fue quimérica. Fuimos mucho más que dos. Recorrimos el centro de Lima sin importarnos la llovizna ni las calles peligrosas. Cruzamos todo tipo de gente. Husmeamos vidas noctívagas. Inhalamos vicios. Y lo mejor es que no sentí miedo. Su compañía me blindó contra la melancolía invernal, me guarneció como siempre he deseado.

Y al final, en cuatro paredes desconocidas nos apoderamos uno del otro. Un sinfín de emociones amaneció arropado entre las sábanas oscuras.

He empezado a salir como lo prescribió mi psicoanalista. Jean me restituyó una placidez que había perdido en los vericuetos de mi aislamiento y mi aburrimiento.

No importa que haga frío, hoy volveré a salir.



sábado 25 de junio de 2011

Jueves


De las últimas veinticuatro horas, siete me las he pasado escuchando esta misma canción. Una y otra vez. En mi rostro han ido sucediendo mil gestos mientras la tarareaba. La sangre me ha ido fluyendo a diferentes velocidades.

Cada uno de sus versos parece escabullido de mi memoria más reciente y del instante que estoy viviendo. Su melodía tiene eso indescriptible, que es tan propio de mí, que mezcla la simple melancolía del pasado y la sensualidad del presente que estoy experimentando.

Es romántica con ese ribete mustio. Suelo ser así, no llego a extremos. Cuando amo, amo de a poquitos, como si fuera destilándome la vida y como si la noche temerosa fuera abriéndose para recibir el esperado amanecer. 

viernes 24 de junio de 2011

Empieza a ser mi Jean - II


A las pocas cuadras  de haberme seguido se detuvo en un edificio muy bonito recién terminado de construir, por lo que pude identificar dónde vivía. Se trataba de un casi vecino. Un hombre de buen estatus. Pero eso no importaba en ese momento. Lo que era urgente averiguar en los próximos segundos era si era o no era. Aquel día, desapareció detrás de la inmensa puerta de vidrio con una sonrisa disimulada. Me quedé con la curiosidad clavada pero el anzuelo estaba ya dispuesto. Sólo habría que tener paciencia hasta que aquel pez mordiera mi cebo.

A Jean le gusta escucharme. Dice persistentemente que yo debería conducir un programa de radio nocturno porque según él, yo sirvo para dar consejos a enamorados insomnes. Hablamos todas las medianoches por teléfono a pesar de tenerlo a escasos 300 metros de distancia. Me cuenta detalladamente cómo le fue el día que termina, le encanta darme las buenas noches y asegurarse que ya estoy en casa. La sensación es especial cuando cuelgo el teléfono pues me quedo con su voz como si fuera un eco revoloteándome en la mente, arrullándome y a la vez, dejándome inquieto, excitado y con ganas de volar a sus brazos.

Luego de descubrir que se trataba de un pretendiente cercano, mi siguiente operación era conseguir su número telefónico, su correo electrónico o su nombre para buscarlo en el utilísimo facebook. Había que trazar una estrategia con los indicios que disponía, con la poca información que tenía.

El sábado último salimos a pasear por el malecón. Llevaba puesto un chaleco acolchado, unas zapatillas Converse de color chocolate y la barba crecida que le cubría toda la mejilla. Llegamos al parque dedicado a los niños, donde hay un barco con resbaladeras y sogas. Fue ahí en medio de niños chillando y saltando donde entre carcajadas y olor a mar y llovizna miraflorina, me preguntó resueltamente si después de tantos días de relacionarnos y conocernos había empezado a sentir algún tipo de amor por él.

La palabra Amor, que es tan bonita y codiciada, también puede ser un proyectil incendiario, un problema algebraico.


                                  

miércoles 22 de junio de 2011

Empieza a ser mi Jean - I

Era preciso averiguar por qué me miraba con tanta insistencia. ¿Qué era lo que veía en mí? Yo  me hallaba ahí como un comprador más que arrastraba un carrito por los pasillos del supermercado. En el área de las carnes se ubicó a mi lado. Me detuve a revisar las cualidades del shampoo que estaba rebajado y él llegó. Fui a coger pan recién salido del horno y se detuvo a un par de metros de distancia.

Hasta que  cruzamos miradas y parecimos esos perros que en un parque, emprenden el fugaz ritual de identificar si el otro podría ser un espécimen para un inminente apareamiento. Había que acercarse, olfatearse y comprobar con esas sustancias invisibles si se trataba de un macho, una hembra o un “ambos” a la vez.
                                    
No había de qué preocuparse. No podía ser un rufián camuflado. Mi séptimo sentido me lo aseguraba. 

Jean C. tiene ese aspecto relajado, con el fondillo del pantalón bastante holgado y zapatillas gastadas, el cabello desordenado y algo más crecido que lo tradicional, los ojos pequeños pero avispados, la sonrisa ligera y el ceño encogido, la piel de sus antebrazos descubiertos lucen ese color de los pastelillos untados con dulce de leche y los labios lustrosos gracias a una lengua siempre descubierta buscando humedad y compañía. Pero a pesar de esa fachada de surfer provocador, expulsa un aire angelical y sencillo.

En la caja registradora pude notar que él también había terminado de hacer sus compras. A la salida y dirigiéndome a la vereda central de la avenida Pardo, miré de reojo por detrás y quise creer que estaba dispuesto a seguirme. Avancé un par de cuadras con el corazón agitado, fantaseando ambiciosamente que una voz ronca me abordaría intrépidamente. Sin duda se trataría del mágico pretendiente que el invierno limeño me tendría reservado desde toda la eternidad y que habría dejado su traje de gala y su corcel en el palacio y se habría camuflado con ropa urbana para despistarme. Mi imaginación me decía que luego de ese aparentemente casual encuentro en el supermercado, de la dulce asechanza y un romance enardecidísimo, él se convertiría en mi consorte con el que viajaría a  pasear por la India e Indonesia   hasta nuestra vejez.



lunes 20 de junio de 2011

Vivir ciego y sin consciencia de serlo

Si hay algo por lo que ser niño es maravilloso es porque en esta etapa se vive en el edén, tal como es imaginado y relatado en el Génesis. Durante la infancia, todo nos es dado, reina la abundancia y la conformidad. Sólo existe la satisfacción, el leve discurrir de los días y un ánimo feliz y alegre.

“Si no os hacéis como niños no entraréis en el Reino de Dios” 

Ser niño es vivir un paraíso real y eterno. Sean las circunstancias que sean. Basta ver un hospital donde existan niños padeciendo enfermedades devastadoras o ver niños que no son conscientes de los problemas que sus familias sufren gota a gota por mil motivos.

El otro día por la televisión, mostraron el impactante caso de un bebé que nació sin ojos. Claro que verlo producía una desesperación horrenda. Naturalmente me proyecté a la vida que le esperaba a tan dulce criatura sin el sentido de la visión, una vida incompleta y de sombras. No pude evitar pensar que nunca podría ver un atardecer o la impresionante magia de un cuadro de Van Gogh o una película de Walt Disney. Pude sentir en pocos segundos el abatimiento de sus padres.

Pero al ahondarme en la escena, noté que el niño se comportaba igual que cualquier otro. Se movía inquieto. Sus manos se sacudían y terminaban aferrándose a los hombros de su padre.  En su rostro se dibujaba una extraña sonrisa como reacción a los sonidos que escuchaba y reconocía incomprensiblemente, la voz que le hablaba despacito. Era una voz que sin duda lo serenaba y le provocaba confianza. Alguna vez escuché una canción muy inspiradora que se titulaba "Los niños ciegos tienen los ojos de su madre".


Sí, claro, todos argüirán que es un niño que no tiene consciencia de la gravedad de su discapacidad, que cuando sea grande podría verse sumergido en la impotencia y la amargura. Sin embargo, me pregunté cuán válido podría ser el dejar tanta consciencia adulta que nos manejamos durante la desgracias que nos tocan vivir en la vida. ¿No podría ser una lección o invitación a ser como niños?

No saber, no pensar en el futuro, no anudarse en la razón y el desconcierto. Obviar esa insistente intermediación de la consciencia que nos indica siempre qué es lo bueno y qué es lo malo. No juzgar los acontecimientos. No comparar. Confiar en los brazos que nos sostienen y nada más. Oír la voz que reconocemos. En estos intentos podrían estar pedacitos de paraíso. Podría ser un experimento de vida y hacerse un espacio en el Reino que Dios nos promete.

Benditos sean los niños. Benditas sean sus vidas, cualesquiera que sean, porque nos enseñan con sencillez e inocencia que hay Algo y Alguien detrás de nuestras oscuridades.

viernes 17 de junio de 2011

Luis es de Marte ¿Y yo ?

Luis tiene una barba literalmente de chivo, unos centímetros de pelos hirsutos que no sé por qué no se los afeita. Tiene la piel muy blanca. El cabello castaño y es bastante hablantín. Hace unas semanas me confesó que estaba intentando tercamente que su novia saliera embarazada y que no lo lograban. Se distingue por ser un hombre seguro, lleno de planes y bastante maduro para sus 23 años.

Pero la semana pasada, su ánimo cambió. Había empezado a notar cambios en la mirada de su novia. “Alguien le está calentando la cabeza” -aseveró-  La desconfianza se instaló como una nube negra en pleno día soleado, según él, la sentía fría en la intimidad y sospechaba que la relación empezaba a terminar. No se equivocó. A los pocos días, en una discusión casual, ella concluyó con la frase que todo enamorado teme: “Démonos un tiempo…”

                                                              
Hoy, Luis la ha borrado de su facebook, de su lista de amigos del Messenger, no le responde las llamadas telefónicas en las que ella sólo llama para que le escuche su llanto. Con una facilidad sorprendente la ha expectorado de su vida como un germen malicioso y nocivo. No quiere saber más de ella.

Luis dice que siente algo parecido a la tristeza, que tiene un ahogo en el pecho, que la extraña, que se siente despechado, pero que no dará marcha atrás.

Jamás sufriré por una mujer -sentencia Luis-

Por más que amigablemente le dije que reconsiderara su determinación y que se comunicara con ella y que le expresara sus sentimientos más hondos, se niega sólidamente.

El caso de Luis me hace pensar. Es un muchacho que me hace taxi todos las noches que salgo tarde de dictar clases. Me espera en la puerta de salida. Y todo el trayecto de regreso a casa, el interior del automóvil se convierte en un confesionario sentimental. Me gusta su apertura conmigo, su franqueza. Pero me hace reflexionar:

Empiezo a creer que los hombres son como dicen algunos, seres de otro planeta. Mientras las mujeres son de Venus, ellos, son de Marte. Luis es inteligente pero no sabe que sus sentimientos son algo que puede controlar y conducir hacia su propia felicidad. Sus decisiones tan rectas y racionales, le hacen perder la dirección hacia donde está su legítima ventura. Niega que sea testarudez u orgullo. Sólo sabe que así se debe actuar, como los hombres lo hacen. Su condición de macho dominante está por encima de todo, incluso, de su realización.

Pobres hombres. Lo llevan en los genes. Lo aprendieron de la vida. Siguen patrones de siempre. La cultura los ha hecho sus soldados obedientes. Son títeres de sus propias circunstancias.

Mientras tanto, yo, no soy pura pasión ni me llevo por intuiciones ni por reacciones viscerales. Pero tampoco soy un manojo de razones descontroladas y ciegas. Por tal motivo, ando enfrascado en libros sobre astronomía para indagar a qué planeta pertenezco…      
  

miércoles 15 de junio de 2011

A ver, ¿eres homofóbico?

Me disgusta escuchar cómo se usa la palabra Homofobia con tanta simplicidad y poca responsabilidad. Por el bien de todos los que queremos convivir respetuosamente, estoy a favor de una precisión del concepto.

Mis queridos hermanos homosexuales, quiero decir, los más vistosos, los más aguerridos, los más recalcitrantes y radicales, tienen la palabra a flor de labios para usarla como reprobación punzante y así, enfrentarse a todo aquel que piensa diferente a ellos. Los “progres”, muchas veces con el único ánimo maniático de oponerse intelectualmente a todo lo instituido venga de donde venga, usan el término como herramienta de crítica frontal y de devaluación social contra aquellos que explícitamente desaprueban desde sus doctrinas y posiciones, la homosexualidad y sus mil manifestaciones.

Para ser claros, homofobia es la fobia (del griego antiguo Φόϐος, ‘pánico’) o de forma extendida, la aversión, odio, prejuicio o discriminación, contra hombres o mujeres homosexuales.

Quiero formular algunas preguntas que nos hagan pensar y dilucidar si se tratan de señales generalizadas de homofobia en nuestros círculos culturales:

Si una madre decide evitar que su pequeño hijo de 8 años vea escenas de afecto y/o sexo homosexual en la televisión, ¿es una mujer homofóbica?

Si un pastor evangélico rotula el comportamiento homosexual como pecado ¿es homofóbico?

Si un teólogo católico asevera que el Sacramento del Matrimonio es sólo para hombres y mujeres heterosexuales, ¿es homofóbico?

Si una persona expresa su desagrado ante una publicidad televisiva que muestra a dos hombres besándose ¿es homofóbico?

Si un adolescente se resiste a que otro amigo adolescente y homosexual le acaricie en la mejilla ¿es homofóbico?

Si una dama se niega a seguir a su compañera de trabajo a una discoteca “de ambiente” para celebrar su cumpleaños ¿es homofóbica?

¿Son éstas aversiones a una persona o a un comportamiento? ¿Un desagrado es una aversión? ¿Tienen o no los ciudadanos derecho a preferir aquello que consideran congruente con sus posiciones morales, religiosas, estéticas, ideológicas, culturales y anímicas? ¿Podemos imponer gustos? ¿Tenemos la potestad de uniformizar criterios y normalizar conductas? ¿Podemos cohabitar siendo diferentes?


Hay mucho por recapacitar. El uso correcto de las palabras -en este caso “Homofobia”- nos invita previamente a buscar un mínimo grado de madurez y de circunspección y de prudencia y por qué no, de empatía.                                                                              
                                                         

martes 14 de junio de 2011

Y me quedé mudo




¿Qué sabe el hombre del bien o del mal, de la eternidad? Mejor haría en callar e ingresar en la compañía de los mudos


Hakim Sanai 
El jardín amurallado de la verdad





Una alumna, me preguntó si el acto de abortar era malo en sí mismo. Estuve a punto de empezar a darle mi discurso de siempre, mi doctrina, mi perspectiva. Pero reaccioné  y preferí quedarme mudo.

lunes 13 de junio de 2011

Mi cara lo dice todo


Me conocí un poco más el pasado sábado por la tarde. Asistí al Bebe Raymi que organizó mi gran amiga Techu para celebrar la próxima llegada de su primogénito Amaru, una suerte de Baby Shower con contenidos artísticos, peruanísimos y místicos. Todo muy original y lleno de detalles.

A los pocos minutos de llegar, una de las invitadas y organizadoras me informó que tendría que integrarme a un grupo para regalar algo inmaterial como la Esperanza dentro de un número artístico que presentaríamos ante todos los demás. Yo poco a poco empecé a sentir una transformación de mi cara. Mi gesto se puso huraño, empezaron a salir mis ásperas maneras y mi rutilante flujo antisocial. Noté que en cualquier momento iba a responder una pachoteada, así que sonreí esforzadamente y aproveché un minuto de distracción para esfumarme del salón. Me fui a la calle, fumé un cigarrillo y bajo el cielo gris de la tarde me di cuenta que he empezado a ser el hombre más antigregario que he conocido en mi puta vida.


Prefiero que todas mis distracciones, mis funciones, pasatiempos, aficiones, tiempos libres y salidas al mundo exterior, sean aquellas en las que no tengo que cruzar palabra con nadie. He empezado espeluznantemente a detestar toda ocasión donde tenga que conocer gente nueva y tener que sonreírle para agradar e intercambiar cortesías.


¿Qué me ha pasado? Mi círculo social se ha comprimido y se niega a expandirse. Si conozco a alguien por ahí, sólo me provoca llevármelo a la cama, pero con la consigna de estamparle una cinta adhesiva en la boca para que no hable una sola palabra.

La pobre señora, cuando regresé al salón después de mi repentina huida, con una voz dulce que valoré mucho me dijo:

-         Qué pena, creo que te he caído mal y por eso te fuiste. Sé que puedo ser insoportable…

Claro, lo había notado en mi cara. Leyó bien mi gesto. No tuve intención de truncarle la tarde con una disquisición psicoanalítica, pero muy bueno hubiese sido explicarle a tan amable dama que el que me cae mal soy yo mismo y que, a quien no soporto, también, es a mí mismo. 


viernes 10 de junio de 2011

Drogarme para vivir

Una vida sin drogas no es vida. Ésta necesita decididas intoxicaciones para apreciarse mejor, para estimar sus recintos tornasolados. Demasiada lucidez llega a convertirse en estupidez. El cuerpo solicita mil sustancias para que no termine carcomiéndose paulatinamente entre la languidez y la desesperación. La sangre necesita mudar de color como los labios agrietados, un hilo de agua dulce. 

Me asfixia la razón. Me oprimen los planes. Quiero emponzoñarme con dos gramos de locura, revolcarme por los precipicios y  confundirme en el paisaje agreste. Ser un poco huracán. Ser un poco río revuelto. Ser línea torcida. Curva peligrosa.

Sin flotar no se anda. El camino también debe avistarse desde la nube agitada. Una dosis de distancia hace bien para acariciar el presente. Esa insoportable levedad del ser necesita marearse, aturdirse y muy urgentemente, evadirse.




Habla, ¿un troncho?
                 

jueves 9 de junio de 2011

De la Ruta de la Seda a mi propia ruta


Me encanta la comparación que ha hecho Eduard Punset del movimiento 15-M con la Ruta de la Seda.  "Gracias a internet y a las redes sociales, lo que antes tomaba 1.000 años, ahora toma 1.000 días"

La historia de la Ruta de la Seda es el símbolo de nuestro ancestral intercambio en el mundo, llena de conquistas militares, intercambios comerciales, exploraciones audaces, peregrinaciones religiosas, creaciones artísticas, diálogo entre culturas y peligrosas travesías a través de los desiertos, montañas y estepas que dividen a China de Asia Central. Esta ruta, por donde transitaban personas, bienes e ideas, tuvo un papel fundamental en el desarrollo de las civilizaciones de Oriente y Occidente. 

Hoy, los cambios sociales y culturales se dan de una semana para otra. Oriente y Occidente se comunican a golpe de un clic dentro de una misma red y pronto, estas dos fracciones del planeta o estas dos culturas, no existirán más que en nuestra memoria.


Una idea recorre exponencialmente el mundo virtual. Se habla de información viral. Pero detrás de ellas, hay algo más importante que está sucediendo. Es el reencuentro del hombre con el hombre. Se respetan las propiedades y singularidades de cada hombre y de cada pueblo, pero empieza a brillar nuestra savia común. Los hombres hemos emprendido de verdad el mandato que Dios nos encargó mientras nos bendecía después de crearnos«Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla». 

Y hoy, gracias al Internet, me siento un ciudadano de esa tierra mencionada en el Génesis. Me leen españoles como tahitianos, hombres de pleno sol y mujeres de luna, los que leen de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, los que bailan con los pies y aquellos que viven sin moverse en algún convento silencioso, los del calendario solar como los del lunar. No importa a quién me lleve yo a la cama, eso es anecdótico. Importa que tenemos más cosas en común que paradigmas que nos separen. Mi voz tiene eco. Mi experiencia mueve a otros. Mis remembranzas se leen y se procesan en mentes distantes. Estoy presente donde menos me imagino. Recorro trayectos que no existen físicamente para alojarme cómodamente en otras vidas.


Mi humildísima existencia, como la seda riquísima china del siglo XV, tiene su propia ruta. 


Adelante, transítenme libremente. Crucen mis desiertos y mis monasterios en las montañas. Transpongan mis gélidos mares y mis húmedos territorios. Simplemente obedezco, quiero ser fecundo y multiplicarme, llenar la tierra y someterla. Amén.    

miércoles 8 de junio de 2011

Para los chismosos...


Las tres rejas


El joven discípulo de un filósofo sabio llega a su casa y le dice:

-Maestro, un amigo estuvo hablando de ti con malevolencia…


-¡Espera! - lo interrumpe el filósofo - . ¿Hiciste pasar por las tres rejas lo que vas a contarme?


-¿Las tres rejas? - preguntó su discípulo  


-Sí. La primera es la verdad. ¿Estás seguro de que lo que quieres decirme es absolutamente cierto?


-No. Lo oí comentar a unos vecinos.


-Al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad. Eso que deseas decirme, ¿es bueno para alguien?


-No, en realidad no. Al contrario…


-¡Ah, vaya! La última reja es la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquieta?


-A decir verdad, no.


-Entonces… -dijo el sabio sonriendo- , si no es verdad, ni bueno ni necesario, sepultémoslo en el olvido

martes 7 de junio de 2011

Puedo ser severo

Hoy me desconocí. Actué como guiado por un personaje de alguna novela medieval que de improviso se apoderó de mí, irrumpió en mi voz y dirigió un determinante ultimátum:

- Los siguientes alumnos no darán el examen final. Y mencioné varios nombres. Si desean saber la causa de esta decisión, pueden quedarse al término de la clase y con gusto se la daré.

Sucedió esta mañana en una de las clases que dicto. Por supuesto, fueron unos quince estudiantes los que, entre extrañados y encrespados me preguntaron a qué se debía mi letal aviso. Y con el mismo gesto fruncido, con la voz seca y el cuerpo rígido, les expliqué que se habían excedido en el número de inasistencias y tardanzas.

Me desconocí porque no suelo ser tan tajante y autoritario. Me considero un profesor sumamente flexible y razonable en ese aspecto. Pero esta vez, no era ningún tipo de saña ni resentimiento lo que me motivaba actuar así en contra de mis alumnos universitarios. Era simplemente una rugosa reacción ante la infracción, a la falta de compromiso y responsabilidad mostrada en el curso.

No sabía que podía ser tan severo en ciertas situaciones. Hubo hasta una alumna que se me puso a llorar justificándose con su abuelita enferma, otros, con los ojos desorbitados reclamaron que iban a ser desaprobados y que era el último curso que les faltaba para concluir su carrera.

Argüí que era facultad del profesor tomar las medidas que crea conveniente cuando se da tal eventualidad y me di la vuelta.

- Vayan a quejarse donde quieran, yo no cambiaré de decisión - concluí.

Ahora que han pasado varias horas de tal asonada, lo repito, me siento impresionado de mí mismo. No fui exactamente yo quien actuó así. Fui un celoso obediente de una tarea que está por encima de mí. Puedo dejar de lado mis emociones, mi vena compasiva, mi siempre dispuesto perdón.


Hay veces en la vida en que se tiene que hacer lo que se tiene que hacer. Caray, qué lección para mis alumnos. Pero sobre todo, qué lección para mí.  

viernes 3 de junio de 2011

¿Hasta cuándo me van a creer sacerdote?


Ayer, al final de clase se me acercó una muchachita con voz muy delicada. Aún me sorprende cómo muchas de mis alumnas que están a punto de terminar la carrera, mantienen esa postura y apariencia casi infantil. En tono muy bajito, me preguntó:

-         Profesor, ¿usted ha sido sacerdote?

Por supuesto -ya se imaginarán- que solté una carcajada. Pero después de recuperarme, le pregunté de dónde sacaba esa conclusión, considerando que el curso que dicto está referido a las ciencias jurídicas y que no me conoce nada de nada.

Me contestó que le inquietaba cómo, en muchas ocasiones yo, por varias frases que me escuchaba al dictar y por la forma tan personal y teledirigida que hablaba, parecía referirme a cada alumno individualmente. Ella había sentido que le hablaba directamente a ella, que la interpelaba y que mis palabras le caían especialmente a lo que le pasaba en su vida. Alegaba que sólo tenía esa sensación cuando iba a misa y a mis clases…


Dios santo. Si supiera mi tierna alumna de mis licencias tan desviadas a las de un célibe sacerdote. Pero no puedo negarlo, por otro lado, recibí su pregunta como un halago. Me sentí condecorado.

En buen cristiano, lo que ella me había querido decir es que a pesar de tantos tecnicismos y teorías, conceptos abstractos y demás huevadas que tengo que explicar en clases, yo le había hablado al corazón; que no sólo platico a mentes enmarañadas sino a almas simples y hambrientas, que mi voz y mis palabras disimulan mensajes encriptados, que Dios se cuela en todas las ciencias y discursos, que es posible acariciar y dar esperanza así dictemos una fría clase de energía nuclear.

Todo lo que hay en el mundo, todo lo que pensamos e investigamos, todo lo que reunimos en bibliotecas debe servir exclusivamente a una tarea: a hacernos mejores personas, a ennoblecer nuestra aplastada existencia y a respondernos las preguntas más recónditas del alma humana.

Bendito sea Dios que habló a través de mi boca cuando menos cuenta me di.


jueves 2 de junio de 2011

Sobreviviente del desierto


Tengo una extraña fascinación por el desierto. Muchas veces me he preguntado por qué no es mencionado éste en el Génesis. No es citado en el relato de la Creación como se hace con los cielos y la tierra. Podríamos creer que aquel es parte del momento en que Adán fue expulsado del edén, el mismo que nos imaginamos lleno de verdor, vida y felicidad. Parece que el desierto es parte del castigo por haber pecado, que es parte de nuestro destierro.
                                                                                                 
Sin embargo, más adelante, como parte de la liberación del pueblo de Dios, el desierto cumple un rol gravitante. Aparece como herramienta de salvación. Se hace paso necesario para llegar a la tierra prometida. Es parte del camino.

Y así en dos pasajes de nuestra ancestral relación con Dios, el desierto se convierte en una imagen reveladora y simbólica. Nuestra vida humana fuera del paraíso estaría condenada a la marcha obligada por el vacío y la nada.

Pero qué inmensidad del desierto. Qué misterio tiene. Qué lección debajo de la arena ardiente y el sol mortífero. Qué mensaje tan profundo e insondable. Es que tiene esa grandiosidad que sólo los beduinos podrían enseñarnos con su valiente supervivencia, con ese encuentro íntimo con el Dios que los acoge en su aparente miseria y su escondida riqueza.




Yo soy un torpe sobreviviente de feroces tránsitos por el desierto. Camino por direcciones que nadie ha recorrido y al volver la vista atrás no encuentro ni mis propias huellas. Muero a menudo de una sed que no logro saciar ni con mil oasis. Mire donde mire, todo parece igual. Arena y más arena. El pasado se ve igual que el futuro. El hoy se desdibuja con tanta luz.    

Pero aún así, me quedo fascinado con el desierto. En esa nada, aparece el todo. En ese desahucio y porfiado trance, en ese agotamiento y esa rendición, en ese límite, aparece la consumación del camino. La llegada. La esperanza bendita. El sorbo refrescante de agua verdadera y la sombra. El silencioso abrazo de bienvenida de Dios.

Y al final, el desierto se convierte en recuerdo. Y la mirada adquiere otra perspectiva. Y Dios sigue siendo el mismo. El único que cambió fui yo.  
               
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
VICHOESCRIBE ENTRE LOS MEJORES 20 BLOGS PERUANOS
Cerrar