sábado, 20 de octubre de 2012

Los que se creen líderes


Me tocó explicar acerca de las nuevas teorías del tan cacareado Liderazgo moderno. Mientras llegaba a la conclusión de que ahora se ha trasladado el énfasis del líder hacia la tarea, es decir, a que ya no importa tanto concentrarse en sus rasgos sino más bien en las diferentes tareas que surjan como necesidad en los seguidores; una pregunta se disparó entre mis alumnos:

¿Qué tiene qué decir usted de los más populares líderes de opinión que hoy por ejemplo tienen tantos seguidores en twitter?

Me gustó la pregunta porque a partir de ella iba a poder dejar claro mi mensaje y mi posición en el tema.

A mí me concierne poco lo que a la mayoría le atrae de lo líderes, es decir, su simpatía, su buen hablar, sus habilidades, sus actitudes, su chispa, su rimbombante experiencia…

Puedo escuchar sus opiniones, valorarlas o  eventualmente hasta dejarme influenciar por ellas. Pero más me interesa lo que hay por hacer o lo que yo tengo por conseguir en mi vida. Ahí pongo el énfasis. Así, toda vida es una influencia en mi vida, por más anónima que sea. Me zurro -me cago, a decir verdad- en los grandes líderes de opinión.


Creo que el que se cree líder ultra poderoso, capaz de influir en el pensamiento, comportamiento y actitudes de los demás, están perdidos en su narcisismo, lo único que quieren bien adentro de ellos es engordar su escuálido ego y están desactualizados de lo que en realidad el mundo -en el cual me incluyo- en esencia está demandando: ser un mundo de personas libres para vivir sus vidas a su manera.  

El líder prorratea las faenas. Incentiva la diversidad. Propicia el intercambio. Convoca perspectivas. Dinamiza la actividad de los demás. Concierta voces. Y llegado el momento, se retira.

Si algo de líder quiero ser, si algo me propongo modestamente es precisamente esto: que los demás arriben a sus propias conclusiones y lecciones, que piensen por sí mismos para que luego consigan llegar, individual y voluntariamente a sus propias metas.

No quiero señalar con el dedo la ruta por dónde se ha de subir a la cumbre ni dar altivamente opiniones o instrucciones de 140 caracteres, ni berrear con un micrófono en la mano el cómo pensar u opinar o sentir, ni mucho menos abrir trochas para que otros pisen mis pasadas huellas.

En todo caso, concluí y así lo fijé en clase, soy un líder de mí mismo. Con eso es bastante.                                                               

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