¿Quién lo diría? Sábado por la noche en casa, escribiendo. Escucho
a The Low Anthem cantándome al fondo de mi habitación, pero detrás de la ventana descargan
distantes tubos de escape de automóviles que recorren mi amada avenida Pardo a
toda velocidad como truenos en planetas sin nombre, a punto de desaparecer.
En verdad, ya es domingo.
Unos cuántos años atrás, tan pocos que podría contarlos con
los dedos de una mano, a estas horas iniciales de la madrugada, flanqueado por
todo un cortejo de amigos y amigachos iba por ahí de casa en casa, de bar en
bar, de disco en disco, con varios vasos de ron con coca cola encima, con una
risotada fácil, con un cosquilleo por debajo de la pelvis; pero también, y no
temo revelarlo ahora, con un sinsabor y una leve sospecha de que todo eso no
eran la felicidad y libertad que parecían ser a simple vista.
Ir a toda prisa por la vía expresa con un cd de Gwen Stefani
a todo volumen y con las bromas escandalosas de mis amigachos, no acallaban mi
bullicio interior, enmarañado y extremadamente solitario. Mis bailes aparatosos
en medio de humos blancos y de cuerpos sudorosos seguían fielmente el tun tun
de las canciones, pero no expresaban mi propio ritmo interno.
Me creía abierto y estaba sellado con mis propios revestimientos
de cristal transparente. Me sentía un iluminado y estaba solamente irradiado
por los reflectores multicolores de las pistas de baile. Abría las piernas pero
constreñía el lado más bonito de mi corazón.
Sólo hay una innegable y hasta alegre comprobación de que la
vida no se ha olvidado de mí. No se ha ido el tren dejándome en la misma estación
para siempre. No son cambios, ni progresos, ni crecimiento, ni acabamiento, ni rendimiento,
ni conversión, ni comienzo de ningún final.
Tampoco es una mudanza, pues ya lo ves, sigo en la misma
habitación. En pocos segundos me iré a acostar a la misma cama con hondonada y
un resorte salido. Igual como lo he hecho desde niño, me arroparé conmigo mismo
y dejaré igualmente, una mano al aire por fuera de la sábana esperando que
alguien la empuñe hasta llegar al más tarde.
Hasta mañana -en verdad, hasta más tarde- The Low Anthem, ángeles atentos,
recuerdos imborrables, teclado negro, deseos enmohecidos, Dios sigiloso, ilusiones
encarnadas, mundo que gira, calles miraflorinas, hombres y mujeres de mis mil
vidas.














No hay comentarios.:
Publicar un comentario