Una vez concluida esta marea de fin de año, en que la gente
se convierte temporalmente en filósofos, hechiceros, motivadores y arcángeles
de la suerte, es oportuno escribir sobre algunos de los ecos que me quedan
retumbando en la cabeza:
La suerte, tu sino, no va a cambiar positivamente porque
alguien bienintencionado te lo desee con palabritas, abrazos o fórmulas
trilladas.
No existen cábalas ni ritos aplicables o eficaces a todo el
mundo. Lo correcto es que cada uno descubra y conozca bien sus propios gustos,
sus íntimas apetencias e instituya gratamente cada año si se puede, sus propias
aclamaciones. He notado que cada año me aparecen nuevos rituales que a nadie
cuento, que sólo yo practico porque están secretamente acoplados con mis
anhelos más privados. Relataré a continuación lo que innové este año.
Mi celebración de fin de año comenzó en realidad al
amanecer. Quise que el sol asomara con una nueva tonalidad y con un derroche de
energía original para mí. A las 2 de la mañana dudé en llamar a Jean. En esta oportunidad lo necesitaba como un buen secuaz. Lo saludé telefónicamente y lo embelesé con la propuesta. Accedió obsequiosamente a ser testigo y partícipe de mi caprichosa
aventura. Afortunadamente apenas había brindado con un par de copas como para
conducir, así que enrumbamos con dirección al Este, a dos horas de distancia de
Lima, mientras que media ciudad se dirigiría al Oeste, atraída convencionalmente
por el mar.
Ahí, rodeado de árboles de eucalipto, flores silvestres amarillas, de trochas empolvadas
y de enormes rocas añejas y macizas, simplemente me dediqué en silencio a
esperar a la alborada. Sentí asombrosamente a los pocos minutos que algo nuevo despuntaba
en el ambiente. Se apagaba la oscuridad. Me envolví con el paisaje natural, mudo,
tremendo y eterno. Comprendí seguidamente que se trataba de la vigencia de la llamada "memoria
antigua" escondida en los astros. El sol flamante y eterno me daba la bienvenida a una
nueva era por venir. Provengo pues del universo y aunque lo olvide a menudo, sigo siendo parte de él. A él
tenía que acudir para cargarme de vitalidad y del infalible caudal de la
vida.
He regresado emborrachado y radiante. He renacido. Compuestos invisibles parece que se hubieran introducido por mis poros. Ha sido un baño de luz para mis nervios ajados, para mi corazón descalibrado y para mis ojos cansados de ver lo mismo de siempre. Acabo de mirarme al espejo y tengo una nueva mirada.
Vaya comienzo de año. Bello amanecer. Ahora sí creo en la alquimia
de los florecimientos, en la ley de la gravedad y en la velocidad de la luz.
Todo parece que en este año, tendré un cómplice que me sacará de la
noche y con quien, ya de madrugada, caminaré prendido de su brazo hacia el sol.

















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