No es bueno auto diagnosticarnos: "yo soy desordenado, yo soy impuntual, yo soy distraído, yo soy infiel, yo soy, yo soy, yo, yo…”
![]() |
Es un defecto que tengo innegablemente. Los años que vengo escribiendo lo demuestran. Me he estampado mil categorías. Me he precisado de mil maneras. Me he acorralado en mis propias definiciones.
Y lo único que he conseguido es vivir sin considerar la posibilidad de que soy lo contrario también. Por ejemplo, me he llamado triste. Y hasta me lo he creído. Hago un recuerdo raudo de mi vida y compruebo que también he sido un hombre congénitamente alegre. Entusiasta, Positivo. Tengo una carcajada limpia y sonora que se hizo popular entre mis amigos. He estado rodeado siempre de personas alegres y graciosas. Sin embargo, de un momento a otro, no sé por qué ni cómo, empecé a asignarme esa etiqueta de ser un sujeto sombrío y mi conducta se vio influida por mi propia auto percepción.
No soy lo que pienso ser. No soy únicamente lo que mi mente repite mecánicamente como una letanía. No. Soy muchas cosas más. La realidad es más amplia y discontinua.
Muy posiblemente ahí está el origen de muchos de nuestros conflictos internos: en la incongruencia entre todo lo que de verdad somos y lo que creemos ser. Y se produce una riña a muerte entre ambas. Perdemos. Dejamos de fluir y de ampliar nuestras fronteras de la existencia que es ilimitada y siempre dispuesta a sorprendernos.
Basta de estigmatizarnos y de dedicarnos a alzar muros de contención a toda esa inmensidad llamada “Ser”. Una cosa es estar triste y otra cosa es ser triste. Una cosa es ser distraído y una muy distinta es estar distraído. Hay que aceptarnos cambiantes, eternamente transformables, abiertos a las aparentes contradicciones porque ellas no son más que formas de variar y vivir.
Basta de sellos.



































