Ahora comprendo aquellas personas que por muchísimos motivos ajenos a su voluntad no pueden asistir a los funerales de sus seres queridos y a esos que no pueden darle sepultura a sus cuerpos desaparecidos. Siempre estos casos habían sido inaccesibles noticias para mí. Por más actitud que yo tuviera con aquellos, no alcanzaba a entender su duplicado dolor.
Por mucho que uno esté abatido y perdido ante la muerte de un
ser amado, por más que los ritos parezcan ser a veces excesivamente protocolares, éstos
pueden tener un sentido, que he constatado y asimilado en lo que ahora me tocó a mí
vivir a mí, nada menos que las exequias de mi propia mamá.
Ver el cuerpo inanimado, contemplar su mortalidad, disponerse
en sensibilidad y realidad, tienen su razón de ser para el proceso de duelo que
con todo ello se va iniciando. En aquel momento no se piensa ni se pretende nada, sólo
se inicia una fase para tomar contacto con nuestra dimensión emocional y física. Es
preciso llorar si se quiere. Es oportunidad para suspirar hondamente y verificar
los hechos que luego, con los días, semanas, meses o años se deberán digiriendo
lentamente. No podría haber admisión de la muerte sin previa comprobación de la misma.
Somos seres humanos de formas y signos materiales. Éstos reflejan un
fondo. Esas solemnidades son la exteriorización necesaria y beneficiosa para
después avanzar a la siguiente etapa de difícil aceptación.
Lo que aquí en Perú llamamos "Velorio" no es sólo un trámite
normativo o cultural o social; si lo examinamos en su profundidad, es un
momento en que los deudos, frente a la durísima pérdida del ser amado, nos
sentimos amparados por cada uno de los que vienen a participar de un dolor más
o menos común.
No es una fórmula inservible esa, la de "dar las condolencias". En
cada mano que se estrecha, en cada abrazo y breves palabras que se van diciendo
al oído, algunas más nerviosas que otras, uno confirma que se es fracción de un
mismo amor vivido que se dosificó de mil maneras. Hay gestos, detalles, destellos,
recuerdos, lágrimas, fibras expuestas que extrañamente acompañan y se descargan
en escasos segundos.
Al ver aparecer familiares allegados y amigos después de mucho
tiempo, noté que mi mamá había dejado mil tipos de huellas y surcos en sus
vidas. Lloré en hombros de personas en las que yo jamás pensé que lloraría, sólo
por advertir que habíamos amado a la misma persona. Sólo me dedicaba a decir,
muy por lo bajo: -mi mamá te quería mucho- Y algo incomprensible se actualizaba
y revivía. Instantáneamente, mi mamá volvía a la vida plasmada en una escena
amorosa, vigente, mimosa y eterna.
Seguidamente llegó el cortejo,
los automóviles en procesión lenta abriéndose paso en medio de la ciudad, siguiendo
a la oscura carroza, fue la señal más reveladora de que todos nosotros los
mortales vamos hacia el mismo desenlace. Todas nuestras vidas culminan igual, en
una morada silenciosa y eterna. Todos, habríamos de recordar que nuestra
trayectoria final después de vidas diversas, es común e irreversible.
El camposanto donde se efectuó el
sepelio se llama Parque del Recuerdo y ahí Magda decidió dejar parte de lo que quedaba
de ella. El resto, claro está, existe repartido en miles -esto es literal- de
vidas esparcidas por el mundo entero. En verdad, no es un recuerdo lo que tengo
de ella porque eso significaría que quedó en un pasado estacionado y lejano. No,
no es así.
Milímetro a milímetro, segundo a
segundo voy reforzando su presencia en mi presente. Su vida sigue siendo vida.
Ahora, simplemente transformada, victoriosa e inmortal, hasta reencontrarme con ella en la infinitud del Amor que no tiene tiempo ni espacio. Ella es la Magda para siempre.





















