jueves 5 de enero de 2012

Actúar, Pensar, Ser valiente.



“Hay mucha actividad pero poca acción, 
mucha ocurrencia y poco pensamiento, 
mucho desparpajo y poca valentía”




En otras palabras, se trata de reivindicar la acción, el pensamiento y la valentía.

La gente se mueve mucho, se desgasta pero no actúa. Actuar significa que se va dirigido únicamente a causar un efecto deseado. La mirada y los músculos, el cerebro, el alma y la voluntad van encaminados a una consecuencia que cambiará la vida y sus frutos. En cambio, llenarse de actividad es correr en círculos como potrillos con anteojeras, sudar y agitarse empeñándose  dentro de circuitos sin principio ni fin.



He visto a quienes se sienten muy productivos haciendo desde el amanecer mil cosas a la vez . Llevan dos a tres teléfonos en la mano, contestan llamadas cada 3 minutos, planean jornadas interminables, llenan sus fines de semana con compromisos ineludibles, vuelan por calles y laberintos. Pero al final del día o del año, ¿con qué acción se quedan? Les cuesta responder…

He escuchado a quienes siempre tienen algo que decir. Opinan, critican, comentan, discuten, se quejan, hablan hasta por los codos. ¿Cuánto de eso es la mera repetición de lo que otros dijeron, de lo que escucharon en la televisión? Su vida es ahora un retweet interminable. Otros siempre tienen la palabra o la frase acertada, la más graciosa, la más original, la más espontánea y rápida.



Yo, prefiero la palabra que tiene un arraigo en el pensar individual, la que es el fruto de una complicadísima operación mental que une ideas, relaciona conceptos, compara posiciones y hechos, y finalmente concluye. Es esa una palabra sustentada. La bien dicha. La que también busca una reacción en los interlocutores pero no siempre para ser aplaudida sino, más bien, para causar insurrecciones internas, que hincan la vida y estimulan a continuar pensando. Si no es así, prefiero mil veces el silencio.

Hoy, con el manido argumento que hay mucha libertad de expresión, que hay canales modernísimos y eficaces para decir lo que se le pega a uno en gana, que es la era de la información instantánea, que muchos “me siguen”, que soy comunicador y líder de opinión, que el respeto, bla, bla, bla; se cae más bien en el desparpajo barato y simplón. Eso es insolencia y petulancia estéril y timorata. Ese hablar es el que se lleva el viento a la nada, que se dice con voz baja y desde un balcón, detrás de los cortinajes de un refugio intelectual, desde un sillón de escritorio o desde un smartphone mientras cómodamente tomo un cafecito en el Starbucks salvando literalmente, nada.




Así no hay compromiso. Ese desparpajo común no se convierte en mensaje propiciador de más vida.

Por eso para creer lo que el otro dice, hace y despotrica necesito saber el íntegro de su discurso. Su biografía. Sus obras visibles. La cimentación de su pensamiento amplio y reflexivo. Sus frutos maduros. Sus coherencias o al menos, sus dudas o el reconocimiento expreso de que va en camino a ser un verdadero.

Espíritu Santo,
viento perfecto,
permite que justiprecie 
incesantemente
mis acciones concretas, 
mi pensamiento fiel y mi valentía, 
para llevarlos hasta las últimas consecuencias. 
No importa si al final de mi vida, 
pierdo la batalla. 
Amén.

                        

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