lunes 10 de octubre de 2011

5. Los rituales de la Muerte





Ahora comprendo aquellas personas que por muchísimos motivos ajenos a su voluntad no pueden asistir a los funerales de sus seres queridos y a esos que no pueden darle sepultura a sus cuerpos desaparecidos. Siempre estos casos habían sido inaccesibles noticias para mí. Por más actitud que yo tuviera con aquellos, no alcanzaba a entender su duplicado dolor.

Por mucho que uno esté abatido y perdido ante la muerte de un ser amado, por más que los ritos parezcan ser a veces excesivamente protocolares, éstos pueden tener un sentido, que he constatado y asimilado en lo que ahora me tocó a mí vivir a mí, nada menos que las exequias de mi propia mamá.

Ver el cuerpo inanimado, contemplar su mortalidad, disponerse en sensibilidad y realidad, tienen su razón de ser para el proceso de duelo que con todo ello se va iniciando. En aquel momento no se piensa ni se pretende nada, sólo se inicia una fase para tomar contacto con nuestra dimensión emocional y física. Es preciso llorar si se quiere. Es oportunidad para suspirar hondamente y verificar los hechos que luego, con los días, semanas, meses o años se deberán digiriendo lentamente. No podría haber admisión de la muerte sin previa comprobación de la misma.

Somos seres humanos de formas y signos materiales. Éstos reflejan un fondo. Esas solemnidades son la exteriorización necesaria y beneficiosa para después avanzar a la siguiente etapa de difícil aceptación.


Lo que aquí en Perú llamamos "Velorio" no es sólo un trámite normativo o cultural o social; si lo examinamos en su profundidad, es un momento en que los deudos, frente a la durísima pérdida del ser amado, nos sentimos amparados por cada uno de los que vienen a participar de un dolor más o menos común.

No es una fórmula inservible esa, la de "dar las condolencias". En cada mano que se estrecha, en cada abrazo y breves palabras que se van diciendo al oído, algunas más nerviosas que otras, uno confirma que se es fracción de un mismo amor vivido que se dosificó de mil maneras. Hay gestos, detalles, destellos, recuerdos, lágrimas, fibras expuestas que extrañamente acompañan y se descargan en escasos segundos.

Al ver aparecer familiares allegados y amigos después de mucho tiempo, noté que mi mamá había dejado mil tipos de huellas y surcos en sus vidas. Lloré en hombros de personas en las que yo jamás pensé que lloraría, sólo por advertir que habíamos amado a la misma persona. Sólo me dedicaba a decir, muy por lo bajo: -mi mamá te quería mucho- Y algo incomprensible se actualizaba y revivía. Instantáneamente, mi mamá volvía a la vida plasmada en una escena amorosa, vigente, mimosa y eterna.

La Eucaristía con el cuerpo de mi mamá presente fue quizás la más intensa y urgente que he vivido en mi vida como católico. Ahí estaba ella como ofrenda final ante el altar. Sentí cada instante de la liturgia. Un Dios que hablaba en voz alta y se comunicaba con palabras de consolación y promesa de resurrección en el momento más triste de mi vida. Nunca mejor dicho y certificado que la misa además es un sacrificio actualizado y una acción de gracias. La viví y podría decir que hasta gocé con ella. Ahí, en medio de canciones y silencios, de oraciones y bendiciones, saboree mi Fe afligida pero firme, celebré, agradecí, ofrecí mi  dolor y el de mi familia.
                                                                                                     
Seguidamente llegó el cortejo, los automóviles en procesión lenta abriéndose paso en medio de la ciudad, siguiendo a la oscura carroza, fue la señal más reveladora de que todos nosotros los mortales vamos hacia el mismo desenlace. Todas nuestras vidas culminan igual, en una morada silenciosa y eterna. Todos, habríamos de recordar que nuestra trayectoria final después de vidas diversas, es común e irreversible.  

El camposanto donde se efectuó el sepelio se llama Parque del Recuerdo y ahí Magda decidió dejar parte de lo que quedaba de ella. El resto, claro está, existe repartido en miles -esto es literal- de vidas esparcidas por el mundo entero. En verdad, no es un recuerdo lo que tengo de ella porque eso significaría que quedó en un pasado estacionado y lejano. No, no es así.


Milímetro a milímetro, segundo a segundo voy reforzando su presencia en mi presente. Su vida sigue siendo vida. Ahora, simplemente transformada, victoriosa e inmortal, hasta reencontrarme con ella en la infinitud del Amor que no tiene tiempo ni espacio. Ella es la Magda para siempre.   

viernes 7 de octubre de 2011

4. La Muerte no puede contra la Amistad




Poco a poco, día a día, momento a momento van saliendo estertores de este período de duelo que apenas he comenzado desde la muerte de mi mamá. No tengo ni idea de a cuántos les pueda interesar seguir éste, mi proceso personal; pero de todas maneras he decidido escribir profusamente acerca de cómo voy subsistiendo y asumiendo este nuevo cambio en mi vida.

Además de la Fe que ha sido eficaz y certera, debo reconocer que para estas últimas semanas, el amor preciso, diario, material y delicado que he recibido de mis seres queridos, ha sido básico. Él se ha manifestado de mil maneras, tierna e incondicionalmente; ha sido bálsamo contra dolencias extrañas que nunca había sentido en mi puta vida, ha sido contrafuerte de piedra maciza en el fiero huracán del desconsuelo.

Desde que mi mamá estuvo internada en cuidados intensivos, siempre hubo alguien que aparecía solamente para hacerme la guardia. Mientras mi familia hablaba con médicos y se esperanzaban con levísimas mejorías, yo en cambio, en un rincón de la sala de espera, recibía a diferentes horas, la visita de algún amigo silencioso que llegaba solamente para acompañarme. Me saludaba con un abrazo cálido y sin preguntarme cómo me encontraba, se dedicaba a alcanzarme lo que pudiera necesitar en medio de la tempestad: algún cigarrito, un cafecito caliente, una mano para estrujar, un chocolate, una sonrisita agradable, un intermedio de ternura.   

Por las noches, en casa, la cadena de amigos continuaba. Varias breves llamadas telefónicas con voces de todo tipo y mensajitos de cariño profundísimo y promesas resplandecientes de Oración. Correos electrónicos con brevísimos: “Vicho, te quiero”. Sonaba el timbre y poco a poco llegaban como respondiendo a una cita sin nombre que sólo me atrevo a llamar, fraternidad. Eso que siempre me dijeron, que eran “incondicionales”, lo demostraron sentados a mi lado.


Mi Miguelito, mi Tanita, mi Chipy, mi Corchis, mi  Peahm,   Milonga, mi Ahijau, Marquito, Gordis, Ananenita, Techunga, Mena, Quilla y muchísimos más, pasaron por casa a ordenar comida, a distraerme, a escuchar mis temores, a entender mis incertidumbres, a callar ante mis lágrimas, a ponerse a mi completa disposición y a la de mi familia, a mirarme. Todos me rodearon. Me transmitieron fuerzas. Manifestaron su inquebrantable cercanía. Y yo, me preparaba para la partida...


Desde lejos, amigos que amaban honda y palpablemente a Magda, no escondieron sus lágrimas por teléfono. Mostraban su impotencia por la distancia pero también, asombrosamente evidenciaban su proximidad. Enmudecían por segundos y luego, todos querían continuar obrando con lo que ella hizo toda su vida, acompañarme y protegerme.  

Muchos, no entendían cómo podía estar yo tan sosegado el día que recibí la noticia final y los dos días que duró todo el rito del adiós a su cuerpo. 


Al leerme aquí, creo que alguna explicación puedo darles. Simplemente fui amado con fervor, con exactitud y eficacia. De mis amigos verdaderos y fieles, obtuve la energía; y fueron todos juntos, los diestros representantes de un amor humano que proviene del Amor divino. Magda y el Cielo entero obraron y seguirán obrando para que yo siga siendo el Vicho de siempre.
            
¿Alguna duda de lo que puede hacer el Amor?

miércoles 5 de octubre de 2011

3. Van volviendo los colores tras la muerte





Por años -ustedes son testigos- he escrito, pensado, cantado y conversado sobre la Fe. Sin embargo, de cuando en cuando me asaltaba la idea de que sólo fueran palabras. Tenía miedo que sólo fuera un discurso repetitivo sin carne, sin aplicación en la vida diaria.

Pero hoy tengo que contentarme de saber que todo eso no era solamente una tesis intelectual o un sedante sin alcance profundo. Ahora que las contusiones duelen, que las espinas de la muerte se han hundido cruelmente, que el vacío es helado e irreparable, he evidenciado que la Fe es algo cierto, logrado y misteriosamente útil. Ésta me ha respondido las preguntas que nadie puede responder. Ésta me ha perfilado una puerta de escape en medio de las tinieblas, le ha dado un sentido a lo indescifrable, me ha sostenido enérgicamente al borde del precipicio para no caer.

La muerte de una madre no es algo que se pueda tragar como un sorbo de jarabe amargo. Es una experiencia desgarradora de larga duración. Un viento apocalíptico que rompe la noción del tiempo y del equilibrio. Descalabra y  marea. Nubla la mirada del futuro. Cierra la razón. Borra la ilusión. Decolora el paisaje. Detiene el movimiento de rotación y de la mente. Pero recónditamente, aparece la postergada Fe.

Con una presencia incognoscible de Dios o como quieran llamarlo,  reaparecen modestamente las certezas de que hay algo más allá de esa muerte. Esta deja su carácter de maldición para empezar a ser una realidad aceptable y sabia. Se prenden diminutas lucecitas. Se reanima la respiración. Se calman las tormentas interiores. Las aguas de la vida van deponiendo esa cortina de turbiedad.



La Fe va abriendo lentamente la tierra cuarteada y reseca y una pequeñísima cepa verde aparece extendiéndose como señal de que la vida continúa.  Algo va creciendo y ascendiendo y descendiendo. El espíritu apagado se abre a la luz aún endeble. Se deshiela el ánimo entumecido.
               
Dios abraza desde el vacío. Coge la mano para no temer a que la ausencia se agigante, insufla vida después de esa vida que parecía consumida. Habla sin palabras. Consuela súbitamente. Permite el breve amanecer a la medianoche del duelo. Enjuga lágrimas y esas cascadas de arrolladora melancolía.

Bendita sea la Fe que devuelve la vida. Bendita sea por sostener nuestra debilidad y agotamiento producida por el dolor, por darle sentido a nuestra mortalidad, por aplacar nuestra impotencia. Por darle atisbos de Dios a nuestra delimitadísima humanidad.  
                                                                             


martes 4 de octubre de 2011

2. Y el momento se acercaba. Inexplicablemente una luz empezó a brillar.





Ingresó un día lunes a Cuidados Intensivos. Fue entonces la fiel y tristísima comprobación de que el final, su final, nuestro final, se acercaba. Al mirarla, no la vi; era otra persona o una parte mínima y poco representativa de lo que mi mamá significaba para mí. Se trataba de un cuerpo inerte con mínimos signos vitales, casi sin vida; de un espíritu emprendiendo su proceso de ya deseado rescate.

Al entrar y detenerme al lado de su cama, mordiéndome los labios y la desesperación, me dediqué a hablarle al oído. Con intimidad y ternura, con imperiosa serenidad y esforzándome por transmitirle mi amor hecho palabras, pude aguantar esa escena tan temida durante toda mi vida, la de una madre agonizando de la mano de su hijo. Me acurruqué por breves segundos sobre su cuello y me impregné de su aroma, el de siempre, y con su temperatura, la que encendía mis inviernos. Se los arranqué sutilmente a la eternidad.
                               
Puedo agradecerle al Cielo que no lloré delante de ella. Me sintió, en medio de su inconsciencia, de pie, sostenido y templado, tal como a ella le hubiera gustado verme.

Eran los últimos momentos de lo que los médicos llaman Vida. Pero para nosotros dos, era el inicio de un camino inédito y virtuoso. Se cerraba un ciclo de amor material, de piel contra piel, de sensaciones comunes, ese que se inicia con el instante de la silenciosa y milagrosa concepción, atraviesa el nacimiento y se prolonga durante el paso por la tierra; pero ambos comenzábamos una nueva manera de relacionarnos y de convivir. Un desconocido vínculo empezaba a hilarse.  


Es inverosímil, yo mismo no sé bien cómo puedo estar describiendo de forma lúcida este período tan agudo y feroz de mi vida. Anteriormente, con sólo imaginar la agonía de mi mamá, podría fácilmente haberme vuelto loco o encapsulado de dolor y desaliento, pero no. Hoy, he continuado caminando.

¿A qué se debe que haya sobrevivido? ¿Cómo así puedo estar vivo?
                                       

lunes 3 de octubre de 2011

1. Mi Mamá empezó a morir

Fue perdiendo su brillo, sus movimientos ágiles, su locuacidad y lo peor de todo, entre todo lo que le caracterizaba, su carcajada. Los médicos, esos seres rígidos y parcos que nunca entendí ni entenderé, le diagnosticaron una enfermedad supuestamente controlable, pero luego fueron apareciendo otra y otra y otra. Mientras tanto, día a día, iba perdiendo, ante mis ojos ahora más tristes que nunca, a mi amá amada.


Algo dentro me decía y explicaba silenciosamente qué era lo que pasaba. Pero yo, que soy extremadamente racional y que tengo mil maneras  para defenderme de lo incontrolable, me negaba a ponerlo en palabras. La extraña y brutal sensación aparecía a cada instante, como el anuncio del inicio de un certero viaje sin retorno.

Por ratos sí lloré, temblé y mi estómago, este órgano tan impresionable que tengo, fue preparando día a día un espacio enorme y vacío para hospedar mis crecientes angustias. Sin embargo, nunca dejé de hacer lo que debía hacer ni lo que mi amortiguado corazón me solicitaba hacer.

La mimé con locura. Suavicé mis dedos para tocar sus pies hinchados y cansados. La ayudé a vestirse. Vigilé con puntualidad sus medicinas. Me acosté a su lado. Asistí nervioso a todos sus exámenes médicos. Cociné dietas especiales, decoré platillos, le di de comer en la boca. Busqué frenéticamente actividades simples que la distrajeran. La ayudé a ponerse de pie en caídas estrepitosas. La abracé con miedo y ternura. Endulcé sus tardes con chocolates sin azúcar. Toqué sus manos tibias para abrigar un poquito las mías. Acomodé su cabello desmejorado. La arropé por las noches. Traté y traté de mantenerla animada sin lograrlo. Le pregunté cada media hora cómo se sentía. Respeté y soporté su silencio aterrador. La contemplé como un sol radiante sumergiéndose en el mar. Le serví de interlocutor. Cuidé sus sueños. Le prometí y aseguré que se curaría.

Y no fue así. Día a día, ella, su salud y su vigor decaían más y más. Mientras tanto yo, asumí que el curso intensivo de amor tangible que la vida me estaba deparando, indefectiblemente se había iniciado. 


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
VICHOESCRIBE ENTRE LOS MEJORES 20 BLOGS PERUANOS
Cerrar