Anoche les hablaba a mis alumnos sobre las deformaciones de la Percepción. Sus ojos estaban puestos en mis gestos entusiastas, notaban que es un tema apasionante para mí. Quizás sea uno de los temas que más me interesa explicar y aclarar en clases, porque considero que todo profesional especialmente, debe estar muy consciente de lo que sucede en muchas ocasiones cuando toma contacto con la realidad y con las personas a su alrededor.
A menudo incurrimos en el insistente contraste. Nos pasamos la vida comparando los hechos, las imágenes, las situaciones que vivimos, las personas y sin darnos cuenta, perdemos contacto fiel con lo evidente, con lo que tenemos en nuestras narices. “él es bueno, pero el otro era mejor” , “ es más inteligente que aquel”, “es más lindo…”
Transitar la vida confrontando elementos es una deformación de la percepción. Los sentidos están ahí para capturar el momento presente, para aprovechar lo real, para gozar y comprender lo que el hoy nos muestra. Es como viajar a ciudades extrañas y estar evocando la ciudad que dejamos atrás desaprovechando lo novedoso y lo llamativo del nuevo destino. Es degustar un postre recordando otros sabores pasados. Es empantanarse en lo mismo, perder la posibilidad de amar lo diferente simplemente porque no se tienen ojos para otra cosa más que la memoria.
Transitar la vida confrontando elementos es una deformación de la percepción. Los sentidos están ahí para capturar el momento presente, para aprovechar lo real, para gozar y comprender lo que el hoy nos muestra. Es como viajar a ciudades extrañas y estar evocando la ciudad que dejamos atrás desaprovechando lo novedoso y lo llamativo del nuevo destino. Es degustar un postre recordando otros sabores pasados. Es empantanarse en lo mismo, perder la posibilidad de amar lo diferente simplemente porque no se tienen ojos para otra cosa más que la memoria.
De esta deformación a la lamentación hay apenas unos milímetros. Es distorsionar el mundo sensible. Es pasarse la vida tachando y calificando, evaluando y recordando, buscando fallas redundantemente. Es quejarse inútilmente. Es desgastarse y finalmente, perderse la oportunidad de vivir vidas nuevas.
Me ha pasado. Y sospecho que me seguirá pasando. Con personas, con emociones, con desafíos y otros caminos. Quiero siempre ojos bien abiertos, no memoria puntillosa, no espíritu de crítica inservible. Quiero percibir todo lo diferente, desabrocharme el pecho, el corazón y la mente; y así, luego, tomar mejores decisiones apoyándome en lo real y no en lo superficial o lo trillado. Quiero desanudar lo cotidiano y renovarme con los cambios que reclaman mi atención.
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Quiero percibir la realidad sin embudos ni filtros, sin cotejos ni murmuraciones enfermizas. Así, quizás llegue finalmente a mi vida aquello o aquel que creí que nunca llegaría, sólo porque nunca quise darme cuenta de que hace mucho tiempo ya había llegado.



















