“Hay mucha actividad pero poca acción,
mucha ocurrencia y
poco pensamiento,
mucho desparpajo y poca valentía”
En otras palabras, se trata de reivindicar la acción, el
pensamiento y la valentía.
La gente se mueve mucho, se desgasta pero no actúa. Actuar
significa que se va dirigido únicamente a causar un efecto deseado. La mirada y los músculos,
el cerebro, el alma y la voluntad van encaminados a una consecuencia que
cambiará la vida y sus frutos. En cambio, llenarse de actividad es correr en círculos
como potrillos con anteojeras, sudar y agitarse empeñándose dentro de circuitos sin
principio ni fin.
He visto a quienes se sienten muy productivos haciendo desde el amanecer mil
cosas a la vez . Llevan dos a tres teléfonos en la mano,
contestan llamadas cada 3 minutos, planean jornadas interminables, llenan sus
fines de semana con compromisos ineludibles, vuelan por calles y laberintos. Pero
al final del día o del año, ¿con qué acción se quedan? Les cuesta responder…
He escuchado a quienes siempre tienen algo que decir. Opinan,
critican, comentan, discuten, se quejan, hablan hasta por los codos. ¿Cuánto de
eso es la mera repetición de lo que otros dijeron, de lo que escucharon en la
televisión? Su vida es ahora un retweet interminable. Otros siempre tienen la
palabra o la frase acertada, la más graciosa, la más original, la más espontánea
y rápida.
Yo, prefiero la palabra que tiene un arraigo en el pensar
individual, la que es el fruto de una complicadísima operación mental que une
ideas, relaciona conceptos, compara posiciones y hechos, y finalmente concluye. Es
esa una palabra sustentada. La bien dicha. La que también busca una reacción en los
interlocutores pero no siempre para ser aplaudida sino, más bien, para causar insurrecciones
internas, que hincan la vida y estimulan a continuar pensando. Si no es así, prefiero
mil veces el silencio.
Hoy, con el manido argumento que hay mucha libertad de
expresión, que hay canales modernísimos y eficaces para decir lo que se le pega
a uno en gana, que es la era de la información instantánea, que muchos “me
siguen”, que soy comunicador y líder de opinión, que el respeto, bla, bla, bla;
se cae más bien en el desparpajo barato y simplón. Eso es insolencia y petulancia
estéril y timorata. Ese hablar es el que se lleva el viento a la nada, que se
dice con voz baja y desde un balcón, detrás de los cortinajes de un refugio
intelectual, desde un sillón de escritorio o desde un smartphone mientras cómodamente
tomo un cafecito en el Starbucks salvando literalmente, nada.
Así no hay compromiso. Ese desparpajo común no se convierte
en mensaje propiciador de más vida.
Por eso para creer lo que el otro dice, hace y despotrica
necesito saber el íntegro de su discurso. Su biografía. Sus obras visibles. La cimentación
de su pensamiento amplio y reflexivo. Sus frutos maduros. Sus coherencias o al menos, sus
dudas o el reconocimiento expreso de que va en camino a ser un verdadero.
Espíritu Santo,
viento perfecto,
permite que justiprecie
incesantemente
mis acciones concretas,
mi pensamiento fiel y mi valentía,
para llevarlos hasta las últimas consecuencias.
No importa si al final de mi vida,
pierdo la
batalla.
Amén.




















0 comentarios.:
Publicar un comentario